
Tras años de lesiones y fracasos en el atletismo, las horas en el gimnasio le han permitido entender la dinámica de la mecánica deportiva a la fuerza. Ahora es seleccionador nacional juvenil de halterofilia y su deportista —el olímpico Marcos Ruiz— acaba de subir al podio mundial.
Francisco Javier Flores de Frutos (Segovia, 1984) se rasca indistintamente la barba, el menguante flequillo y el rapado lateral de su cabeza, mientras observa sigilosamente a sus atletas en el gimnasio del Centro de Alto Rendimiento Deportivo de León. Interrumpe su silencio para corregir la técnica con la concentración y precisión de un ceramista, mientras camina descalzo, de un lado al otro, por la sala de pesas ubicada en el cruce entre la Ruta de la Plata y la Avenida de los Jesuitas, en la zona universitaria de León.
Es un individuo que navega bien en el triángulo contradictorio entre el nervio, la obcecación y la paciencia. Lleva años acostumbrado a esperar atento los momentos que definen la consecución de un objetivo, aunque a veces en las distancias cortas y en la competición no lo demuestre.
Recientemente, el atleta olímpico a quien entrena desde hace un par de años, Marcos Ruiz, se ha proclamado por primera vez campeón del mundo de arrancada, una de las dos pruebas que componen el total olímpico —además de envión—, y en la sumatoria final se llevó una medalla de bronce. En el clip de Televisión Española que ha circulado profusamente, grabado desde Bahréin por la cadena pública que transmitía el Campeonato del Mundo de Halterofilia, se pueden resumir los últimos meses del tándem Ruiz-Flores, atleta y entrenador.
La imagen transita en un arco de 10 segundos en los que se ve el paso frenético de la concentración y tensión máxima, la explosión de agilidad y vigor, y unos frames más tarde, la culminación con algarabía absoluta. Esta mutación apoteósica se dio un poco más de un año después de que Marcos se triturase dos tercios del tendón del cuádriceps de su rodilla derecha, con su consiguiente paso por el quirófano.
De aquella rotura, que a los 27 años estuvo a punto de jubilarle, hoy solo queda una aparatosa cicatriz de 17 centímetros. La fe común entre el atleta y el entrenador es el epítome de aquella célebre frase del gran cronista de Nueva York, Gay Talese: el deporte trata de gente que pierde y vuelve a perder. Y en la halterofilia más aún, ya que por mucho que un deportista sea campeón del mundo, la partida no termina hasta que el atleta no cae rendido y es derrotado por los hierros. Y para eso hay que tener paciencia. «Esperar y no sentado», como dice Flores en un pie de foto en su Instagram.
Una vida en centros de alto rendimiento
El perfil de entrenador de Javier Flores es atípico. La mayoría de los preparadores de halterofilia suelen ser herederos de la práctica competitiva del levantamiento de pesas. Algunos incluso han aterrizado desde un deporte que tiene escasa o nula relación, el fitness, y los menos, llegan desde otras disciplinas deportivas. Y dentro de esa escasez, son contados los casos que tienen experiencia científica en la materia.
Flores de Frutos, un tipo con apellido de metáfora rural, comenzó su andar en el deporte de competición como tenista infantil, logrando una beca en la principal residencia deportiva de España, el Centro de Alto Rendimiento Joaquín Blume de Madrid.

Su llegada con 14 años, a un ambiente en que había medallistas internacionales o estudiantes universitarios que comenzaban a pensar un futuro profesional, en un área metropolitana capitalina de cinco millones de habitantes, fue un contraste brutal para el niño criado en un entorno familiar con vistas al Alcázar de una Segovia—literalmente— cien veces más pequeña.
En Madrid conoció los explosivos riffs de AC/DC y los versos crudos de Robe y Extremoduro, la retórica política más combativa de un movimiento obrero español al que no pertenecía, pero también descubrió los lados más sombríos del deporte: la cara del fracaso, la noche y la vida adulta.
