
Juan Dual Mateo (Valencia, 1985) es un tipo corriente cuyo organismo no entiende de medias tintas. Participante habitual en pruebas de ultra distancia, tanto en bicicleta como a pie, depende de un cuadro clínico que le obligó a ser intervenido quirúrgicamente en múltiples ocasiones. Autor de Vacío (2021), sin estómago, colon, recto ni vesícula biliar, es alguien que bromea por el hecho de haber estado varias veces prácticamente muerto. Pero su condena se ha convertido en un modo de vida: enseña a otros que el organismo es más fuerte de lo que nuestro cerebro desea justificar.
Quedamos con este divulgador clínico (expresión que comparte a medias) y deportista extremo (tampoco la quiere para sí) en el cauce nuevo del río Turia. Tras las fotos para la entrevista, es trasladado por su pareja a su casa. Su aspecto quijotesco, algo cadavérico, refleja que una gripe lo está vapuleando. Cada ataque de tos provoca en su interior, vaciado por las cirugías, terribles arcadas. Seguimos charlando en el sofá de su casa, con un Juan cubierto por una manta. Hablar con él o leerle en sus redes sociales es disfrutar de su sarcasmo y de reflexiones que Juan emite siempre sin paños calientes.
Eres un tipo duro aunque hoy tienes una pinta horrible.
Te dije que esta charla se iba a parecer a hacenos «un Mújica» (ndr: se refiere a la entrevista del expresidente uruguayo con Jordi Évole). La última charla antes de que muriera.
La última vez que íbamos a quedar, la excusa era que ibas a participar en una brevet en bici desde Madrid hasta Hondarribia.
Sí. La Kilómetro Cero Madrid-Hondarribia
Pongamos contexto para los lectores: una brevet es…
Es una prueba de bicicleta de carretera en la que te hacen salir a pedalear, y en la que sabes cuándo empiezas pero no cuándo acabas, entre comillas. Son doscientos, trescientos, hasta mil kilómetros donde, al final, te juntas con un grupo de tarados que están igual que tú con un «vamos a hacer esto» por delante. Por comparar con la dana que afectó Valencia, hice esa semana 800 kilómetros con la bicicleta, repartiendo ayuda, y había gente que me preguntaba qué le parecía que en una semana llevase 200. Los colegas de los grupos de ultradistancia nos reíamos del significado real de esa distancia.
Esta no es una concepción muy normalizada del deporte pero tampoco, ni tú ni tu vida, no estáis muy normalizados. Una cosa fundamental para afrontar este tipo de aventuras es tener engrasado y en forma el máximo de tu organismo. Pero a ti te faltan varias piezas.
Me faltan el estómago, el colon, el recto y la vesícula biliar. Y cada vez que paso por un quirófano se me quedan allá unas neuronas extra. Esto no ayuda a que después tengas buenas ideas. Mi día a día es preguntarme «qué estás pensando» y la respuesta es que se trata de algo que no va a salir bien. Pero obviamente, el tipo de actividad que hago no es normal. Tener la maquinaria bien engrasada es básico para lo que sea porque no puedes pretender salir a correr un maratón y que todo no ruede como debe rodar, o una brevet o cruzar Pirineos a pata o Latinoamérica en bicicleta. La teoría establece unos cánones.
Ese muy mencionado eslógan de niños, no hagáis esto en casa.
Aquello de consejos vendo, que para mí no tengo. Pero es cierto que, al final, estas cosas has de afrontarlas con dos dedos de frente.
Porque cruzas unas líneas de no seguridad. Dices adiós a la prudencia.
A ver. Yo llevo años con controles médicos anuales. Los médicos al principio me decían que por favor no hiciera el burro. Y ahora son ellos mismos los que me utilizan como caso de éxito a través del deporte.
Aunque estuvieras recién salido de la fábrica, que no es tu caso, para estas aventuras también hay que llevar unos controles.
