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Aitor Larrazabal: «El cabezazo que Zidane le dio a Materazzi ya me lo había dado a mí en sub21 y también le expulsaron»

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Aitor Larrazabal

Nació en un pueblo con aeropuerto, Loiu, pero jamás subió a un avión sin billete de vuelta. ¿Cómo iba a irse si Bilbao incluso es su segundo apellido? Acaba de soplar 54 velas y Aitor Larrazabal (1971), lateral izquierdo inolvidable, sigue siendo el undécimo jugador de la historia con más partidos con la camiseta del Athletic Club (445). Contesta durante más de dos horas en la terraza del Hotel Abba Euskaduna, situado entre la gabarra que nunca cogió y el San Mamés que nunca pisó. Él vivió en el viejo, demolido. Pero los recuerdos no se pueden demoler.

Es el 15º jugador de la historia de Primera División con más goles de penalti: 29, solo por detrás de Cristiano Ronaldo (61), Messi (60), Hugo Sánchez (56), Koeman (46), Penev (43), Iago Aspas (40), Marañón y Dani Ruiz-Bazán (34), Parejo (33), Villa (32), Ander Garitano (31) y López Ufarte, Quini y Tamudo (30).

«Cuando tiras un penalti es casi una obligación meterlo», argumenta el actual director deportivo del Gernika. Celebraba los goles con un chupete en honor a sus dos hijos: Ander, nacido en el año 2000, y Gaizka, nacido en 1997 y también exjugador del Athletic. Jugó once partidos en el curso 2019-2020: menos de los deseados, pero suficientes para que los Larrazabal entraran en el selecto grupo de padres e hijo que han defendido la camiseta del Athletic a lo largo de toda la historia. Los dos últimos años el hijo ha jugado en la primera división portuguesa con el Casa Pia. «Por la calle mucha gente me llamaba y me llama Chupete», dice el padre. Guarda los dos chupetes en algún cajón y muchos recuerdos en la cabeza.

¿Cuántos hermanos erais?

Nosotros somos cinco hijos de padres que nacieron en un caserío y que convivieron con los abuelos durante muchos años, en Loiu. Mi padre era natural de Sangroiz, un barrio que pertenece a Sondika, y mi madre, de Loiu. Se casaron, tuvieron cinco hijos y trabajaron casi siempre ligados al tema del caserío. Agricultura, ganadería. Mi padre también trabajó en fábricas como la Franco y luego trabajó para una familia de mucho dinero. Eran propietarios de una naviera que estaba muy cerquita de casa y él era el chófer, la persona que se encargaba de toda su logística. Mi madre estaba en el caserío. Se encargaba de la familia y de lo que tocaba en ese momento en todos los ámbitos, que no eran pocos.

¿Eras de los hermanos mayores o de los pequeños?

El quinto y el último. Mis padres vivieron muchos años con los padres de mi madre. Y luego estrenaron un caserío nuevo cuando nací yo. Yo he tenido suerte en ese sentido porque estrené el caserío y mi padre compró el primer coche de la familia cuando iba a ser mi bautizo: un 600 que luego yo lo traje a San Mamés. Venía a jugar con él con el Bilbao Athletic. Ya tenía un recorrido porque ya lo habían utilizado todos mis hermanos además de mi padre.

En Bizkaia se era y se es del Athletic por ADN casi.

Sí. Es lo que mamas. Es como un cúmulo de circunstancias que te lleva a ser del Athletic sí o sí. No había otras opciones, pero no porque no las hubiera sino porque realmente no las contemplabas. Y en mi caso además cuando tengo 11, 12 años es cuando se ganan las ligas, que fue otro subidón añadido. Ya no es solo el mero hecho de ser del Athletic, sino que además en ese momento es campeón. Y yo entro en Lezama en ese momento.

¿Eran muy futboleros en casa?

Mi padre sufría mucho cuando venía a verme al viejo San Mamés. Y a Lezama creo que no fue nunca y estuve desde alevines hasta juveniles. A San Mamés vino poco. Creo que vino más veces mi madre e incluso mi abuela, que tenía un genio muy potente y cuando los partidos no eran muy buenos enseguida arremetía contra todos. Mi familia no ha sido de mucha tradición quitando a mis hermanos. Tengo dos hermanos que jugaban al fútbol y que les he visto muchos partidos porque a mí me ha gustado muchísimo el fútbol desde muy pequeñito. Ellos también eran del Athletic. Uno de ellos incluso jugó un partido de Copa contra el Athletic en el viejo San Mamés con el Mungia. Yo no vine a verlo, pero sé que perdieron [8-0, en enero de 1980]. Fue muy chulo porque no había muchos clubes de Bizkaia que pudieran jugar en San Mamés. El hecho de tener la oportunidad de poder jugar en San Mamés aunque fuese como visitante era algo que me llamaba poderosamente la atención. Y años después volvió con la posibilidad de decir que era mi casa.

Aitor Larrazabal

¿Cuándo fue tu primera vez en San Mamés?

En el pueblo teníamos el hándicap que a pesar de no estar lejos de Bilbao, la conexión era muy mala. Ahora ya hay otras conexiones y más posibilidades, pero en su momento era más complicado. Además, yo no era socio y mi familia tampoco. La primera vez es cuando ya entro en la estructura del Athletic y empiezo a venir a todos los partidos porque nos daban un carnet. Lo que más me sorprendió fue el olor a puro y las txapelas y también que se animara tanto al Athletic. Es algo que al principio me llamaba mucho la atención.

