Ciclismo

Cintas TDK, resacones y Arturo Pérez-Reverte «enfadao»: Tadej Pogačar reina en el Tour de Francia

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Tadej Pogacar (Foto: Cordon Press)
Tadej Pogacar (Foto: Cordon Press)

Tadej Pogačar (Klanec, 1998) ha ganado su cuarto Tour de Francia. Así, como resumen. Reúne, también, nueve Monumentos, un Mundial, un Giro. Tiene la Vía Roma y el Carrefour de l´Arbre entre ceja y ceja. Es, quizá, la presentación más acertada para este auténtico monstruo, esa que nos habla de lo que aun no posee, de lo que deberemos ir contando en el futuro.

Tal su dominio, tal su grandeza.

¿La Grande Boucle? Un hito más.

Una primera semana (de) clásica(s)

Empezaba el Tour con esquema clásico. O esquema de Clásica, si quieren, porque nos pusimos flamencos con lo de buscar cosquillas al gps, y llegaron tardes de repechos, encerronas y carreterucas como para pasar el tractor. También hubo sprints, oigan, que son muy de primeros días en Grande Boucle los sprints, pero no ha sido este un julio muy para velocistas. Dos etapas Merlier, una Philipsen, otras dos Milan.

Empecemos con Jonathan Milan, el fortachón friulano. Tú ves a Milan y piensas “buena planta pa´coger tomates”. O descargar estibas. Trabajar en cantera, transportar sólidos. Esos asuntos. Pero se hizo corredor, sprínter casi obligao. Y da miedo, cuando sprinta, porque tiene estilín noventero, mueve la bicicleta como a espasmos de coreomanía. Es limpio, ojo, no guarrea, no suicida futuros como un Svorada o hace diagonales cual Abdou con disfraz de Gaudí. Pero, eso… impone. Todo ello redunda en que no suba una mierda, que pierda minutadas por cualquier pendiente, que transite a setecientas catorce horas del líder. Hace años no hubiese acabado el Tour, porque los fuera de control eran cosa digna. Hoy entra de risas con los amiguetes. Tenemos una generación de corredores tan familiarizada con los cierres como con Thomas Pynchon. Y eso redunda en la credibilidad del asunto, porque quien rueda de cachondeo es quien, horas más tarde, explota esas energías que no gastó. No culpo a Jonathan, Merckx me libre (en un mundo de esmirríaos muy tonto hay que ser para señalarte al mazas), pero queda bien apuntarlo…

Así que, decíamos… aires de primavera. Y eso significa un Tadej Pogačar vs Mathieu van der Poel. Espectáculo, alternativas, dos estilos diferentes, dos estéticas bien diferenciadas. Disfrute, porque es, siempre, hermoso. Dos parciales al zurrón para el esloveno, uno para Mathieu. Pero es que tuvo, nuestro pijo predilecto, otra actuación para poner en cromos. Aquella tarde en que se escapa casi de salida con su compi Jonas Rickaert… y lo acaban pillando a setecientos de meta. Ciento sesenta kilometrucos relevando, una media de cincuenta a la hora. Datos: segundo día más veloz en toda la historia del Tour. Y se lo papa el tío por delante. “Jonas me dijo que le haría gracia subir al pódium como el más combativo, así que nos metimos al tema”. Ganó, en final, Tim Merlier; pero ganó, en leyenda, Mathieu van der Poel. Una bendita locura que recuerdas años más tarde. Quienes entienden las bicis como números y datos, quienes cubican competiciones en tablas de excel, nunca podrán comprenderlo. Pero así es como se engrandece el deporte.

Así que mes germinal en el Tour, los flandriers en su terreno (aunque sin adoquines) y Pogačar encantado, porque Pogačar es, currículum y sensaciones, el mejor de todos (quizá el mejor de nunca, aunque siempre da miedo decir estas cosas). Victoria repetida, ataques en cualquier repecho, estrincón asesino a pie sobre los pedales. Pero… aguanta Jonas. Aguanta Vingegaard. Jonas Vingegaard, que sabe de Clásicas lo que yo de bebidas energéticas. Jonas Vingegaard, que ha pasao por Flandes para visitar Brujas con la familia. Jonas Vingegaard, rostro de Macaulay Culkin, cuerpo de Jack Skellington. Ese Jonas. Sigue a Tadej, no se despega ni un metruco. Y es novedoso, porque en cotas siempre tuvo diferencial Pogačar. Veríamos más tarde qué supuso tal preparación, pero entonces… bueno, todo parecía equilibrado (salvo crono, cof, cof).

