
El exnúmero uno del mundo, Andy Murray, ha pasado por los micros de The Tennis Podcast para repasar su carrera después de su retirada. La conversación ha estado marcada por su fracaso como entrenador de Novak Djokovic, pero también ha hablado de Rafa Nadal, un capítulo de más interés para el público español, donde ha revelado secretos de su juego que todavía siguen intrigando a los aficionados.
Por ejemplo, cuando le preguntan, conscientes del juego de Nadal en tierra batida, cómo lo recuerda en hierba, donde Murray se enfrentó a él en cuartos y semifinales de Wimbledon. Hay un hecho que parece haberse olvidado, Nadal jugó casi cinco finales consecutivas de ese torneo (tres seguidas en 2007, 2008 y 2009 y luego dos en 2010 y 2011). Y efectivamente, Murray encontró diferencias en su forma de jugar: «Yo diría que en hierba sacaba de una forma distinta a como lo hacía en tierra. Esa era mi sensación».
Le tenía calado por su forma de sacar: «A veces jugué y entrené contra él en tierra, y daba la impresión de que su único objetivo era meter el primer saque y empezar el punto. Así que no tenías muchas opciones de atacar su segundo servicio. En cambio, entrené bastantes veces con él en hierba, y allí, esto es solo lo que yo percibía como jugador, no sé si las estadísticas lo confirman, me parecía que sacaba más fuerte, que buscaba más aces y más puntos gratis con el primer saque».

Sin embargo, el peligro llegaba después: «Y con el segundo saque también subía la velocidad a veces. Por cómo es la superficie, su segundo servicio se hacía más complicado de restar. Además, en hierba me sacaba mucho al cuerpo, a mi derecha».
De modo que se hacía más complicado sobre esa superficie: «En tierra, por cómo responde la pista, el efecto no te incomoda igual: la pelota llega un poco más lenta, con más topspin o kick. Pero en hierba eso no ocurre: la bola resbala, se acelera y te viene directa al cuerpo. Para mí era muchísimo más difícil restarle en hierba que en tierra».
Así que para Murray, sus virtudes explotaban mejor en hierba, por eso ganarle era una experiencia extracorpórea como ha dicho alguno, Dimitrov concretamente: «Si le jugabas muy rápido a ese lado, a veces conseguías una bola más corta; pero cuando él estaba en modo ofensivo, su derecha era brutal también en hierba. Y luego, aunque también lo veía en tierra, pero quizá más en hierba, cerraba muy bien los puntos en la red. Tenía voleas muy sólidas, buenas manos, era rápido, anticipaba muy bien… En hierba podía explotar esas virtudes incluso más que en tierra».
Andy Murray contra el carácter exigente de Djokovic
Por otro lado, Murray ha explicado cómo fue su etapa como entrenador de Novak Djokovic, una experiencia tan breve como intensa. Explica que aceptó el trabajo movido por una mezcla de curiosidad y oportunidad. «Yo estaba disfrutando muchísimo la vida fuera del circuito. No echaba de menos competir, no estaba desesperado por volver a viajar», dice. Sin embargo, cuando Djokovic le llamó, entendió que era una ocasión única: «Siempre pensé que en algún momento querría entrenar, y sentí que si rechazaba esa opción, quizá dentro de unos años me arrepentiría. Era una oportunidad de aprender muchísimo, de ver el tenis desde otra perspectiva». Para ser más ilustrativos de cómo le sacó de su letargo, cuenta que recibió la llamada mientras jugaba al golf.
Su dedicación fue total desde el primer día, hasta el punto de asumir también las tareas que muchos entrenadores delegan. «Yo hacía absolutamente todo», relata. «Reservar pistas, asegurarme de que las raquetas estaban listas, organizar el entrenamiento, revisar los vídeos, editar clips para enviárselos… incluso elegir al sparring adecuado. No era que Novak me lo pidiera; era algo que yo quería hacer, porque si algo salía mal, prefería que fuera responsabilidad mía».

Murray admite que las horas previas a un partido eran lo más estresante: «El buildup era horrible. Antes del encuentro hay mil cosas que gestionar, desde preparar el plan táctico hasta encontrar el momento exacto para animar al jugador. En cambio, cuando el partido empieza ya no estoy nervioso; ahí lo que toca es observar y ayudar en lo que se pueda».
También explica cómo se vivía la comunicación en pista durante el Open de Australia, donde se permite. «Lo de estar sentado a pie de pista estaba bien para hablar con el jugador, pero era una posición horrible para ver el tenis», opina. «Desde tan abajo no ves nada, y encima muchas veces te tapa la silla del árbitro. Creo que los equipos deberían sentarse en los mejores asientos de la pista, no ahí».
