El cromo de Miguel Ángel España (Madrid, 1973) era de los que más salía en los sobres de Colecciones Este de la temporada 1996/1997. El meta del Rayo Vallecano aparecía retratado a punto de atrapan un Questra durante un partido. En su camiseta se puede leer «Estepona». España llegaba a la cantera del Rayo a finales de los 80, cuando eran Ángel Féred y Jacinto Villalvilla los que protegían la portería del equipo, la misma que él, en poco tiempo –«¡lo que es el fútbol!»– iba a poder defender también. El protagonista de la siguiente entrevista había pasado de hacer palomitas en el parque del tanatorio de la M-30 a entrenar con el primer equipo del Rayo, compartiendo puesto –al principio– con Wilfred Agbonavbare y luego con Abel Resino, Pedro Contreras y Julen Lopetegui, quien en 2006 le ofreció trabajar en la selección. Pero hasta entonces, Miguel Ángel España debía seguir picando piedra, tanto en el Rayo Vallecano como en el Hércules, el Alicante y el Orihuela.
Desde entonces, Miguel Ángel España se ha estado dedicando a la preparación de porteros de las categorías inferiores de la Selección Española de Fútbol, incluida la femenina. «He podido poner mi granizo de arena», cuenta Miguel Ángel de camino a la residencia de jugadores en las instalaciones de la Real Federación Española de Fútbol en Las Rozas (Madrid). Ha visto pasar generaciones de porteros y lo que ha significado para un país como España haber alcanzado tantos «grandes éxitos deportivos». En un rato tiene una reunión; el próximo mundial está a la vuelta de la esquina. «Ahora mismo, a nivel futbolístico somos una de las potencias mundiales. Siempre vamos a ser de las selecciones a tener en cuenta en cualquier torneo. No digo que sea la favorita, pero estará entre las cinco o seis que tengan esa vitola». Bien lo sabe, pues para lograr hitos primero había que quemar etapas, comenzando desde la calle.
¿De qué barrio eres?
Me he criado en el barrio de la Concepción, en las famosas colmenas de la M-30. La gente de mi generación se ha criado en ese fútbol de la calle. Desde que tengo uso de razón, me veo jugando al lado de los portales, en las famosas plazoletas que hay en el barrio y en la funeraria, que también era un sitio habitual. Es el fútbol que más me ha llenado en toda mi vida, el fútbol por pura diversión, que era en esos momentos el que nos apasionaba a todos. Estábamos todo el día pensando en sacar un momento para salir a jugar a la calle. Todo tiene sus pros y sus contras, pero es verdad que el encanto que tenía el estar en la calle jugando con tus amigos era algo diferente. En mi barrio, las entradas de las tiendas eran lo más parecido a una portería, y como dieses un pelotazo y saliese el tendero o alguien a echarte la bronca, tenías que salir corriendo.
Era una época de campos de tierra…
Cuando hay gente que se queja de la superficie, yo siempre digo que no jugué en césped prácticamente hasta que no estuve como profesional. Si quería tener la sensación de lo que era caer en el césped, nos teníamos que ir a la funeraria de la M-30, porque había un parque que era el único sitio que entre los árboles tenía hierba. También jugaba en el pueblo cuando iba a veranear. Mi familia es de Ávila, de Las Navas del Marqués. Tenía la ilusión de llegar para jugar el torneo de verano. Esa ilusión no la he tenido ni siquiera como jugador profesional.
¿Siempre quisiste ser portero?
Pues en mi caso, hasta los 14 años era delantero y no se me daba mal. ¿Qué ocurría? Que la pandilla de amigos míos del barrio eran todos mayores que yo, y el pequeño, si quería jugar y tener algo del protagonismo, se tenía que poner de portero, que era lo que no quería nadie. Tenía amigos que eran muy buenos, jugaban en fútbol sala y en fútbol «grande», y si yo quería jugar con ellos tenía que ponerme de portero. La verdad es que se me daba bien, pero competía –como jugador– en categorías muy muy bajas. Con 14 ó 15 años, jugando un día con mis amigos en la funeraria de la M-30 –solíamos ir mucho a pegar tiros y yo me ponía de portero; me encantaba hacer palomitas–, el entrenador del San Pascual me vio y me preguntó si quería jugar en su equipo al año siguiente, en la liga del Ayuntamiento. Acabamos la temporada con un trofeo de Hogueras de San Juan que se jugaba todos los años en el barrio de San Pascual. Curiosamente, ese año jugamos el torneo contra el Rayo Vallecano juvenil. Hice una buena temporada, pero esa vez me salió un partido espectacular. Me acuerdo que Lorenzo Benito, que era el director de la cantera del Rayo, habló con mi padre ese día y le preguntó si quería ir a probar en agosto. El Rayo Vallecano era en esa época, junto con el Real Madrid y Atlético de Madrid, un equipo de referencia.
¿Qué te dijo tu padre?
Mi padre no era como los de ahora. Conocemos muchos casos de padres muy ingerentes que meten mucha presión a los niños. Mi padre me cogió ese día y lo primero que me dijo, fue: «No te hagas ninguna ilusión. Vamos a probar, pero que no te suponga una presión». Tuvo esa inteligencia, pero por desgracia hoy conocemos muchísimos casos donde se carga toda presión sobre los hombros de los jugadores –que están empezando a asomar– por parte de las familias y de sus entornos. Entonces fui a probar, pero no tenía ni siquiera la certeza de que iba a tener ficha ese año con el Rayo.
¿Quiénes están de portero cuando llegas?
Llego al Rayo en la temporada 1989/1990, el primer año en edad juvenil, y los porteros del primer equipo eran Ángel Féred y Jacinto Villalvilla. En ese momento el equipo estaba en Primera, con Felines [Félix Bardera Sierra] de entrenador. Hice la pretemporada, me quedé en el equipo y fui titular todo el año. Y en la temporada siguiente, en la 1990/1991, ya fui convocado con el primer equipo, que estaba entonces en Segunda.
Acababa de descender…
Sí. Estaba Eusebio Ríos de entrenador y Wilfred [Agbonavbare] de portero. En mi primer partido como convocado jugábamos contra el Sestao y el portero era Francisco Liaño, que había estado en el Racing de Santander pero todavía no había pasado a la época del Deportivo de la Coruña. Luego tuve que estar dos o tres años más en un proceso de cantera hasta asentarme en el primer equipo. Para que veas lo que es el fútbol: en año y medio pasé de estar jugando en mi barrio sin ninguna aspiración al primer equipo del Rayo Vallecano. Todos soñábamos de pequeños en poder ser profesionales, era una ilusión, y a mí se me cumplió.
