Formula 1

La Fórmula 1 con la que nos hizo vibrar Antonio Lobato

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Créditos: Cordon Press

Imola, abril de 2005. Michael Schumacher lleva varias vueltas pegado al Renault de Fernando Alonso, buscando el hueco que no existe. El Ferrari es más rápido, la grada italiana enloquece pidiendo el adelantamiento, y en la cabina de Telecinco Antonio Lobato narra lo que ve con la voz de quien contempla algo que no debería ser posible: un chico de veinticuatro años bloqueando al mejor piloto del mundo en su propia casa. Alonso cubre los interiores, cierra las puertas, hace el coche lo más ancho que puede en un trazado donde adelantar es casi imposible. Lobato, que llevaba apenas un año narrando Fórmula 1 y que había llegado al puesto casi por descarte —le pusieron una cinta del Giro de Italia y le dijeron que el narrador iba a ser él—, comprendió en ese momento que tenía entre manos algo que iba mucho más allá de una carrera de coches.

Quien no haya escuchado a Lobato narrar a Alonso no entiende del todo qué le ocurrió a España con la Fórmula 1. No es que no entienda el deporte, es que no entiende el fenómeno. Porque lo que Lobato construyó durante veinte años no fue exactamente una retransmisión deportiva sino algo más parecido a una ópera de cámara con un único tenor y millones de oyentes que no sabían que les gustaba la ópera hasta que la escucharon. Dos asturianos que despegan a la vez y que el resto del país mira hacia arriba sin saber muy bien desde cuándo les interesaba el cielo.

La transformación de la Fórmula 1 en espectáculo global tiene mecanismos razonablemente obvios. La televisión no solo amplificó el campeonato, sino que también lo tradujo, y traducir es siempre traicionar un poco, o transformar mucho, que viene a ser lo mismo. Las cámaras a bordo cambiaron la perspectiva del espectador, los derechos televisivos redefinieron el modelo económico del campeonato, la producción audiovisual convirtió cada carrera en una película en directo. Todo eso ocurrió en paralelo en muchos países y en muchos idiomas. La particularidad española no estaba en la tecnología sino en el intermediario.

En 2004, Telecinco adquirió los derechos de retransmisión y Lobato fue el elegido para narrar los dos primeros títulos mundiales de un piloto español en la historia del campeonato. Lo que siguió fue uno de esos accidentes culturales que solo se explican en retrospectiva. En 2005 triplicaron las audiencias de TVE del año anterior, con picos de seis millones de espectadores un domingo por la tarde viendo cómo unos coches daban vueltas a un circuito. El propio Lobato lo resumió con una claridad que vale más que cualquier análisis del fenómeno: quería que su madre y su cuñado entendieran la Fórmula 1, ese era el reto.

No se trataba de explicar la estrategia de neumáticos a los aficionados ya convertidos. Se trataba de inventar un lenguaje que hiciera la experiencia accesible a alguien que nunca había distinguido un monoplaza de un turismo, pero que era capaz de entender que un chico de Oviedo estaba a punto de hacer algo que ningún español había hecho antes. La Fórmula 1 que Lobato narraba no era exactamente la Fórmula 1 sino la historia de Fernando Alonso con banda sonora de motores V10. Esto no es una crítica, es una descripción de cómo funcionan los fenómenos mediáticos de masas, que raramente se articulan alrededor de la complejidad técnica y casi siempre alrededor de la identificación emocional.

Lobato, que sigue a Alonso desde su debut con Minardi en 2001, resumió lo que había pasado en Brasil en 2023 con una frase que no era un comentario técnico sino casi un tratado sobre la voluntad humana. Dijo que otro piloto habría aflojado los brazos después de esa defensa numantina durante treinta vueltas contra el Red Bull de Checo Pérez, pero que Fernando había luchado para recuperar la posición y después había tenido que aguantar. Y añadió que era para ponerlo en las escuelas de karting, no solo para los que quieren ser pilotos sino para los que luchan por cualquier cosa. Ese es el salto. De las escuelas de karting a los que luchan por cualquier cosa. De un Gran Premio en Interlagos a la vida en general. Cuando un narrador deportivo consigue ese salto, ha dejado de ser un narrador deportivo.

La visibilidad que ofrecen las retransmisiones ha generado un ecosistema que va mucho más allá del paddock. Las apuestas de F1 forman parte de esa expansión del interés por cada gran premio, igual que los videojuegos, los simuladores o los podcasts de análisis técnico que proliferan cada temporada. El espectáculo engendra industria, y la industria retroalimenta el espectáculo. Pero la televisión es un medio que solo se vuelve verdaderamente poderoso cuando encuentra a alguien que sabe usarlo, y durante dos décadas la televisión española encontró en Lobato a alguien que entendía que narrar no consiste en describir lo que ocurre sino en hacer que el espectador sienta que está a punto de ocurrir algo que no se olvidará. Aunque luego resulte ser una carrera de coches.

La prueba de que Lobato había construido algo más que una audiencia es lo que ocurrió cuando el protagonista empezó a perder. Los años de Sebastian Vettel fueron los años del silencio incómodo en los salones españoles. El alemán ganó cuatro campeonatos consecutivos entre 2010 y 2013 con una frialdad quirúrgica que no generaba enemigos viscerales sino una especie de respeto resignado, la misma emoción que uno siente ante una declaración de la renta bien hecha. Vettel era excelente y era ajeno, y esa combinación resultó letal para las audiencias. Lobato narraba igual de bien, pero el material dramático había cambiado: ya no había un héroe español desafiando al orden establecido sino un producto de la ingeniería alemana funcionando exactamente como estaba diseñado para funcionar. España siguió mirando, pero con la distancia con que se mira algo que ya no es del todo tuyo. El propio Vettel, años después de retirarse, reconoció que Alonso era probablemente el mejor piloto con el que había competido. Lo dijo cuando ya no importaba decirlo, que es cuando la gente suele decir la verdad.

La Fórmula 1 lleva décadas siendo un negocio global extraordinariamente bien gestionado, un espectáculo técnico de primer orden y un laboratorio de ingeniería que fascina a quienes entienden de ingeniería. Pero en España, durante unos años concretos, fue otra cosa además de todo eso, fue el ruido de fondo de los domingos. Y ese ruido tenía una frecuencia muy específica, la de una voz que subía de decibelios exactamente cuando el mundo parecía a punto de detenerse. Lobato tardó décadas en encontrar ese momento. Lo encontró en Imola, con Schumacher al acecho y un Renault amarillo cerrando puertas que nadie más sabía cerrar. El semáforo se había puesto en verde y ya nada volvería a ser lo mismo.

Un comentario

  1. Dolores Adriana Sánchez Moncada

    Me encantan, los encontré por accidente hoy buscando algo de 1955 en Lemans , es genial leerlos. Tienen redes sociales?

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