A todos los que teníamos invitación porque pertenecíamos al Athletic nos ponían en Tribuna Sur, justo encima de la portería. No había ni butacas. Era un sitio donde había como dos peldaños grandes, en pleno cemento. Para ir al estadio tenía que buscarme la vida, pero para mí ya era como una obligación. «Estoy donde estoy, he entrado donde he entrado y cómo no voy a ir a ver a mi equipo y a estos jugadores que son en los que quiero fijarme e identificarme». Era como un compromiso. Venía solo o con un compañero del colegio. Iba hasta Asua y desde ahí cogía el autobús hasta el centro de Bilbao. Alguna vez me bajaban en coche hasta Asua, pero casi siempre bajaba andando. Eran unos cuatro kilómetros. Y para ir a entrenar a Lezama era lo mismo. De hecho, al lado de la parada del autobús en Asua había un quiosco y muchas veces coincidía que el presidente del Athletic, Pedro Aurtenetxe, paraba a coger el períodico y me llevaba él a Lezama. Era amigo o vecino de una tía hermana de mi padre.

¿Cómo entraste en el Athletic?

En ese tiempo en los periódicos que entraban en casa, sobre todo Deia y a veces El Correo, había unos recortes que decían: Pruebas para el Athletic Club en las instalaciones de Lezama. Le pedí a mi hermana si podía rellenármelo para enviarlo. Se recortaba, se enviaba en una carta y hubo respuesta. Hubo respuesta. Llegó a casa una carta del Athletic a mi nombre. Eso fue la bomba. Cuando expliqué que me habían dicho que tenía que ir tal día a Lezama para hacer una prueba me miraron como diciendo que me buscara la vida. «A ver cómo vas». No es como ahora. Mis padres no sabían nada. La única que lo sabía era mi hermana porque había mandado la carta. Pero sí había hablado con mi amigo Alain. Los dos mandamos ese recorte, como muchos otros niños. Nos llevó su padre, Koldo Urrutia.

Era un sábado de finales de abril o principios de mayo creo. Jugamos un partidito de prueba en el pabellón cubierto de Lezama y cuando llevábamos 10 o 12 minutos, Gonzalo Beitia, uno de los entrenadores que estaba ahí, me llamó como llamaba él a todos los jugadores si no sabía el nombre: «Chavalín». Me dijo que tenía que volver el sábado siguiente a la misma hora. Me fui para dentro y luego vino Alain y me preguntó si me habían dicho algo. «Sí, que tengo que venir el sábado que viene. ¿Y a ti?». «No, no, a mí no me han dicho nada». Y volvimos. No sé si ese mismo día o más adelante le expliqué que tendría que bajar a pie hasta Asua para coger el autobús y me dijo que no me preocupara. «Me ha dicho mi aita que te lleva él».

Y fuimos otra vez. Me volvieron a seleccionar y al tercer sábado ya fui con uno de mis hermanos. Creo que fue un sábado más y ahí ya me dijeron que al año siguiente pertenecía a los alevines del Athletic. Cuando entré en Lezama fue una ilusión muy grande para la familia. Pero mis padres lo primero que me dijeron era que nuestra vida no iba a cambiar y que ellos iban a seguir igual que toda la vida, que iban a ser igual de humildes. Empecé a jugar en el Athletic de pequeño, pero es que no cambiaba nada. Quedaba todavía un mundo para poder llegar al primer equipo y todos sabemos lo complicado que es.

El título de Liga de 1983 debió ser una alegría brutal.

Siempre escuchabas Madrid y Barça porque eran los que jugaban la Copa de Europa y que la Real ganara la Liga dos años seguidos [1981 y 1982] y luego el Athletic ganara la Liga otros dos años consecutivos [1983 y 1984] fue un boom tan potente que fue como «¿qué tenemos los vascos?». Recuerdo el partido de Las Palmas con el transistor. En casa se escuchaba mucho la radio. No había imágenes hasta Estudio Estadio. Fue una gozada y un deleite el hecho de ver que el Athletic volvía a ganar la Liga. Fue algo muy bonito de vivir y muy chulo para las generaciones más pequeñas. Cuando hay una alegría de esta índole vuelve a reactivarse toda esa afición, todo ese sentimiento de arraigo tan importante que tiene el Athletic. Porque al final somos un reducto muy pequeñito y diferente y eso se vive de una manera especial.

Y en 1984 se repite, con alirón en la última jornada tras vencer a la Real.

Fue una tremenda ilusión por lo que se había conseguido por segundo año consecutivo. Porque habías leído y habías escuchado que anteriormente el Athletic había ganado muchas copas, muchas ligas, etcétera, etcétera, pero hasta que no lo vives en primera persona es como que están los relatos de la historia, pero no lo ves o no lo sientes. En ese momento ya eres parte de toda esta ceremonia. Fue una explosión de felicidad, pero más que la liga fue la Copa. La viví en casa por la radio. Probablemente solo porque mis hermanos mayores me sacan 15 y 13 años y ya no estaban. La copa es de lo que tengo más recuerdo. No sé si es por lo que pasó al final del partido, que tuvo mucho eco, pero recuerdo mucho el gol de Endika y lo que significó ganar contra un equipo todopoderoso como el Barça con el mejor Maradona de todos los tiempos probablemente. Fue algo increíble. El Athletic nos une a todos y cuando todos los socios, simpatizantes y forofos sienten que lo que se consigue es de todos, es una realidad. Pienso que eso es algo que mucha gente envidia: ese sentimiento tan hermanado de los que estamos o hemos estado dentro y los que están fuera.

