Historia del fútbol inglés

Historia de un 20-0 a la escocesa

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El 8 de diciembre de 1984, en Escocia, todo el mundo sabe lo que había: un día detestable climatológicamente hablando. Especialmente, en Stirling, Escocia, una noche en la que se jugó un Stirling Albion – Selkirk. En esos años de decadencia industrial y thatcherismo desatado, un partido de la Scottish Cup, el torneo más antiguo del mundo, con su niebla y su lluvia tonta, quizá no tendría mucho glamur, pero ni falta que lo hacía. Era algo que echaba el ancla a la verdad, al pasado que empezaba a ser barrido por la modernidad. Especialmente, porque ese día se superó un récord. El resultado fue 20-0. La mayor goleada del fútbol británico del siglo XX.

Nada hacía presagiar semejante locura. Stirling Albion no atravesaba precisamente su mejor momento. Un año antes, cuando lideraba con claridad la Second Division, había sufrido una eliminación traumática en la Copa ante el Inverness Caledonian, un equipo semiprofesional del Highland League, con un gol encajado en la última jugada de la prórroga. Aquella derrota marcó un punto de inflexión, se escapó el ascenso, se evaporó la confianza y el club quedó atrapado en una categoría que no esperaba seguir ocupando. Cayeron al lodo y no veían la forma de salir de ahí.

Por eso, cuando el sorteo emparejó a Stirling con Selkirk, un club amateur procedente de la Border Amateur League, el técnico Alex Smith le advirtió a sus hombres contra cualquier tentación de relajación. A determinados niveles por debajo de la elite, llega un momento en que todo enemigo es poderoso. Incluso se podría decir que se teme más a los equipos más modestos. En Escocia, la Copa ha construido su leyenda precisamente sobre ese tipo de partidos en los que un club recóndito tritura a un grande. Nadie en el Stirling quería revivir el trauma del año anterior, ni siquiera frente a un rival sin estructura profesional.

Stirling envió a su ojeador jefe, George Rankin, a observar a Selkirk en un partido liguero. Rankin vio a los amateurs ponerse 0-3 en campo del Leithen Rovers y abandonó el estadio convencido de que se trataba de un equipo competitivo. No llegó a presenciar lo que ocurrió después, el partido fue remontado con cinco goles encajados en los últimos veinte minutos y una derrota por 5-3.

El día del partido, en Annfield Stadium, Stirling Albion salió decidido a no dejar nada al azar, iban más concentrados que si el visitante hubiese sido el FC Barcelona. No tenían miras muy altas ni grandes metas esa temporada, pero sí que había un objetivo claro: no volver a hacer el ridículo. En apenas media hora el encuentro quedó sentenciado. Los goles llegaron en cascada, cada uno firmado por un jugador distinto. Antes del descanso ya eran cinco, y el Selkirk estaba demolido.

Pero el pánico a meter la pata era tal, que la segunda parte fue incluso más dura. Hubo una procesión sin freno hacia la portería defendida por Richard Midge Taylor. El guardameta, que se convirtió en el protagonista y, tristemente, pasó a la historia, porque evitó que el marcador se engordara aún más con varias paradas meritorias. Aun así, cada ataque de Stirling parecía destinado a acabar en la red, iban completamente desbocados, era un fútbol vertical de alta intensidad.

El gran protagonista fue David Thompson, un delantero fichado por apenas 10.000 libras desde el Stenhousemuir, que marcó seis goles en la segunda mitad y cerró el partido con siete en su cuenta personal. Willie Irvine añadió cinco más y otros seis compañeros completaron un reparto en el que hubo ocho goleadores distintos, una cifra pocas veces vista.

El Selkirk, dirigido por su propio jugador-entrenador, Jackson Cockburn, había llegado al partido con la ilusión de resistir, amargar al rival con su defensa férrea y quizá pescar algún contraataque y sorprender en alguna acción aislada. Incluso llegaron a disponer de dos remates y un saque de esquina. Ninguno entró. Como escribió un cronista al recordar la legendaria goleada del Arbroath al Bon Accord en 1885, tras el vigésimo gol «se juega como un equipo sin esperanza».