Es verdad que luego hubo que picar mucha piedra. Al final, y sobre todo cuando procedes de la cantera, para llegar al primer equipo siempre tienes que dar un plus y es mucho más complicado. Pero fue todo relativamente muy rápido. Con 17 años estaba en el filial en Tercera, que en esa época no era muy habitual porque entonces era muy difícil que a porteros que no fuesen veteranos les permitiesen jugar. Luego pasé por procesos complicados. En mi segundo año de juvenil podía haber dejado de jugar al fútbol. Éramos tres porteros y uno de ellos tenía mucho recorrido. Esto es algo que a mí me ha venido muy bien como entrenador, que es saber que nunca puedes adquirir compromisos que no puedes cumplir, ni mentir al jugador. Y bueno, a mí me pasó, porque viví en mis carnes una situación un poco fea. De alguna manera el entrenador adquirió un compromiso con nosotros: dependiendo de quién jugara un partido, después de haber probado con varios porteros, ese sería el que comenzaría de titular, pero por la injerencia de un padre de otro compañero no se dio.
¿No se metió tu padre?
No, en la vida se metió. Luego, el pobre por desgracia falleció antes de que yo debutase en Primera. Pero en ese momento tuve una sensación de injusticia y no sabía qué iba a ser de mí más adelante, así que cogí al coordinador y le dije: «Yo estoy aquí para disfrutar, pero esto me ocasiona un sufrimiento tremendo y creo que es una injusticia, así que me voy a mi barrio y dejo el equipo». Y lo hice, volví al barrio, a entrenar con la luz de las farolas que había detrás de la portería, porque ni siquiera teníamos luz artificial.
¿Qué hiciste después?
Pues para que veas… No me daba de baja el Rayo. Por aquella época, el entrenador del filial se llamaba Javier Barrios, hubo una lesión en el portero del primer equipo y el portero del filial, que era Luis Delgado, subió. Entonces el filial se quedó un poco cojeando, y sabiendo que yo había tenido un problema con mi equipo juvenil, recibí una llamada del entrenador, proponiéndome volver. O sea de estar en el juvenil B de Liga Nacional a estar en Tercera. En principio volvía sin saber si iba a jugar o no, pero acabé jugando toda la temporada de titular con 17 años y entrenando a la vez con el primer equipo. Recuerdo estar preparándome en el Pozo del Tío Raimundo cuando de repente llegaba en coche alguien de la cantera para sacarme de allí y llevarme al Estadio de Vallecas.
¿Cuál fue el primer entrenador que tuviste nada más llegar?
Paco Valverde. Es una persona a la que le tengo un cariño tremendo. Y Fernando Zambrano, que también era alguien que apostaba muchísimo por la cantera, fue para mí fundamental. Me facilitaron mucho las cosas y apostaron fuerte por mí. Era una época maravillosa donde me di cuenta hacia dónde, más o menos, me estaba llevando el destino y, en momentos puntuales, cuál era la diferencia entre poder estar en un sitio o no.
El Rayo en sí, el club, es una escuela de vida. Creo que no hay ningún equipo en España con el sabor que tiene el Rayo Vallecano. Esa sensación de familia, de unión, de humildad… yo la he vivido en mis propias carnes y no me escondo nunca. Creo que aquí, en la federación, al míster [Luis de la Fuente] le pasa igual, porque no esconde que el Athletic de Bilbao es su club de vida. Pues a mí me pasa igual con el Rayo. Todo lo que he sido como jugador, lo poco o mucho que he llegado a ser, se lo debo al Rayo Vallecano, que pudiendo estar en la élite, en Primera, no ha perdido el sabor de lo que es el fútbol, la cercanía con la gente, el fútbol humilde…
¿Has sido siempre del Rayo?
No. De hecho, hay mucha gente que piensa que soy de Vallecas. Claro, estuve casi 10 años en la estructura del club y es el equipo que tengo en mi corazón, pero no he sido nunca fanático de ningún equipo, sino que siempre he tenido un gusto futbolístico. En esa época, cuando el Barcelona de [Johan] Cruyff, me gustaba mucho ese tipo de fútbol, pero sin ser un fanático. El Rayo es de los equipos que ha dejado huella a todo el mundo. Muchas veces viene gente del primer equipo a entrenar, son cuatro generaciones posteriores a la mía, y siguen teniendo «eso» que es tan bueno y que espero no se pierda, porque da mucho más mérito a todo lo que se consigue. Que un equipo de barrio haya conseguido lo que ha conseguido y que siga sacando jugadores, es un meritazo tremendo.
Asciendes al primer equipo el mismo año de la llegada de la familia Ruiz Mateos…
Correcto…
Dicen que José María Ruiz Mateos se murió sin saber lo que era un fuera de juego, pero también que cuidaba la cantera.
Llegaron en un momento donde económicamente el club estaba al borde del caos. Económicamente no tenía mucha viabilidad y pusieron dinero. Luego cometerían los errores que cometiesen en la etapa posterior, pero yo tengo un recuerdo maravilloso, no solo de Ruiz Mateos, también de su mujer, doña Teresa Rivero, que ejerció de presidenta. A nosotros, en cierto modo, nos dio tranquilidad y estabilidad económica, que en ese momento hacía falta. También nos tocó vivir su famosa época, con todo el proceso por el que estaba pasando. Pero nosotros éramos ahí meros espectadores.
A don José María le encantaba tu apellido: España.
Correcto, correcto [risas]. Siempre que hacíamos comidas de equipo, me decía [Miguel Ángel imita la voz de José María Ruiz Mateos]: «¡España! Lo que daría por tener su apellido». Yo, bromeando, le contestaba: «Pues a mí el de Ruiz Mateos tampoco me importaría tenerlo». Es verdad que era una familia que de fútbol no entendía, tenían una visión más empresarial, pero fue una época maravillosa, también con compañeros y amigos que, recuerdo, subieron también al primer equipo, como Josemi [José Miguel López Quevedo], Simón [Juan Antonio Simón Sanjurjo] o Míchel [Miguel Ángel Sánchez Muñoz], que sigue siendo uno de mis mejores amigos.
¿Cuándo subes al primer equipo de manera un poco definitiva?