Deberían. En mi caso hay un nutricionista y un entrenador personal desde hace un montón de años, por razones evidentes. Son locuras, sí, pero no hay puntada sin hilo. Lo que se ve y vende en las redes sociales, los influencers y su eslógan de si quieres puedes, hay que pararlo. Espera, que de héroes está lleno el cementerio. Hay que poner un poco de cordura y decir al lector que se mueva, que haga deporte pero que se va a matar como siga por algunos caminos.
Juan Dual nace ya va para cuarenta años. Qué asco, qué joven eres.
Qué asco es cómo estoy hoy. Ya me has visto en el coche, tener que parar a vomitar mocos (Ndr: de camino a casa, la tos de una fuerte gripe le ha provocado náuseas causadas por debilitada musculatura abdominal, al carecer de estómago). Somos la última generación cuerda. Fuera coñas, somos la última hornada previa a los múltiples e indiscriminados cambios educativos.
De niño, Juan Dual, ¿qué era?
Soy el mayor de ocho hermanos, nacido en el seno de una familia muy católica. Obviamente, cuando eres pequeño tienes una religiosidad impuesta ya que tus padres van a misa, lo mismo que un judío ultraortodoxo hace un Sabbath con siete años o un talibán se radicaliza con quince. Lo que conoces es lo que conoces. Luego empiezas a interpretar lo tuyo. Pero hasta los doce o catorce estuve yendo a un colegio concertado y de curas. Recuerdo una época rodeada de kikos, los de Kiko Argüello, en la que se intuyó que yo podía perfectamente terminar en un seminario. Y eso no te queda tan lejos, lo mismo que mi hermana mayor también estuvo haciendo sus escarceos como novicia, aunque luego no fraguó.
Son patrones tan fuertes que te van a marcar seguro. O a favor o en contra.
Nunca te dejan en la indiferencia. Luego pasé a un instituto público y se abre el universo para mí. Pasas de rezar antes de clase, de ser penalizado en las notas si no ibas a misa los viernes, y discursos y homilías alertándonos contra rojos, maricones, y caes en un entorno donde esa gente de Satanás son chicos de un ámbito totalmente abierto; son personas normales. Y ocurre justo en esa época en la que construyes tu identidad emocional. Y hace veintitantos años ni había TikTok ni podías ver más información por ahí. Conocías lo que aprendías en esa comuna, de tus amigos frikis, los heavies, etcétera. Y eso me llevó a tener unas tensiones en mi casa muy evidentes. Tras mi caso, a ninguno de mis hermanos les llevaron jamás a un instituto público.
Quién podría sospechar que tú pudieras tener problemas con la autoridad.
Si, el experimento se les iba al carajo. Cierto que en esa época, además, ya me habían diagnosticado poliposis familiar múltiple, que es una enfermedad rara. Tenía trece años.
Nada hacía pensar que fueras a tener ninguna vinculación con el mundo del deporte de aire libre.
Estábamos apuntados a lo típico de las escuelas deportivas del colegio. El deporte me gustaba verlo en la tele pero en mi casa nadie nunca practicó nada. Sí que hicimos mucho monte porque mi padre era boy scout y había una tienda típica canadiense con la que nos íbamos a acampar. Hay fotos mías, de bebé, en la Laguna Negra de Soria pero no recuerdo ningún ejemplo más de nadie que hiciera deporte. Sí, entrenabas con los otros niños, porque era la mejor manera de que estuviéramos ocupados por las tardes. Ya éramos ocho en casa, mi padre no tenía un trabajo de ganar cientos de miles de euros, tal que en algunas épocas tenía tres trabajos en tres turnos a la vez.
Cinco en casa con tu madre, todas las tardes, dando guerra.
Ese era mi contacto con el deporte. Encima, voy a preguntar para apuntarme al balonmano y en el muy católico colegio me dicen que es que el balonmano es deporte de chicas. ¿Pero qué? Díselo ahora tú a esos campeones del mundo que tenemos.
Con trece años te confirman un diagnóstico de una enfermedad congénita incapacitante.
