El fútbol es hoy un deporte donde manda el dinero. Ocurre a tantos niveles, que el fútbol popular solo puede encontrarse ya donde se juega con la puerta de un garaje como portería, e incluso esa práctica está cada vez más perseguida. Los recuerdos de un fútbol como actividad propia de trabajadores ya quedan muy lejanos, pero eso no quita que historiadores como Mickael Correia no se hayan esforzado por reunir el testimonio de aquellos años.
Concretamente, en su obra Una historia popular del fútbol, el apartado que analiza el fútbol obrero francés es digno de reseñarse. Ahí cuenta cómo a comienzos del siglo XX, Francia todavía no era un país futbolero. En 1906 apenas contaba con cuatro mil futbolistas y doscientos setenta clubes, una cifra muy inferior a la de Inglaterra o Alemania. Pero en un país que vivía una rápida industrialización y una profunda transformación urbana, el fútbol comenzó a abrirse paso como un espacio de encuentro y ocio para miles de trabajadores recién llegados a las ciudades. El Jardín de las Tullerías, el bosque de Vincennes o cualquier descampado del extrarradio podían convertirse, con cuatro piedras y una pelota de caucho, en un improvisado campo de juego.
El impulso definitivo llegó con la ley de 1901 sobre la libertad de asociación, que permitió la proliferación de sociedades deportivas de carácter popular. Para muchos obreros desarraigados, el club se convirtió en un pequeño refugio de fraternidad y pertenencia. Según el historiador Alfred Wahl, la aparición de este deporte anunciaba «una verdadera revolución en las formas de sociabilidad» y respondía a una nueva aspiración colectiva en un tiempo de comunidades tradicionales en descomposición. El fútbol ofrecía justamente eso: una vida compartida, una identidad de grupo y una forma de organizar el tiempo libre frente a la soledad de la ciudad industrial.
Sin embargo, ese crecimiento no estuvo exento de tensiones. El movimiento se vio rápidamente absorbido, o al menos vigilado, por instituciones burguesas, tanto laicas como católicas, que buscaban encauzar la práctica deportiva de la juventud. La poderosa Union des Sociétés Françaises de Sports Athlétiques (USFSA), dirigida por aristócratas como Pierre de Coubertin, desconfiaba de un fútbol cada vez más popular.
Su defensa del amateurismo era, en buena medida, una defensa de clase: los estatutos de 1890 excluían explícitamente del deporte a quienes se dedicaran a «una profesión obrera». En paralelo, la prensa deportiva de la época advertía que, jugado por «mineros y obreros», el fútbol corría el riesgo de volverse «brutal y arriesgado».
Frente a estas posiciones elitistas, la Iglesia supo leer mejor el potencial social del nuevo deporte. Su Federación Gimnástica y Deportiva de los Patronatos de Francia (FGSPF) no tardó en organizar campeonatos y estructurar una red de equipos que creció con rapidez. Para el clero, el fútbol servía para disciplinar, cohesionar y moralizar a la juventud obrera; para los patronatos laicos, era un instrumento de educación ciudadana. Ambos compartían una visión marcial del deporte, heredada de la gimnasia del siglo XIX: el campo de juego como espacio de obediencia, resistencia y formación del carácter. No era extraño que los manuales lo compararan abiertamente con un «escuadrón militar».
Pese a las disputas ideológicas y a las apropiaciones desde arriba, el fútbol se consolidó como un fenómeno social típicamente urbano y obrero. Para miles de jóvenes trabajadores, significó un espacio de libertad y de compañerismo en un país que estrenaba las primeras leyes para reducir la jornada laboral y regular el descanso dominical. Mientras las élites temían su deriva popular y la Iglesia intentaba domesticarlo, el fútbol avanzaba por su propio camino, el de una práctica colectiva que nacía de la calle y del barro.
Rojos, futboleros y borrachos
En ese estado de abandono, la estructura que levantó el fútbol popular fueron los cafés. En el París de comienzos del siglo XX, 59 de las 140 sedes sociales de equipos de fútbol eran cafeterías, cervecerías o tabernas. Estos locales funcionaban como punto de reunión, almacén de material y, llegado el caso, como vestuario improvisado antes y después de los partidos.
Por ejemplo, la cervecería Mollard, en la calle Saint-Lazare, llegó a convertirse en un pequeño santuario futbolístico: por allí pasaron equipos pioneros como el Racing Club de France, los White Rovers o el Stade Français. El bar ofrecía calor, sociabilidad y una estructura organizativa que el deporte aún no tenía; también permitía, como ironizaba un periódico de la época, «ahogar en alcohol la derrota» a base de vermut de grifo.
