
En las primeras páginas de La balada roja de Ceaucescu (Editorial Almuzara / Libros de Ruta, 2026), de Julio Ocampo, el propio autor advierte al lector en un Manual de instrucciones de que «No hay orden ni criterio. De repente, de la página seis puedes pasar a la 17, al estilo de Las aventuras del joven Indiana Jones». Cada capítulo es un libro. Frente al lector se despliega, pues, un artefacto literario-periodístico que usa como pretexto un partido de fútbol —la final de la Copa de Europa del 7 de mayo de 1986, entre el FC Barcelona y el Steaua de Bucarest en el estadio Sánchez Pizjuán de Sevilla— para explorar la Historia con mayúscula, la dictadura de Nicolae Ceaucescu, la explosión de Chernobyl, el Telón de Acero, la miseria cotidiana de Rumanía y, al mismo tiempo, la épica y la tragedia del deporte.
El resultado de aquel partido, si se ha olvidado ligeramente, es porque el Barça explotó a partir de 1992 y dejó de ser un pupas de la liga española. Con la prestancia de Cruyff fue volatilizado el aura de perdedor que tenía el equipo y las finales fueron cayendo. Llegaron crisis y nadapletes, pero el equipo ha resucitado una y mil veces bajo las premisas de la filosofía de Johan y desde hace décadas mira a los ojos a todos los equipos de Europa.
En los ochenta no era así. Se recurrió al fútbol inglés porque era el ganador de aquellos años. Y no estuvieron mal los resultados, una final de Copa de Europa no la juega cualquiera, pero se estrellaron estrepitosamente contra la tanda de penaltis, un cadalso deportivo bastante frecuentado.
El libro arranca con un prólogo firmado por uno de los protagonistas de esa plantilla, Julio Alberto Moreno, lateral izquierdo del Barça en aquella final. Cuarenta años después, todavía hay llantina en sus palabras: «Recuerdo que, en medio de aquella frustración, me asaltó una pregunta que todavía resuena: ¿Cuándo volveré a jugar otra final de Copa de Europa? ¿Cuándo volveré a tener la oportunidad de ganarla? En el fútbol nadie te garantiza segundas oportunidades», escribe.
El barcelonismo había llegado a Sevilla en estado de euforia colectiva. Julio Alberto recuerda el desplazamiento masivo: «Se habló de casi 38.000 o 40.000 personas viajando para acompañarnos. Muchos ni siquiera tenían entrada; sabían que no podrían acceder al estadio, pero eso no les impidió estar allí. Aquello fue una demostración de amor incondicional que todavía hoy me emociona al recordarla».
En una entrevista extensa con el autor, el propio Julio Alberto profundiza en el exceso de confianza que planeó sobre el equipo: «El Barça llega a esa final creyéndose favorito. La verdad es que todo el mundo nos daba por ganadores. Nos veíamos ganadores, y llegamos a Sevilla sabiendo que íbamos a vencer ese partido. Creo que con un exceso de confianza». Y añade, con franqueza lacerante: «Menospreciamos la calidad del fútbol rumano, y sobre todo del Steaua. No fuimos capaces de meterle un gol en 120 minutos. Tampoco en penaltis».
Pero más interesante que ese lance deportivo era la situación político-social de Rumanía. Julio Alberto también recuerda las condiciones de vida que había observado en los países del Este años antes, cuando militaba en el Atlético de Madrid: «Era 1978. Gobernaba Leonid Brezhnev en la Unión Soviética. Alucinábamos. Las mujeres no se depilaban. No había coches en la carretera. Tres modelos Škoda y poco más. En las casas, todos con la misma lámpara y la misma cortina». Quizá por esos detalles y prejuicios llegó la confianza.
Uno de los capítulos más tensos e íntimos del libro es el dedicado al delantero valenciano Pichi Alonso, héroe de las semifinales contra el Göteborg con un hat-trick y víctima de una de las decisiones más incomprensibles del técnico Terry Venables. Alonso no jugó de inicio en la final pese a llegar en un estado de gracia goleadora excepcional. Cuando por fin entró, en la segunda parte de la prórroga, fue él quien lanzó y falló uno de los penaltis clave.