Enfermedad que estaba catalogada como rara ya en los noventa. No había un acceso a la libre información, en la enciclopedia Larousse de casa no aparecía la poliposis familiar múltiple. Yo tenía que salir del colegio con el justificante para ir al médico a unas pruebas y poco más sabías. Empiezas a entender que tu vida va a ser un poco diferente a la del resto de los niños.
En una edad en la que tu expresión máxima debe ser correr, jugar, la máxima actividad física.
Eso sí, me apunté a basket, y los padres nos llevaban a los partidos. Pero llega un momento en el cual durante una semana al año, como mínimo, tú no vas al colegio. No por una gripe o romperte un brazo sino por estar en casa preparándote para gastroscopias y colonoscopias, con enemas, todo obligado por el seguimiento de mi enfermedad. Con trece años me tocó pelear contra tubos y cámaras en una época en la que todo se hacía sin ser sedado. Recuerdo a mi abuela en la cabecera de la cama del hospital, yo con un mordedor para la gastroscopia, y los muy católicos ellos diciendo que aprendiera a sufrir, que me ofreciera por la gente que no tiene para comer, es decir, todo como sofronizado. ¿Por qué mierda tengo que sufrir esto más allá del control médico, y sacar algo bueno de ello por los negritos de Africa, que era lo que se decía?
Una semana al año tenías programada una tortura.
Tenía a mi abuela o mis padres acariciándome la cabeza mientras me machacaban con esos mensajes, pasando una semana al año una tortura. Esto no lo hablas con nadie porque por entonces estos temas se mantenían en silencio, pero ya entiendes que tu entorno del instituto no pasa por estas barbaridades. Con 16 o 18 años los otros no pasan por colonoscopias y gastroscopias, ni con ayunos de una semana, con enemas de litros de agua tibia y aceite llenando el aparato digestivo por el culo, y montando unos cristos de cuidado. Eso te hace empezar a entender mucho más rápido que algo no va bien. Llega un momento en el que, cuando se tiene que construir toda la base emocional de luego ser Juan con treinta o cincuenta años, maduras y te conviertes en un niño viejo prematuramente. Estás fabricando un monstruo. Y tampoco te puedes rebelar contra ese tratamiento porque tus tíos y abuelo han muerto de esa misma enfermedad.
Y el entorno familiar trabajando a su manera, no muy a favor.
La gente todavía piensa que mi fortaleza ha sido resultado de las cicatrices de la cirugía que he pasado, pero qué va. Las cirugías eran casi unas vacaciones, estaba en un hospital, totalmente drogado, y con cada operación destinada a librarme del avance del cáncer se cerraba una etapa. El estómago fuera, vale, pero descartada nueva metástasis. El colon fuera, vale. Tenemos limpio el asunto. Cuando mi verdadera fortaleza viene por ser un niño viejo.
Seguiste estirando el crédito del físico hasta tu primer encontronazo clínico chungo.
El diagnóstico más grave si estaba controlado, porque al ser una enfermedad genética me hacen un seguimiento constante. No tocaron nada hasta ver cómo iban los números de pólipos. Pero me dijeron: «Juan y familia, que sepáis que entre los 18 y 19 años, vamos a hacer un paréntesis, te quitamos colon y recto». Para poder mantenerme yo cuerdo, hay una parte muy importante: compartir el diagnóstico con todos mis mejores amigos. Ellos, por decirlo así, forman mi núcleo vital grande. De broma decimos que todos han estado varias veces a punto de morir conmigo. Tener ese entorno facilita el terrible drama de que te quiten colon y recto. Con 18 años tuve que llevar una bolsita de ileostomia durante ocho meses, hacer fisioterapia anal para que no se atrofiase el esfinter, y tener la capacidad de reírte con los colegas, del rollo Juan que te has vuelto a cagar encima. Eso te permite relativizar mucho que con edad adolescente vivas una situación atroz, pero acabe siendo muy light. He salido de fiesta con ellos, salir con la bolsa, y ellos protegerme haciendo un corrillo para que nadie me diese un golpe sin querer. Contando mi historia acabo sintetizando mucho el mensaje a ser consciente de la gente de tu alrededor. La importancia del cuidado.