Hasta hace algunos años conservaba un pequeño recorte de prensa que registraba una victoria ante un niño llamado Rafael Nadal con ficha de Baleares, allá por 1997, durante el campeonato de España sub-12 en el SEK de Madrid. Flores se marcharía a la Blume, donde se vio influenciado por dos amistades que ya se colgaban oros internacionales en atletismo y que fueron seleccionados para los Juegos Olímpicos de Sídney: el corredor de 400 vallas Íñigo Monreal y el medallista mundial de 1500 metros Juan Carlos Higuero.
Aquellos colegas, al ver su calidad atlética natural, le recomendaron correr un campeonato autonómico de atletismo, los 400 metros con vallas. Ganarlo sin entrenamiento previo, le permitió competir en el Campeonato de España Juvenil en 2001, lo que a su vez le valió obtener la beca de la Junta de Castilla y León, en Valladolid.
No tenía aun marcas de fuste, pero un puñado de personas reconocieron su capacidad muscular e inteligencia social. Aun así, la gran virtud de Flores era la astucia para medir sus objetivos, a veces de manera intuitiva y otras obsesiva. Su relación con el deporte, y particularmente con la halterofilia, viene desde el lado más sombrío y agónico del deporte, o más bien el no deporte: las lesiones.
Sería el segundo domingo de septiembre, cuando ya habrían pasado los exámenes universitarios, la víspera de arrancar el curso 2001-2002, mientras estarían dando el pregón de las Fiestas de San Lorenzo, cuando Flores, como le conocerían desde entonces, asomó por la puerta de la sala de televisión de la residencia deportiva Río Esgueva de Valladolid. Parecía un pájaro acorralado, con una sonrisa vergonzosa. Para romper el hielo le preguntaron qué deporte hacía y cuáles eran sus marcas, y dudó al responder.
—Atletismo. Sí, atletismo, aunque más bien vengo del tenis. De las marcas no quiso hablar.
Primera lección aprendida: en un centro de tecnificación deportiva con 100 chavales bravucones, no se puede dudar.
Esperar, pero no sentado
Tras unos primeros meses de adaptación aceptables, facilitados por un sentido del humor retorcido, en Valladolid viviría una sucesión de lesiones que parecían no tener fin. Si bien tenía la cabeza lista para recibir cargas de entrenamiento, no así las piernas ni las articulaciones, lo que le hundió en un bucle cíclico.
Si comenzaba a entrenar ejercicios aeróbicos y potencia, respondía como un toro, pero en cuanto se metía con los entrenamientos anaeróbicos y de mayor intensidad, saltaba algún fusible, de formas diversas: desde simples roturas musculares hasta una osteopatía de pubis. El ciclo se reiniciaba con la vuelta a la sala de pesas, para mantener la fuerza, con paciencia, desde la casilla de salida otra vez.
Así fueron pasando las temporadas de invierno y verano y sus compañeros llegaban con anécdotas —divertidas o tristes— y medallas a la residencia, mientras él se quedaba en la misma banqueta fría y solitaria del gimnasio, rumiando las lesiones en silencio, preparándose para un retorno que no llegaba.
Entre diagnósticos, los plazos se fueron alargando y su carrera atlética pareció caducar: estaba demasiado mayor. Además, para cuando Flores se dio cuenta de esa lenta pero inexorable transición, su cuerpo había mutado casi de manera kafkiana. Los 70 kilos con los que llegó a Valladolid en 2001, se habían convertido en 100 una década más tarde, ya estudiando Educación Física en la Universidad de León, luego de titularse de magisterio.
Tras asumir que la enseñanza primaria y secundaria no era su vocación, decidió explorar en las costas del océano Pacífico norteamericano, en Oregón. Allí se hospedó en casa de unos amigos de la familia y aprovechó para pasar un tiempo en la ciudad de Beaverton, sede de Nike, en las afueras de Portland, donde apuró los 90 días de exención de visado que le permitía su pasaporte, para practicar el inglés y observar la dinámica social en una ciudad que transpiraba deporte.
