
Patrick Ewing tiene 63 años, fue elegido número uno del draft de 1985, jugó 17 temporadas en la NBA y está en el Hall of Fame. También es uno de los grandes pívots de la historia que nunca ganó un campeonato. De eso ha hablado en The Pivot durante casi una hora sobre su carrera, sus rivales y su difícil infancia en Jamaica.
La figura de Michael Jordan aparece pronto en la conversación. Ewing habla de él resignado, con la lógica directa de un competidor. «Desafortunadamente, jugamos en una era en la que estaba ese tipo, el 23», dice. Les crujió, les dejó sin títulos y fue un obstáculo para toda su generación, pero a la hora de enfrentarse a él, dice, nunca les temblaron las piernas: «Cuando juegas contra él no piensas en quién es. Si él va a por mi jugador, yo voy a por el suyo. Estoy en modo túnel. Lo bloqueo todo. Especialmente en Nueva York. Lo bloqueo todo e intento hacer el trabajo».
Ewing y Jordan se conocen desde adolescentes. Coincidieron en el McDonald’s All-American Game y Jordan llegó a participar en el reclutamiento universitario cuando Ewing visitó Carolina del Norte. «Él ya se había comprometido, pero creo que lo trajeron para intentar convencerme de que fuera allí», recuerda Ewing. Por entonces, el futuro seis veces campeón no era necesariamente el mejor sobre el papel. «Había otros jugadores que pensé que podían ser mejores que él en ese momento», admite Ewing, «pero lo que le separó fue esa creencia en sí mismo. Tenía una convicción y un impulso que, junto con el atletismo, lo separaron de todos los demás».

Con el tiempo, se lo tomaron todo a cachondeo. «Michael y yo siempre bromeamos. Él me dice: «Pero es que no puedes driblar». Y yo le contesto: «Puedo. Solo necesito dos botes. Con dos botes llego desde la línea de tiros libres hasta la canasta. No importa la era en la que juegue, creo que puedo dominar»». Cuando los presentadores le preguntan si, en algún momento, sintió que Jordan era simplemente inalcanzable, Ewing lo niega sin dudar: «Cuando juegas, no lo piensas. Yo estoy intentando destrozarlo igual que él intenta destrozarme a mí. Él habla siempre de sus pívots. Yo me los cargo a todos».
Hakeem Olajuwon y Shaquille O’Neal, según Patrick Ewing
Los presentadores le piden que elija al rival más complicado entre Hakeem Olajuwon, Shaquille O’Neal y David Robinson. Ewing no tarda demasiado. «Voy a decir Hakeem. Shaq era grande, era el Wilt de nuestra era, la gente no se da cuenta de lo atlético que era. Un tipo de dos metros veinte y 135 kilos que corría y manejaba el balón. Y David tenía un atletismo increíble. Pero Hakeem tenía el dream shake, tenía el juego de pies, era de mi estatura y podía anotar. Lo pongo por encima de ellos». Y añade: «Cuando juegas contra cualquiera de los tres, asegúrate de calentar bien la muñeca la noche antes».
Lo de Olajuwon tiene además una dimensión personal. Ewing lo conoce desde la universidad. Se midieron en la final de la NCAA de 1984, cuando Houston, con Olajuwon, derrotó a Georgetown. «Me lo encontré en la universidad y volvió a encontrarme en la NBA. Keem y yo éramos amigos, salíamos a cenar. Pero cuando empezaba el partido, eso se acababa. Él intentaba destrozarme y yo intentaba destrozarlo a él. Te daba un codazo, yo te daba un codazo. Así es como funciona».
El anillo no ganado
La ausencia de un campeonato es el tema recurrente en cualquier conversación sobre Ewing. Él lo acepta, lo explica y, en buena medida, lo relativiza. «Todos, cuando empieza el año, tenemos un objetivo: ganar el campeonato. Crecí en Boston oyendo hablar solo de los once anillos de Bill Russell. Pensaba: “voy a conseguir once anillos como Bill”. Luego llegas y te das cuenta de lo difícil que es».