Otro prota de estos días (qué coño, y de todo el Tour) fue el… en fin, el inclasificable Ben Healy. Tú a Ben Healy te lo imaginas en las últimas filas del aula, haciendo dibujines, con la camiseta de Iron Maiden descolorida y los ojos medio cerraos… y dos décadas después siendo ese profe de Plástica (¿sigue habiendo Plástica?) que huele un poco como a hierba cuando siegas. Ben Healy parece amigo de Walter Sobchack, parece pedir rusosblancos y mancharse el bigote, parece mirar (sorpresa, asquete, quizá algo de homoerotismo) a Jesús Quintana mientras chupa una brillante bola de bolos. Ese es Ben Healy. El tío del perpetuo resacón, el cuñado golfo, el que nunca está afeitado bien, el que trae lamparones en las camisas. Pero sobre la bici… ay, sobre la bici. A ver, sobre la bici es más feo que Escartín con lumbago, no vayan a pensarse, y se menea cual si llevase hormigas en el coulotte… Pero rueda. Vaya si rueda. Tiene aire de nihilista, siempre lleva una cinta TDK de Led Zeppelin en el maillot. Y rueda. Exhibiciones por doquier, regalando vatios como una eléctrica generosa (perdonen el oxímoron), con menos táctica que Jesulín de Ubrique jugando al Risk. Todo eso… pero exhibiciones. Trincó etapa (con despliegue impresionante), trincó amarillo (con derroche a cuestionar), estuvo siempre con los primeros, casi repite en el Ventoux durante el sprint más ortopédico de siempre. Menudo julio se ha marcado Ben Healy, búsquenme, siempre, entre los que adoran a Ben Healy.

¿Resumen? Una primera semana de Tour corrida a ritmos loquérrimos, con batalla (casi) continua, con mapas pestosos, con implicación de los y las mejores (protas, escuadras). Esto se notará cuesta arriba, empiezan a decir. Este desgaste, este perder fuerzas.

Acabarán destrozados.

Templarios, hostiones y los Only Fans

Hasta Hautacam. Pasando Lourdes. Ni milagros ni leches. Game over. En Hautacam. Siempre Hautacam. Riis, Indurain; Cobo, Piépoli; Armstrong, Otxoa; Vingegaard, Wout. Ese Hautacam. Allí humillaron a Tadej, dos julios de eso. Vendetta.

Jonas Vingegaard (Foto: Cordon Press)
Jonas Vingegaard (Foto: Cordon Press)

Y de la manera más cruel. Ritmazo de los Jonas Brothers en Soulor, Jorgenson que se queda y abortan el ritmazo los Jonas Brothers (luego volvemos con Jorgenson, pero… en fin, si tu segunda baza se queda en el primer puerto del Tour igual esa baza va a la baza, y debes olvidarte de ella), Evenepoel persiguiendo, todos persiguiendo, base de Hautacam, aparece Narváez y… buuum.

Decide toda una Grande Boucle. Este ataque de Tadej, digo. Porque Vingegaard no puede, porque va perdiendo distancia, porque está Pogačar inconmensurable, en arcobaleno, imperial, sin alzarse nunca del sillín, solo contra sí mismo. Dos minutos en cima sobre su némesis. Que viene tostado, al que le recortan. Bofetón a mano abierta, de los que hacen pupa pero, sobre todo, escuecen orgullo.

Peyragudes, veinticuatro horas después, era cronoescalada cortita y, a priori, cuchufletesca. Pasa que pesan. Los diez días, el ritmo, las cotas, Hautacam. Todo pesa. También una primera crono donde Vingegaard estuvo por debajo de lo que todos esperaban, y donde victorió Remco. Llana, obvio.

Ojalá todas fueran así, gritó alguien (en flamenco). Porque menudo papelón, sí, Evenepoel. Clavado desde el principio, la cara lívida como de haber visto gremlins, menos ritmo que Screech Powers en Operación Triunfo. Sumen la humillación de que te doblen casi sobre la línea de meta. Que te doble Vingegaard con ese casco espantosísimo, que parece escudo de los caballeros templarios, un casco con el que defender Acre, un casco para rastrear las huellas del arca. Imagen de icono, ese Evenepoel adelantado por Hugo de Payns.