Cuidar, como idea que te rodea desde siempre, ayudó que te matriculases en Enfermería. Como paciente y como vocación.
Después de recuperarme de la cirugía escojo Enfermería, y no Medicina, porque con gente que no me conocía de nada, el grupo de digestivo del Hospital Clínico, me había sentido muy cuidado, de una manera que ni siquiera en mi casa había sentido. Nos cuidamos entre colegas, pero estos eran unos adultos, de manera completamente desinteresada, que se están volcando vocacionalmente en ti. Cuando me tuve que recuperar de la primera cirugía, en la que estuve a punto de morir por primera vez, tuve a esa gente desconocida corriendo de un lado a otro y paralizando una planta entera del hospital. Enfermeros y auxiliares son los que están cerca del paciente, día a día.
Cuando hice mis primeras prácticas de enfermería, yo no había contado nada a nadie y me tocó hacerlas en Cirugía Digestiva en el Hospital de Vall d’Hebron. Carmen, mi tutora, explicaba a los alumnos por encima como hacer unas curas, y teníamos que ir a tratar enfermos con cánceres de colon, Crohn, cirugías que me habían hecho un año antes a mí. Imagina la sorpresa que se llevaron. Pero tampoco sentí yo la necesidad de contar mi historia, ¿qué gano diciendo yo nada? Me habría parecido regular introducir mi historia. Ahí estás para aprender y enseñar. La Enfermería es eso de manera constante.
Cuidar frente a mostrarse constantemente. Y fíjate, ahora trabajas en un mundo cargado de exposición.
Hay algo que me pone triste en mi trabajo, en el día a día de charlas, etcétera. Es el hecho de por qué yo, qué me hace diferente de ti, para que yo tenga que motivarte. A mi nadie me ha motivado. La motivación es un concepto elevadísimo del primer mundo. Vete a Ghana y motiva a alguien que tiene que cargar una garrafa llena de agua para dar de beber a su familia.
Viajaste a Japón. Donde tuviste un contacto rarísimo con su sociedad.
No he visto Tokio, no he visto el monte Fuji. Es cierto que allí estuve después de que me quitasen el estómago y estuviese a punto de morir por segunda vez. Con 27 años. En Japón me encuentro gente diferente. Sobre todo el silencio. La gente no habla inglés, era una zona completamente rural, así que no sabes la cantidad de horas que estuve en silencio paseando un perrito. Descubrí que puedo estar mucho tiempo conmigo mismo, en silencio. Fue mucho silencio, necesario disfrutarlo y abrazarlo para vivir. Ahí senté la base de lo que me pasó al acabar en Reino Unido.
En Reino Unido descubres tu capacidad desconocida para el deporte. Acabas trabajando en un pub por puro azar.
Después de volver de Japón yo trotaba algo por aquí en Valencia, por el río. Pero me voy a vivir a Inglaterra, donde tenía pocas opciones. No podía beber alcohol después de la operación de estómago. En ese país le dan al alpiste cosa mala. Me voy a un pueblo de 900 habitantes, había más ovejas que personas. Y esas eran las opciones, quedarte mirando cómo la gente bebe pintas o qué. Estaba en la zona norte cerca del Lake District. Y descubrí, de camino a casa, que había un grupo de quince o veinte personas entrenando con diez grados bajo cero en medio de un prado del pueblo. Fui al día siguiente al curro y les pregunté.
¿Era tipo bootcamp?
Sí, pagaban cinco libras a la semana y ahí entrenaban. Descubrí que había gente que le gustaba correr y estar en forma. Luego se iban de pintas, pero estaban entrenando en unas condiciones duras de narices. En el norte de Inglaterra, en invierno, daba igual. Luego terminé haciendo flexiones con ellos en un prado con equis grados bajo cero. Si llovía, lo hacías igual. Ya te ducharás luego con agua caliente. Empiezas a entender y amar la disciplina del deporte. En un pueblo tan pequeño no había más que hacer que trabajar y comer, dormir y optar entre beber pintas o entrenar. Me alineé con ellos.