Las cooperativas obreras de consumo y las universidades populares fueron otro de los pilares del primer fútbol urbano. En una ciudad llena de recién llegados, estos espacios autogestionados funcionaban como centros de educación, ocio y mutualismo, y pronto añadieron el deporte a su oferta. Clubes como el CAS de la Bellevilloise, nacido en 1909, el Avenir de Plaisance o La Égalitaire crearon equipos de fútbol destinados a “los camaradas socialistas de barrios populares”.
Los patronatos católicos, por su parte, desempeñaron un papel decisivo en el desarrollo del fútbol antes de la Primera Guerra Mundial. La citada FGSPF organizó su primer torneo en 1901 y, solo tres años después, lanzó un campeonato nacional que llegó a reunir a un millar de equipos, la mayoría en el norte industrial del país. Para la Iglesia, el deporte tenía una clara función moralizadora y disciplinaria, debía fortalecer el cuerpo y el espíritu, inculcar el respeto a la autoridad y preparar a la juventud para servir a la nación. No en vano, sus publicaciones describían a los delanteros como «la unidad de reconocimiento del ejército».

La prensa afín al movimiento olímpico no tardó en ponerle la proa a todo el fenómeno. La Revue Athlétique, fundada por el propio Coubertin, advertía de que solo el fútbol practicado por «jóvenes bien educados» se mantenía como un ejercicio noble y caballeresco. Esa oposición entre civilización y violencia, entre cultura y masa, revelaba un miedo profundo a que el deporte escapara del control social de las élites. Para ellas, permitir que los trabajadores ocuparan el centro del campo significaba aceptar que también podían apropiarse de espacios de ocio, identidad y visibilidad pública.
Pero, en la práctica, sin embargo, el fútbol obrero avanzaba con naturalidad allí donde la burguesía veía desorden. Los clubes vinculados a fábricas, cooperativas o sindicatos funcionaban sin los códigos aristocráticos del amateurismo y apostaban por un deporte comunitario y accesible, como escribía L’Humanité, «el joven aprende la necesidad del esfuerzo individual al servicio de una colectividad».
El choque entre ambos mundos iba más allá del deporte. Era una disputa por el control simbólico del tiempo libre, por la definición de la juventud y por la legitimidad de las clases populares para producir su propia cultura. Mientras la élite defendía un fútbol higienista, disciplinado y ajeno al profesionalismo, el movimiento obrero veía en el balón un espacio para organizarse en una sociedad profundamente desigual.
Llega el dinero
Tras la Primera Guerra Mundial, el fútbol francés entró en una nueva fase, dejó de ser solo un deporte popular y pasó a convertirse también en una herramienta de gestión social dentro de las grandes fábricas. El país vivía la expansión del taylorismo, la mecanización y la concentración obrera en gigantes industriales. En ese contexto, empresas como Renault, Michelin o Peugeot vieron en el fútbol una vía para disciplinar a la mano de obra, fortalecer su identificación con la empresa y evitar, en lo posible, el avance de la organización sindical. No por casualidad un boletín interno de Renault lo llegó a escribir directamente en 1919, decía que los obreros que practicaban deporte se convertían en «hombres enérgicos», con «la honesta ambición de producir más».
Los clubes de empresa crecieron a toda velocidad. Michelin creó en 1911 la Association Sportive Michelin; Renault, el Club Olympique des Usines Renault (COUR) en 1917; las minas, siderúrgicas y fábricas textiles siguieron el mismo camino en los años veinte. Estos equipos no eran simples espacios de ocio, reproducían la jerarquía industrial. Los directores aparecían como presidentes honoríficos de los clubes, ponían terrenos a disposición de los trabajadores e invertían en instalaciones modernas que reforzaban su imagen de patronos “sociales”. Uno de los boletines de Peugeot celebraba en 1935 que la familia fundadora veía en el deporte «un orientador físico y moral para la juventud». Ese paternalismo cumplía una doble función, mejorar la condición física del obrero para que produjera más y, sobre todo, reforzar su lealtad.