Así las cosas, a nadie le extrañó mucho cuando Remco puso pie a tierra en Tourmalet, etapa final de Piris. A nadie le extrañó mucho, tampoco, cuando empezó el aspavimentar excesivo, el cagarse un poco en las muelas de realizadores y televidentes, el desear dilataciones de esfínter para motoristas. Remco es un ciclista buenísimo, espectacular, pero en su mente habita, casi de forma continua, un concierto de Mayhem, una columna de Pérez-Reverte, una entrevista con Loquillo. Tiene cara de enfadao, comportamientos de enfadao y decisiones de enfadao. Lo que no debe ser negativo, siempre que sepas dirigir esa rabia contra los otros ciclistas (lo que llamamos “Estilo Hinault”) y no contra sus propios intereses (lo que se denomina “ahora me enfado y no respiro”). Mala pinta, Evenepoel, paso atrás grande en este julio.

Ah, la cronoescalada la ganó, imperial de nuevo, Tadej Pogačar. Segundo fue Jonas. Diferencias grandes. Serían las últimas en todo el Tour, aunque entonces nadie lo hubiese creído.

En Superbagnéres gana Arensman, que luego iba a repetir por Alpes. Arensman es alto, flacucho, espigado jerifalte, clase para aburrir, expectativas gordas. Pasa que en su pasaporte viene “neerlandés”, y los neerlandeses, por lo que sea, cuestan de cumplir expectativas sobre bicis. Así que anda, este Thymen, cazando parciales (no es poco asunto) y exhibiendo un estilo ochentero, pelín atrancado, mucho rato de pie, que a los nostálgicos de Charly Mottet nos vuelve locos…

En Superbagnéres, por continuarles, empezó una pelea inesperada por el pódium. Protagonistas… en fin, no muy special guest star. Florian Lipowitz traía buenos precedentes, vale, pero es que esto es el Tour. Y corría con jefe, al menos a priori. Claro que en su escuadra, dirigida por el Paul Köchli de 1986 (un recuerdo a aquel otro Superbagnéres, cuando animó a Bernard para que atacase, luego a Hampsten para que atacase y después a Lemond para que atacase), tampoco importan mucho estas jerarquías. Eso y que Roglič pasa de él como de la mierda, oigan. Otrosí, el comportamiento táctico de Lipowitz (que viene del biatrlón… sí, sí, eso de pegar tiros… lo juro) es cuando menos curioso, con mención estrella a La Plagne, donde enloqueció fuertemente, tirando solo por delante y por detrás. Petada antológica. Germano, bueno contra el crono, buen grimpeur, una nulidad en leer la carrera… Quizá los teutones han encontrado a su nuevo Jan Ullrich…

Esa caraja de Lipowitz casi regala el pódium a Oscar Onley, jovencito escocés con pinta de guiri, sonrisa de guiri y menos iniciativa que Louis Meintjes en una partida de mus. Por decirlo suave… no le pegó aire en el morro en tres semanucas, no dio relevos ni para sacar el brazo y pedir… en fin, pedir relevo. Pero acabó cerquita del cajón. Muy cerquita… aunque sin subirse. Quizá el Tour, clásico señorote de costumbres, no sea el mejor sitio para los Onley fans.

Ah, Jonas y Tadej se dan tablas.

Vendrán otras.

Si yo ir voy, pero ir pa na es tontería

Así que nos quedaba una tercera semanuca de emociones, de batalla intensa, de no dejar tiempo a parpadeos. Dijo Jonas Vingegaard que a él no le vale ser segundo, que ya tiene otros segundos, que morirá matando, que va con todo, que zafarrancho, que tararí (trompeta llamando a hostias). Solo que nah, solo que meh, solo que buf. Ahora se lo cuento.

Empezábamos nada menos que con el Mont Ventoux. Y aquello fue la apoteosis. Oh, yeah. Ese sprint final, que parecían los autos locos. Esas imágenes del monte pelado. Ese Valentin Paret-Peintre (nombre para salir de fiesta con Roland Barthes, cintura para salir de fiesta con Kate Moss). Sumen la aparición estrafalaria de van Wilder a poco del final, sumen las arrancadas y parones de Tadej y Jonas… Joder, les faltó masticar un quiróptero para completar homenaje a Ozzy… Un recuerdo. Hay pocas leyendas de verdad (no mercachifles olvidables al día siguiente) en esto de la música. Y él era una de ellas.

