
Ha sido uno de los grandes clasicómanos y sprinters de la última década. Profesional durante más de quince años, el noruego Alexander Kristoff fue ganador de dos monumentos —Milán-San Remo (2014) y Tour de Flandes (2015)—, cuatro etapas en el Tour de Francia, campeón de Europa, subcampeón del mundo y medallista olímpico de bronce. Es un referente histórico del ciclismo noruego y también una pieza clave en la consolidación del equipo Uno-X, con el que cerró su trayectoria profesional antes de anunciar su retirada.
En esta entrevista, Kristoff repasa su transición a la vida después del ciclismo y ofrece una mirada privilegiada al ciclismo de élite desde dentro. Uno de los ejes centrales de la conversación es su visión sobre Tadej Pogačar, a quien conoció de primera mano en el UAE Team Emirates. Fue ahí donde le dejó de una pieza cuando le vio escalar en el día a día: «En las concentraciones de entrenamiento destrozaba a todos los escaladores. Teníamos muy buenos escaladores en el equipo, muchos muy fuertes, y en los entrenamientos no tenían ninguna opción contra ese joven esloveno».
Del mismo modo, también alucinó cuando, más que ganar, asaltó su primer Tour: «Cuando corrí el Tour con él en 2019 o 2020, nuestro primer objetivo era acabar entre los cinco primeros, porque el año anterior había hecho podio. Luego estaba segundo o tercero en la general y tuvimos una reunión. Yo dije: si ahora estamos terceros, el objetivo debería ser ganar. Si acabábamos terceros ya era mejor que quintos, que era el objetivo inicial, así que cambiamos el objetivo a mitad del Tour para intentar ganarlo, y al final lo consiguió».

Para convertirse en el superciclista que es actualmente: «En general se ha hecho más fuerte en todos los aspectos. Ahora se ve lo fuerte que es y que su resistencia es todavía mejor. Incluso en los monumentos más largos es el mejor corredor. Puede irse solo a 50 u 80 kilómetros de meta. Si le dejas marchar, no consigues cazarlo. Probablemente en 2020 no tenía aún ese nivel de resistencia. No esperaba que ganara tan rápido, pero ya se veía lo fuerte que era y lo joven que era».
Hasta para describirle no hay palabras, no encaja en las categorías anteriores: «Sigue siendo el mejor escalador del mundo. También es el mejor corredor de clásicas del mundo. Y además tiene una buena contrarreloj, también puede rendir ahí. No se puede decir que sea un corredor completo, porque en realidad es el mejor en casi todo, quizá excepto en el sprint, aunque incluso ahí es bastante decente».
Balance de la carrera de Alexander Kristoff
A la hora de jerarquizar su palmarés, Kristoff no duda en situar los monumentos por encima del resto, incluso por encima del Tour de Francia, aunque matiza el valor acumulado de las victorias en la grande francesa. Obligado a elegir entre sus dos grandes triunfos de un día, se queda con Flandes por el contexto y la forma en que lo ganó: «Me quedo con el Tour de Flandes porque para mí es una carrera todavía más grande. No es que sea objetivamente más grande, pero el ambiente en Bélgica para Flandes es una locura. Y también la manera en la que lo gané fue más espectacular que San Remo. San Remo fue más una victoria “a mi manera”, como solía ganar yo, pero Flandes fue más agresiva, una forma de correr por la que no era tan conocido. En 2014 y 2015 estaba en el pico de mi carrera y también podía ganar atacando así».
Esa jerarquía se mantiene cuando compara una victoria en un monumento con una etapa en el Tour, incluso teniendo en cuenta que él ganó cuatro: «Si es una sola etapa del Tour contra un monumento, me quedo con el monumento, sin duda. Pero si me quitas las cuatro etapas del Tour, entonces quizá me quedaría con las cuatro del Tour y dejaría ir Flandes. Si solo puedes ganar una cosa, elegiría siempre un monumento antes que una etapa del Tour».

