
Cesc Fàbregas ha repasado en CBS Sports su trayectoria como futbolista y su actual etapa como entrenador, con especial atención a los procesos de formación, la gestión del vestuario y la dimensión emocional del alto rendimiento. Campeón del mundo y de Europa con la selección española y pieza central en Arsenal, Barcelona y Chelsea, Fàbregas analiza su transición al banquillo, la evolución del fútbol y las exigencias que hoy afrontan los jugadores jóvenes.
Entre los distintos episodios de su carrera, se detiene en la final del Mundial de 2010, vivida desde el banquillo y resuelta con su asistencia en el gol decisivo, un momento que utiliza para reflexionar sobre la relación entre esfuerzo y recompensa. Al ganar, recuerda, más que júbilo, sintió una extraña calma.
No ha sido precisamente escueto al hablar de esa final. Ahora, cuando echa la vista atrás, está orgulloso sobre todo por todo lo que tuvo que superar para llegar a estar ahí: «Es gracioso cómo recuerdas las cosas cuando suceden y cómo las ves ahora, quince años después, desde otra perspectiva. Pero recuerdo muy bien aquel torneo, recuerdo muy bien aquel momento. Y estoy orgulloso porque demostré mucha resiliencia».
Venía roto por las lesiones y poco menos que hizo falta un milagro para que llegara hasta la cita mundialista: «Me rompí la pierna en un partido de Champions League, lanzando un penalti contra el Barcelona. Estuve tres meses fuera y sufrí mucho para poder llegar al Mundial. En algún momento tuve dudas. Trabajé muy duro para volver, gracias al míster Del Bosque, que confió muchísimo en mí».

Cree que hoy, con la sobreexplotación que hay de los jugadores hubiese sido imposible: «Quizá ahora, con la nueva generación y la forma en que piensan los entrenadores, eso de ‘juega el que está mejor en este momento’, yo no habría ido al Mundial. Volví justo para la semifinal. Dos días antes, en un entrenamiento, Fernando Torres chutó en un partidillo y yo intenté bloquear el disparo. El balón me dio justo en la zona de la lesión».
Aun así, tuvo que pasar un verdadero viacrucis: «Cojeé durante casi 48 horas. Me hicieron una resonancia. Gracias a Dios no era nada, solo un golpe fuerte. Pero yo estaba entrando otra vez en el torneo, me sentía bien. En la semifinal no pude jugar y luego llegamos a la final. Y claro, es una sensación muy angustiosa, porque es una final, estás en el banquillo, y entonces solo había tres cambios, no cinco como ahora. Éramos 23: once jugaban, tres iban a entrar y nueve no jugarían nada».
Si hay algo que recuerda como un infierno fue cómo se decidía quiénes iban a ser los cambios: «La tensión era increíble. El partido iba 0-0, ellos tuvieron alguna ocasión, era un partido totalmente al 50%. Y había un preparador físico que siempre hacía el mismo ritual en la segunda parte para indicar quién iba a calentar. Estábamos todos alineados en el banquillo, mirándolo. Él se levantaba, empezaba a caminar, señalaba a uno… seguía caminando… señalaba a otro… y eso es terrible. Es como si perdieras un año de vida.
Pura ansiedad: «Pasas un año entero de tu vida pensando: ‘por favor, señálame a mí’. Yo fui de los últimos. Seguía caminando, caminando… y entonces dijo: ‘y tú, calienta’. Eran Navas, Fernando Torres y yo. Me puse a esprintar como un animal por la banda, calentando, súper excitado. Luego pasó lo que pasó: casi marco, hago la asistencia en los últimos minutos de la final, ganamos el Mundial…».
Y luego, la explosión. Algo que para él significó una paz interior: «Es uno de los momentos en los que he sentido más orgullo y más paz dentro de mi cuerpo, dentro de mi alma. ¿Por qué paz? Porque lo di todo. Lo di absolutamente todo. Y estaba en paz conmigo mismo, sabiendo que después de haberme perdido el torneo, de haber trabajado tan duro, de haber seguido creyendo, de haber tenido la resiliencia y la fortaleza mental para, incluso en los momentos más duros».