El fútbol también se convirtió en un criterio de contratación. Renault utilizó su Club Olympique de Billancourt como un auténtico vivero laboral. Un obrero en paro narraba en 1931 cómo acudió a una prueba de fútbol con la esperanza de conseguir un empleo en la fábrica: «Me han dicho que si acepto jugar en el Club Olympique de Billancourt me contratarán en Renault». La escena se convirtió en una práctica habitual, demostrar talento con el balón podía abrir la puerta a un puesto de trabajo y, con el tiempo, a una promoción interna. Los mejores jugadores ascendían a tareas menos duras, en una especie de meritocracia paralela que mezclaba destrezas deportivas y jerarquía industrial.
Pero el gran salto llegó con Peugeot. En 1928, Jean-Pierre Peugeot, fascinado por modelos como la Juventus de Fiat o el PSV Eindhoven de Philips, fundó el Football Club de Sochaux, concebido como la encarnación deportiva de la marca. El club debía «llevar bien alto por toda Francia el estandarte de los automóviles Peugeot», según proclamó la empresa. En los años treinta, Sochaux se convirtió en el emblema de un nuevo tipo de identidad corporativa. Un equipo de técnica precisa, «perfectamente regulada», que proyectaba sobre el césped la imagen del automóvil francés, fiable y moderno. Incluso organizó la Coupe Sochaux, un torneo que forzó a las autoridades deportivas a crear finalmente un campeonato nacional profesional en 1932. Alineación pura del trabajador, que debía producir y luego ser un hombre-anuncio.
Detrás de este fenómeno había una idea de fondo. El fútbol tenía que ser la extensión emocional de la fábrica. Los partidos eran un desahogo dominical, pero también un recordatorio de disciplina y rendimiento. Las empresas defendían que un equipo bien organizado reproducía la armonía ideal de una cadena de montaje: «Una fábrica bien organizada ha de ser como un equipo de fútbol», afirmaba el boletín corporativo de Berliet en 1920.
La politización
Pese a estas presiones mercantiles, socialistas y comunistas también empezaron a ver en el terreno de juego un nuevo espacio donde disputar la influencia sobre la juventud obrera. Para la Iglesia, el fútbol era un instrumento para alejar a los jóvenes del alcohol, de las «malas compañías» y de la agitación política. Para la izquierda, en cambio, debía servir para organizar, cohesionar y movilizar a los trabajadores. El deporte, como tantas otras prácticas sociales de la época, se convirtió en un campo de batalla ideológico.
Los socialistas fueron los primeros en intuir el potencial del fútbol como herramienta de educación y captación militante. En 1908 impulsaron la Fédération Sportive Athlétique Socialiste (FSAS) con la idea de crear «centros recreativos al alcance de la clase obrera» que funcionaran como espacios de sociabilidad y propaganda. El fútbol encajaba perfectamente, requería pocos medios, estimulaba el trabajo colectivo y atraía a jóvenes que, de otro modo, difícilmente se acercarían al partido.
Los comunistas llevaron ese proceso un paso más allá tras su escisión en 1920 de la matriz socialista. Agrupados en la Fédération Sportive du Travail (FST), afiliada a la Internacional Deportiva Roja de Moscú, defendieron abiertamente un deporte militante, de combate político. La FST impulsó clubes que se presentaban como “antecámaras de las organizaciones revolucionarias”, donde la práctica deportiva debía servir para fortalecer la conciencia de clase. Y algo se logró. En 1924, la prensa francesa elogió la «conducta honorable» de los jugadores alemanes por fallar a propósito varios penaltis injustos, símbolo del espíritu de camaradería que definía a aquel fútbol alternativo.
No engañaban a nadie. «El deporte neutro no existe», proclamaban, y animaban a los jóvenes obreros a abandonar los clubes “burgueses”. Los partidos se convertían así en actos políticos: se cantaba La Internacional, ondeaban banderas rojas y las gradas servían de altavoz para denunciar el fascismo y la guerra.
En paralelo, los patronatos católicos contestaron con una visión diametralmente opuesta. Llegaron a aglutinar a un millar de equipos en la FGSPF, donde promovían un fútbol disciplinado y marcial, sin más fin que la obediencia. Sus publicaciones describían a los futbolistas como soldados en miniatura, y los partidos, como ejercicios de cohesión patriótica.
La tensión entre estas tres corrientes, católicos disciplinadores, socialistas organizadores y comunistas revolucionarios, culminó en la creación en 1934 de la Fédération Sportive et Gymnique du Travail (FSGT), fruto de la unión entre socialistas (USSGT) y comunistas (FST) en el contexto del Frente Popular. La federación nació bajo un credo claro: «Ante la amenaza fascista y el riesgo de guerra, las organizaciones deportivas de trabajadores no pueden prolongar por más tiempo su división».