En ese momento, en el deporte ¿encuentras expresión o liberación o…?
Independencia. Después de que me quitaran el estómago, yo no hacía nada de deporte. Me había quedado en la mierda más absoluta. Pasé en tres meses de pesar 106 kilos a 57. Esto era el cincuenta por ciento de mi masa corporal y he estado a punto de morir en un quirófano otra vez. Así que dejo de trabajar en Barcelona, pierdo mi independencia económica, laboral, tengo que volver a casa de mis padres. Con unos padres con los que me llevo regular. Con lo que termino yéndome a Reino Unido en contra de todo mi entorno, diciéndome que estoy enfermo, que dónde voy a ir. Más enfermo estoy cuanto más tiempo me quede en casa, pensaba yo.
En síntesis, en la disciplina del deporte encuentro alguien diciendo allá tú, que eso era a lo que te habías apuntado. El entrenador de ese grupo de ingleses era un exmilitar que dejaba muy claro que éramos los únicos responsables de estar allí en el prado. Era bruto, pero muy honesto. El sólo nos dice qué hay que hacer cada día pero el que tiene que acudir a hacer deporte es uno mismo. La recompensa es cuando vas entrenando y haciendo más cosas y sintiéndote bien.
Y acabas inscrito en una carrera.
Sí, te apuntas en una carrera y te quedas el último. Pero terminas muy feliz y haces luego la barbacoa con los colegas. Tampoco contaba yo nada a nadie de lo de estar tullido. Lo sabrían quizá tres personas, el entrenador, que conocía ejercicios que yo no podía hacer. Y de repente me apunto a otra, vuelvo a acabar el único corriendo treinta kilómetros de las Dales Trail Series. Ahí mi amiga Beth, después de la carrera, detiene la fiestecilla, se me queda mirando; qué está pasando. «Juan, dinos una cosa. ¿Tú eres tonto, has hecho una promesa estúpida a alguien?, porque te sigues apuntando a carreras, sigues acabando el último y eres el primero en apuntarte a otra, a cual más difícil.» Le digo, mira, corro porque estoy vivo, cosa que antes no podía ni decir. Poder dar un paso detrás de otro, ser completamente independiente y disfrutar de los pajaritos en vez de contar baldosas de hospitales. Ella estaba cabreada porque, corriendo en el monte, se había jodido la pedicura que se había hecho. Y se da cuenta que le estoy demostrando que ya no tiene una herramienta física para abrazarse a la lástima, para quejarse. Y ahí empieza mi día a día más actual. Entiendo en ese momento que no solo se trataría de correr y dormir en el monte sino de tratar de recordar a la gente lo maravilloso que es estar vivo y viva. Que se nos olvida rápidamente.
Tu cuerpo, ¿qué piensa de esa nueva situación?. ¿Qué mecanismos notas de adaptación al ejercicio?
El cuerpo es súper agradecido. Pero también es una máquina que cuanto menos haces, menos quieres hacer. Pero en el momento que le empiezas a meter actividad, todo responde. Tus médicos y colegas empiezan a reconocer que el deporte podría … empiezo a correr, a ganar fuerza, es cada día más complicado que la gente que entrena conmigo me siga el paso. Esos médicos están en un congreso y te han utilizado como caso clínico.
Y llega el momento de volcarlo en la comunicación.
Son los años de la explosión de las redes sociales. De repente me llaman para que me acerque a un centro a contar mi caso. Enseñar a la gente la realidad. Si estás en la mierda, estás; pero si estás bien, también. Al mismo tiempo el cuerpo empieza a seguirme la fiesta hasta un nivel sorprendente. En doce años que llevo haciendo ultradistancia no me he lesionado salvo caerme contra una roca y partirme la clavícula y una costilla.
A lo mejor tenías una genética buena pero no lo sabías.
Esta de ahora es la primera vez, salvo mis movidas del aparato digestivo, que me pongo enfermo con fiebres y gripe, yo lo considero una consecuencia de estar constantemente en movimiento. Soy firme defensor de que no hace falta irse al extremo del deporte, pero moverse es necesario. La evolución es la que es. Pasas toda esa información al cerebro, estímulos, aprendizaje, y todo se procesa.