Una lucha continua: «…estar ahí, estar ahí, estar ahí… acabar ganando el Mundial y teniendo un impacto tan grande en la final. Sentí muchísima paz. Y esto es algo que muy pocas veces me ha pasado en la vida».
La selección actual, según Cesc
Al hablar de la selección, Fàbregas se muestra especialmente optimista con el presente y el futuro del equipo nacional. Sigue con atención sus partidos y no oculta su entusiasmo por lo que ve sobre el césped: «Parece que sí, parece una generación dorada. Me encanta este equipo. Intento ver siempre sus partidos porque son muy superiores. Son muy dominantes».

Destaca, sobre todo, la combinación de talento y madurez pese a la juventud del grupo: «Lo hacen todo bien. Tienen jugadores con muchísimo talento, jugadores jóvenes, jugadores con hambre, jugadores humildes». Y aunque reconoce que es pronto para establecer paralelismos definitivos, insiste en que las sensaciones son muy buenas: «De momento me encanta lo que están haciendo. Sé que todavía es temprano, pero son muy jóvenes y tienen un camino largo por delante».
Esa superioridad que percibe no se limita a resultados concretos, sino a una identidad clara y reconocible en el juego: «Son dominantes, controlan los partidos, saben lo que quieren hacer». Para alguien que formó parte de la selección que ganó dos Eurocopas y un Mundial, el listón de la comparación es alto, pero Fàbregas no esquiva el paralelismo cuando se le plantea: «Tiene muy buena pinta. Ahora mismo es un equipo que transmite muchas cosas positivas».
No se deja arrastrar, sin embargo, por la euforia fácil. Prefiere insistir en la necesidad de tiempo y continuidad para confirmar cualquier etiqueta: «Hay que dejarles crecer, dejarles tener experiencias, dejarles equivocarse también». Pero su conclusión es clara: «Si siguen así, España tiene selección para muchos años».
Arsène Wenger, el maestro
Cuando habla de Arsène Wenger, Fàbregas dice que su carrera habría sido muy distinta sin él. Reconoce que fue una figura decisiva en su formación, no solo como futbolista, sino como profesional: «Fui muy afortunado. Tuve a Arsène Wenger y recuerdo muchos detalles de cómo trabajaba conmigo, con los jugadores jóvenes, con Senderos, con Clichy, con Van Persie… cosas que se me quedaron grabadas».
Con el paso de los años, admite que ha comprendido mejor el valor que tuvo aquella confianza temprana: «Cuantos más años pasan, más entiendo que, si no hubiese sido por él, probablemente no habría empezado mi carrera como lo hice, o quizá no habría tenido la carrera que tuve al final». Por eso concede a Wenger un papel central en su desarrollo: «Valoro esto muchísimo».

Esa experiencia es hoy una referencia directa en su trabajo como entrenador. Fàbregas reconoce que intenta trasladar aquellos aprendizajes a su día a día con los jóvenes: «Intento traer ciertos valores. Intento empujarles mucho para que entiendan que o trabajas de esta manera o será muy difícil, incluso si tienes el mayor talento del mundo, llegar al máximo nivel».
La exigencia que aprendió en Londres sigue siendo, para él, una base irrenunciable: «Las demandas hoy en día, la cantidad de partidos que se juegan, te obligan a ser súper proactivo». Y vincula esa idea a una concepción del juego muy clara: «La manera en la que jugamos es muy energética. Necesitamos presionar, correr y recuperar el balón inmediatamente después de perderlo. Y luego, cuando lo tienes, necesitas marcar la diferencia».
Para Fàbregas, Wenger no solo le enseñó a jugar, sino a entender el fútbol como una forma de compromiso diario. Una herencia que hoy guía su manera de entrenar y de relacionarse con los futbolistas: «Si no entienden el tipo de vida que tienen que llevar, es muy difícil competir al más alto nivel».
Cesc en La Masía junto a Messi
El paso por La Masía fue fundamental para él, llegó al Barça siendo apenas un niño: «Llegué al Barcelona con ocho años». Durante los primeros años no vivió en la residencia, sino con su familia, algo que marcó profundamente su formación: «Entre los ocho y los catorce o quince años vivía con mis padres, en mi pueblo, y subía y bajaba cada día. Salía del colegio a las cinco y había un taxi esperándome».