La Copa del Mundo proletaria
A comienzos de los años treinta, mientras la FIFA consolidaba un modelo de competición basado en el nacionalismo y el profesionalismo incipiente, las organizaciones deportivas obreras socialistas y comunistas buscaban construir su propio espacio internacional. Si los Juegos Olímpicos eran criticados como un escaparate de las élites, y la reciente Copa del Mundo de Mussolini como un ejercicio de propaganda fascista, las federaciones obreras querían demostrar que otro deporte era posible, solidario, internacionalista y libre de chovinismos. Ese impulso desembocó, en el verano de 1934, en la organización de una Copa del Mundo Obrera en pleno París del Frente Popular.
La competición formó parte de un evento mayor: el Encuentro Internacional de Deportistas contra el Fascismo y la Guerra, una suerte de Espartaquiada occidental organizada por la FST comunista pero abierta, por primera vez, a la federación socialista USSGT. La idea era sencilla y radical a la vez: reunir en los estadios parisinos a delegaciones de diferentes países para celebrar el deporte como un acto de fraternidad y resistencia política. «Deporte Rojo, Frente Rojo», proclamaba la pancarta bajo la que desfilaron cerca de tres mil atletas de dieciocho países. Frente a la espectacularización del fútbol oficial, el torneo obrero aspiraba a recuperar el sentido comunitario del juego y convertirlo en una plataforma de movilización.
La Copa del Mundo Obrera, disputada del 11 al 14 de agosto de 1934, reunió a doce equipos, entre ellos uno procedente de Estados Unidos. No participaron selecciones nacionales al uso, sino representaciones de las federaciones obreras de cada país. Alemania, por ejemplo, estuvo ausente debido a la represión nazi, pero se permitió competir a conjuntos de Alsacia y Sarre como símbolo de solidaridad con los trabajadores perseguidos. También hubo un equipo soviético, cuya presencia irritó al Gobierno francés, ya con la mosca detrás de la oreja por la dimensión política del evento. Los partidos se disputaron en estadios municipales de Clichy, Ivry o Saint-Denis, espacios identificados con la cultura obrera de los suburbios, y la final se celebró en el velódromo Buffalo de Montrouge.
Más que los resultados, la Unión Soviética se impuso al equipo noruego de la Internacional Socialista, lo relevante fue el espíritu que impregnó el torneo. No había fases eliminatorias al estilo FIFA, cada encuentro se organizaba a partir de vínculos entre clubes y federaciones, buscando la cooperación más que la exclusión. Los propios jugadores franceses colaboraron en la logística. Buscaron alojamiento en cafés conocidos, repartieron 400.000 octavillas en autobuses y pegaron carteles por toda la ciudad. Los partidos servían para lanzar mensajes políticos, recaudar fondos o mostrar solidaridad con presos y perseguidos. En uno de los encuentros, dos equipos holandeses, uno de la órbita comunista y otro socialista, jugaron en apoyo al líder comunista alemán Ernst Thälmann, encarcelado por los nazis, que acabaría fusilado en Buchenwald.
Jules Rimet, padre de la competición, llegó a afirmar que «no fue realmente la FIFA quien organizó la Copa del Mundo, sino Mussolini», según cita el periodista deportivo Tom Weber. Fue un torneo concebido como contrapeso político y moral al uso del deporte por parte de los regímenes totalitarios. Los trabajadores no tenían nada contra los trabajadores. Había que «superar los antagonismos mantenidos por la burguesía», en palabras del historiador Nicolas Kssis. Incluso tras episodios tan tensos como la ocupación francesa del Ruhr, los equipos obreros de ambos países se enfrentaban para reivindicar la fraternidad de clase y denunciar el Tratado de Versalles.
El reglamento, de hecho, reflejaba esa ética: en los años veinte y treinta ya se permitían sustituciones de portero por lesión, una innovación que la FIFA no adoptaría hasta 1958, y también se experimentaba con jueces de línea adicionales para asegurar un arbitraje más justo. El ideal podía ser utópico, pero se traducía en hechos concretos: el juego limpio, la protección de los más vulnerables y la convicción de que el fútbol debía ser una herramienta de emancipación, no de conflicto.