Su etapa como entrenador se vio marcada por la lesión de Djokovic en Melbourne, un momento decisivo para el resto de la temporada. Murray recuerda la frustración: «Antes de lesionarse, estaba jugando un tenis ridículo, increíble. Vi algunos partidos suyos que me parecieron de lo mejor que le he visto nunca. Y después, cuando apareció la lesión, fueron meses muy duros para él, pero también para nosotros como equipo. No conseguimos los resultados que nos hubiese gustado y eso fue difícil de gestionar».
Y entonces llega la anécdota que mejor retrata la intensidad y el humor de aquellos días. En su primer entrenamiento con Djokovic, tras la sesión de tenis, el preparador físico le propuso que acompañara al serbio en una carrera suave. Murray aceptó sin pensárselo, a pesar de que llevaba meses sin correr fuera de la pista. «Fueron 50 minutos, a un ritmo muy lento», recuerda entre risas. «Pero a los cuatro o cinco minutos se me subió el gemelo izquierdo. Y yo pensaba: ‘No puedo parar. Es mi primer día. No puedo quedar como un inútil delante de alguien con quien he competido toda la vida’. Así que seguí. Terminé el entrenamiento, pero fue vergonzoso. El ritmo era bajísimo y aun así casi reviento». Termina la historia admitiendo que fue un momento «humillante, pero también divertido».
Rivales en el circuito
Murray ha recordado también su relación deportiva con Roger Federer. «Lo veía muchísimo cuando era un crío», cuenta. «Me grababa partidos suyos en Sky y tomaba notas. Tuve una lesión a los 15 y pasé meses sin competir. Me dedicaba a ver sus encuentros y a estudiar todos los patrones». Ese estudio le ayudó a que, ya como profesional, el cara a cara le resultara relativamente favorable en los primeros años: «Cuando me tocó enfrentarme a él por primera vez, sentía que entendía cómo debía jugarle. Otra cosa era ser capaz de ejecutar el plan, porque él era buenísimo, pero la idea la tenía muy clara».

En lo táctico, Murray desmonta uno de los mitos del suizo, el revés. «Siempre se decía que era su debilidad, pero ¿comparado con qué?», plantea. «Su revés sería uno de los mejores del mundo… salvo que lo compares con su derecha, que era una locura. Pero sí, era el lado al que se le podía atacar». Él tenía dos patrones muy definidos, su backhand cruzado y un golpe particular que describe con precisión quirúrgica. «Me gustaba jugar una derecha alta, lenta, paralela, que botara corta. A un jugador de revés a una mano le obliga a decidir muy rápido: si subir, si retroceder o si cortar. Y a él eso le incomodaba bastante al principio». Ese plan funcionó durante los primeros duelos, aunque Federer, dice, lo acabó descifrando con el paso del tiempo.
Murray también analiza cómo el suizo fue transformando su propio juego. «Con los años se volvió más ofensivo. Su posición en pista avanzó muchísimo, se metía dentro de la línea casi en cada resto. Y sobre todo cambió la forma de atacar mi segundo saque. Al principio se quedaba atrás, bloqueaba el revés y empezábamos el punto. Pero ya en los últimos años buscaba siempre ponerse del lado de la derecha para atacar de inmediato».
Cuando compara su juego con el de Novak Djokovic, Murray confiesa que se parecían mucho. «Teníamos estilos muy similares. Pero todo lo que yo hacía bien, él lo hacía un poco mejor. En velocidad de bola, en solidez, en defensa… En casi todo tenía ventaja, salvo quizá en la red». Ese matiz, sin embargo, era difícil de explotar: «No es tan sencillo obligar a Novak a subir. No puedes tirar dejadas todo el rato o jugar corto en cada punto».
Con el paso del tiempo, Murray empezó a buscar ajustes tácticos muy concretos, y menciona uno que resultó especialmente útil. «Con él había un patrón muy claro, cuando le tiraba slice al revés, muchas veces me devolvía otro slice, pero un slice más lento», explica. Esa bola más blanda le daba a Murray la oportunidad de entrar con su derecha, un arma que le daba ventaja en el intercambio inmediato. «Cuando después de mi slice yo lograba golpear con la derecha, mis porcentajes de puntos ganados subían muchísimo. Es algo que vimos con datos cuando trabajaba con Lendl y que empecé a usar más hacia el final de nuestros duelos».