Estando en la mili y con José Antonio Camacho de entrenador. Creo que es en noviembre del 92. Manolo Carou se lesiona de gravedad y desde noviembre del 92 hasta el año 98 me asiento en la primera plantilla con jugadores y amigos increíbles: Onésimo [Sánchez], [Jesús Diego] Cota, Julen Lopetegui… Además de ser uno de mis mejores amigos, Julen, junto con Luis de la Fuente, probablemente sea de las personas más importantes que he tenido en mi recorrido profesional como entrenador. Los dos han sido muy importantes para poder estar ahora donde estoy. Con David Cobeño tengo buena relación también y sigue habiendo gente de mi época, como el doctor Carlos Beceiro, utilleros…
Cada vez que voy allí, me siento en casa. Entro al vestuario y está todo igual que hace 25 ó 30 años. Ese también es el sabor que tiene el Rayo. El jugador que va al Rayo debe saberlo: tiene lo bueno, que está en primera división, en Madrid, pero luego hay otras cosas donde… bueno, pues es diferente. Intentan mejorar y tener todo, pero esas cosas también hay que aceptarlas, forman parte del encanto del equipo.
Se decía que Camacho mandó cambiar el color de la equipación a azul porque el rojo estaba dando mala suerte…
No recuerdo esa, pero José era una persona especial y tenía un carácter increíble. En esa época no había entrenadores de porteros. El primero lo tuve con 25 años, cuando llego al Hércules. En el Rayo no he tenido entrenador de porteros, pero a José le gustaba entrenar a los porteros. A su manera, en esa época, con mucho tiro, con mucha sesión de tandas de golpeos…
¿Estaba Toni Jiménez?
Toni Jiménez, Wilfred… Como te digo, se lesiona Carou y subo al primer equipo. Nos entrenaba Camacho o si no su segundo, Antonio Ruiz, el de las copas de Europa del Real Madrid…
José Manuel Ochotorena, anterior a tu generación, ya decía lo mismo.
Es que era lo que había. E incluso los entrenadores eran los propios porteros. El último año en el Rayo yo entrenaba a Lopetegui y él me entrenaba a mí. Estamos hablando del año 98, no hace tanto tiempo. Y cuando ha empezado a existir la figura del entrenador de porteros en otros sitios, todavía había otros muchos equipos que no lo tenían. A mí me ha entrenado Ángel Vilda, que llegó de segundo con Marcos Alonso. O Pello Bengoechea, que era el segundo entrenador de Josu Ortuondo. Y en fútbol base, siendo el Rayo, muchísimo más.
Por eso yo creo que tenemos ese mérito, porque hemos sido muy autodidactas; había gente que le ponía ilusión y ganas, pero no tenía formación. Ahora que una de mis responsabilidades también es la formación de entrenadores porteros, veo lo que ha evolucionado y es increíble. Pero en aquella época era un auténtico milagro. Mirándolo con perspectiva, recuerdo mis carencias estando en primera división con Camacho. Todavía se me caían balones en situaciones de blocaje. Luego, a los tres años, era capaz de estar bloqueando 100 balones seguidos y no se me caía un balón. En esa época, hasta las cosas tan básicas te costaban, porque eras autodidacta, no había nadie que te corrigiese. Era a base de prueba y error.
Para colmo, en 1992 la FIFA incluye oficialmente la regla de cesión al portero y os tocó aprender a jugar más con los pies.
Fue traumático para todos, sobre todo para los que eran un poquito más veteranos. En el año 92 cambiaba la primera regla, que es la de la cesión, y en el año 98 se ampliaría para los saques de banda. Yo tenía la ventaja de haber sido jugador; uno de mis puntos fuertes era que la fase ofensiva la dominaba muy bien y en ese sentido me pude adaptar. Pero para porteros que ya tenían un recorrido fue problemático. También fue evolucionando para los entrenadores. Antes de la duda, te pedían tirar el balón fuera, pero si ahora uno de nuestros porteros en la cesión te echa tres balones fuera sin que tengas posibilidad de pelear la posesión, dices: «¿Esto qué es? ¿Qué hace?» Lógicamente, luego los entrenadores le fueron sacando partido. A partir de ahí empezaron a retocarse los dos modelos de juego y a utilizar al portero como una herramienta para salir en ventaja en fase ofensiva.
Debutas en segunda división el 16 de octubre de 1994, en la séptima jornada contra el Mallorca en el Lluís Sitjar. Juegas porque Wilfred era expulsado en el minuto 89. ¿Esperabas debutar?
Cuando llegas al fútbol profesional, vas quemando etapas y teniendo sueños que muchas veces parecen inalcanzables. Y ves a gente como Willy. Cuando yo llego como juvenil, Wilfred o Ángel Pérez eran ídolos y soñaba con poder estar algún día ahí, en esa portería, jugando en primera división o con el primer equipo en la categoría que sea. Tenía por delante a gente del nivel de Willy. Creo que estuve cuatro temporadas con él. Empezó siendo un ídolo para mí y luego fue la «competencia» en la portería. Pero siempre con una competencia muy sana, desde la admiración. Era un portero que estaba haciendo unas actuaciones tremendas, era muy querido por la afición y muy respetado por los entrenadores, y yo era un poco el aspirante que venía de la cantera. Esos primeros años y en toda mi carrera en el Rayo en el primer equipo, no he partido en ninguna temporada con la vitola de titular.
Afortunadamente, todas las temporadas acababa jugando partidos, o bien porque era el portero de la Copa del Rey o bien porque el portero que estaba jugando se lesionaba o le expulsaban. A veces te frustra el no jugar, pero luego, cuando vas madurando o ya estás retirado, lo vas entendiendo. El fútbol yo creo que es bastante justo con lo que da, y mirando para atrás, piensas que tu nivel a lo mejor no era para ser portero titular en primera división, sino para ser portero de completar plantillas en un segundo plano. O a lo mejor teniendo más protagonismo en segunda. Pero de eso no te das cuenta en el ese momento, porque estás pensando por qué está jugando éste y tú no. Es que con los porteros que he tenido en el Rayo –Toni Jiménez, Wilfred, Abel Resino, Pedro Contreras, Julen Lopetegui– era muy complicado jugar.
Tenías un minuto para demostrarlo contra el Mallorca…
Y después de Mallorca, debutaba en casa contra el Orense. Sacamos nosotros de centro y a los 30 segundos nos hacen un gol. Madre mía… El primer partido que juego de titular con el Rayo en casa. Fíjate lo que se tiene que dar para que saques de centro y encajes un gol al medio minuto.
Mugüerza la metió por la escuadra…
Fue un golazo. Y en el primer tiro a puerta. Fue un auténtico golazo.
También volaste para sacar una mano salvadora en el segundo tiempo.