De esta manera, el torneo parisino, celebrado en los «bastiones rojos» del este de la ciudad, logró la asistencia de más de 20.000 personas a la ceremonia inaugural en el estadio Pershing, convertida en una demostración de unidad política y deportiva frente a la guerra y al fascismo. Para la prensa comunista, este «verdadero deporte libre de venalidad y chauvinismo» demostraba que la clase trabajadora podía organizar su propio Mundial. El colofón llegó con la final en el estadio Buffalo de Montrouge: 25.000 aficionados, muchos recién salidos de las fábricas y oficinas, que abarrotaron las gradas para ver cómo la Unión Soviética derrotaba a Noruega por 3–0 y se proclamaba campeona del mundo obrera.
Aquella Copa del Mundo tuvo un impacto que desbordó lo deportivo. Por primera vez, comunistas y socialistas desfilaron juntos bajo una misma pancarta, anticipando el Frente Popular francés de 1936. El torneo aceleró la reunificación del movimiento deportivo obrero en la FSGT, y envió al mundo una señal clara: el deporte podía ser un arma política contra el fascismo. Tras el torneo de 1934 llegaron nuevas ediciones, en Amberes, en París, y los equipos obreros siguieron compitiendo incluso mientras Europa se precipitaba hacia la guerra. Pero ese impulso se quebró trágicamente tras el pacto germano-soviético y la ocupación nazi, los comunistas fueron expulsados de la FSGT, algunos pasaron a la Resistencia y el deporte obrero francés fue progresivamente liquidado o cooptado, herido de muerte tras la traición de Stalin.
Porque la idea de un deporte antifascista que surgió no era solo teórica, ya se venía de la Antiolimpiada de 1932 en Estados Unidos. Y en Francia, durante encuentros de la FST o de clubes obreros de suburbios como Ivry, Bobigny o Saint-Denis, los partidos se abrían con La Internacional, las gradas se llenaban de banderas rojas y en el descanso se pronunciaban discursos contra la guerra que se avecinaba. El fútbol y el atletismo se transformaron en espacios de pedagogía política. Para muchos jóvenes trabajadores, el estadio obrero era el primer lugar donde escuchaban hablar de solidaridad internacional, de unidad sindical o de la defensa de la República. El deporte rojo se convirtió así en una escuela cívica que funcionaba donde a veces no llegaban ni el partido ni el sindicato.
Ese impulso alcanzó su máxima expresión en la preparación de la Olimpiada Popular de Barcelona, prevista para el 19 de julio de 1936. El proyecto nació como una respuesta directa a los Juegos Olímpicos de Berlín, que se habían convertido en el escaparate propagandístico del nazismo. Barcelona quería enviar un mensaje al mundo, demostrar que otro deporte era posible. Se esperaba la llegada de seis mil deportistas de más de veinte países, incluidos numerosos exiliados alemanes, austríacos e italianos. La ciudad se preparó con entusiasmo, alojamientos en casas de vecinos, actos culturales en Montjuïc, exhibiciones deportivas y desfiles antifascistas.
La Olimpiada Popular no era solo un evento deportivo, era una declaración política. Rechazaba explícitamente el racismo, el nacionalismo excluyente y el culto a la fuerza promovido por los Juegos de Hitler. Su programa incluía también competiciones mixtas, actividades culturales y actos de fraternidad entre delegaciones obreras. Barcelona, además, aparecía como símbolo de una España que apostaba por un Frente Popular amplio, capaz de frenar a la extrema derecha. Durante la semana previa, la prensa catalana y francesa hablaba del acontecimiento como un hito histórico; muchos deportistas habían llegado ya a la ciudad y recorrían sus calles vestidos con los colores de sus federaciones.
Pero la historia se torció en cuestión de horas. La noche del 18 de julio de 1936, mientras las delegaciones afinaban los últimos preparativos, la sublevación militar de Franco estalló por toda España. En Barcelona, los deportistas se vieron sorprendidos por los disparos, las barricadas y la resistencia popular contra los golpistas. Según algunos testimonios, varios atletas participaron espontáneamente en los primeros enfrentamientos. «Habíamos venido a combatir al fascismo en el estadio, pero se nos presentó la ocasión de combatirlo sin más», se llegó a decir. La Olimpiada Popular quedó suspendida antes incluso de inaugurarse, convertida en víctima inmediata del golpe, pero muchos de aquellos atletas se integrarían en las Brigadas Internacionales, en columnas anarquistas como la Durruti o en batallones comunistas como el Thälmann. El deporte acabó, de nuevo, entrando en combate.







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