Aun así, Murray admite que Djokovic era extremadamente difícil de desbordar tácticamente: «La dificultad con Novak es que también él estaba ajustando cosas constantemente. No aparecía en la pista con el mismo plan dos veces. Siempre cambiaba algo, la dirección del primer saque, la posición al resto, la altura de la bola… Para mí era un rompecabezas continuo».
En cuanto a Rafael Nadal, Murray reconoce que tiene menos recuerdos detallados de los últimos enfrentamientos, pero sí conserva una impresión nítida, su capacidad de adaptación durante los partidos. «Creo que Rafa era el mejor del mundo ajustando estrategias a mitad de encuentro», afirma sin dudarlo. «Era increíble. Cambiaba la posición al resto, el tipo de altura con la que jugaba su derecha, empezaba a usar más el slice si lo necesitaba, o de repente se metía en la pista para ser agresivo. Y todo eso lo decidía él, en caliente, sin esperar al descanso o al final del set».

Recuerda además que Nadal tenía una facilidad extraordinaria para identificar qué no estaba funcionando. «A veces uno tarda en darse cuenta de que un patrón no va bien, o en distinguir si es problema tuyo o mérito del rival. Rafa lo detectaba rapidísimo. Y hacía el cambio en el mismo juego o en el siguiente. Esa capacidad para recalibrar sobre la marcha es rarísima».
Murray admite que esa cualidad explicaba por qué enfrentarse a Nadal nunca era igual. «Contra él no había dos partidos parecidos. Podía arrancar de una manera y terminar jugando algo completamente distinto». Y concluye con una especie de elogio técnico: «Su mayor fortaleza no era solo su físico o su intensidad, sino su inteligencia competitiva. Era increíble leyendo el partido y transformándolo a su favor».
Odio eterno al tenis moderno
Cuando la charla se desplaza hacia el estado actual del circuito, Murray se suelta y traza un diagnóstico descarnado sobre los problemas estructurales del tenis profesional. Una de sus reclamaciones principales sería volver a permitir exenciones para saltarse algunos Masters 1000 sin ser penalizado: «Antes había tres exenciones posibles: una por edad, otra por número de partidos jugados, otra por años de servicio. Eso permitía a los jugadores mayores gestionar mejor su calendario. Y cuando se votó ampliar los Masters a dos semanas, también se eliminaron esas exenciones. Yo estaba completamente en contra».
El escocés incluso plantea una reforma mayor, un ranking de dos años: «Sería una manera de que el jugador no sintiera que, si se lesiona tres meses, se hunde en la clasificación. Con dos años podrías gestionar descansos y lesiones sin ese miedo constante. No sé cómo encajaría en los libros de récords. Cambiaría demasiadas cosas».
Sobre el formato al mejor de cinco sets, Murray muestra una visión más matizada de lo habitual. A nivel de jugador, le beneficiaba: «En partidos largos, los mejores tienen más margen para volver o ajustar. A mí me encantaba». Pero como espectador confiesa que él mismo no vería un duelo a cinco sets hoy: «Son demasiado largos. Tengo familia, tengo otras cosas que hacer. Como fan, no vería uno entero». Aun así, entiende que el público tradicional lo defienda, especialmente después de finales memorables como la de este año en Roland Garros.
El problema, según Murray, es que no hay consenso en nada, porque los intereses dentro del vestuario son opuestos. «Los jugadores siempre nos quejamos de todo, yo también lo hice, pero en realidad nunca coincidimos en qué queremos cambiar. Los top-10 suelen decir que hay demasiados torneos. Los jugadores del 60 al 100 quieren justo lo contrario: más torneos para ganar dinero y sumar puntos. Es imposible poner de acuerdo a todo el mundo».
Denuncia también la incoherencia colectiva del circuito. «Muchos dicen que hay demasiados torneos… y al mismo tiempo quieren jugar más exhibiciones porque pagan mucho dinero. O en el US Open, todos dicen que están agotados, pero sacan un evento nuevo de dobles mixtos y todos quieren participar porque es divertido y hay buen dinero. Los dobles, en cambio, odian esa idea. Siempre hay dos bandos con intereses distintos».

Para Murray, esta mezcla de prioridades, contradicciones y reclamaciones dispersas es el verdadero origen del caos: «Antes de cambiar nada, los jugadores tendrían que aclarar qué quieren realmente. Porque ahora mismo unos piden menos torneos, otros más, unos quieren más descansos, otros quieren más dinero, unos rechazan ciertos países y otros aceptan cualquier exhibición si les pagan lo suficiente».