¿Cómo viviste todo lo que pasó al final del encuentro?

A mí me temblaban las piernas. Lo escuché en directo por la radio y luego lo vi por la tele. Cuando lo escuché entendí que había una pelea y que había golpes, pero cuando lo vi me sorprendió mucho que pudiera ocurrir eso en un partido de fútbol. Fue lo más triste. Parecía que empañaba un poco toda la grandeza de ese título de copa tan importante.

Aitor Larrazabal

En 1983 y 1984 salió la gabarra. Debió ser inolvidable.

Era un crío todavía y tengo pocos recuerdos de aquellas dos primeras veces. Recuerdo sobre todo el ambientazo y un efímero paso de la gabarra con el pensamiento de «ojalá estar ahí alguna vez». Yo pensaba mucho en eso. Yo ambicionaba y soñaba primero jugar en el Athletic y luego jugar alguna final. Siempre lo he dicho: llegar a alguna final. No tuve esa posibilidad. Siempre he echado de menos la posibilidad de llegar a una final en mis 14 temporadas.

El 2 de septiembre de 1989 debutas en Segunda División con el Bilbao Athletic, en un triunfo en Santander.

La anécdota es muy buena. La cuento siempre que alguien dice que hay que tener talento para llegar. Sí, pero hay que estar en el momento y el momento nadie sabe cuál es. Me convocaron con el juvenil para ir al torneo de la Alcudia, un torneo internacional de mucho nivel, pero me tuve que quedar en Lezama por una lumbalgia. Ellos se fueron el lunes y yo me quedé en Lezama, tratándome. Lunes, martes, miércoles. Mientras me estaban tratando Ipiña y Paco Angulo [fisioterapeuta y médico históricos del club] vino Iñaki Sáenz [entrenador del Bilbao Athletic] y les preguntó: «¿Este qué, estará para el sábado?». Yo estaba boca abajo escuchando la conversación, pero ni me imaginaba que estaba hablando de mí. «Porque tengo a los centrales lesionados y necesito un central para el último amistoso de la pretemporada».

El miércoles corrí un poco, el jueves hice un poco más, el viernes me infiltraron y el sábado jugué contra el Eibar en Ipurua. Parece que yo lo hice medio bien y jugué el primer partido de liga, en Santander. Ganamos y nos dieron 86.000 pesetas de prima. Con ese dinero le devolví a mi hermana lo que me había dejado para que me sacara el carnet de conducir. Esa temporada jugué 36 partidos con el Bilbao Athletic. Era una cosa de locos. Jugábamos contra el Murcia, Las Palmas, el Betis. Hicimos un año muy bueno y quedamos terceros.

¿Cómo eran las infiltraciones en esa época?

Buah, era duro. Era duro y creo que a día de hoy algunos todavía estamos intentado desintoxicarnos. Porque al final la cortisona tienes que sacarla y no es rápido. Creo que hemos hecho barbaridades para intentar estar en las mejores condiciones en los partidos. Barbaridades.

Y el día 2 de septiembre de 1990 debutas en Primera con el Athletic. Justo un año después.

Jugamos en Tenerife y perdimos por un gol de Quique Estebaranz en el minuto 9. Además fue un saque de banda por mi banda. No se me olvidará nunca. Otras cosas igual no las recuerdas tanto, pero el primer partido es como guau por el hecho de debutar en Primera División. De repente juegas a lado de jugadores que habías tenido en cromos. Te cambias a su lado en Lezama. Nosotros teníamos un ambiente muy chulo y muy sano. Si necesitabas algo de alguno de los compañeros podías pedirlo sin ningún problema y creo que eso no pasa en todos los sitios. Muchos lunes, después de jugar nos íbamos a alguna bodega de la Rioja. Muchas veces cuando terminábamos el entreno bajábamos al restaurante donde comíamos los días de partido a tomar una cerveza o dos y a comer unas aceitunas, antes de que cada uno se marchara a comer a su casa. Y ahí celebrábamos los cumpleaños y todo. Era muy guay.

Luego con Clemente hicimos una cosa que yo no había visto ni antes ni después: nos concentraba después de los partidos. Antes de los partidos cada uno dormíamos en su casa, pero después de los partidos nos íbamos a Lezama. Hacía más unión. Ya no era «juego y me voy a celebrarlo o a sufrirlo solo». Era celebrarlo o sufrirlo, pero todos juntos. Fueron años muy chulos. Todos éramos muy normales: chicos de familias en la mayoría de los casos humildes que habíamos tenido la oportunidad de llegar a lo que soñábamos y ambicionábamos todos. En algunos casos se da. Eran días bonitos porque disfrutábamos mucho. Para mí lo bonito era el día a día, ir a Lezama a entrenar. Yo era más de los de sufrir el domingo porque para mí era más un examen. El día a día lo he disfrutado con locura. Yo era muy competitivo entrenando. Luego jugando también, pero ya era otra cosa porque para mí el partido era un examen y ahí podías decepcionar a mucha gente. Era lo que llevaba peor.

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No marcaste con el primer equipo en la temporada 1990-1991, pero sí en las otras 13. El estreno fue un doblete contra el Alavés en la Copa del Rey.

En San Mamés. Fue una ilusión tremenda. Es algo tremendo poder celebrar aquí con toda tu gente, con tus amigos y con tu familia. Uno no sé si fue de falta y el otro fue de cabeza en un córner. Porque con esta estatura que dios me ha dado había muchos entrenadores que me hacían subir porque me gustaba ir de cabeza. Para la altura que he tenido siempre, he tenido un buen timing y además es que me gustaba ir a rematar.