Habiendo asumido que su carrera como atleta no tenía ya visos de presente ni de futuro, decidió reinventarse en Salamanca. Allí terminaría de reconstruir su cuerpo y mente, esperando el momento adecuado para volver a la acción, aplicando la paciencia que tuvo mientras se recuperaba de sus dolencias, que para entonces no sabía si eran normales o simplemente las somatizaba.
Lo haría urdiendo un viaje al estudio científico de la fuerza, con la paciencia requerida para emprender la escritura de su tesis doctoral. Así, se volcó a investigar acerca de la carga óptima para el desarrollo de la potencia máxima en ejercicios de halterofilia. Aun cuando el enfoque de su tesis fue un ejercicio empírico y estadístico con un extenso trabajo de campo en atletas de élite en España y Grecia, el programa de doctorado que escogió no fue en ciencias del deporte, sino en salud, discapacidad, dependencia y bienestar.
La paciencia acumulada sirvió de cimientos, pero la estructura de su carrera académica se levantó sobre una terquedad a prueba de balas que le ha llevado a obtener una plaza como funcionario en la Universidad de Salamanca y sacarse el título de entrenador nacional de halterofilia, equilibrando su rol académico con el deportivo. Luego de formar parte de la Junta Directiva del Club Deportivo Universitario, llegó a presidir la Federación de Halterofilia de Castilla y León —cargo que ostenta hasta hoy—.
Aun así, la docencia y la gestión deportiva no han sido suficientes para distraer su hoja de ruta hacia ser entrenador. Renovar cada año ilusiones en diferentes centros de alto rendimiento y residencias universitarias, han añadido valiosas experiencias a las tardes de meditación solitaria en salas de pesas.
La filosofía de la halterofilia
Javier Flores se plantea la halterofilia como una exploración de la dimensión ontológica del deporte y su equilibrio entre técnica, fuerza y mente, como lo hicieran en la Antigua Grecia. Su filosofía está en las antípodas del fitness como elemento estético y lo enuncia de una manera muy sencilla: «El deporte es todo igual, consiste en realizar una función, da igual la que sea, correr, saltar, lanzar, levantar una pesa, meter un balón en una portería o saltar sobre un obstáculo con un caballo, en un día concreto, de la mejor forma posible, bajo el amparo de una normativa y compitiendo contra otros; punto».
Medita un poco y continúa, severo, enfatizando su idea: «Entiendo que es fácil generar la similitud [que algunos plantean con el fitness], pero es completamente errónea, sería como asemejar la marcha atlética con quienes hacen el Camino de Santiago, por ejemplo». Y concluye: «Se parecen más un ajedrecista y un halterófilo que con uno que se apunta al crossfit».
Su incursión como asistente de investigación en el Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología de la Universidad de Salamanca fue su primera exposición a la lógica y la filosofía. Construyó una relación con la halterofilia como metáfora de la vida: cargar con el peso, superar las caídas, y levantarse una y otra vez. Y lo hizo en base a experiencias previas: lesiones no curadas, un curso en el bachillerato que tuvo que repetir, la no militancia política en una mente que piensa constantemente en la inevitable influencia de la política en los cambios sociales.
«Al final entiendo la filosofía como esa rama entre la ciencia y la religión que recibe palos de los dos ámbitos y cuya función principal, para mí, es ayudar a pensar; entiendo que para un entrenador, la capacidad de pensar sea la más importante, finalmente el mundo del deporte, desde el punto de vista de los entrenadores está gobernado por recetas, por la reproducción de modelos que entendemos como correctos y que repetimos de manera autómata, y eso es un error.
Es más fácil enseñar a la gente modelos, que enseñarles a pensar los razonamientos del modelo. Si has pensado el Mito de la Caverna, por ejemplo, es más probable que puedas pensar y ser más habilidoso en tu trabajo. Me gusta el espíritu agonístico del deporte en sí mismo y solo por eso. La superación por la propia superación, y, por tanto, todo lo que se salga de ahí o se escape de ese objetivo, pues no me gusta.
La halterofilia lo bueno que tiene es que es un deporte minoritario y prácticamente marginal en España. Me encanta que la gente entrena y se mata solo por levantar un kilo más, no por llevar unas gafas extravagantes de Gucci o por mostrar el gemelo más grande».