En la práctica deportiva, ¿qué limitaciones encuentras, por ejemplo, en la hidratación y alimentación?. Evidentemente es el principal problema porque la digestión como tal no la puedes hacer.
Tengo que aprender a comer, a alimentarme. Son meses de ensayo y error. Comes un dia arroz blanco y te sienta bien. Al día siguiente, comes arroz blanco y no te sienta bien. Luego pruebas pasta sin nada, te sienta bien, y luego no. Así una y otra y el cuerpo se va acostumbrando. Mi truco ha sido no dejar que el cuerpo se acostumbrara, ni rendirme a la tercera. Y esto funciona con todo. Ser persistente. Todos los días me escribe gente a la que le han extirpado tal o cual cosa, y yo solo les digo que paciencia, colegas. Roma no cayó en un día. Necesitas meses. Te puede gustar más o menos. Y no hay una regla general. Conozco amigos que no tienen estómago y beben vino, o cerveza. Que yo sepa no les sienta mal, pero a mí nada. Me causa rechazo. Si haces mucho deporte empiezas a hacer encaje de bolillos.
Además, si es un deporte de larga duración, tienes que mantenerte ingiriendo alimentos de manera constante.
La parte maravillosa del deporte de larga distancia es que se acaba convirtiendo en mi trabajo, día a día. Y no hay una diferencia real entre comer para eso o para mi actividad deportiva. Por ejemplo, un deporte de corta duración y de alta intensidad sería para mí contraproducente. Me elevaría el pulso a lo loco, tendría que ajustar, alimentarme en condiciones muy estresantes. En cambio en deportes que hago a bajo pulso. Por ejemplo, el sábado pasado corrí el maratón del Meridiano, por montaña, cuarenta y tres kilómetros, y mi pulso medio fueron 140 pulsaciones por minuto. El pico no fue mucho más, se quedó en 153. En esas intensidades comes y la comida te sienta mejor.
No hay una diferencia tan grande con mi día a día. En casa, cada cuarenta minutos estoy comiendo algo. Pues en las carreras, es lo mismo. No tengo que pensar mucho más. Tomas barritas, geles, además, en casa a las once de la mañana estoy comiendo a lo mejor un plato de pasta. Por no tener estómago, no puedo comer la misma cantidad de volumen que una persona normal. Aquí cae la comida y se va gestionando. Tenemos calculado que en torno a un sesenta por ciento de los nutrientes que como es lo que acaba asimilando mi cuerpo. Hacer una dieta a mi lado es una locura. Pregunta a mi chica. A las once un plato de pasta, a las doce un sándwich, luego una pieza de fruta. Luego un arroz al horno. Para merendar más arroz de lo que ha sobrado. O eres un deportista de alto rendimiento o es imposible siquiera entender ese ritmo, lo que supone estar en casa.
No es quemar combustible sino una mezcla entre quemar y desperdiciar.
Además es una tábula rasa porque yo no conservo energía. Mi cuerpo no llega a conservar esa grasa necesaria que se adhiere a los órganos. Tengo un 2% de grasa corporal. Si hace frío nunca tengo chaqueta. Es como tener el motor encendido todo el rato. Me dicen que voy siempre en pantalones cortos pero es que estoy siempre activo.
Por ejemplo, en alguna de esas aventuras, como pasar semanas cruzando en bicicleta toda América Latina, una curiosidad. ¿llevas un set de emergencia total, de por si acaso?