El primer gol en LaLiga ya sí que fue de penalti, en una victoria en el antiguo Lluís Sitjar. 

El lanzador era Ander Garitano, pero no estaba en el campo y cogí el balón para lanzarlo. No sé porqué. Me vino Valverde y me preguntó si lo iba a tirar yo y le dije que sí. «Si lo tiro yo y fallo no pasa nada», me dijo. «Si lo tiro yo y fallo, tampoco, pero no voy a fallar», le dije. Cogí el balón, chuté y marqué y a partir de ahí fue como que ya había otro lanzador en el equipo. Todo se fue sucediendo así hasta un partido en Compostela [1994]: le hacen un penalti a Julen Guerrero y Ander está en el campo y me digo «pues lo tirará él». Él coge el balón y tal, pero viene adonde yo y me dice que lo tire. No hacía falta preguntarle nada. Él me dijo que lo tirara yo y yo lo tiré y lo metí. A partir de ahí tiré unos cuantos.

Siendo defensa, ¿de dónde viene la relación con los penaltis?

Yo de pequeño veo a dos jugadores del Athletic lanzar penaltis, Andoni Goikoetxea e Ismael Urtubi, y cuando los veo lanzar, me digo que un día yo también llegaré a ese campo y también lanzaré penaltis. Además también imité la manera de lanzarlos. Los dos eran zurdos y le pegaban bien duro. Luego yo cambié y algunas veces tiraba más a colocar con el interior. Hasta el último, que fue mi último año en Málaga, tuve la oportunidad de lanzar unos cuantos.

Fueron 29 goles de penalti en Primera y eres uno de los 15 jugadores de la historia de LaLiga con más tantos desde los once metros. 

Hace ilusión estar en una lista como esta o como la de los jugadores con más partidos de la historia del Athletic. Son cosas a las que les das más importancia cuando pasan los años y ya no estás. En los penaltis tenía la seguridad de que iba a estar cerca de hacer gol seguro. De hecho, creo que no hay ningún penalti que vaya fuera de la portería. Recuerdo que me paran tres o cuatro y luego un larguero contra Stelea, contra el Salamanca, y un palo. Leal es uno de los que me paró. Me parece que Toni Prats con el Betis y luego Cañizares con el Valencia. Ese día podíamos haber ido 0-2 al descanso y nos fuimos 0-1 y luego perdimos. No veía los penaltis que fallaba, pero los sentía. Era mucha culpa. Lo pasaba mal. Poder celebrar un gol y sobre todo que valga para una victoria era impresionante, pero luego sufres mucho cuando lo fallas eh. Yo sufría mucho. Ya digo que para mí los domingos eran un examen. Y sabías que tu rendimiento podía hacer feliz a mucha gente conocida o hacerle daño.

¿Cuál era tu secreto?

Siempre intentaba estudiar bastante a los porteros. Ver qué porcentaje de veces se tiraban hacia cada lado. Lo miraba mucho. Veía los resúmenes una y otra vez y miraba donde tendían a ir si el que lanzaba era zurdo. Tampoco valía siempre todo porque luego es el momento y nunca ha sido igual lanzar un penalti en el minuto 10 o 20 que en el 80 o 90 porque no estás igual. No tienes la misma seguridad ni el mismo cansancio y el resultado también tiene que ver. Es el momento.

También siguen en la retina o goles de falta extraordinarios.

Creo que el primero que hago es en Anoeta con la Real y es una falta que yo ni me imagino que pueda chutar. Pero Luis Fernández ya me había visto lanzar alguna falta en algún entrenamiento y me dice: «Lara, Lara, dale». Yo pensaba: «Pero si está a 35 metros. ¿Cómo voy a chutar?». Y con Alberto en la portería. Si me ha dicho que chute yo le voy a pegar con todo el alma. Y entró. Y claro desde ese momento había una falta y era «Larra, Larra».

Aitor Larrazabal

Fue el 7 de febrero de 1998 y lo celebraste con un chupete en la boca. En diciembre había nacido tu primer hijo, Gaizka.

Jugábamos el miércoles en Oviedo y el lunes Luis Fernández me dijo que no iba a estar en la convocatoria porque me veía preocupado por el nacimiento de mi hijo. El martes se fueron de viaje y el miércoles nació Gaizka y ganamos en Oviedo. Metió los dos goles Urzaiz. Mi hijo mayor nació en una clínica de Bilbao y vino a visitarnos una prima de mi exmujer. Estábamos ahí y ella me preguntó cómo celebraría el gol si el domingo marcaba. «Si yo no meto goles. ¿Cómo lo voy a celebrar?». Ahí se despertó un poco la cosa de qué podía hacer. Se veían camisetas con dedicatorias y no sé si había visto algún babero o alguna cosa así en algún momento. De repente vi un chupete de esos de silicona blanditos y dije: «Ya está. Va al cordón del pantalón. Tengo que tener agilidad para soltar el cordón rápidamente y que el chupete sea de silicona por si hubiera algún impacto».

Del 1996 al 2001 llevaste el ’10’, siendo lateral izquierdo.

