Ultras

¿Por qué insultamos a los futbolistas? La respuesta está bajo tierra: en la mina

Es noticia
(Foto: Cordon Press)
(Foto: Cordon Press)

Podrán decir misa, pero los ultras si por algo han pasado a la historia es por la violencia. Los tifos podrán ser muy bonitos, y el ambiente de los estadios, pero en la mente popular están grabadas a fuego las escenas escalofriantes de los años 80 y no pocas barbaridades anteriores y posteriores, muy bien glosadas en el ensayo de Borja Bauza en Libros del KO.

Sin embargo, los hooligans ingleses no empezaron necesariamente como grupos de camorristas. Lo ponen de manifiesto las investigaciones del historiador Martin Johnes centradas en Gales. Explica que sí, antes de la II Guerra Mundial también había jaleo en las gradas de los estadios, pero no era algo homologable a lo que ocurrió después.

El caso particular de Gales es curioso, porque era un país donde el deporte rey era el rugby, la aparición del fútbol fue percibida de forma irritante y desagradable por buena parte de la afición. Se les estaba colando un deporte de obreros ingleses.

En 1921, el sur de Gales tenía cinco clubes en la Football League inglesa. Había una pirámide futbolística que descendía desde los profesionales hasta los equipos de pub y de colegio. Y Cardiff City, en su temporada dorada de los años veinte, atraía a más espectadores que las celebradas citas del XV galés. Era, en todos los sentidos, una invasión cultural. Y como toda invasión cultural, generó entusiasmo, arraigo popular y, claro está, algún que otro escándalo en las gradas.

Si se analiza la prensa, el South Wales Daily News para el período 1906-1914 y el South Wales Echo y el South Wales Football Echo para los años de entreguerras, entre 1906 y 1939, la prensa registra 47 incidentes de desorden en partidos de fútbol de nivel semiprofesional o profesional en el sur de Gales. De esos 47, solo 21 implican violencia física real. En los peores años, los de 1920 a 1924, hay un promedio de 3 incidentes por año, de los cuales 1,8 de media incluían algún tipo de violencia. En una región con varios clubes de la Football League, miles de partidos en diferentes competiciones, y decenas de miles de espectadores cada semana, solo había ese nivel de conflictividad.

¿Y cómo se canalizaba la agresividad? A insultos. El barracking es el abucheo, los gritos, las críticas. El señor del fondo que le recuerda al delantero centro su mediocridad con una imaginación verbal de la que debería estar orgulloso. Ustedes lo saben muy bien porque lo practican frente a la pantalla en cada partido que ven. En el sur de Gales de las primeras décadas del siglo XX, esto era constante, ruidoso, y completamente normal.

El barracking no era, en la mente de quienes lo practicaban, un comportamiento anómalo ni antisocial. Tenía su propia lógica, profundamente enraizada en los valores de la clase obrera de las cuencas mineras. Los espectadores, en su mayoría trabajadores cualificados de la minería y la siderurgia pagaban su entrada. Y un obrero que paga espera un trabajo bien hecho. Si el rendimiento es malo, la crítica es legítima. Punto.

31
(Foto: walesonline.co.uk)

Roy Paul, minero en los años treinta y posteriormente internacional galés, quien explicó con toda la claridad del mundo por qué la disciplina del tajo se transfería al estadio. En la galería de una mina, no hay sitio para los vagos ni para quien se rinde al primer percance y se quiere salir. Y esa misma exigencia se aplicaba a los jugadores. Los aficionados no eran fans adolescentes, no eran ciegos a los defectos de sus ídolos; al contrario, eran brutalmente honestos. Nunca se habían expresado con sutileza, no estaban, con esas vidas, para dobles sentidos ni ironías de catedrático de derecho administrativo con el meñique levantado. De hecho, había quienes, según las crónicas de la época, solo iban a los partidos para insultar a su propio equipo. En la grada lo que había era una fiesta colectiva de ética en el trabajo.

En esos años, mientras los trabajadores consideraban el barracking un ejercicio perfectamente razonable de crítica al rendimiento profesional, los dirigentes del fútbol, en su mayoría burgueses, lo veían como una barbaridad. El lenguaje del fondo era el lenguaje del taller y de la mina, con sus ternas de palabrotas, sus amenazas que eran pura literatura y su generoso e interminable diccionario de insultos. Para los señores que iban al palco, todo eso era vomitivo.

En una ocasión, el presidente del Charlton Athletic visitó un partido de categorías inferiores cerca de Merthyr para seguir a Bryn Jones, que luego se convertiría en el jugador más caro de Gran Bretaña. Aguantó diez minutos. El lenguaje de los espectadores le pareció tan impresentable que se marchó, e incluso dejó pasar la oportunidad de fichar a un prometedor futbolista.

Por supuesto, el barracking a veces escalaba. Los incidentes de violencia seguían un patrón bastante predecible, muy parecido a lo que ocurre hoy. Una decisión arbitral injusta, una falta escandalosa, un resultado que se consideraba amañado, etc… lo mismo de siempre. Al final del partido, los espectadores invadían el campo para ajusticiar a los culpables. Porque eso había costado dinero y no se podía timar a un trabajador que volvía a casa completamente negro en un sentido literal. En la mayoría de los casos, solo había empujones y palabrotas. En algunos, si el árbitro o el jugador contrario no habían logrado escabullirse al vestuario a tiempo, algunos puñetazos.