Más espinosa es la cuestión del Mundial, el gran título que se le escapó y que sigue siendo una herida abierta en su carrera. Kristoff reconoce que cambiaría parte de su palmarés por ese maillot arcoíris que nunca llegó: «Sí, cambiaría una etapa del Tour por un Mundial, seguro. Estuve muy cerca. Perdí el Mundial en Noruega en 2017 contra Sagan, en casa, y fue por muy poco. Creo que perdí por tres o cinco centímetros. Después de 260 kilómetros, perder por un margen tan pequeño es muy duro. Me habría encantado ser campeón del mundo, pero no lo conseguí».
Aun así, el noruego encuentra consuelo en la regularidad de sus grandes campeonatos y, sobre todo, en el valor simbólico de su medalla olímpica: «Fui campeón de Europa, segundo en un Mundial y tercero en unos Juegos Olímpicos. Tener una medalla olímpica es algo especial. Mis hijos no siguen mucho el ciclismo, pero sí ven los Juegos, y cuando dicen que estuve ahí, que fui tercero en unos Juegos Olímpicos, eso tiene un significado distinto. Es algo muy especial».
Historia del pelotón
Por otra parte, Kristoff sitúa el ciclismo actual en una era excepcional, marcada por una generación única. Cuando se le plantea una comparación entre grandes nombres del pasado y del presente —Boonen, Cancellara, Van der Poel o Van Aert, todos en su pico de forma—, el noruego se inclina por el neerlandés, al que considera especialmente difícil de batir: «Es difícil, porque todos pueden ganar. Todos esos corredores podrían ganar, pero ahora mismo siento que Van der Poel es muy difícil de batir. Cuando tiene un gran día es realmente increíble. Incluso a veces corredores como Pogačar pueden tener problemas con él, y eso ya te dice lo bueno que es».

Reconoce que lo que distingue a Van der Poel no es solo su palmarés, sino la sensación de que todavía no ha mostrado su techo, algo que no ocurre con las grandes figuras del pasado reciente: «No sé si ya hemos visto su mejor versión. Con corredores como Boonen o Cancellara creo que sí vimos hasta dónde podían llegar. Con Van Aert quizá también. Pero con Van der Poel no lo tengo tan claro. Da la sensación de que todavía puede ir un paso más allá».
Desde esa perspectiva, Kristoff considera que es todo un placer ser espectador hoy de este espectáculo: «Ahora es mucho más bonito verlo desde el sofá. Cuando estás ahí dentro y el nivel es tan alto que no puedes seguir, acabas rodando el último tramo en el grupetto, sufriendo, y eso no es una buena sensación. Llegas a Flandes con la ilusión de hacerlo bien y, cuando ves que no puedes estar en la pelea la última hora, te vas muy decepcionado».
Con humor, reconoce que es mucho mejor sentarse delante de la tele: «Ahora puedo ver esas carreras en televisión, disfrutar del espectáculo y no estar ahí atrás sufriendo e intentando simplemente terminar. Eso, sinceramente, es algo que agradezco».
Y tampoco echará de menos a la prensa: «Recuerdo una etapa del Tour en la que en realidad habría ganado si simplemente me hubiera quedado sentado en la bici. Estaba tan cansado que veía casi estrellas. Veía muchas líneas en la carretera y empecé a esprintar mirando al suelo. Cuando levanté la cabeza vi varias líneas y pensé que la del medio era la meta, pero la línea de meta ya había pasado. Yo seguía esprintando y Sagan estaba lanzando la bici. Él ganó centímetros con el lanzamiento y yo los perdí porque iba completamente inclinado hacia delante. Perdí por dos centímetros. En la foto se ve algo ridículo: yo haciendo máxima fuerza, pero la bici yendo hacia atrás, y él ganando espacio con el lanzamiento».