En 1996 el Athletic ficha a Bixente Lizarazu y un día el delegado, Txato Núñez, me dice: «Aitor, que sepas que hay una cláusula en el contrato de Bixente que dice que él juega con el ‘3’». Le agarré del hombro y le dije: «Txato, soy un chaval joven, pero ya entiendo cómo va esto. No te preocupes, que ya entiendo cómo va esto. No hay ningún problema, no seré yo quien diga nada». Por dentro me jodió porque ya habían pasado cosas bastante raras que no nos gustaron a algunos de los que estábamos. Como la capitanía que tuvo que ceder Genar Andrinua siendo el jugador más veterano de la plantilla. Porque en la renovación de Julen había una cláusula que decía que tenía que ser el capitán. Entonces Ander Garitano salió hacia Zaragoza y decidí coger el ’10’ de mi amigo. Alguno me dijo: «¿El ’10’? ¿Y vas a jugar de lateral?». «No pasa nada, no hay ninguna norma escrita que diga que un lateral no pueda jugar con el ’10’». Más de un rival me dijo qué hacía con el ’10’ a la espalda si solo daba patadas. Y yo: «Pues sí, es lo que hay, prepárate para la siguiente». Jugué con el ’10’ varias temporadas. Hasta que un día  el entrenador que más rendimiento pudo sacar de mí, Jupp Heynckes, me dijo: «¿Con el ’10’? Entre tú y yo el ’10’ lo llevan los futbolistas que tienen mucha calidad y son muy buenos. El ‘3’ está libre y yo quiero que juegues con el ‘3’». Y volví al ‘3’.

Lizarazu llegó desde el Girondins de Burdeos con mucho cartel, pero seguiste siendo fijo.

Mira, esa llegada de Bixente Lizarazu implicaba obviamente que yo iba a tener menos minutos y Heynckes me conocía bien y me quiso fichar para el Tenerife. Yo ya lo tenía todo apalabrado con el Tenerife. Lo tenía claro, asumido. Creía que era lo mejor para mi proyección. Yo no quería irme de mi club, pero había que ser realista: venía un internacional en ciernes con Francia y era ley de vida. Además Heynckes me conocía perfectamente porque ya lo había tenido e iba a hacer un proyecto interesante en Tenerife y me ofrecían cinco años de contrato. Pero Luis Fernández se reunió conmigo y me dijo que no quería que me fuera, que no me iba a ningún lado. Que confiaba en mí porque había visto vídeos y sabía que podía aportar mucho, que creía que podía jugar y que podía jugar con Bixente porque éramos compatibles. De hecho, lo hicimos varias veces: él de lateral y yo por delante. Ese año jugué muchos partidos. La verdad es que si he tenido algo bueno ha sido la disponibilidad. No he estado más de 20 días de baja en las 14 temporadas en el Athletic.

¿Cómo fue la relación con Lizarazu?

Era un tío muy salao. Era muy francés, pero también muy salao. Tuvimos buena relación. Me sorprendió que se fuera al Bayern de Múnich porque era un destino muy importante y tampoco había sido un año de mucha continuidad para él porque además había estado lesionado. No me sorprendió por la calidad que tenía y que demostró, sino por su año. Llegué a pensar que igual ya estaba todo medio establecido y que había venido no sé si de paso o a hacer un año intermedio.

¿Te planteaste salir del Athletic en algún otro momento?

No, no. No, no. Nunca más. Ni antes ni después. Y no era por una cuestión de comodidad, sino porque estaba haciendo lo que había soñado desde pequeño en el sitio que había soñado y quería desde pequeño. Es que no hay otra opción que disfrutar de todo eso sin plantearte nada más. Por el día a día. Yo iba a la ikastola a recoger a mis niños y si habíamos perdido el chófer del autobús me decía: «Joder, a ver si tal». O si habíamos perdido cuando iba a por el pan alguien me decía: «Oye, a ver si espabiláis». Eso para lo malo, pero para lo bueno cobra una especial relevancia. El Athletic es algo diferente, único. Y a los que hemos tenido la suerte de vivirlo no se nos puede olvidar nunca. Cuando tú sueñas muchos años algo y te llega la oportunidad de vivirlo, solo puedes hacer todo lo posible para estirarlo en el tiempo.

El Athletic tuvo buenos equipos en tus 14 temporadas, pero no se ganó nada. ¿Por qué? ¿Qué faltó?

No sé si el equipo en algún momento no creyó que era capaz de poder llegar a una final. Antes también eran eliminatorias a doble partido y costaba mucho dependiendo del rival. Estuvimos cerca en el año 2002 con el Madrid [semifinales]. Hubo bastante discontinuidad. Los dos primeros años con Clemente e Iñaki Sáez sufrimos. Luego tuvimos dos buenos años con Heynckes. El segundo entramos en la UEFA. También hicimos un año medianamente bueno con Jabo Irureta y luego llegó Stepanović, que es la temporada que tengo peor recuerdo de todas los que estuve. Y luego cuatro años con Luis Fernández que fueron buenos. Menos el último, que igual sobró.

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Con Luis Fernández sois subcampeones de Liga y os clasificáis para la Champions en 1998. Incluso se llegó a hablar de sacar la gabarra. 

Yo no sé si me hubiese montado. Porque esto es para los jugadores que han ganado algo. A mi todo ese reconocimiento tan popular que hubo me pareció hasta demasiado, sin haber ganado nada. Es cierto que habíamos entrado en Champions, pero es que no habíamos ganado nada. Parecía que habíamos ganado la Copa. No tenía recorrido ni plantearlo. Fue un buen año, pero hasta ahí. Faltó algo más para ganar algún título.

No sé si es como una espina clavada.

Lo de ir en la gabarra no es una espina clavada. Lo de jugar una final sí. Siempre lo he dicho. De hecho cuando me fui de Lezama les dejé en la enfermería un póster mío bastante grande con la frase: «Ojalá tengáis suerte y podáis jugar alguna vez esa final que yo nunca he podido jugar». No haber podido jugar una final se quedó ahí como una espina clavada.