Sí, un tiro casi desde el centro del campo. Esa fue la primera sensación que yo tuve de fútbol profesional, cuando terminaba y tenía la sensación de haber hecho mi trabajo lo mejor posible. Hay mucha gente que sigue diciendo a los futbolistas que qué suerte tienen, que hacen lo que quieren, que lo disfrutan… Yo reconozco, y con todo el recorrido que llevo, que soy un auténtico privilegiado, porque llevo desde los 17 años viviendo de lo que me ha gustado, pero como jugador profesional mi profesión la he sufrido más que la he disfrutado. Mi momento de disfrute era cuando pitaba el árbitro el final.
¿Y en los entrenamientos?
Los entrenamientos los he disfrutado siempre, he sido un portero de entrenar. Me encantaba entrenar, disfrutar del día a día. Entonces no se trabajaban los aspectos mentales. Ahora lo vivimos en todas las estructuras técnicas. Los entrenadores, cuerpos técnicos… más o menos le damos muchísima importancia al aspecto mental, pero entonces no teníamos psicólogos, gente que te generara confianza para darle normalidad al error. Venimos de una época donde prácticamente la competición era un examen. Creía que de una actuación puntual dependía el seguir en el equipo, el seguir jugando, el renovar un contrato… Con 18 años estaba en el primer equipo sin a lo mejor estar preparado para jugar en primera división. Probablemente me llegó excesivamente pronto la oportunidad.
¿Cuándo crees que lo estabas?
Mi prime como jugador es ya en el Hércules, el último año, con 28. El sentimiento de seguridad y de asentamiento en la portería, ese flow, lo tienes cuando ya has acumulado 120 ó 130 partidos, y eso es duro de asimilar.
En esa temporada del 94 empiezas con David Vidal y luego llega Paquito [Francisco García Gómez], que logra el ascenso.
Le tengo un cariño especial a Paquito. Es el entrenador con el que más partidos he jugado en un año y el que más confianza puso en mí. Daba muchísima importancia a lo humano, hablaba más allá de lo futbolístico. Recuerdo que hicimos una Copa del Rey tremenda y que yo tuve muy buenas actuaciones. Paquito. Ese año (o al siguiente) fui padre y él me cogía, me daba muy buenos consejos… Le daba mucha importancia a la familia y a los estudios, decía que no dejara de prepararme. Mucho después me quiso llevar al Villarreal estando yo en Hércules, pero no se llegó a un acuerdo. Paquito era la rara avis, viajaba en metro al entrenamiento… También era de condiciones religiosas y contaba muchas parábolas de la Biblia que tenían relación con el fútbol. En los entrenamientos podíamos estar 45 minutos escuchándole dar esas famosas parábolas.
Llegó en un mal momento del equipo además.
Creo que David Vidal estuvo solo ocho partidos al frente del equipo y nos encontrábamos más cerca del descenso, entonces cogió Paquito al equipo y estuvimos 24 ó 25 jornadas sin perder y subimos a falta de dos a primera división. También llegamos a los cuartos de final de la Copa del Rey. Jugué muchos partidos en esa competición, menos la última parte, porque estaba jugando en liga y fue Rodri [Roberto Rodríguez Basulto] quien estuvo en los cuartos de final contra el Sporting de Gijón.
Confirmáis el ascenso en la jornada 34 contra el Barça B.
Sí, pero fue al día siguiente, cuando el Getafe empató a cero con el Lleida. Recuerdo estar en mi casa a punto de acostarme y recibir la llamada del capitán Nino Lema: «¡A la Joy Eslava! ¡Hay celebración de ascenso!» [Risas] Pero fue una celebración un poco light, la celebración gorda fue en el partido que jugamos en casa contra el Salamanca.
¿Cómo encaras tu primera temporada en primera división?
Con muchísima ilusión. Tenía la esperanza de llegar a cumplir el sueño máximo como futbolista, que es jugar en primera, asumiendo que tenía a Willy por delante. También es verdad que en aquella época los equipos solo podían tener tres extranjeros en el campo, cosa que influía a la hora de confeccionar al equipo. Willy era extracomunitario, internacional con Nigeria, venía del mundial… Yo sabía cuál era mi rol, pero siempre con la esperanza de poder jugar. Empezamos con [Pedro María] Zabalza y con Willy de titular. El Rayo en primera división era un equipo al que ibas a pelear por la permanencia, donde la temporada era muy larga, y yo sabía que podía haber momentos puntuales en los que tuviese opción. Pero bueno, otra vez más tuvo que ser una lesión la que hizo que yo debutase en Primera.
En la segunda jornada contra el Oviedo.
Sí. Además fue calentando, haciendo los centros de banda a Willy. En un centro saltó a por el balón y de pronto lo soltó para echarse la mano a la pierna. «Me he roto», me dijo. Fui corriendo al vestuario: «Míster, tengo que jugar yo, que Willy se ha roto calentando». Quedaban 10 minutos para que empezara el partido. El primer gol que encajo fue de Pedro Alberto (que en paz descanse) en el 19. Un disparo de falta espectacular a pase de Peter Dubovsky (que en paz descanse también). El segundo fue de Oli [Oliverio Jesús Álvarez González]. Perdimos 2 a 0. No sé si es en esa jornada cuando destituyen a Zabalza o si fue después.
Fue después, en la séptima jornada. Entró en su lugar Francisco Baena y después llegó Marcos Alonso en la novena. Tú seguías jugando.
Sí. Y recuerdo que en un partido de Copa contra el Marbella, en un calentamiento, pierdo el conocimiento por un pelotazo y me tienen que llevar al hospital. Ese partido no lo juego y tres días después, con el Atlético de Madrid en el Vicente Calderón, Marcos Alonso decide devolver la titularidad a Willy. Se pasó ese momento, esa oportunidad, pero es verdad que luego no se dieron los resultados y que –no me duele a decirlo– Willy era mejor portero que yo.
¿Qué tal os llevabais?
Maravillosamente bien. A Wilfred me lo llevaba a mi barrio para vacilar a mi gente. Imagínate, un barrio humilde, y yo aparecía con Willy. Comíamos en un restaurante de gente trabajadora un menú del día. Willy era un tío que no le negaba una foto a nadie, fuimos compañeros de habitación… Con Toni Jiménez recuerdo que cuando él estaba en el primer equipo yo no tenía ni carnet de conducir y él me llevaba a casa todos los días después de entrenar. Julen Lopetegui, Koke Contreras… Con todos los porteros he tenido una relación tremenda.
Dicen de Willy que era tan bueno que era muy fácil engañarle.