No. No doy pie a la crisis total porque soy un friki del control. Ten en cuenta que al tener una enfermedad tan complicada tienes que estar viéndolo todo. Eres un neuras real, para no llegar nunca al deterioro porque recuperarte de ahí es jodido. Incluso me ocurrió algo curioso en la primera pájara que me dio en la vida, en una carrera muy larga de bici, donde estuve compartiendo momentos de pájara con otro colega. Pero yo la gestioné en cinco minutos mientras que él arrancó como cuarenta minutos más tarde. Yo me había saltado una única toma de alimentación, e iba un poco vacío porque habíamos discurrido pedaleando por una bajada muy larga y estresante, así que cuando empezamos a pedalear puerto arriba empezamos a notar esos preciosos síntomas de la pájara. Estaba mareado, fuimos a sentarnos en el quitamiedos, comí algo y en cinco o diez minutos ya estaba pensando en tirar para arriba, ya recuperado, a buscar un bar que había en lo alto del puerto y almorzar.
Vives en una lectura constante de tus síntomas.
Sobre todo si quieres vivir una vida propia, depender menos de terceros. Necesitas saber en cada momento qué está pasando. En saber cómo reaccionar. Yo, en minutos, ante una emergencia médica, sé a quién tengo que llamar, y organizar un protocolo. Es un mecanismo inherente. Son más años escaneándome que sin hacerlo. Si noto la boca mínimamente pastosa sé que necesito carbohidratos. Si empiezo a pensar en anchoas o en quesos sé que me faltan sales minerales. Acabando Ultra Fiord, una carrera de montaña de cien millas por la Patagonia de Chile, llegando a la línea de meta, llevaba en bucle en la cabeza que necesitaba comerme un pincho de anchoas con queso. Como eso iba a ser imposible cogí sal, agua y arreando. Es un aprendizaje de no llegar a acalambrarse, cómo tener que remontar.
Cuéntame cómo es tu relación con algunos aspectos de la psicología del deporte recreativo ¿Eres de deporte individual o de equipo?
(Duda y resopla). Más que por la cohesión social del propio deporte de equipo, me gusta desmenuzar la capacidad que tiene de arrastrarte en momentos complicados, como todos tenemos.
Pero hay deportes recreativos que no tienen momentos complicados. Salir a corretear media hora por el parque no tiene nada de retador.
Sí, todo el mundo lo tiene. Partamos de la base de que la mayoría de la gente no corre. El simple hecho de ponerte unas zapatillas ya es un corte. Hay que tener la cabeza bien amueblada y tener objetivos muy claros para salir a correr. Hasta la gente con hábito cae en esa relajación, porque llueve, sin ir más lejos, y piensan que bueno, ya saldrán a correr al día siguiente, que no pasa nada. Ya cambiaré el entrenamiento por otro. A ver, ya harás otro, pero te estás debiendo un entrenamiento. Sea deporte individual o de equipo. Si llueve y tienes que ir a entrenar de Paterna a Aldaia al baloncesto con los niños y chispea, tus padres se cagan en tu estampa por tener que llevar al crío a jugar ese día. Porque tendemos, por entropía, a reducir al máximo nuestra energía. Pero eso a veces es contraproducente, hay que ir más allá para mejorar.
Y respecto de la pregunta (risas), el deporte de equipo me gusta, pero para verlo. Mi momento mágico es poder pasar horas sin que nadie me vea, solo. Es una mirada hacia dentro insuperable. Empiezas a descubrirte, a ser consciente plenamente de lo mierda que eres en un planeta enorme.
La vanidad en el deporte. Trabajas en un gremio en el que todo es exposición. ¿Cómo la llevas?
La llevo regular. Es triste que yo sea el que tenga que enseñar lo que hago para que alguien se enganche a moverse. A nivel social es un fallo estructural gordo. Que la gente prefiera hacer cualquier otra cosa en vez de moverse y que tengas que motivar a la gente, que te miren raro si prefieres entrenar a tomarte unas cañas. No mis barbaridades sino una carrera popular de cinco kilómetros. Pero he acabado entendiendo cuál es mi papel en esta sociedad y lo acabo utilizando en mi medio de trabajo. Hay unas herramientas, las interpretas, adaptas y las haces tuyas.
El miedo. O su versión pequeña, dónde poner la línea de la cordura, de la responsabilidad.