Jugaste dos veces la Europa League (1994-1995 y 1997-1998) y una vez la Liga de Campeones (1998-1999).

Son partidos fantásticos que disfrutas mucho porque compites contra equipazos de Europa. Es muy agradable vivirlo. Y la Champions ya es otra historia. Eso es otra historia. Es otra historia. La música de la Champions cuando sales al estadio de Turín. O cuando jugamos en Rosenborg, con un montón de nieve y un montón de frío. O en Turquía, todo lo contrario: un ambiente muy caliente, con Hagi enfrente. Fueron experiencias muy chulas, sobre todo por de dónde veníamos y porque éramos una cuadrilla. Es que un año antes tú no te imaginabas que podías estar jugando la Champions. El hecho de llegar a jugar en San Mamés ya era algo brutal. Luego juegas la Copa de la UEFA y tal y un año pum, pegas el pelotazo de poder jugar la Champions. Yo no guardo ya muchas camisetas, por no decir pocas porque tengo un hijo pequeño que es muy negociante y ha sacado un rendimiento muy bueno de la carrera de su padre, pero la que guardo y la que me he puesto varias veces es una camiseta de la Champions.

¿Qué pasó con las camisetas?

Una vez me llamó un coleccionista de Madrid que iba a hacer una exposición de camisetas muy grande. Yo le dije que tenía un montón de camisetas, pero que estaban en casa de mi exmujer. Después de que me diera la matraca unas cuantas veces, escribí a mis dos hijos y les dije que en el trastero había un montón de camisetas, en dos bolsas: «Sacadlas todas y hacéis fotos por delante y por detrás y me las mandáis para que se las reenvíe al coleccionista». Ese hombre me pagó 8.000 euros por doce camisetas. Algunas camisetas de equipos extranjeros que había cambiado como el Parma y que no me iba a quedar. Fueron 14 temporadas y no tengo ninguna camiseta del Madrid, del Barcelona o del Atlético. No cambié nunca con ellos. Yo llegaba con mis camisetas y se las regalaba a mis amigos. Tengo una de la Real que vino a cambiarme Aranburu un día y luego tenía del Villarreal, del Dépor y tal: jugadores que venían a cambiarme la camiseta y les decía que sí. Ese coleccionista me dio ese dinero y les dije a mis hijos que nos lo repartíamos al 33% porque las camisetas eran mías y ellos aportaban el trabajo de sacarlas. Al final mi hijo pequeño se quedó con el 66% porque había hecho todo el trabajo. Le metí el dinero en una cuenta. Vio un nicho de mercado brutal y luego se dio cuenta de que había más camisetas mías del Athletic ahí y vendió algunas más [ríe].

La fase previa de la Champions fue contra el Dinamo Tbilisi. Antes de subir al avión a Georgia tú admitiste que sabíais que no volveríais a tener una oportunidad así. Fue el estreno en la Liga de Campeones para 13 de los 14 jugadores.

No recordaba esta respuesta, pero es la realidad. Recuerdo que fuimos a un estadio y a un país donde aún se veían cosas muy atípicas. En el campo los cables pasaban justo por encima de las duchas, cables pelados. Ahí podía haber ocurrido una desgracia en cualquier momento. Hasta se veía que faltaba madera en las gradas y cuando preguntamos nos contaron que con la madera se calentaban en los partidos en invierno.

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Luis Fernández se enfadó porque el Dinamo cambió los dorsales e hizo jugar a los laterales como extremos y viceversa. Os llevasteis de Bilbao incluso el agua. 

Lo recuerdo perfectamente. Empezamos a decir: «Joder. ¿Qué pasa aquí? ¿Qué no nos han contado de este viaje?». Nos sorprendió lo que nos encontramos. Lo que más fue lo del estadio. Me impactaron las duchas y el campo: la situación en la que estaba todo, la situación en la que vivimos esos dos o tres días en Tbilisi. Era otra historia. Era todo un poco prehistórico. Daba la sensación que ahí había pasado algo y no había mucho dinero. Veías la necesidad en las personas.

En la fase de grupos solo se pudo ganar un partido, contra el Galatasaray en San Mamés en la última jornada y ya sin opciones de pasar ronda. ¿Supo a poco?

Estuvimos mejor de lo que dice la clasificación porque merecimos ganar a la Juve en uno de los dos partidos, sobre todo en el de Turín. Por circunstancias no lo hicimos y son los dos puntos que nos faltaron.

En la Juve había jugadores como Deschamps, Zidane o Del Piero.

Con Zidane tengo una anécdota muy buena: cuando le pega el cabezazo a Materazzi ya lo había hecho conmigo. Coincidimos en un España-Francia sub21 en Córdoba y Zidane me pegó un cabezazo y le expulsaron. Yo no le dije nada. Me puse delante de él, tuvimos un forcejeo y me dio un cabezazo.

Jugaste con la sub20 y la sub21, pero nunca con la absoluta a pesar de que, por ejemplo, Heynckes llegó a decir que eras el mejor lateral izquierdo de España.

Coincidió que tuve generaciones en las que había buenos laterales. Mikel Lasa, Agustín Aranzabal. Una vez Manolo Delgado Meco me llamó porque había habido una lesión, no sé si de Rafa Alkorta. Jugaban en Valladolid y me dijo que Clemente estaba pensando la opción de llevarme. Me preguntó cómo estaba y le dije que bien, pero al final no se dio porque pensó en otro futbolista. No llegó. Me quedo con que he tenido un rendimiento bastante aceptable para mi club y entiendo que en mi puesto hubo jugadores muy buenos.