En casa, recuerda, la exigencia era clara y no admitía excepciones: «Mis padres siempre me dijeron que si no sacaba buenas notas no podía jugar al fútbol». Aquella doble presión académica y deportiva le obligó a madurar pronto: «Fue muy duro. Recuerdo irme a dormir a las dos, a las tres, a las cuatro de la mañana porque los exámenes eran cada vez más difíciles y las exigencias en el Barça también aumentaban».
El cambio llegó cuando pasó a vivir en la residencia. Y no fue para bien. «Mi experiencia cambió mucho de manera negativa», admite. Tras años de disciplina estricta, el nuevo contexto lo descolocó: «Pasé de siete años de disciplina absoluta, sin tiempo para nada, a vivir con amigos. Y pensé: ‘He trabajado muchísimo, ahora esto es muy fácil’». El resultado fue un retroceso evidente: «Empecé a relajarme. Bajé el nivel académico, empecé a comportarme de una manera de la que no me siento orgulloso».
Reconoce hoy que aquel momento marcó un punto de inflexión: «Creo que pensé que ya lo había conseguido. Que ya estaba hecho». El golpe de realidad llegó al final de esa temporada, cuando su continuidad en el Barça quedó en duda y apareció la opción del Arsenal. «Mi madre estaba muy contenta», recuerda. «Vio que algo había cambiado en mí, que necesitaba otro entorno».

En ese mismo contexto aparece la figura de Lionel Messi, con quien coincidió en La Masía. Fàbregas recuerda perfectamente su llegada: «Vino con doce años. Yo llevaba dos o tres años más allí». El impacto fue inmediato, incluso antes de que hablara una palabra: «No hablaba nada, era súper tímido, se sentó a mi lado. Nos dijeron que venía de Argentina para hacer una prueba».
Bastaron unos minutos sobre el césped para que todo cambiara: «En el campo empezó a hablar enseguida, muy rápido». Y una acción concreta se le quedó grabada: «En un uno contra uno vino directo hacia mí. Era pequeñísimo, pero la velocidad a la que venía y el control del balón no eran normales. El balón se le quedaba pegado al pie». El desenlace fue inevitable: «Intenté anticiparme, hizo el típico movimiento de ir a un lado y salir por el otro, me fui al suelo y ahí pensé: ‘Este chico puede ser especial’».
Durante sus primeros años, recuerda, su físico permitía a los rivales frenarlo a golpes: «Como era pequeño, muchos le pegaban, lo tiraban al suelo». Pero todo cambió con el crecimiento: «Cuando se hizo fuerte de piernas ya no hubo vuelta atrás. Ahí Leo se convirtió en una máquina imparable».
De Messi a Lamine Yamal
Al hablar de los jóvenes actuales, Fàbregas se detiene en uno de los nombres más citados del fútbol español. El caso de Lamine Yamal le sirve para abordar el debate sobre la edad, la exposición y la carga de partidos. Entiende la preocupación, pero no la comparte del todo: «Entiendo que hay que cuidar a los jugadores, cien por cien. Ahora hay mucha más información que antes».
Al mismo tiempo, rechaza una protección excesiva que, a su juicio, no siempre beneficia al futbolista: «No creo demasiado en descansar tanto». Y lo argumenta desde su propia experiencia y su visión del alto rendimiento: «Los mejores jugadores siempre están preparados para jugar, mental y físicamente».
Fàbregas admite que el fútbol actual es distinto al que él conoció, aunque no necesariamente más exigente en todos los aspectos: «Puede que ahora el juego sea más rápido, pero antes era mucho más físico». Por eso insiste en la necesidad de competir y asumir responsabilidades desde jóvenes: «Tienes que estar listo para competir cada partido y mostrar resiliencia, seas joven o mayor».
Sobre Yamal, no tiene dudas respecto a su talento: «Todo el mundo puede ver que es un talento especial, incluso mi abuela lo ve». Pero marca una línea clara cuando se le plantea la comparación con Messi: «Nunca compararía a nadie con Messi. Nunca». Y explica por qué: «Por lo que he visto desde que tenía doce años hasta hoy, marcando diferencias constantemente, no hay comparación posible».