Hay que saber fiarte de tu entorno. Tú quizá no te pondrás límites pero si te rodeas de gente que te conoce, te piden que eches el freno. Ahí es fundamental tener gente coherente alrededor. Que sepa tanto indicarme por dónde ir como frenarte. Entender que eso está bien, no pillarte un cabreo ante ese aviso de responsabilidad. Cambiarlo por el respeto, diría. El miedo te paraliza como un conejo en mitad de una carretera.
El entorno íntimo y el deporte. Que llegue a mediatizar con quién te relacionas o vives.
Creo que es muy difícil sostener el ritmo de alguien si haces deporte. Independientemente de la intensidad, nosotros interpretamos la realidad de una manera. El sábado no te va a costar nada salir de la cama a las siete de la mañana cuando lo normal es tirarte ahí un rato más. Es complicado irse y dejar a alguien en la cama. Los reproches, que empiezan con el por qué entrenas tanto. Bueno, en sentido contrario, por qué bebes tanto. ¿Por qué esa pregunta no se hace al revés? ¿Se puede cuestionar uno y no lo otro, las cañas que te tomas? Para mí es importante que haya una práctica deportiva, aunque no sea compartida, pero que sepas lo que es el compromiso. Vas a entender que una persona, un domingo a las seis de la tarde, se va a subir al rodillo. Lo comparto, lo veo perfecto, me ocurre con mi pareja por ejemplo.
¿Cómo ves el deporte frente al hecho de estar a punto de palmar varias veces?. ¿Lo usas para capear el temporal a medio o largo plazo?
Yo soy consciente que sin el deporte no hay un Juan a largo plazo. Ni para mañana mismo. Es una realidad. Gracias al deporte en mi día a día estoy mucho mejor, tengo más paz, estoy más feliz. No visualizo más allá el no hacer deporte. Llevo una semana con una gripe que no he tenido en veinte años y se me está haciendo bola, y eso que no puedo plantearme correr porque me ahogo.
Un ejemplo de tus próximos planes, tus próximas necedades.
Mantenerme con vida y recuperarme de la gripe. Eso me gustaría. Debutar en un duatlón en Valencia con las chicas del club Juntas somos Mejor, aprovechando que cumplo 40 años. Tengo ya lista una Race across Spain, ciclismo de ultradistancia entre Santander y Ribarroja, mil kilómetros en tres noches. También quiero acercarme a ver a otro colgado que organiza la carrera del Tractorismo. En una localidad donde hace tres años tuvieron una riada y cuyo organizador, Ángel, ha estado a tope echando una mano en nuestra dana. A las 24h de la Transibérica, que se corre en un circuito de veintidós kilómetros en un pueblito en el País Vasco, dando vueltas un día entero subido en la bicicleta.
¿Es sobre la bicicleta donde más a gusto te sientes de siempre? ¿Es donde además autonomía tienes, sientes y mirar paisajes sin tiempo por medio?
No. Lo que más me conecta a la tierra es correr. Ahí llegas a una cima de una montaña con tus pies, donde no llegas con una bicicleta. Pero es un recurso, yo viajo a las carreras en bicicleta. Sí. Si tengo que elegir, lo que más me gusta es ir a pata con una mochila. Llevar la casa encima, caminando. He cruzado los Pirineos, la Comunidad Valenciana, las Canarias, durante semanas. No conozco ninguna manera que te conecte más con la gente que una mochila y tú. Ya lo decía Labordeta. La bicicleta no deja de ser un doping tecnológico.
Alejado de la versión soleada de las fotos que ha hecho Eva Máñez, cada ataque de tos dobla a Juan sobre la manta que cubre sus piernas en el sofá. Confiesa, condenado a esa rueda de la que nos hablaba, que lleva dos horas sin comer y que deberíamos dejarlo. El agotamiento y la gripe alargan cada respuesta. Belén, su pareja, impone un poco de cordura y atiende a un Juan Dual al que despedimos igual de irónico y cadavérico como lo encontré esta mañana.









Pingback: Juan Dual Mateo: superando límites en el deporte a pesar de una enfermedad rara - Hemeroteca KillBait
Un auténtico crack sin duda