Es que era todo bondad. Le teníamos todos un cariño… También era una época donde no se daba tampoco tanta importancia a determinadas cosas. Estaba por encima del cariño que le teníamos el poder hacer una broma. Hoy en día tienes que ser muy políticamente correcto, pierdes esa espontaneidad, y en ese sentido Willy era muy grande. Era una de las personas más queridas del vestuario.
En una entrevista con Don Balón le preguntaron si le hubiera gustado ser de raza blanca y respondió que sí. Y sobre lo que le decían desde la grada («negro, cabrón, recoge el algodón» o «Ku-Kux-Klan»), decía que se reía y que no le molestaba mucho.
Le daba normalidad. En esa época, por desgracia, se normalizaban cosas que no tenían que haberse normalizado y él lo vivió en sus propias carnes. Pero era muy fuerte y lo asumía. Afortunadamente ahora estamos en otro momento, pero entonces había que asumir eso como parte de la profesión. A todos nos han dicho auténticas barbaridades, incluso insultos sobre nuestras madres. Creo que esto tenía que estar erradicado de todos los campos. Ahora intentamos educar a la gente y por personas como Willy se ha puesto un poco la base para que hoy en día estemos todos un poco más concienciados de lo que tiene que ser el mundo del deporte y el respeto que hay que tener a cualquier persona más allá de su condición.
Wilfred pasa a un segundo plano cuando en el mercado de invierno Marcos Alonso ficha a Abel Resino procedente del Atlético de Madrid.
Con Abel tengo recuerdos maravillosos. Yo tenía esa rebeldía del joven que pensaba: «Joder, quiero jugar». Pero siempre desde la profesionalidad. Si algo he tenido siempre es que he querido competir y jugar, pero siendo lo más respetuoso posible con el entrenador, con el equipo, con el entrenamiento… Lógicamente, me veía preparado para jugar, sabiendo lo que tenía delante. Un día, viendo esa rebeldía, Abel me cogió: «Niño, te voy a decir una cosa… ¿Tú sabes lo que es un récord del mundo? ¿Cuántos años tienes?» Y yo: «22». «Entonces, ¿qué quieres? ¿Que te pongan a ti y no me pongan a mí?» [Risas] Te estoy hablando de porteros que han sido leyendas del fútbol. Pero bueno, fue un año bonito para mí, porque debuté en primera. Y aunque fue una temporada muy sufrida, tuvimos una permanencia milagrosa gracias a Onésimo, que me sigue recordando que le debemos todos la entrada para nuestras casas: «¡Todavía me debéis la prima de la permanencia!» [Risas]
De aquella estaba Guilherme [de Cássio Alves], que firmó 10 goles esa temporada.
Y Onésimo, Ezequiel Castillo, el Toro Aquino [Daniel Toribio Aquino], Antonio Calderón… Eran jugadores con un carácter tremendo y un peso específico dentro del equipo. Eran los que tenían, lógicamente, más calidad y dependíamos de ellos. Guilherme, sobre todo en el ascenso, ese año en Primera… Eran momentos donde si no tenías algún jugador que te hacía 14, 15 goles era muy difícil conseguir los objetivos. Cada uno en su rol era importantísimo. Si no me equivoco, ese es el primer año en el que se gana al Madrid en el Santiago Bernabéu, con dos goles de Gilherme. Ganamos 1 a 2. Han sido hitos importantes. Ahora, ya después de esa época, el Rayo ha ganado al Madrid, al Barça… Pero en esa época, poder pelear con esos equipos… Con Camacho en Vallecas sí que se les ganaba, pero no se había ganado nunca al Real Madrid en su campo.
¿Cómo era Jesus Diego Cota, el capitán?
Cota era un jugador con un carisma y una personalidad tremendas. Y además alguien que ha tenido que pelear mucho. Como te decía antes, cuando procedes de la cantera, siempre tienes que pelear mucho más que los demás. Y él, todos los hitos que ha conseguido en el equipo, se los ha ganado a pulso. Tenía una personalidad y un peso en el vestuario muy importante. Seguimos teniendo relación, hemos sido compañero de habitación. Junto con Michel, es un referente histórico del club. Son dos abanderados del Rayo Vallecano.
Cota contaba en Jot Down que él por el Rayo si hacía falta se pegaba. De hecho, se pegó con Onésimo.
Eran muy habituales en esa época los piques entrenando, momentos puntuales donde había que decirse las cosas a la cara. En Segunda éramos el equipo que aspiraba a subir, pero en Primera el objetivo era no bajar. Pasábamos momentos muy complicados, éramos un equipo donde había mucha reunión y momentos donde había que decirse las cosas a la cara. Los jugadores que tiraban del carro eran los más veteranos y a veces se tenían que decir cosas que a algunos no le gustaba oír y Cota en ese sentido siempre ha sido una persona que no se escondía y además tenía libertad para hacerlo, porque se rompía la cara por el equipo. Era de esa clase de jugadores que podían tener un día más o menos acertado, pero sabías que daban el 100 por 100. Cota tenía libertad para poder hablar porque él no era sospechoso de bajar el rendimiento nunca.
El Rayo se salva, se queda en Primera, y llega de nuevo Paquito para la temporada 96/97.
Sí. Para los que le conocíamos fue una muy buena noticia. Lo que pasa es que ese año nuestro vestuario era también especial. Paquito era una persona que determinadas actitudes muy normalizadas en los futbolistas no las veía. Era muy de valores, muy de llegar al corazón, pero cada uno teníamos nuestra manera de ser. Llevaba muy mal las faltas de puntualidad, determinadas faltas de respeto en algún entrenamiento, que algún jugador se pasase más de la cuenta en las salidas… No lo llevaba bien y nosotros teníamos un equipo un poco especial en ese sentido. Creo que sufrió mucho el día a día. A lo mejor sentía que había perdido el control del vestuario y de determinados jugadores. Le pasó factura.
¿Es posible que él estuviera sintiendo que ese fútbol ya le era ajeno? Hablamos de la llamada «liga de las estrellas».
Yo creo que sí. Y un poco la dimensión que tenían los jugadores. Procedía de una época donde el entrenador estaba cuatro o cinco peldaños por encima. Y en esa época ya empezó a igualarse. Eso ha cambiado y lógicamente el entrenador ha tenido que evolucionar. Hoy en día tienes que tener muchísimo crédito a tus espaldas para estar muy por encima, sobre todo en la élite, pero entonces yo como jugador siempre he visto al entrenador como una figura muy por encima y eso, a partir de esa época, empezó a cambiar; el entrenador se tenía que convertir más en un gestor personal y de egos, más allá de lo deportivo, y tenía que preocuparse de no tener incendios, además de mantener a la plantilla lo más contenta posible para sacar rendimiento. Ahí comienza la explosión de lo que es el jugador súper mediático, el crack, y para alguien como Paquito costaba asimilarlo.
