
Salió Brasil goleada del Monumental, aunque Raphinha augurara una «paliza» a favor. Argentina exhibió un fútbol orgánico que asoló el pensamiento eurocéntrico en que se sume Brasil. Donde este se refleja en el propio Raphinha, jugador que vive de la ubicación y el esfuerzo, la Albiceleste se mira en Almada. Y entonces se encuentra.
El relevo de Messi se movió a voluntad, arropado por otros cuatro centrocampistas que sólo piensan desde la pelota, toda vez que Dorival decidió vaciar la zona media, en clara traición a los gloriosos seleccionadores que le antecedieron. Llora la Brasil de los Cinco dieces, lloran Santana y Falcao y también la copa del 94, mientras Argentina luce orgullosa su crianza.
Hoy se presenta revelador que, antes de este partido, la última vez que Argentina había ganado como local a la Canarinha fue en 2005, cuando la dirigía Pekerman. Precisamente una Argentina que supuso la recuperación de los valores nacionales, resumidos en profesar similar clase de amor a la redonda y a la inspiración, tras el oscuro pasaje de Passarella y luego de Bielsa.
En Francia ‘98, entre los más críticos contra el modelo marcial y de contragolpe propuesto por Passarella estuvo su ex compañero Valdano, menottista que por el contrario dice sentirse emocionado con el juego que despliega la actual selección. Respecto a Bielsa, un apasionado del fútbol de ataque, su reconocido tacticismo de rodar mecánico y un innegociable pressing posicional obraron contranatura hasta la derrota en Corea y Japón.
Explicaba recientemente Pekerman, en Olé, «que tenemos una historia de fútbol y somos fieles a ese estilo argentino, con todas las virtudes que tenemos y también con todos los defectos». Se refiere al estilo recuperado por la dirección técnica que en 2018 sucedió a Sampaoli, autodeclarado bielsista y luego guardiolista, otro seleccionador que vació al equipo de alma en tanto que siquiera lo llenó de títulos.
Según contó el propio Scaloni, quien fuera ayudante de Sampaoli, a este le molestó que se mantuviera en la AFA cuando a él lo cesaron, y por ello dejó de hablarle. Hoy sabemos que el hecho resultó una gran noticia para el país, ya que permitió al joven aprendiz salir de su yugo y atender a lo esencial. Cómo sienten el juego los futbolistas de una región, eso es lo esencial. De ahí que Scaloni asegure en el presente que «es un error querer manejar a los jugadores argentinos con un joystick», como pretenden hacer ciertos entrenadores admirados por Sampaoli.
Desligado de este, Scaloni se unió a Aimar y Samuel para entonces mirar un pasado común de raíces profundas. «Un poco lo que ocurría hace 25 años atrás, que no existían tantas tácticas y los jugadores lo solucionaban dentro de la cancha». Scaloni habla en Marca del fútbol argentino que ellos mismos vivían como jugadores, siendo parte titular en uno de los oros juveniles que permitieron a Pekerman llegar a la selección absoluta.
La virtud de Pekerman como director fue entregar el juego a la naturaleza del jugador, alejándolo del laboratorio. Y de aquella siembra, esta cosecha. En la mencionada entrevista, hoy asegura Scaloni que «el fútbol es de los jugadores». Antes de confesar que Aimar es la «cabeza pensante» de su cuerpo técnico, ya que «hay veces los entrenadores nos volvemos locos con la táctica y la estrategia, y al final es lo que él siempre dice: «Si los buenos juegan bien y los juntamos, todo va a ser más fácil».

En esa línea, la selección de Malasia ‘97 que compartían bajo la mirada de Pekerman tuvo como sentido la unión emocional de buenos jugadores. Un corazón de mediocampistas técnicos e intuitivos a los que el entrenador daba autonomía para que fluyera el fútbol potrero propio de la región. «Antes, en Argentina, lo que más salían eran enganches», evocaba Scaloni, hace apenas dos años, en relación al ambiente cultural de su adolescencia. Por eso, ahora, aprovecha a todos los futbolistas con alma de 10 que tiene consigo.
Si en el Sub-20 Aimar se juntaba con Riquelme y Cambiasso en el sector izquierdo, relacionándose con la pelota como referencia, similar conversación pudo verse ayer en el segundo gol ante Brasil, establecida entre Enzo, McAllister y el propio Almada. Armaron juego sin importar que el costado opuesto se vaciara, desatendiendo la rigidez táctica, con la confianza de que por allí atacaría sabiamente un lateral, como en efecto hizo Nahuel en el citado tanto.
Siendo fieles a lo suyo, aquella Argentina juvenil venció también a su correspondiente Brasil. Fue un duelo de cuartos que adelantó Scaloni, incidiendo por el costado derecho. Y cerró una acción de Aimar, asistiendo tras interactuar con Cambiasso desde la izquierda. Mientras Samuel, metros atrás, daba salida sencilla al tiempo que anulaba a Adaílton, el máximo goleador del torneo.
Hace un cuarto de siglo, vestidos de corto, Scaloni, Aimar y Samuel pertenecieron a una modernidad que evocaba lo clásico, algo que los argentinos llaman La Nuestra. «El espesor cultural [que] demostró la Selección Argentina campeona en Qatar», escribió Valdano en El profeta de La Nuestra, homenaje al malogrado Menotti. No extraña que fuera el Flaco quien le confió la Albiceleste al actual cuerpo técnico.
Scaloni y su equipo ya mejoraron los resultados del maestro Pekerman. Pero de no haberlo hecho, puede asegurarse que exhibiciones de ser como la dada ante Brasil serían suficientes para que perdurara en el tiempo. Puesto que no cabe duda de que Argentina es la mayor expresión futbolística de 2025, como en su día lo fueran los chicos de Pekerman.


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