Ewing llegó a las Finales dos veces. La segunda, en 1994 contra Houston, no pudo jugar: «Me rompí el tendón de Aquiles y no pude participar». La primera, ese mismo año que perdieron contra los Rockets, es la que más le pesa en la memoria, sobre todo por lo que vino después. «Perdimos contra ellos. Pensé que al año siguiente lo conseguiríamos. Pero me estaban drenando la rodilla, se me infló como un globo. Ese año llevo una manga blanca en la pierna. Se infló como un globo. No sé qué pasó exactamente, no teníamos la tecnología que tienen ahora. Pero luché y ese es el año en que fallé el lay-up y no pudimos volver a jugar contra Orlando y luego, con suerte, de nuevo contra Houston»
Ante la pregunta directa de si el hecho de no tener anillo disminuye lo que logró, Ewing quiere que se le recuerde por lo que fue, no por lo que ganó: «Que yo no tenga anillo, o Charles, o todos los grandes jugadores que han jugado a este juego y no tienen anillo, no lo veo como algo que disminuya lo que han logrado. Creo que todos hemos hecho algo especial para llegar donde llegamos, pero simplemente no estaba en las cartas conseguir ese campeonato tan esquivo». Pero ese es su único arrepentimiento: «No ganar. No poder traer un título a Nueva York. Eso es lo único».
Los Knicks de los 90 y la dureza de una época
Ewing defiende el discutido estilo de juego de sus Knicks. Pat Riley había establecido una norma que resume bien el ambiente: «Quien entrara en la zona, lo tumbabas. Si lo ayudabas a levantarte, te multaban». Con Ewing, Charles Oakley, Anthony Mason y más tarde Allan Houston o Latrell Sprewell, los Knicks eran un equipo extremadamente duro: «Éramos un equipo físico y no íbamos a aguantar tonterías de nadie. Detroit, Bulls, quien fuera».

Cuando los presentadores señalan que quizás la NBA necesitaba moderar esa dureza, Ewing asiente. «El juego cambió después del 94, después de que jugamos contra Houston. Esa serie fue tan física que la NBA dijo: “tenemos que cambiar, tenemos que cambiar las reglas”. Por eso cambiaron. Por eso quisieron más fluidez, más triples. Y es lo que hay». Pero queda claro que a él no le disgustaba aquello: «Lo ganábamos a la manera dura. Con la canasta de dos y con el ‘and one’».
Sobre los Detroit Pistons y su versión de los Bad Boys, Ewing dice que tampoco hay que fliparse tanto: «No intentábamos ser los Bad Boys de Detroit, pero teníamos nuestra propia versión de eso».
Los Rockets del 94: la serie que pudo ser
La final de 1994 contra Houston sigue siendo el punto de inflexión de la carrera de Ewing, el momento en que todo estuvo más cerca y más lejos al mismo tiempo: «Fuimos a Houston, perdimos el primero, ganamos el segundo, volvimos a casa. Sam Cassell encestó un triple enorme para ayudarles a ganar el tercero. Nosotros ganamos el cuarto. Ganamos los siguientes cuando volvimos a Houston. Y el gran hombre se puso a trabajar y simplemente… fue todo cuesta abajo».
El sueño shake de Olajuwon aparece como algo que no tenía respuesta táctica clara. «Ese dream shake estaba funcionando. Estaba funcionando». Sobre la ventaja de campo como factor determinante, Ewing y su exentrenador Jeff Van Gundy lo debaten todavía: «Si hubiéramos tenido ventaja de campo en los playoffs, podría haber cambiado las cosas».
Pat Riley: estabilidad, después decepción
La llegada de Pat Riley a los Knicks fue, según Ewing, un punto de inflexión organizativo. «Antes de que llegara, había tenido cinco entrenadores distintos en cinco años. Cuatro directores generales, dos propietarios distintos. Riley trajo estabilidad». La relación era estrecha por necesidad: «Éramos el mejor jugador del equipo, así que teníamos que estar en la misma página en el plan de partido, en los entrenamientos, en todo».

