
La ida de los octavos Champions sirvió para que Valverde demostrase ser la víctima de que el Madrid lleve un siglo llorando la pérdida de Kroos y Modric, dos jugadores eternos e insustituibles. Necesitaba una gran noche en el Bernabéu y la tuvo ante el rival idóneo: el City del odiado Guardiola. Su hat trick encarrila la eliminatoria, al tiempo que le devuelve la consideración de mejor centrocampista del equipo y esperanza merengue, de la que nunca debió salir.
Guardiola vacía el centro del campo
Guardiola visitó la capital de España con mucha pinta de entrenador. Sabía que por la izquierda atacaba Vinicius, la estrella de un equipo sin Mbappé, entonces alineó al defensor rápido y contundente Khusanov en ese costado, en lugar de a Nunes, atacante reconvertido que es titular habitualmente. Se trataba de no dar espacio a la espalda y cerrar los desbordes al crack brasileño. Puede decirse que, como táctica, esta decisión está okay.
También sabía Guardiola que, en el otro extremo del campo, el Madrid defendería su lateral derecho con el ligero, a veces desinteresado Trent Alexander-Arnold, y no con un Carvajal caído en desgracia, por eso el hábil y explosivo Doku fue su principal arma ofensiva. Desde ahí llegaron los ataques iniciales del City. De nuevo, táctica okay.

Por último, Guardiola esperaba que la fase de posesión del Madrid fuese tan mediocre como viene siendo, debido a la calidad media de su centro del campo. Entonces le quedaba decidir propuesta: optar por un equipo que le arrebatase el balón, manteniendo así su identidad, o establecer un plan de partido donde cada previsible recuperación de pelota de los suyos se tradujera en un contragolpe letal. Eligió la segunda y esta vez fue táctica fallida y definitiva. Lo fue porque tenía defectos y porque Arbeloa había alineado mejor que en cualquier otro partido.
Arbeloa llena el equipo de toque
Guardiola confeccionó una suerte de 4-2-4 donde cada delantero era un acelerador de ataques, mientras Rodri y Bernardo Silva ejercían de solitarios conectores en el doble volante. Mientras Arbeloa presentó su zaga de mejor pie disponible, así como su centro del campo más numeroso y compensado en lo asociativo, de modo que perdió menos posesiones de las imaginadas y se impuso en el juego.
No participó Asencio, sino que lo hizo Huijsen, entonces el sector izquierdo tuvo la posibilidad de avanzar, a través de Güler, hasta llegar a Vinicius. El canterano Pitarch volvió a ser titular (bravo por el arrojo sostenido, real, de Arbeloa con los necesarios de su Castilla), por delante de Camavinga, pero en esta ocasión se ubicó en su perfil ideal, el derecho, estableciendo allí un triángulo de interacción corta con Trent Alexander-Arnold y Valverde. Como eje, el aseado Tchouaméni, muy a gusto en el pivote, y el móvil Brahim desde la zona de aceleración fueron auxiliares válidos para unir ambos sectores. De este modo, el grupo estaba dispuesto para distribuir la carga de balón y evitar que la presión rival se concentrase en un sector, dificultándole así crear juego desde la base.
La sintonía blanca llenó de realidad el centro del campo que Guardiola había vaciado y los actuales Rodri y Bernardo Silva, que no están para recuperar más balones de los que se les regalan, se vieron superados. Apostar por esa pareja como único sostén defensivo fue un error de Guardiola, pero lo peor de su equipo estuvo en el costado izquierdo de la retaguardia, donde el reconvertido O’Reilly mostró el futbolista que lleva dentro y Valverde se aprovechó de ello.
O’Reilly sufre ser la bisagra defensiva
Como Guardiola es un gran entrenador y sabe rectificar, esta temporada O’Reilly viene actuando de interior, una ubicación que respeta su naturaleza ofensiva y sensible. Ante el Madrid, su técnico lo devolvió al lateral para que estructuralmente asistiese a los volantes y así la fase de posesión también tuviera algo que decir, en lugar de confiar en un Aït-Nouri cuyo juego se entiende más desde el carril exterior. De esta manera, el técnico razonaba que su famosa bisagra posicional (conocida como “laterior”) habría de darse esta vez en la izquierda porque el verdadero peligro vertical llegaría en el otro costado, desde Vinicius.