En su relato, cuarenta años después, se nota que sigue enfadado: «Lógicamente, el estado anímico no era el mejor. No me lo esperaba. Para más inri, después me preguntó si me encontraba bien para tirar un penalti. Lo tiré y lo fallé, sí. Hubo gente que se negó a hacerlo, mirando para otro lado. Lo tiré… Cuando en realidad le debí decir que lo hiciera su puta madre. A Venables, sí. Le vino grande todo».
Pichi Alonso no olvida aquella gestión de vestuario: «Antes prescindió de Schuster, el mejor del equipo. Habría sido el primer tirador de penaltis. Óptimo en lanzamientos de falta también, por cierto. ¡Metió a un central (Josep Moratalla) por él!», recuerda. También denuncia la falta de personalidad colectiva: «Desapareció la gente. Al equipo le faltó personalidad».

El relato incluye también la declaración del propio Helmut Duckadam sobre el penalti de Pichi, que revela hasta qué punto el portero rumano había estudiado a sus adversarios: «Colocó el balón con mimo. Hay dos máximas en los lanzamientos de once metros: siempre tiran los mejores, pero nunca si acaban de entrar porque aún no se han aclimatado al partido. El penalti es un vaso lleno de psicología, no basta la técnica. No se lleva bien con Venables. No estaba tranquilo. Sé perfectamente que, si me tiré tres veces al mismo lugar con éxito, ahora lo obvio es cambiar, pero como es lo obvio… El barcelonista creerá que yo no haré lo típico, luego volveré a la derecha, y él se aprovechará de esto punzando al lado opuesto. Así fue, pero hice lo obvio. Estoy en trance».
Él es la figura central del libro. Duckadam, fallecido el 2 de diciembre de 2024, que paró los cuatro penaltis del Barça y entró en el libro Guinness de los récords. El retrato que traza Ocampo es el de un hombre que vivió más allá de la gloria, cargando con una salud precaria y unas circunstancias económicas muy poco parecidas a las de sus colegas occidentales, que por esas fechas ya empezaban a nadar en la abundancia.
En una entrevista anterior a su muerte, el propio Duckadam lo explicó resignado: «En realidad, el primer bypass en el corazón me lo pusieron en 1986, justo después de convertirme en el portero más importante del mundo. Dos años después, otro. A lo largo de mi vida me han hecho dos stent en la arteria derecha para quitar un coágulo de sangre. Me han operado cuatro veces por una insuficiencia arteriosa aguda en el brazo derecho. Una vez pude perder una mano, y vivo con diabetes tipo 2. Tomo veinte pastillas al día».
Su situación económica tampoco fue la de un héroe: «Vivo con una pensión pública, como exsoldado, de diez mil lei al mes. Aproximadamente, dos mil euros. Los guantes de la final de Sevilla los vendí a un coleccionista rumano que vive en Canadá. He lanzado una línea de ropa deportiva con mi nombre. He hecho un anuncio de publicidad de licores. Fui comunista, anticomunista, nacionalista. Me metí en política con varios partidos».
Las leyendas que rodean a Duckadam son abundantes y contradictorias, el Ferrari que le habría regalado el Real Madrid, las manos destrozadas por orden de Ceaucescu para castigarle (su equipo, el Steaua es el rival del Dinamo, club predilecto del dictador). El libro desmonta todas ellas. Alexandra, la viuda del portero, veinte años más joven que él, lo aclara: «Helmut tenía una patología que le impedía continuar jugando al fútbol. Esta es la verdad. ¿Por qué Ceaucescu le habría querido romper las manos? Todo lo contrario, estaba orgulloso de lo que había hecho ese equipo».
El libro también recoge el testimonio de la esposa sobre su situación precaria: «Los guantes usados por Helmut en la final de 1986 contra el Barcelona los tuvo que vender para solventar algunas dificultades financieras. Los adquirió un coleccionista rumano que vivía en Canadá. Mi marido se sentía en paz al saber que estaban en manos de alguien que los apreciaba de verdad».