Hablabas de Hagi, de Zidane. Estrenaste tu Instagram con una foto con Ronaldinho. ¿Cuál fue el rival más difícil?

Ronaldinho era muy complicado de parar cuando te encaraba. Pero un delantero muy potente, muy difícil de parar y con el que nos dimos bastante cera era Lubo Penev. Buf, era muy duro, muy duro. Porque además utilizaba mucho los brazos. Te ponía la cara hecha un cromo. Era muy duro, muy duro. Y luego yo debuto en 1990 y en el Barça estaba Jon Andoni Goikoetxea, que también era muy fuerte. O Stoichkov.

Cuatro días después del partido contra la Juve en Delle Alpi se jugó un derbi con la Real Sociedad. Marcaste de penalti y acabaste de portero tras la expulsión de Imanol Etxeberria. Te marcó un gol Darko Kovačević.

Me acuerdo perfectamente. Siempre había pensado que si estaba en un campo de fútbol y en algún momento expulsaban al portero yo me iba a poner. Siempre me había gustado y siempre lo había hecho bien. En el colegio jugué un partido de hockey patines: no sé patinar, pero me pusieron de portero porque era muy bueno a nivel motriz. Se me daban muy bien todos los deportes excepto la natación. Cuando ya estaba en el Athletic muchos días me ponía de portero. Me decían que era un poco como Ablanedo, del Sporting: pequeño y rápido, ágil.

Ese día ya quedaba poco y le pedí a Ima que me diera la camiseta y los guantes. Imagínate sus manos y las mías. El partido se reinició con una falta de Idiákez. Diría que tiró un poco hacia mi lado para ver si me movía. Luego hubo una falta a favor nuestro y subí a rematar porque me lo dijo Luis Fernández. Sá Pinto me empujó por detrás en el área. Pudo ser penalti perfectamente. El VAR tendrá muchas dudas. Salieron al contraataque y yo no vi a nuestro portero. No estaba. Fue cuando vi que el portero era yo.

Aitor Larrazabal

Con la irrupción de Asier del Horno pierdes participación y en marzo de 2004 la prensa ya cuenta que no renovarás.

Jugamos en Málaga, donde hago mi último gol, y en ese viaje me dicen para comer con ellos. El Athletic en ese momento estaba en un gabinete de crisis institucional y económica y cuando me plantean ir a comer ya me intuyo qué es. Ahí Ugartetxe [presidente] y Andoni Zubizarreta me dicen que podría trabajar en el club, que luego ya buscarían qué nombre darle a ese cargo. Yo tenía muy claro que con esa directiva no tenía nada que hacer y ese verano me quedaba pensar si iba a continuar ligado al fútbol o no y decidí que no.

¿Te dolió no poder seguir? Se dijo que aceptabas cobrar poco.

Les planteé reducir mi sueldo a la mitad aceptando que ya no iba a tener un rol de jugador primordial en el equipo. Pero en ese momento ellos creyeron que ya estaban Asier del Horno, Javi Casas y luego también la figura de Fernando Amorebieta, que parece que podían verle de lateral izquierdo. Me dolió sobre todo porque Valverde me decía que contaba conmigo. Él me decía que quería que siguiera un año más y yo aceptaba un rol que tenía muy claro: en ese momento emergía Asier Del Horno y yo iba a entrenar como lo había hecho hasta ese momento y a estar preparado para jugar cuando Asier no estuviera disponible.

De hecho, hay una anécdota muy bueno de mi último año. Es un partido que no estoy convocado y Txato Núñez me llama a las 2 de la tarde para preguntarme cómo estoy. Le dije que bien, que comiendo un corderito con la familia para luego ir al partido. «Asier no está bien y Ernesto quiere que vengas». «Pues dile que sí, pero que he comido cordero y he tomado vino». «Vale, se lo digo y ahora te digo algo». A los cinco minutos me llamó y me dijo que entraba en la convocatoria.

¿Dejar el Athletic equivalía a dejar el fútbol? ¿No había más?

Cuando me dicen que no voy a seguir, sale una posibilidad de ir a Inglaterra. Había dos equipos de Segunda y un equipo inglés. Lo pensé, pero tenía dos niños pequeños. También terminas cansado psicológicamente porque no es lo mismo defender tu equipo de toda la vida que quizás salir de aquí y jugar para otro club. Aquí todo es mucho más sentido. Lo bueno y lo malo. Estaba bien porque nunca he tenido lesiones importantes, pero después de tantos años lo psicológico prevalece por encima de lo físico. Soy muy familiar y quería disfrutar un poco de todo. También tengo mi caserío con mi granja, con mis cabras, mis ovejas y mis vacas. Lo he tenido siempre. Cuando mis padres dejaron de tener animales yo intenté mantener un poco la tradición familiar. Recuerdo estar de pretemporada en Inglaterra y estar hablando con ganaderos para ir a verlos a los tres o cuatro días para comprarles una vaca. De hecho, cuando dejé el fútbol me fui a Oviedo y me compré dos parejas de bueyes. Siempre me ha gustado ese mundo.

Eras el sexto jugador en activo con más partidos en Primera, solo por detrás de Nadal, Alkiza, Caminero, Fran y Luis Enrique. El día después debió ser amargo.