Pero cuando Riley se fue a Miami, no le gustó: «Cuando me enteré de que se iba, me quedé muy decepcionado». Años después, en Miami, Ewing era asistente del equipo olímpico estadounidense y Riley se acercó a hablar con él durante una hora. «Hablamos de por qué se fue. No voy a contarlo, pero fue una conversación importante».
Graciosamente, cuando los Knicks de Van Gundy jugaron contra los Heat de Riley, los dos equipos ejecutaban las mismas jugadas con los mismos nombres. «Es como si estuviéramos en el entrenamiento. Ellos llamaban «post-up para Patrick«, nosotros llamábamos «post-up para Alonzo«. Era la misma jugada, el mismo nombre. Al menos podrían haberlo cambiado».
¿Le fallaron los Knicks? ¿Podría haber ganado un anillo si el equipo hubiera hecho más a su alrededor? Ewing aquí se sincera: «Hubo un momento en que estuve a punto de irme para unirme a Chris Mullin, Tim Hardaway y Mitch en Golden State, pero no ocurrió. Cuando estás en ello, no lo ves así. Pienso en quién tengo conmigo y vamos a la guerra. Tenía a Mason, a Oak, a John, Allan llegó después, Spree llegó después, Derek Harper… Pensábamos que teníamos una oportunidad de conseguirlo. Simplemente no ocurrió».

Sus quince años en Nueva York terminaron cuando empezó a notar cierto desgaste interno. «Oyes que el equipo estaría mejor sin ti, o rumores de algunos compañeros de que tienes demasiados toques, demasiado tiempo. Me cansé. Son 15 años y sigo oyendo lo mismo. Me cansé y me dije: es hora de irse». Seattle llegó con una buena oferta. «Ese es mi único arrepentimiento. Ver a Karl Malone terminar su carrera en Utah, ver a otros que acabaron con el mismo equipo… Eso es lo que me pesa».
Dikembe Mutombo y Alonzo Mourning: hermanos de Georgetown
El vínculo con los jugadores formados en Georgetown bajo John Thompson fue completamente diferente. Con Alonzo Mourning y Dikembe Mutombo, Ewing pasaba los veranos en Washington trabajando: «Intentaba enseñarles todo lo que había aprendido en la NBA para prepararlos para lo que les venía. Era el hermano mayor». Pero cuando sonaba el pitido, todo eso se suspendía. «Ese interruptor nunca se apaga. Podía ser en el verano, entrenando juntos. Estábamos intentando matarnos el uno al otro. Big John tenía que salir de su despacho a decirnos que paráramos».
Hay una anécdota con Mutombo que Ewing cuenta con cariño: «Estábamos jugando y Kimbe me dio un codazo en la mandíbula. Después del partido le dije: «¿Por qué me has pegado?» Y él me contestó: «¿Por qué has puesto la cara delante de mi codo?»».

Sobre la muerte de Mutombo, Ewing se emociona: «Fue muy difícil verle así, había perdido las habilidades motoras mientras luchaba contra el tumor. Alonzo y yo, una vez al mes, cogíamos un vuelo a Atlanta para visitarle, pasar el día con él y su mujer, sentarnos y recordar, hablar. Cuando murió, Alonzo iba a ir ese día a verle. Yo no pude ir, no recuerdo por qué, y fue entonces cuando recibimos la llamada de que había muerto. Era un hermano. Era un amigo. Hace poco tuve un sueño con él y tuve que escribirle a su mujer: «Feliz Pascua, pero anoche soñé con el Big Fellow«. Ella me contestó: «Vino a visitarte, espero que te dijera cosas buenas». Lo echamos de menos».
Los pívots de hoy
En la actualidad, Ewing mira a Wembanyama y a Jokic con una mezcla de admiración e ironía. «Todos los pívots siempre hemos querido poder movernos como los bases. Es como los raperos que quieren ser atletas y los atletas que quieren ser músicos». Reconoce que las diferencias con su época saltan a la vista: «Son más habilidosos en cuanto a bote y tiro de tres, especialmente los pívots, Jokic, Embiid. Pero creo que nosotros teníamos corazón y físico igual que ellos. Lo que pasa es que el juego ha cambiado».
La primera reacción cuando llegó a la liga también apunta en esa dirección. «Cuando llegué y tiraba muchos jumpshots de media vuelta, se enfadaban: «Entra y machaca». Yo les decía: «¿Ves con quién estoy jugando? Si no puedo tirar, no voy a poder anotar»». Con Wembanyama, Ewing tiene un comentario ténico: «Intenta ser lo más físico posible con él, legalmente. Empújale hacia fuera. Aunque a él le gusta estar fuera, así que tendrás que aguantar eso». Lo compara con Yao Ming, a quien entrenó: «Tenía su estatura, casi dos metros treinta, pero no tenía las habilidades ni todas las cosas que tiene Wemby. El juego es distinto ahora».