Pedro Contreras aterriza en Vallecas desde el Real Madrid.
Ese año para mí, cuando se va Willy, era muy ilusionante. Y con Paquito además. ¿Y qué ocurre? Que me traen a un portero. En un principio tengo la ilusión de poder estar por delante de él, pero… ¡fíjate!, es el mejor portero con el que me he sentido más inferior. La temporada que hace Contreras ese año en el Rayo es una de las mejores de su vida. Y luego ha tenido un recorrido increíble. En pretemporada, el Toro Aquino se me acercó: «Nene, te lo han traído hasta bajito», me decía el cabrón [risas]. ¡Joder con el bajito! ¡Qué portero! Si tuvimos alguna opción de mantenernos, fue por el año que hizo Koke. Acabamos descendiendo, pero hizo un año tremendo. Yo hice una Copa también espectacular.
Esta vez juegas en liga un único partido, encima contra el Barcelona en Vallecas.
Sí, el partido fácil. A Koke se lo digo mucho. El partido anterior jugamos en Gijón y él tenía cuatro tarjetas amarillas. Claro, estaba a una tarjeta y yo no había jugado. Me acuerdo de un balón que se va fuera, quieren perder tiempo, y va Koke, y se tira, entonces le sacan amarilla. Fue ver esa tarjeta y los compañeros en el banquillo me miraron: «Ahí llevas la quinta», como diciendo «¿no querías jugar? pues toma». No juego en todo el año y lo hago en el partido en el que nos jugábamos la permanencia en Primera. Fíjate en las sensaciones, la responsabilidad, la presión… En esa época estaba en la Universidad, en época de exámenes, y no hice ninguno. No iba a estar todo el día estudiando; mi foco hasta el domingo estaba en el partido, ni en exámenes ni leches, ya me pondría a ello después. Fue una semana de mucha tensión. Perdimos 1 a 2, lo que nos supuso jugar el playoff. De haber ganado lo hubiésemos evitado, y ese año al final descendimos en el playoff contra el Mallorca.
¿Qué estabas estudiando?
Magisterio de Educación Física. No la terminé. Siempre digo que lo único importante que saqué de la Universidad es que conocí a mi mujer allí. Fui por Miguel Hernández, capitán del Rayo y campeón olímpico en el 92. Estaba en Don Bosco, en la universidad privada, y me convenció. No es habitual que un compañero de equipo se interese por alguien joven y le diga: «Oye, ¿por qué no te pones a estudiar?».
El Rayo desciende y la siguiente será tu última temporada en el club, que ficha a Julen Lopetegui.
Es que ese año, en principio, mi ilusión era empezar la temporada como primer portero y a Julen lo firman una semana antes de la pretemporada. Fíjate lo que es eso. Otro año más que pienso que voy a jugar y no solo me traen a un portero, me traen a Lopetegui, internacional que viene del Barça a Segunda. Otra vez a empezar el año de segundo portero. Julen y yo éramos compañeros de habitación y empezamos a forjar una amistad que dura hasta hoy. Probablemente sea de las personas más importantes en mi vida deportiva. El que yo esté en la Federación es fundamentalmente gracias a él, que fue un poco el valedor mío con Iñaki Sáez el año que me incorporo.
¿A Lopetegui le gustaba cantar rancheras?
[Risas] Julen y el karaoke están íntimamente unidos. Es un gran desconocido para la gente. Quien no le conoce tiene la sensación de que es una persona distante, pero con la gente de confianza es una persona súper cariñosa y muy entregada.
¿Habías pensado en irte antes a otro club?
En que lo deportivo fue un año duro, pero acabo jugando porque en esa época Julen tenía también muchos problemas musculares de una lesión de espalda con la que tuvo que convivir. Se cuidaba mucho y el rendimiento que tenía era tremendo. Estábamos todo el día juntos, no solo en la habitación. Fue un año bonito. Pero mi obsesión era jugar, me quería sentir importante. Tampoco fuerzo la situación para continuar en el Rayo y entre que el club veía que yo no terminaba de arrancar y que yo lo que quería era jugar, pues entre los dos al final se dejó pasar la temporada y acabo firmando por el Hércules, habiendo tenido alguna otra opción de algún equipo de Primera. Son decisiones que uno toma en la vida. Acabé en Alicante, un sitio maravilloso en el que he estado ocho años de mi vida. Mi familia ha vivido allí. Es un auténtico paraíso. Pero más que la época del Hércules, que fue una época dura en lo deportivo, viví una época maravillosa en Alicante, en Segunda B, donde me he sentido muy importante como jugador, donde me he sentido realizado y donde he visto el nivel que tenía como portero. Lo que pasa es que quizás fue una etapa de mi carrera deportiva donde ya era tarde para volver atrás, a retomar otra vez a la senda de Segunda y de Primera. Era ya imposible.
¿Por qué te vas al Hércules?
También tuve opciones de irme al Celta de Vigo, pero no se llegó a un acuerdo y acabó yendo [José Manuel] Pinto. Se tensaron un poco las negociaciones y el Hércules acabó viniendo a Madrid para hablar con mis agentes y apostar. En teoría era un proyecto muy importante para ascender otra vez a Primera. Mi objetivo era empezar jugando desde el principio y tener esa vitola de titular que no había tenido nunca. Estaban [José Francisco] Belman y [José Miguel] Marí y creo que a las dos primeras jornadas ni siquiera fui convocado. Fíjate en el shock. Juego toda la pretemporada y no encajo un gol. En lo deportivo fue un año durísimo para mí, para mi familia…
Además hubo problemas de impagos a mitad de temporada. En esa época de problemas de impagos se da la posibilidad de ir al Villarreal con Paquito, como te he dicho antes. Imagínate estar sin cobrar y tener la opción de volver a Primera. Se lesionó [Andrés] Palop y tenían que incorporar a un portero. Recuerdo tener una llamada de [José Manuel] Llaneza, diciéndome: «Esta tarde vente para acá, que tenemos un partido amistoso con el PSV y el fin de semana jugamos en el Bernabéu, y tienes que ser tú». Estaba en el Hércules, sin jugar y sin cobrar, y no se llega a un acuerdo deportivo. Imagínate el palo. En ese momento sí que me rebelé un poco con el club, porque estaba sin cobrar y no me facilitaban las cosas. Estaban en su derecho también de pedir lo que fuese, pero también estaban mis circunstancias. Lo hubiese entendido si estuviese jugando. Tuvimos muchos cambios de entrenador, fue un año muy convulso, también con la afición, que era muy exigente. Yo venía del Rayo en Primera y la presión mediática y de afición que había en Alicante no la tenía en Vallecas. Los entrenadores llegaban a salir escoltados del estadio. Fue un descenso muy doloroso, con un proyecto para subir a Primera. Esa situación conllevó al año siguiente una suspensión de pagos, pérdida de contratos, negociaciones…
Revisando tu historial, en el Hércules figuras en dos temporadas, 1998/1999 y 2000/2001, pero no en la intermedia. ¿Qué sucedió?