Tras la final de la West Wales Senior Cup de 1923 entre Llanelly y Swansea Town, el árbitro tuvo que abandonar el estadio disfrazado de policía. La multitud intentó forzar las puertas de los vestuarios. Hubo que reforzarlas con trozos de madera. Los enfrentamientos duraron media hora antes de que llegaran refuerzos policiales. Pero según este historiador, incidentes de este calibre eran raros. La norma era que la policía apareciera y la situación se calmara.

Los propios estadios lo propiciaban. Eran campos semiprofesionales con instalaciones rudimentarias, sin vestuarios, sin segregación entre hinchadas rivales y con la afición pegada al campo. Las instalaciones más profesionales de los clubes de la Football League, como Cardiff, Swansea, Newport, registraban muchos menos incidentes. De los 15 incidentes documentados entre 1920 y 1924, solo 3 tuvieron lugar en esos estadios.

8
(Foto: walesonline.co.uk)

Hubo también lanzamiento de objetos. Antes de la Gran Guerra, árbitros impopulares y jugadores rivales debían sortear lluvias de piedras y trozacos de tierra al salir del campo. En Newport, en 1922, el portero del Luton Town recibió pedradas durante el partido. Pero incluso aquí Johnes matiza, la motivación rara vez era hacer daño real. SE trataba más de una humillación. De escaldar a los culpables. En 1934, por ejemplo, en un partido del Swansea Town, el árbitro fue recibido con una lluvia de naranjas.

En el sur de Gales de entreguerras, especialmente en los valles mineros del Rhondda, había una cultura obrera de corregir los agravios por cuenta propia, de actuar ante la injusticia aunque eso implicara saltarse las normas. Venía de atrás, de la experiencia colectiva de luchar contra patrones, contra el hambre e incluso contra el Estado. La disposición a pelear por un trato justo era un rasgo común de toda aquella gente y eso incluía increpar a un árbitro comprado o ir a por un jugador que hubiese cometido una falta escalofriante. De los esquiroles a los farsantes y tramposos del fútbol. El proceso de ponerlos en el punto de mira llegó de forma natural. Esto era así, pero todo dentro de un orden. Los mismos hombres que se enfrentaban a la policía en los piquetes de huelga calmaban antes las palabras de un jugador que pedía calma en las gradas. El estadio tenía sus reglas no escritas, distintas de las de la calle y la mina. Parecido no es lo mismo.

Por desgracia, la justicia futbolística no es fácil de administrar, ni desde la grada ni sobre el césped, y como es lógico los árbitros eran, con frecuencia, el blanco preferido del descontento popular. Eran perseguidos hasta la estación de tren. Eran cercados por la multitud y se tenían que refugiar en un pub, en un mercado o a saber dónde. Una vez uno apareció en los medios porque tuvo que esconderse en una casa particular mientras la gente amenazaba con tirarlo al río.

De esta manera, los colegiados empezaron a parar los partidos para pedir a la policía que expulsara a los alborotadores más ruidosos. Podían pedir a los jugadores que apelaran a la calma. Y normalmente funcionaba, por eso de las normas no escritas del estadio. Pero en no pocas ocasiones, los árbitros eran de clase media y lo que se comían era el resentimiento de la masa obrera. Cansados ya de que se tomasen decisiones injustas a sabiendas contra los trabajadores durante décadas de dolor y miseria, una metáfora que reuniese todo eso en tan poco espacio era demasiado como para no desatar iras muy profundas.

Pongamos como ejemplo los equipos de la policía. En Cardiff y Swansea, los equipos formados por agentes de policía recibían un trato especialmente hostil en los partidos amateurs. La policía era el símbolo más visible y cotidiano de una autoridad en la que muchos trabajadores habían dejado de confiar, especialmente tras su papel en las huelgas. En Cardiff se chillaba «¡Mátalos!» a los agentes que jugaban. En Swansea, el público alentaba el juego duro contra la policía y aplaudía cualquier entrada peligrosa. En la temporada 1934-35, el equipo de la policía de Cardiff colgó las botas y se dedicó a otra cosa.

Proyecto nuevo 36
(Foto: Cordon Press)

El único problema de la investigación de este historiador es que los periodistas iban a los estadios a cubrir partidos, no a investigar altercados. Solo los incidentes más visibles como invasiones de campo o disturbios masivos,  llegaban a los periódicos. Las peleas entre hinchas en los pubs de las afueras, las broncas en los trenes de vuelta, los encontronazos en la calle después del partido… nada de eso dejaba rastro en la prensa a menos que terminara en arresto.

Por ejemplo, del caso de la visita del Swansea Town al Millwall en la FA Cup de 1926, recordada por los aficionados como una jornada marcada por enfrentamientos con los estibadores del este de Londres, no hay una sola línea sobre ello en la prensa galesa. Y lo que pasaba en los pubs los sábados por la noche, relacionado o no con el fútbol, era simplemente el paisaje normal de la vida obrera. A saber, peleas menores, borracheras, altercados…

De todos modos, los grupos de jóvenes alborotadores que frecuentaban los estadios del sur de Gales antes de 1939 no eran los hooligans de los años setenta, ochenta y noventa. No iban a los partidos a pelear. Las batallas territoriales y tribales que convirtieron muchos estadios ingleses en campos de batalla en las últimas décadas del siglo XX eran, sencillamente, un fenómeno diferente. Los hooligans del carbón resultaron ser, en su mayor parte, trabajadores cansados que gritaban a un árbitro, pagaban su entrada incluso cuando se caía el torno de acceso, y se iban a casa cuando un policía o un jugador les pedía calma. Difícil encontrar en esa buena gente el antecedente de la genuina escoria que se llegó a cobrar vidas décadas después.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*