Sucedió, sin embargo, que, pensando más en cómo actuar como el tercer centrocampista que su cuerpo le pide (y esta alineación necesitaba sobremanera) en lugar de como el cuarto zaguero que le cuesta interpretar, a los veinte minutos O’Reilly desatendió la marca de Valverde, permitiendo que un simple envío directo de Courtois lo superara por arriba y el uruguayo abriera el marcador.
El segundo gol llegó poco después y tuvo los mismos protagonistas. El Madrid tocó, el socio de todos Brahim se escoró al sector izquierdo: espaciaba así la derecha a su espalda al tiempo que conseguía sorprender y conectar con Vinicius. Fue Valverde quien trazó el desmarque diagonal que pedía la jugada para su desenlace, siendo O’Reilly quien, habiéndolo seguido, lo dejó chutar.
De ambas acciones defensivas puede culparse al canterano del City o, por el contrario, puede entenderse que un jugador creativo que no es defensa no atesora la virtud defensiva (concentración, técnica, instinto, agresividad, etcétera: cualidad, en suma) suficiente para rendir en partidos serios ante rivales como un Valverde bien aprovechado y en estado de gracia.
Valverde en un contexto ideal
Y digo bien aprovechado porque, hablando de esencias, Valverde no es el centrocampista que, desde la salida de Kroos y Modric, los entrenadores han intentado que sea, provocando así su mal juego y las injustas críticas del madridismo. A saber: Valverde no se expresa desde la posicionalidad en zonas interiores, donde le cuesta dominar el espacio y girar. Tampoco es un gestor de juego, sino un mediocampista que activa su buena bota derecha desde posiciones escoradas o exteriores, recibiendo perfilado, y destroza rivales en transición, haciendo decisivas sus potentes piernas desde un privilegiado instinto que le permite leer mejor que sus rivales los espacios vaciados. Hay que entender que Valverde necesita que los entrenadores le faciliten un entorno de juego y una ubicación adecuada. Porque hay que comprender que no todos los grandes centrocampistas pueden ser centrocampistas totales, válidos en cualquier zona y en cualquier rol. Los Modric son los mejores jugadores de la historia, pero no obstante los Valverde, futbolistas que en su adecuado contexto determinan partidos, están entre los mejores de su momento.
Y como el fútbol es tan justo como ignorante es el futbolero, fue Valverde quien coronó su primera mitad con un gol de bandera, rompiendo a la espalda de la zaga para culminar en volea una vaselina previa sobre Guéhi en la que pareció atesorar la calidad de Francescoli, su más dotado compatriota.
El City reconocible no consigue marcar
En la reanudación Guardiola introdujo a Reijnders por el desaparecido Savinho. Luego guardó la brocha de Semenyo para sacar el pincel de Cherki, el mejor futbolista del equipo aunque su entrenador dude de ello. Y acto seguido permitió a O’Reilly ser feliz, adelantándolo al centro del campo.

Con las modificaciones el City se volvió orgánico y reconocible, tanto como para que Vinicius pudiera hacer el cuarto tras coger la espalda a la clásica zaga adelantada de los equipos de Guardiola, aunque falló el penalti. Pero también tanto como para poder recortar distancias mediante O’Reilly, en la clásica presión alta de los equipos de Guardiola a la salida de fondo rival, gol evitado de nuevo por Courtois, como cada noche.
El City mejoró, solo que aún quedaba mucho cuadro por pintar y los futbolistas del Madrid estaban encadenados a su obra, reivindicándola con todas las de la ley, al tiempo que el madridismo coreaba un alentador ¡Valverde, Valverde!, entonces el marcador no se movió.


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