Flores huye de las simplificaciones y trata de aplicar la lógica en sus respuestas. Cuando se discute de la inclusión de deportistas transgénero en la alta competición, cree que la ciencia no apoya una igualdad aspiracional que en la realidad no se da en el plano de la fisiología.
En la rutina diaria es mucho más práctico y toma decisiones en base a sus objetivos deportivos y materiales. Al cumplir 40 años, sus prioridades se han abierto al núcleo familiar, sus padres y hermana. También ha decidido escribir un libro acerca de los errores o mitos más comunes que pululan por los pasillos de pabellones y pistas deportivas y que ha observado desde hace años, en un nuevo ejercicio de paciencia. No se pone fechas. Y aunque sabe que un libro no se termina de escribir, algún momento piensa entregarlo a un editor.
Siembra, fertiliza, cosecha, mejora. Repite.
El 22 de julio de 2003, Marcos Ruiz pensó que ya no se volvería a subir a una tarima de competición luego de ser operado de su tendón del cuádriceps y recibir el injerto de un donante. En 2022 se convirtió en el español que más kilos levantó en su categoría, y unos meses más tarde no podía levantarse de cama. Justo en aquel momento fue cuando se fijó en Flores como preparador, a sugerencia de su compañero de selección, David Sánchez López, olímpico en Río 2016 y Tokio 2021. Quizás el segoviano no era el entrenador con más mimbres en aquel momento, pero sí uno de los más prometedores y empáticos.
Nadie como Flores sabría rumiar y acumular la necesaria conmiseración y actitud perseverante, en un sitio como León, donde la vida transcurre a una velocidad distinta a la de su Barcelona natal o Madrid, de manera orgánica. Para Ruiz, alguien que se define como pesimista, lo que le atrajo a este deporte fue la comunidad alrededor, según le confesó al presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, en una entrevista. Qué mejor lugar para mejorar marcas en su madurez deportiva. También parece una decisión adecuada si quiere perseguir su sueño de ser entrenador en el mediano plazo.

La designación de Javier como entrenador nacional juvenil de halterofilia en 2021, sus resultados y el peso de la responsabilidad que ello conllevaba fue un primer filtro. Las buenas referencias del entorno, el empujón definitivo.
En los últimos años, la Federación Española de Halterofilia ha encontrado una persona que, por un lado, ha sabido reflejar el temple y perseverancia necesarios para esperar atentamente el florecimiento de potenciales atletas, y, por otro lado, ha demostrado gran capacidad de comunicar y transferir un lenguaje fresco a chicos de otra generación, expuestos a otros códigos culturales, tarea que se complicó aún más luego de estar uno o dos años encerrados por una pandemia global.
La clasificación a los Juegos Olímpicos de la Juventud en Buenos Aires en 2018 fue un indicio de que el objetivo de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 podrían ser una posibilidad real. Siete años después, ese camino va mejor de lo esperado y Flores va demostrando que la halterofilia puede concebirse, en su fase conceptual, como el ajedrez u otro juego de estrategia. El legado que busca construir no se limita a levantar más peso, sino que apunta a formar personas resilientes y pacientes.
El paso lento y paciente de Flores de Frutos, aun cuando asume los códigos actuales, es contracultural y se aleja de la inmediatez. De la misma forma que ajusta el peso de una barra olímpica, conversa con sus atletas sobre temas personales o sobre algún levantamiento crucial, mezclando metáforas, imágenes y datos que van desde una pantalla de ordenador con ayuda de inteligencia artificial hasta las lecturas básicas de filosofía para dummies que transmite a sus parroquianos.
No parece con prisa por seguir la senda de aquellos entrenadores españoles pululan por las ligas futbolísticas más importantes del mundo. Por ahora se siente a gusto en la meseta castellana, donde quiere disputar la partida olímpica de halterofilia para la que faltan tres años, moviendo las piezas con la precisión de un ajedrecista.
[1] Fadrique Iglesias es cronista y exatleta olímpico por Bolivia. Es doctor en patrimonio cultural por la Universidad de Valladolid.