Revolución tecnológica relativa
Murray también dedica un tramo de la conversación a reflexionar sobre el papel de la tecnología y los datos en el tenis moderno, un área en la que, según él, el deporte va claramente a la zaga de otras disciplinas. «Comparado con el fútbol o con muchos deportes de equipo, el tenis está muy por detrás», reconoce. «Ellos llevan usando wearables desde hace más de una década. A nosotros apenas nos lo permitieron el año pasado. Hasta entonces, en un partido a cinco sets no sabías tu frecuencia cardíaca real, tu carga de esfuerzo o cómo estaba respondiendo tu cuerpo. Todo eran aproximaciones».
Antes, además, el acceso a datos era profundamente desigual. Solo los jugadores más ricos o consolidados podían permitirse contratar empresas especializadas. «Los top pagaban a compañías que analizaban sus partidos y les daban informes detallados», explica. «Eso te daba una ventaja enorme. Mientras tanto, muchos jugadores del circuito no tenían acceso a nada». En ese ecosistema, Murray recuerda que la información se convertía en un privilegio: «Había quien sabía exactamente cómo servía su rival en cada punto del 30-30, y quien iba a ciegas».
La ATP ha intentado corregir esa brecha en los últimos años. Ahora existe una plataforma común donde los jugadores pueden consultar estadísticas, patrones de saque, direcciones de golpes y datos de todos los rivales. «Hoy podría entrar y mirar los últimos 80 partidos de Alcaraz en pista dura, ver sus porcentajes de servicio, sus tendencias…», cuenta. Pero aun con esa herramienta disponible, Murray insiste en que falta una verdadera cultura de análisis: «No se trata solo de tener datos, sino de saber presentarlos, elegir qué es útil y adaptarlo al jugador».
Ese matiz es clave para él. «No puedes abrumar a un jugador que juega por instinto, como Alcaraz. No le puedes poner delante veinte páginas de gráficos. Hay que entender qué necesita cada uno», explica. También admite que muchos entrenadores veteranos desconfían del análisis avanzado porque no formó parte ni de su época como jugadores ni de su primera etapa como técnicos. «Algunos piensan que es sobreanálisis, que complica demasiado las cosas», señala.
Para Murray, el futuro pasa por integrar la tecnología sin que sustituya al instinto: usarla para entrenar mejor, prevenir lesiones y preparar partidos con más precisión, pero siempre adaptada a la personalidad del jugador. Porque, insiste, «el dato solo es útil si sabes qué hacer con él».
El eterno debate sobre las superficies
Finalmente, Murray aborda uno de los temas más repetidos, y, según él, más malinterpretados, del circuito: el eterno debate sobre el peso de las pelotas y las variaciones entre superficies. Lo hace con una mezcla de claridad técnica y cansancio acumulado. «Los jugadores llevamos veinte años diciendo que las pelotas están más pesadas», afirma, «pero la realidad es que no lo están. El peso permitido es el mismo desde hace décadas».
Lo que sí ha cambiado, explica, es todo lo demás. «Las pistas son más arenosas, más lentas. Y los jugadores pegan mucho más fuerte que antes». Ese cóctel genera un efecto muy concreto: la pelota se despelucha más, se vuelve menos aerodinámica y por tanto parece más pesada. «Pero no pesa más. Es más lenta porque se abre, porque coge más aire, porque la pista tiene más grano».
Ante un problema que lleva años generando quejas, Murray propone soluciones sorprendentemente simples. La primera: cambiar antes las pelotas. «Si de verdad creemos que se ‘matan’ muy rápido, pues cámbialas al cabo de cinco y siete juegos, no de siete y nueve. Es fácil». La segunda: unificar el tipo de pelota en la ATP. «No entiendo por qué no puede haber una bola estándar y que luego cada marca le ponga su logo encima», sugiere. «Así los jugadores no tendrían que adaptarse cada semana a una sensación distinta».
Murray añade que la situación actual tampoco beneficia a los fabricantes: «No creo que les ayude que cada semana haya jugadores subiendo fotos en redes diciendo que las pelotas son horribles o que cambian demasiado. Un estándar lo simplificaría todo». Aun así, termina con un guiño irónico a la naturaleza del circuito: «Probablemente incluso entonces encontraríamos algo de lo que quejarnos. Los jugadores somos así».


Pingback: Andy Murray analiza las diferencias en el juego de Rafa Nadal en distintas superficies y su experiencia como entrenador de Djokovic - Hemeroteca KillBait