Que no tuve ficha. El segundo año era capaz de meter 25 tiros libres seguidos. Entrenábamos en las instalaciones deportivas, no podíamos ni siquiera entrenar en el Rico Pérez. Estábamos [Nemanja] Miljanović, [José Luis] Baroja, Antonio Gómez… Ese año se baja a Segunda B y a los jugadores que teníamos contratos de profesional no nos dejan entrenar y nos apartan. Entrenábamos en un polideportivo donde intentábamos estar preparados lo mejor posible.
¿Cómo terminó saliendo la cosa?
El tema económico se solventó porque teníamos que renegociar los contratos, pero también tuvimos que perdonar dinero para que subsistiera el equipo. De hecho, en ese segundo año el club está en posibilidad de desaparecer. Es verdad que a mitad de temporada se nos acepta y empezamos a entrenar con el primer equipo. Entra Enrique Ortiz, que es el actual presidente, y tienen que hacer una negociación con todos los jugadores para reducir los pagos y hacer viable el club y que no desaparezca. Otros compañeros vivieron cosas muy feas, porque se negoció de manera independiente e individual con los jugadores. Yo tomé la decisión de que para mí lo económico pasaba a un segundo plano y podía asumir una reducción de contrato y perdonar unas cantidades siempre y cuando en lo deportivo formase parte de la plantilla. Esa era un poco mi apuesta. Llevaba un año sin jugar y me iba a ser muy complicado entrar en algún proyecto. De hecho, eso fue lo que me valoró muchísimo la afición, no solo el esfuerzo que hicimos todos, sino también el esfuerzo económico. El último año en el Hércules jugué toda la temporada salvo mi periodo de lesión. Luego, por desgracia, no continué.
¿Por qué?
No me renovaron, pero eso fue lo que me hizo luego llegar al Alicante. En realidad me vuelvo a Madrid, empieza la pretemporada y no hay ninguna oferta que me convenza. Pero Marí, que había sido compañero mío en el Hércules, estaba de portero en el Alicante y tuvo una lesión grave de espalda que le supuso la retirada. Entonces el Alicante apostó por mí con Pepe Bordalás de entrenador y Antonio Solana de presidente. Antonio era un empresario que tenía mucha relación con el presidente del Hércules y les llamó la atención mi sacrificio económico para continuar.
Mi llegada al Alicante fue la mejor época de mi vida (como jugador) deportiva. Jugué por primera vez 100 partidos seguidos de titular. Éramos un equipo increíble: Javier Morante, David Asensio, Miguel Ángel Llera, Eduardo Albacar… Por allí han pasado jugadores que luego han sido profesionales. Ya te digo, es donde realmente me he sentido más importante como jugador. Además, vivíamos en la playa de San Juan. Mis hijas y mi mujer han tenido allí unos años increíbles. Si no llega a ser porque me incorporo inmediatamente después de mi retirada a la Federación, probablemente nos hubiésemos quedado a vivir en Alicante.
En el Alicante estás hasta la 2004/2005 y te vas siendo campeón de liga.
Sí, pero el Lorca Deportiva de Unai Emery subió al final a Segunda. Ese también fue un punto de inflexión importante. Ese año el club decidió no renovarme y tuve ofertas para otros equipos de Segunda B, pero no me cuadraba por la familia. Pero hay una apuesta importante del Orihuela, que en ese momento estaba en Tercera. Yo no quería mover a mi familia y el club me permite vivir en Alicante. Entonces empecé allí la temporada. Tuve siete meses increíbles y me trataron de maravilla, pero sentía algo, me faltaba motivación para poder estar al nivel que yo quería. Hice un año muy bueno, pero fue muy duro para mí el principio de la temporada, llegar allí y ver que ya no mantenía la categoría, porque bajaba a la Tercera. En ese momento hablo con Lopetegui y le planteo la posibilidad de trabajar con él. Yo ya tenía todos los títulos de entrenador.
Entiendo que te los ibas sacando mientras jugabas…
Claro. Entonces podías hacerlo. Yo ya tenía la máxima titulación como entrenador, entonces hablé con Julen y le dije que no sabía si iba a tener fuerzas y motivación suficiente y que me avisara si salía algo y si creía oportuno que pudiera servirle de ayudante, de segundo o de entrenador porteros… Esto es más o menos en julio. A la semana de hablar con él, me llama: «Oye, ¿tú irías a entrenar a los porteros de la selección?». Yo no había sido internacional, no había sido un portero… Pero querían a alguien que tuviera todos los títulos de entrenador y casa en Madrid. Pedro Jaro se acababa de ir al Real Madrid, al primer equipo, y tenían una vacante. Necesitaban a alguien con ganas de trabajar, de ir mejorando y que sobre todo tuviera la máxima formación de entrenador.
Pasaban los meses y yo seguía jugando con el Orihuela mientras hablaba con Julen de vez en cuando: «Que yo he hablado con Iñaki Sáez… Que en la Federación las cosas van lentas… Que él está moviendo cosas… Que no te preocupes, que me ha dicho que si van a incorporar a alguien ese ibas a ser tú…» Esto fue el mes de julio y hasta el mes de febrero no vuelvo a recibir una llamada, la de Iñaki Sáez. Yo estaba encantado, era un reto bonito. Juego mi último partido con el Orihuela el 12 de marzo y el 13 estoy con la camiseta de la selección aquí, en Las Rozas, entrenando con las selecciones. Con el Orihuela tuve que firmar hasta una cláusula, porque ellos pensaban que me iba a otro equipo. Tuve que pensar en una compensación en caso de que yo volviese a jugar. Luego llegó además un acuerdo con la Federación para jugar un amistoso con la Sub-21. En el Orihuela no se lo creían, decían: «Pero este tío, con 32 años, que se retira ahora y dice que se va a entrenar a los porteros de la selección…». Y fíjate lo que lo que es el destino. No he pasado por ese proceso que viven muchos futbolistas cuando dejan de jugar, que no saben cómo ubicarse, hacia dónde dirigirse.