Reconoce el impacto precoz del joven futbolista, pero pide tiempo: «Hay que dejarle crecer, dejarle tener experiencias». Y recuerda que el éxito temprano no garantiza nada: «Ya ha ganado una Eurocopa siendo uno de los mejores jugadores de la selección española». A partir de ahí, concluye, «lo importante es darle tiempo para desarrollarse y crecer».
Vuelta a casa
Su regreso al FC Barcelona fue, ante todo, el cumplimiento de una aspiración personal largamente acariciada. Fàbregas no lo presenta como una decisión estratégica, sino como algo más íntimo: «Era mi sueño jugar en el Barcelona. Siempre lo fue. Si era el momento adecuado o no, nunca lo sabremos. Pero yo sentía que, con el equipo que había y con mi ambición, quería probarme a mí mismo en el escenario más grande, con los mejores jugadores del mundo».
Ese deseo de medirse con la élite explica su vuelta, aunque el precio fuera alto. Pasó de ser capitán indiscutido en el Arsenal a competir por minutos en un centro del campo irrepetible: «De repente vienes de jugar todos los partidos, de ser capitán, de sentir el cariño de la gente, a competir con Xavi, Iniesta, Busquets, Messi… y luego estaban también Thiago, Pedro, Alexis Sánchez. Era otro tipo de rol».
No lo describe como un problema, sino como un reto: «Yo quería hacerlo por mí. Decir: lo he hecho aquí, lo he hecho allí, he ganado el Mundial, he ganado la Eurocopa… ¿puedo hacerlo también contra los mejores de los mejores?».
Habla mucho del timing, una palabra que repite como clave en cualquier carrera: «Creo mucho en el momento en que tomas las decisiones en la vida». Reconoce que quizá su regreso no llegó en el instante ideal, pero no se arrepiente: «No sé si fue el mejor momento o no, pero era un sueño y lo cumplí. Para mí, eso ya es suficiente».
Ese choque entre ambición y realidad se acentuó con el paso de las temporadas. Fàbregas explica cómo empezó a sentir el desgaste, especialmente por la manera en que se repartían las culpas en los malos resultados: «Cada vez que el Barcelona perdía, parecía que la culpa era mía, de Alexis Sánchez y de uno más. Siempre éramos los mismos». Aquello, admite, fue minando su día a día: «Después de tres años sentí que necesitaba un cambio. Era el momento de otros retos».
Recuerda con claridad el partido que marcó el final de esa etapa, la derrota ante el Atlético de Madrid que decidió la Liga: «Perdimos el último partido de la temporada en casa contra el Atlético y eso decidió la Liga». A partir de ahí, todo se aceleró: «Recibí muchas críticas y sentí que había llegado el momento de abrir la puerta».
Aunque desde el club le pidieron que esperara, su decisión ya estaba tomada: «Me dijeron que tenía que quedarme, que había un nuevo entrenador, que esperara a la pretemporada. Pero yo ya lo tenía claro en la cabeza. Necesitaba irme, buscar otro desafío». No lo dice con resentimiento, sino con una lucidez casi fría: «Había dado todo lo que tenía y sentía que era el final de un ciclo».
La llamada de Mourinho
La salida del Barcelona abrió la puerta a un giro que pocos habrían imaginado años antes. El interés de varios clubes coincidió con un momento personal de necesidad de cambio, pero fue una conversación concreta la que terminó de inclinar la balanza. «Una semana antes de irnos al Mundial de 2014 estaba en Londres. Teníamos unos días libres antes de concentrarnos con la selección y hablé con mi agente para saber qué había en el mercado».

Las opciones no faltaban. «Llamaron el Manchester United, el Manchester City, el Arsenal y el Chelsea». Su primera idea era volver al club donde se había formado como profesional: «Yo pensaba que iba a volver al Arsenal. Era lo que esperaba». Pero el tiempo pasó sin respuesta: «El Arsenal tenía una semana para ejercer la opción de recompra. Nunca contestaron. Se quedaron en silencio».