Todavía le sigue dando vueltas a ese fallo: «Estaba muy enfadado, porque en realidad era más rápido. Si me hubiera quedado sentado habría ganado. Pero fue mi propio error, no vi bien dónde estaba la línea. No tenía muchas ganas de hacer la entrevista después. Sabía que había sido culpa mía, pero aun así es muy duro».
Sobre todo porque él llegó a tener fama de quejica: «En Noruega siempre decían que me estaba quejando. Después de las carreras me preguntaban por qué no había ganado y yo decía que estaba mal colocado, que alguien no había hecho su trabajo, que me habían cerrado… Al final siempre hay una razón cuando no ganas, pero claro, eso sonaba a quejarse».
Desde la distancia, Kristoff observa cómo en el ciclismo actual con las redes sociales hay una presión constante sobre los corredores: «Ahora el ciclismo llega a mucha más gente que antes. Siempre fue grande, pero hoy llega a través de muchos más canales, a más público. Eso es bueno para el deporte, pero para los corredores significa más obligaciones, menos recuperación y más estrés durante el día. Yo siempre estaba deseando terminar con la prensa para poder centrarme solo en la carrera».
El final de su carrera
A la hora de comentar sus últimos días, está orgulloso de haber recalado en el Uno-X, un equipo escandinavo con el que hacer un poco de patria: «Me gustó mucho terminar mi carrera allí. Sentía que era una buena parte del equipo en el proceso de subir al World Tour. En los últimos tres años fui el segundo corredor del equipo que más puntos aportó, así que sé que contribuí bastante. Fue bonito ver cómo el equipo daba ese paso».
Ese final tuvo además un claro sabor a regreso a casa, rodeado de personas que habían formado parte de sus inicios como ciclista: «Fue un poco como volver a casa. Muchos de los directores y entrenadores que estaban en Uno-X habían sido mis directores deportivos cuando yo era muy joven, antes incluso de pasar a profesional. Volver a trabajar con ellos fue algo especial».

La etapa en Uno-X también le permitió conocer de primera mano a la nueva generación del ciclismo escandinavo: «Ahora conozco muy bien a todos los nuevos talentos de Noruega. He sido compañero de muchos de ellos, sé cómo son fuera de la televisión y del marco de las carreras. Eso te da una relación mucho más personal. Cuando los veo correr ahora, los animo mucho más. Los sigo por televisión, les deseo lo mejor y creo que este año lo van a hacer muy bien. Muchos de ellos ya están en la edad en la que deberías rendir al máximo. Antes éramos un equipo muy joven; ahora están entrando en sus mejores años».
Kristoff también reflexiona sobre su experiencia en equipos con una fuerte identidad nacional y cómo ese rasgo, que puede ser una fortaleza, también genera fricciones internas, especialmente para los corredores extranjeros. Haber pasado por estructuras muy homogéneas le permitió entender lo difícil que es integrarse cuando no se comparte lengua ni códigos cotidianos: «Recuerdo que en algunos equipos había mucha gente de un solo país y hablaban siempre su idioma. No hablaban inglés. Si tú no entendías, te quedabas ahí sentado sin enterarte de nada de lo que se decía en la mesa o en las reuniones, y eso es bastante aburrido. No es agradable para el que no está dentro del círculo. Entonces hay que decir claramente: en carrera hablamos inglés, porque todos los noruegos y daneses hablan inglés, pero cuando solo estamos entre nosotros es más fácil hablar noruego».
Casi 100 victorias
No obstante, el mayor drama de su carrera es haberse quedado a las puertas de las cien victorias. Aún así, no quiso forzar solo por cumplir con el perfeccionismo de acabar en un número redondo: «Me gustaba mucho esa carrera, Langkawi, pero por desgracia no gané. Estaba persiguiendo algunas victorias para llegar a las 100, pero solo fui segundo. Así que sí, me quedé ahí. Eso es la vida. Me estaba haciendo mayor y era el momento de parar. Con la edad, lo que más noté fue que perdí un poco de velocidad máxima, y entonces es difícil ganar este tipo de carreras en Asia».

En su última prueba, en Langkawi, una caída le impidió terminar la carrera y le privó del homenaje previsto. La organización improvisó entonces una despedida un tanto singular: «Normalmente no habría sido un problema terminar la carrera, pero me caí muy fuerte. Fue en una recta, sin motivo, porque íbamos muy tranquilos. Había un agujero en la carretera y me fui al suelo. Hacía mucho calor y no llevaba guantes, así que me destrocé las manos y no podía sujetar el manillar. Era peligroso para mí y para los demás. No pude continuar. Y no sabían que esa iba a ser mi última etapa, así que tuvieron que organizar algo. Al final iba sentado atrás, como en un carro, pasando por el pasillo de honor. No era lo que esperaba, pero al menos tuve mi homenaje, y eso estuvo bien».
Un final extraño, sin victoria redonda ni despedida perfecta, pero que le mostró como el mejor consejero los límites de su cuerpo: «Me estaba haciendo mayor y era el momento de parar. Con la edad, lo que más noté fue la velocidad máxima. Perdí un poco de potencia punta, y entonces se vuelve muy difícil ganar este tipo de carreras».