También desfila por estas páginas Miodrag Belodedici, primer líbero del fútbol moderno y única persona en ganar la Copa de Europa con dos equipos diferentes: «No podíamos salir fuera mucho tiempo por Chernobyl. Nos daban mascarillas. Había riesgo de contagio. Vinieron técnicos con detectores que no paraban de pitar. Nos llevaron a la montaña dos semanas para alejarnos de Bucarest. Comer, entrenar y así. En Brasov, en plenos Cárpatos». Sobre los entrenamientos nocturnos, precisa: «No entrenábamos por la noche, sin más. Si por algún casual surgía un partido por la noche, para acostumbrarnos a jugar con luz artificial ponían a nuestra disposición una unidad militar un par de días».
El relato de la fuga de Belodedici es una de las anécdotas más novelescas del libro. Para escapar del país, el defensa aprovechó que su familia vivía en la frontera con Yugoslavia y que poseía salvoconductos especiales. Cuando el Steaua se negó a devolverle el pasaporte, se enfrentó directamente al hijo de Ceaucescu: «Me dieron papel y bolígrafo para escribir detalladamente en un folio el nombre de mis familiares que estaban al otro lado. Al final me lo concedió el hijo de Ceaucescu, quien decía ser fan de nuestra escuadra. Lo cogí, me marché y ya no volví».

Sobre el contrabando que practicaban cuando salían al extranjero, Balint es igualmente explícito cuando aparece citado de una entrevista que realizó para Jot Down: «Cuando salíamos fuera comprábamos oro, artilugios electrónicos… Con un vídeo que traías al país para venderlo, con lo que ganabas te comprabas un Dacia, el clásico coche rumano. De hecho, a mi padre le compré un vehículo con una de estas ventas. En el extranjero comprábamos café, películas para después venderlas por el doble en casa».
El bonus, según comenta el que luego fue delantero del Real Burgos, no estuvo mal: «Los futbolistas del Barça creo que tenían de prima por ganar veinte mil dólares por jugador. Nosotros, un coche todoterreno, de producción también local. Eran seminuevos. Tenían tres mil kilómetros. Los vendimos muy bien. Teníamos muchos paisanos pastores o campesinos que los necesitaban más que nosotros. Los vendimos, sí. Cosas del comunismo, amigo mío. Es lo que había».
Balint también recuerda el regreso al país tras la victoria y el protocolo comunista: «La llegada al país fue increíble. Nos llevaron a una fiesta vestidos todos iguales, con el corte de pelo similar, afeitados… Fuimos a comer, pero sin música. Solo vino, poco más. Todo muy estricto. Recuerdo las miles de personas que vinieron al aeropuerto Otopeni, las manifestaciones multitudinarias estaban prohibidas».
El epílogo lo firma Marius Lacatus, que también vino a España después, en su caso al Real Oviedo. Era perfectamente consciente de que estaban haciendo historia: «Conocíamos muy bien al Barça. Vimos muchos partidos suyos antes de la final. Siempre pensábamos que resultaría muy difícil ganarles, y además en España. Ya estar allí era algo increíble… Todo lo que viniera después ya era un premio».
Lacatus recuerda que Valentin Ceaucescu, el hijo del dictador y patrocinador del club, les había prometido la Copa de Europa meses antes con una convicción que nadie compartía: «En octubre de 1985 me dijo que ganaríamos la Copa de Europa. Nadie le creía, porque para muchos era nuestro debut en la máxima competición continental, pero efectivamente fue así. Tuvo razón, ya lo creo».

La recepción del equipo por el dictador, a su regreso a Bucarest, deparó también una escena memorable: «Nos recibió el presidente Nicolae. Muy bien, porque vio el partido. Le gustó, pero nos recriminó el no haber doblegado a los españoles en los noventa minutos, sin necesidad de llegar a la angustiosa prórroga o los penaltis. Encontró algo para reñirnos… Fuera de bromas, estaba contento. Era exigente, y nos dijo que ese gran resultado nos obligaría a seguir ganando».
Lacatus, finalmente, defiende el legado de Duckadam, a quien le conoció mejor que nadie: «En mi caso me quedo con lo vivido. El héroe Duckadam, por ejemplo. Detener cuatro penaltis en una final de Copa de Europa… ¿Quién hizo eso? No era azar, porque él siempre los practicaba tras cada entreno. Se apostaba dinero con nosotros a que los paraba. Siempre ganaba. Le encantaba todo esto. Practicaba la concentración, además. Lo del Sánchez Pizjuán no fue azar. No le podías molestar, estaba tan concentrado que no podías hablarle».