¿Qué te encuentras al llegar a la selección?
Era el único entrenador de porteros que había para todas las categorías salvo Ochotorena, que estaba en la absoluta. Para el resto de categorías (masculinas y femeninas) estaba yo. Firmé tres meses y medio de contrato. Me retiré del fútbol con tres meses y medio de contrato y unas condiciones que eran una apuesta económica, porque ganaba una décima parte de lo que ganaba como jugador en el Orihuela.
…
Sí, así te lo digo. Cuando dije lo que ganaba en el Orihuela, me dijeron: «Aquí te damos esto, tres meses y medio… y veremos en tres meses y medio lo que te podemos dar». Fue una apuesta y un año bonito. Empecé a entrenar con la absoluta femenina, la Sub-21 masculina, ganábamos títulos europeos, estaba en mundiales… Fue algo increíble. Era la persona más joven de los cuerpos técnicos. Recuerdo a Ginés Meléndez, Juan Santisteben, Alfonso Fraile... Gente muy veterana, con mucha experiencia que me acogió con muchísimo cariño, como Manolo Delgado Meco, que es historia del fútbol. No sabía que algo que en principio era para tres meses y medio iba a tener este recorrido. En marzo se cumplieron 20 años de mi incorporación en la Federación.
¿Cómo viviste la salida de Julen Lopetegui de la Federación, cuando ficha para entrar al Real Madrid y Luis Rubiales le fulmina como seleccionador?
Para nosotros fue muy duro, sobre todo por lo personal. Y para Julen, que es un gran amigo, tuvo que ser algo muy duro también. Era un derecho que se habían ganado haciendo una fase de clasificación prácticamente inmaculada con una selección con opciones. Tanto para él como para su cuerpo técnico fue durísimo. Son cuestiones que se nos escapan porque al final son decisiones de la cúpula directiva que se toman en ese momento. Pero a mí en lo personal me dolió muchísimo. Pero mira, me alegro muchísimo de que algo que en aquel momento no se dio lo pueda vivir ahora con la selección de Catar. Ha sido un auténtico milagro clasificar a esa selección para un mundial y Julen ha hecho historia. Como entrenador lo ha conseguido prácticamente todo y la guinda al pastel es poder vivir un mundial.
En 2013 aparece la figura de Luis de la Fuente. ¿Lo conocías de antes?
No. Yo a Luis lo conocía de los cromos y sabía que había ganado las ligas con el Athletic. No necesitas más de cinco minutos con él para quererlo y cogerle cariño. Valora muchísimo las relaciones humanas. He tenido el privilegio de vivir también todo su crecimiento como seleccionador. Si no fuese por él, a lo mejor no hubiese llegado nunca al momento de estar viviendo el ciclo este tan bonito con la selección absoluta. Ha tenido la inteligencia y la sabiduría de rodearse de gente de máxima confianza y lo que estamos viviendo ahora es muy difícil vivirlo en un entorno profesional de élite. Luis nos escucha. Lógicamente, él es el máximo responsable y el que toma siempre las decisiones, y sobre sus hombros recae en una responsabilidad tremenda, pero saber que estás en una zona de seguridad donde puedes decir cosas, muchas veces incómodas de oír entre unos y otros, nos hace ser muy fuertes como cuerpo técnico.
¿El seleccionador le da al karaoke también?
[Risas] Le gusta mucho la música y es un admirador tremendo de Julio Iglesias. Ya viste la celebración del europeo. Sí, coge también el micro, le tiene gusto.
Cuatro porteros seleccionados por Luis de la Fuente: Unai Simón, David Raya, Alex Remiro y Joan García.
Sí, cuatro porteros. Y cuatro ex porteros en un cuerpo técnico de siete: Juanjo González, Javier López Vallejo, Pablo Peña… Imagínate lo que me facilita mí.
Ahora mismo, desde tu visión y posición, cuando un portero como David de Gea pasa una mala racha y carga con tanta presión, ¿cómo lo ves tú? ¿Cómo se enfrenta uno al fracaso?
En el fútbol de élite al final las grandes diferencias lo marca lo mental. La diferencia entre el jugador bueno y el que es top internacional, muchas veces es el coco, y hoy en día se puede llegar a trabajar. No te sabría decir el porcentaje, pero yo como entrenador, si uno de mis porteros puede mejorar un uno por cien en el aspecto mental, ese uno por cien a lo mejor es determinante para conseguir éxitos o para conseguir un torneo o para llegar a un balón o para tener una buena actuación o no.
Jugadores que están a este nivel, en equipos grandes, en las selecciones, la responsabilidad que tienen sobre los hombros es grandísima. Es importante saber detectar qué perfil de jugador puede llevar eso o no, lo ves rápido. Uno de los cambios que ha habido en las últimas generaciones de futbolistas españoles ha sido ese. A mí me maravilla ver a nuestros porteros y a los jugadores en la antesala de los partidos, en la salida previa al vestuario, simplemente afrontando a su manera el partido. Da igual si es Alemania o Brasil. Ese chip lo hemos cambiado. Venimos de una época donde España ha sido un poco el patito feo y los éxitos de tantísimas generaciones, sobre todo en los últimos 20 y 25 años, ha hecho que el jugador español no tenga miedo a enfrentarse a nadie.
Joan García está en la absoluta. Ya habías trabajado con él anteriormente.
Desde los 16 años. Joan es un portero que en categorías inferiores ha estado muy a la sombra de Arnau Tenas. Sabemos de su potencial y sabemos además cómo ha respondido ante determinadas situaciones. Nadie ha regalado nada a Joan, lo que tiene ahora mismo lo ha conseguido picando muchísima piedra, tanto en la selección como en sus clubes, ahora en el Barça.
Si tuvieras que empezar otra vez, ¿volverías a ser portero?
Sí. Y de lo que no tengo ninguna duda es de que volvería a ser un apasionado del deporte. No hay nada más bonito que poder ser profesional de algo que te apasiona. Los mejores momentos de mi vida los he pasado jugando. Aconsejo la práctica y el aspecto lúdico del fútbol. No he hecho nada más que disfrutar de esa sensación de juego en libertad… Las vivencias que he tenido tanto como jugador como entrenador han sido únicas y me las llevaré a la tumba. Soy un auténtico privilegiado.