Las rodilleras son una conversación aparte. Ewing las llevó desde el instituto: «Me dijeron que protegerían mis rodillas cuando chocara con otros jugadores. Y así fue. Y si estuviera jugando ahora, me las seguiría poniendo. Me las pondría y metería 50». Cuando le preguntan si Jaylen Brunson le dejaría llevarlas: «No habría tenido elección. Que soy terco como una mula, eso lo sabe todo el mundo».
Jamaica, Cambridge y el baloncesto como salvación
La historia de Ewing empieza en Jamaica y pasa por Cambridge, Massachusetts, en un trayecto que su familia completó por partes, dos a dos, durante años. Su madre llegó primero, como niñera y empleada doméstica. Trabajó una década hasta poder traer a los demás. «Mi madre llegó aquí primero. Trabajó diez años o lo que fuera. Consiguió su libertad. Luego mi padre y mi hermana que está sobre mí vinieron. Luego yo y mi hermana pequeña. Llegamos de dos en dos, uno a uno».
La llegada fue un shock. «Te dicen que vas a América, que las calles están pavimentadas de oro, que va a ser maravilloso. Y cuando llegué me bajé del avión y pensé… esto es lo que hay». Las dificultades no tardaron en aparecer: «Estábamos en Boston. Los americanos negros no te querían porque decían que venías a quitarles el trabajo. Los blancos no te querían porque eras negro. Así que tenías que superar esos dos obstáculos». A los 12 años medía ya 1,80. «La gente pensaba que era mayor de lo que era. Me tomaban el pelo por el acento, por la altura, era desgarbado, no había crecido dentro de mi cuerpo todavía».
El baloncesto llegó de casualidad. El parque estaba justo detrás de la valla de su casa. «Todos los días estaba allí en los columpios haciendo lo normal que hacen los niños. Y estos chicos estaban jugando y necesitaban un cuerpo más. Me dijeron: «¿Quieres jugar?» Yo les dije que no sabía cómo. Desde ese día, jugué y me enamoré. Ni siquiera recuerdo el fútbol. El baloncesto fue lo que me enamoró».

Su primer amor había sido el fútbol, que él lo llama football, no soccer. Pelé era su ídolo, junto a Muhammad Ali. Pero Cambridge lo cambió todo. Y la comunidad que encontró allí fue tan importante como el juego en sí: «Los entrenadores, los amigos, todos esos que me enseñaron el baloncesto, que me enseñaron a Bill Russell, a los grandes Celtics, porque eso es Boston, ellos hicieron el trabajo de ayudarme a desarrollarme y convertirme en el jugador que llegué a ser».
Hay un momento en su primer año de instituto que Ewing recuerda como el punto de inflexión. Jugaban contra el Boston College High y él metió un punto y se fue por cinco faltas en cinco minutos. Cuatro años después, volvieron a encontrarse en la final del campeonato. «Les dije a mis amigos: voy a meter 40 más ese punto que metí de primer año. Al final metí 41. Ganamos el campeonato». El mismo entrenador que lo echó del entrenamiento diciéndole que no llegaría a nada acabó siendo el contexto de esa historia.
Su madre no pudo ver nada de todo aquello. Murió cuando Ewing estaba a punto de entrar en su tercer año universitario en Georgetown. Su padre sí llegó a ver lo que su hijo se convirtió. «Cada vez que vuelvo a Boston, voy a su tumba y les digo gracias. Porque sé que si me hubiera quedado en Jamaica, las oportunidades no habrían sido las mismas. Me habría ido por el camino equivocado. Habría acabado muerto o en la cárcel».


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«Ver a Karl Malone terminar su carrera en Utah» esto no pasó, ¿se equivocó Ewing?, ¿alucinó la IA?
Esta es la frase exacta, no tiene en cuenta ese último año en LA: «Seattle came, they gave them a great offer, but that’s the only regret that I have. I see Karl stayed and finished his career there at Utah Stock, you know, I see guys who finished their career u with the with the same team and that’s the only regret»