Lo más curioso es ver cómo los jugadores rumanos no eran realmente conscientes emocionalmente de la hazaña que acababan de firmar: «Allí nos dimos cuenta de lo que habíamos hecho, porque después del partido, en realidad, no celebramos prácticamente nada. Nos hicimos eco de todo ya de vuelta en casa. Gente feliz que llegó al aeropuerto caminando hasta veinte kilómetros. Algo impresionante».
Ahora todo ha cambiado. Rumanía es un país cuya economía por fin crece sin freno y el Barça cuenta las Champions con (todos) los dedos de una mano. Los jugadores del Steaua son leyendas, pero el lugar donde el futuro es incierto es occidente. Por eso merece la pena este libro, por situarse en la antesala de cambios que modificaron el mundo para siempre.


BOMBAZO MUNDIAL
TELEVISIÓN ESPAÑOLA
HACIENDA EXCULPA AL BARÇA por el uso del dinero en el caso Negreira
NO VE CORRUPCIÓN DEPORTIVA
APOYA LA VERSION DEL BARÇA
Y PONE EN TELA DE JUICIO LAS ACUSACIONES DE FLORENTINO
BOOOOOMMMMMM
No soy ni de uno ni de otro, pero hay que ser muy inocente, o muy parcial, torticero y mal intencionado, a parte de ultra para no adivinar que si el Barça se marcó un Negreira, el Madrid no se había marcado antes un Porta, más una recalificación sin ninguna ética que fue un dopaje financiero en toda regla, entre otros tejemanejes !!!
Por otra parte gran articulo ….
y si, siendo imparcial entiendo que al madridismo le duela que lo que nos ha dado el Barça en cuanto estilo y espectáculo, a más de haber vestido su camiseta Messi, Maradona y Cruyff con Iniesta y Suárez no lo haya podido ofrecer el club de Concha Espina … es la grandeza del fútbol, un juego en el que no siempre gana el más fuerte ni el mejor !!!
Hacienda opinando de justicia es como Belén Esteban opinando de física cuántica.
Se ha pagado una fortuna durante al menos 18 años al vicepresidente de los árbitros y está probado. Y se le dejó de pagar cuando se jubiló, y amenazó al Barça por ello con contarlo todo.
Datos, amigo, datos. El juez admite corrupción sistémica y la UEFA lo nombra «el caso más grave» que ha conocido en el fútbol europeo.
Tic, tac.
Voy a ser ventajista y contestar a tic tac ahora que está en el cole. Estás frustradao porque el madridismo esperaba una gran temporada y ha terminado celebrando la Liga de camellos. Llora, desahogate. Éxito total.
Todo repaso de lo que ha sido el Barsa en las últimas decadas que no mencione el caso Negreira es incompleto y parcial.
Que mencione a Plaza. Ay, el niño, el niño cogiendo el ordenador…
– El Barça de cata coll CAMPEON DE EUROPA
– Lewandowski SE VA MARCANDO
– Osasuna se QUEDA EN PRIMERA
– Lamine yamal RETIRÓ a Carvajal
– Girona y mallorca QUE VUELVAN PRONTO A PRIMERA
– Arbeloa QUEDATE
– Mbappe TORTUGA DE TROYA
– Vinicius BALON DE PLAYA
Interesante articulo, no tanto los comentarios de hiperventilados-manzanas traigo.
Ahora bien, chirría lo de «Miodrag Belodedici, primer líbero del fútbol moderno». Hombreee, gran jugador, pero qué dirían sobre esa afirmación los Beckenbauer, Luiz Pereira, Scirea, Tresor, Passarella, Zmuda, Arie Haan, Gerrie Mühren, Krol o Baltacha cuando cambiaron a esa posición, Stielike cuando jugaba en la defensa, Maceda …
Pepe pide perdón por el pisotón a Messi en la Copa 2011, arbitrada negligentemente por Undiano, el cual fue condecorado más tarde por Florentino Perez y el Madrid, Final de Copa que nunca hubieran ganado sin el árbitro.