
«¡Basura, hijo de puta! ¿Qué coño tiene de malo patear el balón hacia la portería? ¡Que te dé cáncer y te caigas muerto en el campo, pedazo de mierda!».
Este mensaje fue una de las primeras cosas que el jugador del Rayo Vallecano, Sergio Camello, tuvo que leer cuando acabó el partido que el pasado fin de semana disputó su equipo en Oviedo. Sergio Camello es un chaval de 24 años que tiene que lidiar con este tipo de mensajes de odio simplemente por no tener un día brillante en su trabajo. A la edad que tiene ahora el delantero, yo prácticamente acababa de terminar la carrera de Periodismo, estaba haciendo prácticas y todavía no se habían creado ni Twitter ni Instagram. Y pienso: si a esa edad alguien me llega a escribir algo así por una de las infinitas veces que hice mal mi trabajo, me habría desmoronado como un castillo de arena en diciembre.
Nadie está exento de la crítica, ¡faltaría más! Pero cuando la crítica traspasa la línea y se convierte en agresión, algo estamos haciendo mal. Hablamos cada vez más de salud mental en el deporte mientras normalizamos que, tras cada partido, las redes se conviertan en canales donde algunos usuarios descargan frustraciones que nada tienen que ver con el juego. Amparados en el anonimato y en la ausencia de consecuencias, transforman espacios pensados para el diálogo en auténticas cámaras de eco del insulto. Y lo peor es que lo hemos aceptado: sabemos que está mal, lo repetimos, y aun así seguimos pasando página como si fuera la sección de meteorología. Ha llegado el momento de señalar estas dinámicas, entender por qué proliferan y, sobre todo, empezar a aplicar medidas que las frenen.
Lamentablemente, el caso de Sergio Camello no es el primero. Pero entre todos deberíamos intentar que fuera el último. Aurélien Tchouaméni tuvo que cerrar momentáneamente sus redes sociales debido a la ola de insultos recibidos tras fallar un penalti en la tanda final del Mundial de Catar ante Argentina. Es una medida similar a la que se vieron obligados a adoptar otros como el internacional español Nico Williams en 2023 a la vista de los mensajes ofensivos que estaba recibiendo después de que Athletic Club cayera eliminado en las semifinales de Copa del Rey ante Osasuna.
¿Dónde nace ese odio? Y lo más importante, ¿por qué se consiente? El canterano del Real Madrid, Víctor Muñoz, vio como su sueño de debutar en el primer equipo merengue se convertía en una auténtica pesadilla después de recibir mensajes como «Retírate» o «sentenciaste tu salida» por no poder resolver un mano a mano ante Szczesny que hubiera dado un empate ante el FC Barcelona. Tras abandonar el campo entre lágrimas, el chico de 21 años tuvo que lidiar con estos abusadores cibernéticos que disparan desde el sofá como si apuntaran a un videojuego y no a un ser humano. En la otra acera, Rodrigo Riquelme tuvo incluso que desactivar los comentarios de una imagen que colgó en Instagram tras el Atlético de Madrid – Slovan de Bratislava debido a lo ofensivo de las respuestas.
Ojalá bastara con decirlo, pero debemos recordar algo tan sencillo como esencial: el deporte es un juego, pero quienes lo practican son personas. Esos deportistas también son hijos de alguien, hermanos, amigos, gente que vuelve a casa con las mismas dudas que cualquiera. Es una obviedad tan grande que da pudor repetirla, y sin embargo parece que se nos olvida cada domingo. No tiene lógica exigir excelencia permanente mientras toleramos que la crueldad forme parte del paisaje. Todos los que queremos un fútbol más sano, y una sociedad más decente, necesitamos asumir nuestra parte de responsabilidad: denunciar y frenar a quienes convierten las redes en un vertedero. Ojalá el caso de Camello -y tantos otros- sirva para entender que el odio no es afición y que animar también consiste en cuidar a quienes nos hacen felices incluso cuando fallan.


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La democratización del fútbol, esa cosa.
El anonimato en rrss es el refugio de gente cobarde, inmadura y sin educación desde el que vomitar su frustración y odio