
Hace quince años España tocó el cielo y lo hizo sin pedir permiso, como si la historia hubiese estado aguardando desde siempre a que aquella generación terminara de escribir su capítulo inevitable. Han pasado tres lustros y, sin embargo, basta volver a ver la volea de Iniesta para que uno sienta otra vez ese estremecimiento nacional, esa vibración colectiva que atraviesa incluso a quienes no distinguen un fuera de juego de un córner. La Real Federación Española de Fútbol ha celebrado este 2025 el aniversario del Mundial de Sudáfrica como un ritual pagano: exposiciones, proyecciones, homenajes, campañas en redes, esa evocación perpetua del minuto 116 que todos llevamos incrustado en la memoria. Y mientras recordamos con devoción aquel 11 de julio de 2010, la pregunta vuelve a deslizarse en cada conversación: ¿será capaz la selección actual de acercarse a aquella hazaña? Las mejores casas de apuestas ya la dan como favorita con cuota sobre 4/1.
Se dirá que cada época tiene su tragedia y su epopeya, pero es difícil exagerar la dimensión de aquel equipo. La selección de Vicente del Bosque caminaba como un ejército silencioso, seguro, paciente, ungido por algún tipo de orden cósmico que hacía que todo encajara sin estridencias. Iker Casillas, que parecía haber crecido genéticamente para los partidos imposibles, mantuvo la portería como quien resguarda un secreto de Estado; Xavi Hernández se dedicó a sembrar pases con la calma obsesiva de un monje medieval iluminando códices; Iniesta, pálido héroe renacentista, más asceta que futbolista, materializó el destino con aquel disparo que petrificó al mundo; y David Villa, que jugaba cada balón como si fuera el último de su vida, convirtió el gol en un gesto casi filosófico. A su lado, Torres trazaba diagonales como relámpagos, Puyol imponía disciplina marcial, Xabi Alonso sostenía el timón del mediocampo con una precisión de cirujano, y los demás —Busquets, Ramos, Capdevila, Pedro, Navas— hacían que el engranaje nunca chirriara.
Dicen que la grandeza solo se entiende cuando empieza a formar parte del pasado. Por eso ahora, en 2025, el recuerdo no es solo deportivo: es sociológico, cultural, sentimental. Uno recuerda dónde estaba, con quién gritó, qué abrazo dio y a quién llamó por teléfono tras el gol de Iniesta. Se recuerda, incluso, el silencio previo, esa inmovilidad absoluta del país entero. Cuando algo así ocurre, no queda ya únicamente la crónica: queda la liturgia.
Aquellos hombres, inevitablemente, siguieron su vida más allá de la gloria, y cada uno eligió su propio modo de envejecer despacio dentro del fútbol. Iker Casillas, figura marmórea del imaginario nacional, se mueve hoy entre los platós de televisión y los actos institucionales como embajador del Mundial 2030, repartiendo serenidad y experiencia como quien devuelve parte de lo recibido. Carles Puyol, que defendía como si cada balón fuera una cuestión de ética personal, ejerce ahora como embajador y asesor, siempre alrededor del fútbol, siempre fiel a la idea de esfuerzo y compromiso que lo definió. David Villa, que durante el Mundial tuvo algo de cazador renacentista, de arquero infalible, es hoy un gestor deportivo que piensa en academias, formación, futuro. Andrés Iniesta, que se retiró a los cuarenta años sin estridencias, continúa vinculado al deporte como si la pelota siguiera hablándole en voz baja. Y Xabi Alonso, quizá el mayor ejemplo de que la inteligencia táctica puede traducirse sin fisuras al banquillo, se enfrenta en 2025 a su primer gran desafío en el Real Madrid, convertido ya en uno de los entrenadores jóvenes más admirados de Europa.
Es inevitable preguntarse qué queda de aquel espíritu en la España que se prepara para viajar a Norteamérica en 2026. El fútbol ha cambiado, el mundo ha cambiado, pero la esencia —esa capacidad de encontrar belleza en un pase, en un desmarque, en una jugada que dura veinte toques— sigue siendo la misma. Luis de la Fuente dirige una selección joven, vigorosa, ambiciosa. Rodri se ha convertido en una especie de brújula moral y técnica del equipo; Pedri, cuando no se rompe, parece jugar desde una sabiduría heredada; Nico Williams es pura electricidad; y Zubimendi, serenidad aplicada al movimiento. A su alrededor, la España que se perfila combina oficio, dinamismo y un optimismo que no siempre fue habitual en generaciones recientes.
Pero si hay un nombre que encarna la transición entre dos mundos es Lamine Yamal. Apenas un adolescente y ya tratado como fenómeno internacional, simboliza esa nueva España que se mueve en un ecosistema distinto, más veloz, más mediático, más expuesto. Su lesión reciente le privó de algunos partidos, pero no de su condición de señal de futuro. En él se deposita una expectativa que es casi injusta por desmesurada, aunque también inevitable: cada cierto tiempo aparece un jugador que obliga a reescribir el lenguaje.
Hay quien dice que aquel Mundial fue irrepetible; otros sostienen que el fútbol, como la vida, siempre guarda una sorpresa más. Lo cierto es que nadie lo sabe, y quizá ahí resida el encanto: saber que existe la posibilidad, por mínima que sea, de volver a gritar a pleno pulmón, de quemar otra vez la noche con bengalas, de sentir que un país entero está sincronizado durante un instante exacto. Faltan meses para despejar la incógnita. Hasta entonces, nos queda mirar atrás sin melancolía y hacia adelante sin ingenuidad. Recordar que aquel gol de Iniesta no cayó del cielo: fue consecuencia de un método, de un talento colectivo, de una obstinación silenciosa. Si esta selección es capaz de encontrar algo parecido, aunque sea en versión contemporánea, quizá vuelva a suceder. Y si no, siempre quedará la certeza de haber vivido el minuto 116, el único instante en el que España, literalmente, se detuvo a celebrar que también sabía hacer historia.


Pingback: Reflexión sobre la evolución de la selección española desde el Mundial 2010 - Hemeroteca KillBait