Ese vacío terminó siendo decisivo. «Ahí solo quedaba un camino». Y en ese camino apareció José Mourinho. Fàbregas recuerda aquel encuentro como un punto de inflexión: «Ese sábado por la tarde en Londres me reuní primero con Manchester City y dos horas después con José Mourinho». La comparación fue inmediata: «Cuando salí de la reunión con José miré a mi agente y le dije: ‘Es ahí donde quiero ir’».
La clave fue la convicción del entrenador portugués y la claridad con la que le explicó su papel: «Me hizo sentir que iba a ser muy importante, que iba a ser uno de los líderes del equipo». No se trataba solo de palabras, sino de un plan: «Me habló de los jugadores que iban a llegar, del proyecto del club, y estaba totalmente convencido de que íbamos a ganar la Liga». También le detalló su rol dentro y fuera del campo: «Me explicó lo que necesitaba de mí en el vestuario y en el campo».
Esa mezcla de confianza y ambición conectó con un momento vital muy concreto: «Me dijo todo lo que necesitaba escuchar en ese momento de mi carrera». Fàbregas lo define casi como una intervención decisiva: «Hay personas que aparecen en tu vida y te dan ese estímulo que necesitas. José lo hizo conmigo».
La decisión tuvo una carga emocional evidente, por lo que significaba pasar del Arsenal al Chelsea. Fàbregas no lo oculta: «Yo odiaba al Chelsea. Lo he dicho siempre. Como capitán del Arsenal, odiaba a todos los equipos de Londres». Pero el fútbol, insiste, obliga a separar sentimiento y profesión: «Tenía 27 años y pensé que era la mejor decisión futbolística para mí. Era donde creían en mí, donde iba a jugar el fútbol que mejor se adaptaba a mis características y donde podía ganar la Premier League, que era un sueño».
El tiempo terminó dándole la razón. «Gané cinco títulos en cuatro años y medio». Y destaca especialmente el vínculo con la afición: «La manera en que me trataron los aficionados fue espectacular. Desde el primer día hubo una conexión muy fuerte». No hubo arrepentimiento ninguno: «Fue una de las mejores decisiones de mi carrera».
Entrenador del Como 1907
En su etapa actual como entrenador, Fàbregas insiste en la idea de construcción paciente y colectiva. Describe el proyecto como un trabajo desde cero, incluso desde más abajo: «Empezamos prácticamente desde la planta cero, incluso desde menos uno, como me gusta decir». Subraya el contexto humano como uno de los pilares: «Es un club muy joven, con un presidente joven, un cuerpo técnico joven, y todos tenemos mucha hambre».

Ese crecimiento progresivo ha tenido un efecto directo en el entorno: «La gente había sufrido muchas decepciones y ahora empieza a creer que algo especial está pasando». Y sitúa ahí su ambición, más ligada al proceso que a la urgencia: «Después de un año trabajando con el equipo sentí el potencial de los jugadores, cómo quería que jugáramos y cómo veía al club creciendo en el futuro. Queremos invertir en talento joven, construir algo con identidad y mirar al medio y largo plazo».
Esa identidad, explica, se sostiene sobre una idea de fútbol muy clara y no negociable: «La manera en la que jugamos es muy energética. Necesitamos presionar, correr y recuperar el balón inmediatamente después de perderlo». No es una cuestión estética, sino de convicción: «Yo no creo en un fútbol de 5-4-1, muy defensivo, esperando el contraataque, porque nunca jugué así y no sabría ni cómo entrenarlo».
Para Fàbregas, el punto clave es la coherencia del entrenador con su propio modelo: «Los jugadores no son tontos. Si les dices que vamos a hacer algo en lo que tú no crees, estás muerto». A partir de ahí, defiende la adaptación como una necesidad constante: «Hay muchas maneras de ganar. Tienes que tener tus principios, pero adaptarte a los jugadores que tienes, al momento, al contexto». Y vuelve siempre al mismo eje: «Lo más importante es convencer. Si los jugadores creen en lo que hacemos, entonces todo es posible».


Portadas de el Diario de todas las aficiones, en Diciembre:
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– Selección española 4
– Deportistas Random 4
– Atlético de Madrid 2
– Actual Campeón de Liga, Copa y líder 0