Ah, en el Ventoux quedó (relativamente) cerca Enric Mas. Al día siguiente, abandono. Horas más tarde abandono de Carlos Rodríguez. Hay algún brote, pero la bici española sale del Tour tocadísima. Enric Mas debiera olvidarse de generales francesas y correr optimizando su ritmo en montaña (que lo hay, aunque lejos de los cinco mejores). De esa forma igual algún día cae algo. Treinta añucos tiene, y perseguir quimeras a ciertas edades solo hace que salgas mal en fotos, bisbiseos y carcajadas cómplices (como sabe cualquier divorciado canallita). Distinto es lo de Carlos Rodríguez. Por edad, más que nada, que aun puede… Con todo, gastó el muchacho involución bien gorda desde aquel que subía con los mejores en 2023. Quinto hizo, ese Tour, con etapuca. Ahora… bueno, pues a un mundo. De los primeros en quedarse “entre los que cuentan”, retratado en fugas, remando, sin chispa. Supo reconvertirse, supo hallar habichuelas en premios “no estrictamente del tête à tête”, supo escalar puestos y buscar esperanzas. Hasta la caída y el abandono a mí me estaba gustando mucho su transformación. Pero quedan ciertos sinsabores… pintaba a Sastre y se nos aboca un Izagirre (que no es poco, ojito). Haimar Zubeldia 2003 vibes… La parte menos pesimista vino de Iván Romeo. Es joven, tiene remango, patas y hasta cierto carisma lóquer. También defectos a pulirse, claro, como esa curva engoriladísimo el penúltimo día. Parecía, aquella tarde, el más fuerte, aunque eso no garantiza nada en una fuga del Tour. No importa (a ver, sí importa, pero me siguen), con esas maneras acabarán llegando cosas grandes. A ver si no me lo fastidian intentando que sea el ciclista que nunca podrá ser… Disfrutemos de todo lo que ofrece.

Hasta entonces… espadas en alto. Hasta el Ventoux, digo. Tadej dominador, pero Vingegaard (y su equipo) planteando meneos en cada curva. Endurecen, lanzan paisanos por delante, prueban cosas. Más aun… es que Vingegaard solo ha perdido la rueda de Pogačar en Hautacam (entiendan en su contexto el “solo”), y siempre tuvo fama de fondista. Encima dice a la prensa que nada aporta un pódium, que va con el ko, que lleva siete kilos de trinitrotolueno en su bici y a lo mejor revienta en cualquier bache, sí, pero quizá consiga lanzarlos en condiciones contra el de amarillo. Aproximado. Camina o revienta, mejor morir de pie que vivir de rodillas, a por ellos oe, venga hostias. Y ese aire.

Luego… en fin, llega la etapa de Loze. Suben Glandon a todo trapo, mete Vingegaard peones (también alguno que quiso hacerse dama, veremos), ataca, violentísimo, en Madeleine. Responde el jaune, sí, pero van solos, setenta hasta Loze, subir desde Le Planet hasta cima, paparse todo el puerto final. Se vienen dos horucas de tensión, de ir más allá de los propios sufrires. Incertidumbre, claro.

Agua.

Agua porque igual se conforma Jonas. Agua porque pilla a los que llevan su mismo maillot, se pone a su rueda, enlazan quienes antes penaron. Agua porque en el valle dimite, porque en Loze no quiere explosión, porque tampoco hará nada por La Plagne. Agua porque, seamos claros, firma el segundo. Hace dos años Vingegaard era el Newteam, la primera semana parecía el Toho, por la segunda nos vendían al Mambo y termina los Alpes como el Hot Dog pero sin catapulta infernal (no estaba Wout para catapultas este mes). Vamos, que no mostró grandeza. Su puesto no se mueve desde los Pirineos, pero su imagen como ciclista a nivel histórico sí menguó gravemente. En tres semanas pasó de Rominger-junio-1994 a Ullrich-julio-2002. Deja que no se le ponga cara de Berzin-diciembre-1998.  Entró Pogačar en Francia con dos rivalidades. De Vlaeminck y Ocaña, lo que habla mucho de estatus. Entró con dos rivalidades, digo, y ya solo le queda la de Clásicas. El ciclismo, hoy, vive del Tadej vs Mathieu van der Poel…

Ah, en Loze ganó Ben O´Connor, que firmó una Grande Boucle en plan mochilero, durmiendo al aire libre, tocando la ocarina a cambio de monedas, bañándose en el mar cada amanecer. Vamos, uno de los sospechosos habituales de fugas. Buen premio. Ganó en Loze, digo, tras dejar tiradete a Matteo Jorgenson, en movimiento incomprensible del yanqui. Venía Jorgenson con cara de “segundo líder”, con declaraciones tipo asustaviejas, con dos o tres medallas ficticias adornando su pecho. Que yo encantao, oigan, a mí me gustan los bocachanclas, pero luego tienes que sostener un poquito, porque la línea entre “Larry Bird trashtalkeando” y “concursante de reality hablando de sí mismo en primera persona” es peligrosamente tenue. Venía así, digo, y petó en Soulor, donde parecía un tomate. Luego petó en todos los sitios, luego pasa una mierda de su líder, se mete en aventuras ilógicas por valles alpinos, lo adelantan, vuelve a pasar una mierda de su líder. También el “Team Jorgenson” sale tocado del Tour. La distancia entre su bigote y el de Petit-Breton nos explica mucho…