Hubo momentos de humor involuntario que terminó por bordar la jornada. Cuando el marcador entró en la franja de los dieciocho y diecinueve goles, los técnicos de Selkirk en la banda levantaron todos los números de sustitución que tenían, como si pidieran cambiar al equipo entero de una sola vez. El gesto hizo que los pocos cientos de espectadores presentes se partieran la caja. No era una noche de Champions, pero era una noche histórica y lo sabían. La Historia suele aparecer sin llamar a la puerta y donde le da la gana a ella.

Desde la grada, los aficionados de Stirling acompañaron la avalancha con ironía. Primero corearon el clásico «We want ten», habitual en goleadas cómodas. Más tarde, ya sin pudor, pasó a escucharse un «We want twenty» que acabó cumpliéndose. Tan bestial fue el aluvión que incluso Alex Smith, al término del encuentro, creyó que su equipo había marcado diecinueve goles. Había perdido la cuenta del marcador, otro detalle que pocas veces se ha visto. Quizá, en la historia, solo Romario ha preguntado a sus compañeros «¿Cómo vamos?»

La goleada contrastaba con otro récord reciente del propio Stirling Albion, mucho menos glorioso. Apenas tres años antes, el equipo había encadenado 1.293 minutos de liga sin marcar un solo gol, desde enero hasta finales de agosto. Aquella sequía histórica parecía, a la luz de lo ocurrido, una broma tardía del fútbol, como si todos los goles se hubieran acumulado para descargarse de golpe sobre Selkirk.

Paradójicamente, el partido no sirvió para que el Stirling hiciera una gran campaña copera. En la siguiente ronda fue eliminado por el Cowdenbeath, poniendo de manifiesto que el fútbol tiene por costumbre cortar de raíz los episodios más extremos, que no suelen  tener continuidad. El 20-0 quedó como una isla estadística, desconectada del resto de la temporada.

Graciosamente, el Selkirk, pese a la humillación, también estaba haciendo historia. Aquel equipo había logrado clasificarse por primera vez para la ronda principal de la Scottish Cup, un hito para un club amateur con recursos mínimos. La goleada no borró ese logro, aunque sí dejó cierto sabor de boca de que igual mejor habría sido no salir de su modesto mundo amateur.

Décadas después, el 20-0 sigue siendo una rareza impropia de su época, los 80. En Stirling se recuerda con orgullo; en Selkirk, en cambio, no queda más que tomarse a coña este récord. Años después, reunidos para la BBC, los jugadores recordaban la proeza. Willie Irvine dijo: «Selkirk era un equipo totalmente desconocido para nosotros. Solo recuerdo que estaban muy motivados para el partido; salieron muy motivados. Es simplemente una de esas cosas extrañas que sucedieron. Es casi irrepetible, para ser honesto, realmente irrepetible».

Según el extremo Davie Thompson: «El año anterior, el club había sido eliminado por el Inverness, un equipo que no jugaba en la liga por aquel entonces. Así que el mensaje del entrenador Smithy fue muy claro: ‘No dejéis que eso vuelva a suceder’». Y según Thompson, el gran fichaje de ese año, fue cierto que perdieron la cuenta. No solo ellos, también los periodistas: «Las cámaras se perdieron el último, y también hay otro en el que se ve el balón volando hacia el fondo de la red, pero no se sabe quién lo golpeó; creo que fue Willie».

Andy Graham, el guardameta local, manifestó entre risas: «Todos pueden celebrar 20 goles ¡Pero con ese equipo no conseguí muchas veces dejar la portería a cero!». Incluso rememora que al final sus compañeros pasaban hasta de ponerse en la barrera: «El Selkirk tuvo un tiro libre desde unos 20 o 25 metros y me puse a colocar la barrera. Mis compañeros se giraron y me saludaron. Se negaron a que les diera la bola y le regalaron el disparo, que por suerte vino directo hacia mí, porque estaba temblando».

 

Un comentario

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