Lo echaba mucho de menos. Bajando de mi casa había una rotonda y era como que se me iba el coche hacia la izquierda, hacia Lezama. Lo que más eché en falta era ir todos los días a Lezama y el entrenar. Porque a mí me encantaba entrenar. Heynckes me decía que me veía entrenar y era una mezcla de Augenthaler con Berti Vogts. Porque Berti Vogts era fuego y Augenthaler tenía la tranquilidad de salir con el balón jugado. Yo no les conocía e intentar buscar rápidamente quienes eran. Yo me iba más a cómo era Berti Vogts que a Augenthaler porque entrenando era muy competitivo. Etxebe me decía que lo peor era cuando le tocaba jugar contra mi en los partidillos porque era muy pesado. A mí siempre me ha gustado mucho entrenar. Y vivir la salsa del día a día, el vestuario. El roce, las bromas. Vivir con los utilleros, los médicos, los fisios. Era algo muy bonito y que sabías que se había acabado. Los primeros seis meses decidí no hacer nada, desvincularme de todo. Pero en diciembre me llamó el coordinador del colegio de mis hijos y me dijo que tenía un equipo y que necesitaba un poco de ayuda. En enero ya estaba entrenando a niños de 12 años.

Te retiras como el quinto jugador con más partidos con la camiseta del Athletic (445), solo por detrás de Iribar (614), Rojo (541), Gainza (489) y Orúe (483). Ahora eres el 11º: Iñaki Williams te apartó del top10 en diciembre. 

Al día siguiente Iñaki me mandó un mensaje diciendo que esperaba que no me sentara mal que hubiera sido él quien me desbancara de ese top. Obviamente le dije que no y que se lo merecía porque ha hecho un carrerón. Haber podido estar tan cerca de esos cinco primeros jugadores de la historia con más partidos es algo que no te crees al principio. Cuando van pasando los años vas viendo la grandeza de todo eso y a día de hoy estar todavía en esa posición es como guau. A veces se me pone la piel de gallina: tú puedes soñar con llegar a jugar en el Athletic, pero ni te imaginas que puedes estar en ese top. En el Athletic sabemos que quizás puede ser más fácil o barato debutar porque a los jugadores se les da cierta posibilidad, pero lo importante no es llegar, sino mantenerse.

Aitor Larrazabal

También eres parte de la historia del club por otro motivo: con Gaizka encarnáis uno de los únicos cinco casos de padres e hijos que han jugado con el Athletic en partido oficial, después de Enrique y Alfonso González de Careaga, Luis e Ignacio Uribe-Echevarria, Isidoro y José Manuel Urra y Carmelo y Andoni Cedrún.

Tener ese vínculo y esa parte de la historia también es muy bonito y muy emotivo. Parece que podría haber más casos porque el reducto es pequeñito y se podría haber dado más veces esa circunstancia, pero no es tan fácil que los chicos tengan la opción de llegar al primer equipo aunque sean buenos jugadores. Es algo muy bonito que una misma familia tenga dos miembros que hayan debutado en el Athletic. No es cualquier otro equipo, es el Athletic.

Solo pudieron ser once partidos en la temporada 2019-2020. El primero de sus once partidos fue el 24 de agosto de 2019 en Getafe. 

La anécdota es muy curiosa porque yo ese día estaba en Barakaldo por una presentación de alguna cosa creo. Yo no estaba viendo el partido porque era el primer tiempo. Íbamos a ver el segundo tiempo porque lo suyo era que saliera un rato. Pero me empezaron a llegar mensajes. «Debuta tu cachorro, no sé qué, no sé cuantos». Nos metimos rápidamente en un bar, en una pulpería. Y justo estaba él en la tele. Fue algo indescriptible. Un orgullo. Orgullo total. ¿Qué más puedes pedirle a la vida? A parte de que tú puedas jugar en el Athletic, que pueda hacerlo un hijo tuyo también. Es felicidad. Felicidad absoluta. Y el debut en San Mamés igual. La verdad es que son momentos que es muy difícil describirlos porque es un sentimiento que te recorre todo el cuerpo y es una sensación de emoción.

Debías vivirlo con miedo, con la presión de que no sintiera la presión y la mochila no pesara. 

Era lo que más creía que podía pesarle a él. Las comparaciones. Eso hay que sobrellevarlo. Pero conociendo a mi hijo sabía que podía llevarlo porque él es muy sensato y es muy recto. La pena es no haber tenido alguna oportunidad más para poder demostrar que tenía cierto recorrido. Pero también le he animado mucho a que haga su carrera. Si no puede ser aquí hay otros sitios. Tristemente no todos tenemos la oportunidad de estar tantos años donde queremos estar y en nuestro club de toda la vida.

¿Qué sientes si miras atrás? Si vuelves al césped del antiguo San Mamés.

Del San Mamés viejo me acuerdo hasta de las columnas. Me acuerdo hasta de los huecos del vestuario. Me acuerdo de llegar a mis primeros partidos y que antes de empezar, el médico, el podólogo y el utillero estuvieran echando una partida encima de la camilla tomándose un café con un chupito de whisky. Son recuerdos que son imborrables. Que van a perdurar muchos años en el tiempo y que te dan cierta nostalgia. Ahora tenemos la modernidad del San Mamés nuevo, pero el San Mamés viejo era otra cosa. El ambiente y el olor a fútbol de los domingos por la tarde es algo incombustible y no se va a olvidar.

2 comentarios

  1. Pingback: Aitor Larrazabal rememora su carrera y anécdotas con el Athletic Club - Hemeroteca KillBait

  2. Buen jugador, buen tipo, buen vasco.

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