Carlos Rodríguez (Foto: Cordon Press)
Carlos Rodríguez (Foto: Cordon Press)

Así que, firmado el armisticio y con parcial de longitud ridícula (el miedo a protestas de ganaderos hizo que eliminasen un primer col), lo de La Plagne fue pelín chipiritifláutico. Allí ganó su segunda etapa Thymen (ante la pasividad de los favoritos), allí se inmoló Primož Roglič (que tiene menos ganas de trabajar para Lipowitz que yo de estudiar Informática), allí se dibujó el pódium. Y poco más. Ni un tímido acelerón de Jonas, ni un “mira, vale, no puedo pero voy”, ni un “aquí estamos, en doce meses te enteras”. Nada. Fueron unos Alpes tristes con un aspirante triste y un líder… tristón. Porque sí, a Pogačar se le veía mala caruca en el pódium. Como de estar pelín enfermo (por eso hay que probar siempre), como de estar un poco hasta los cojones del asunto. Le faltaba chispa, le faltaba sonreír. Hasta en las declaraciones. Se aburre, le estresan las tres semanas, prefiere el vaivén continúo del adoquín. Solo en De Ronde van Vlaanderen 2025 atacó más veces que en todo el Tour. Igual era solo andancio, pero deja sensaciones raras. Más de cabeza que de patucas…

Sea como fuere… cuarto Tour de Francia para Tadej Pogačar. Ya solo tiene delante al Gotha de los pentacampeones, y se prevé un Tour 2026 histórico, con dos paisanos luchando por entrar en tan selecto club (a ver cómo llega Froome, ejem). Triste y todo… quinto tío que gana el Tour vestido con maillot arcoiris, tras Bobet, Eddy, Hinault y Lemond. El belga trincó seis etapas aquel año, en cinco quedó Le Blaireau. Sumen los dos Monumentos que lleva, sumen que Lombardía se hace difícil hasta no contarla, sumen que es actual cajón en todos los Monumentos, sumen que Ruanda es Mundial duro… Solo le quedan, en su lucha contra la historia, tres nombres: van der Poel, Poggio y Arenberg. Este es el espesor legendario donde se mueve Tadej Pogačar. Este es el dominador pantagruélico que tenemos la suerte de disfrutar (y sus rivales sufren).

Aunque pareciera triste en julio.

3 comentarios

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  2. JUAN MANUEL PADRÓN MORALES

    Muchas gracias Marcos por tu «contra-crónica» de la edición de este año del Tour. A modo de resumen, como humilde apasionado al ciclismo, me quedo con:

    1) La felicitación a la organización por un recorrido divertido, alegre y muy atractivo el de este año. Cortocircuitó cualquier atisbo de sopor veraniego.
    2) Aquello del «Big 5» creo que, tras lo vivido este año, quedará sepultado por la tiranía que nos espera. Solo hay un caballero feudal y el resto son sus humildes lacayos. 26 años y 4 Tour y 1 Giro en sus piernas, harán del bisnieto de «Tito» el más grande de todos los tiempos. Solo la negativa de su cuerpo a seguir trabajando, y querer jubilarse, lo podrían impedir.
    3) Pero cuidado que puede que ese momento esté más cerca de lo que pensamos. Acaso si. Ayer vivimos, ante tanta oscuridad competitiva un halo de luz. Un atisbo de esperanza en el firmamento cuando el nuevo «Dios» arrancó en la última subida a Montmartre, por enesima vez y cuando ya iba a ponerme con otra cosa, constaté que un humano le aguantaba, 500 metros, 600 metros, 700 metros… y no solo eso, sino que resistiéndose a su tiranía, le contratacaba sin que «Dios» pudiera hacer nada.
    ¿Significará algo? ¿Será algo más que 21 días compitiendo hasta aburrirnos? ¿Será que todo final comienza con lo que se pensaba era una simple anécdota? Quiero pensar que si. El ciclismo puede ser maravilloso.

  3. Me he tenido que leer la crónica «a cachos» (cosas de estar de vacaciones turisteando con un niño de 3 años). Me sorprende la no mención a la victoria de Wout (espectacular ayer) y lo apañado que les ha quedado lo de Montmartre en la última etapa.

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