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España compra NFL ¿pero Estados Unidos compra fútbol?

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Messi (Foto: Cordon Press)

En España se está intentando trasplantar la NFL con injertos como el de la semana pasada en el Santiago Bernabéu. Es una lucha por todos los torneos por internacionalizarse y expandirse. Ahí manda la NBA, quizá el campeonato más global, aunque la Champions League tenga las mayores audiencias globales.

¿Pero cuál es el lugar del fútbol en Estados Unidos? Son muchas décadas tratando que prenda la fiebre. Leander Schaerlaeckens, autor de The Long Game, cuenta que en el fútbol  no era un deporte extraño en esas tierras, simplemente, no pudo competir con los otros que había. No obstante, en los años 20 y 30, la American Soccer League fue un torneo potente con dinero para hacerse con jugadores de Gran Bretaña.

El Bethlehem Steel F.C. fue uno de los clubes más importantes. Fundado inicialmente como Bethlehem Football Club en 1907 en Pennsylvania, fue absorbido y financiado por la empresa siderúrgica Bethlehem Steel en 1911, lo que le proporcionó soporte económico sólido para competir y destacarse a nivel nacional. Además, el club construyó el primer estadio específico para fútbol en Estados Unidos.

En 1930, la selección no tuvo mal papel en la Copa del Mundo de Uruguay, donde quedó tercera, pero la Gran Depresión lo hundió todo y, en la crisis, los campeonatos compitieron entre sí y no contaron con una estrategia global y unificada para hacerse con el mercado. Si hubieran establecido una federación nacional con un solo torneo otro gallo hubiera cantado, pero la fragmentación condujo a este deporte a la marginalidad. Solo quedaron pequeñas comunidades de inmigrantes que seguían jugando en regiones como Nueva Inglaterra y St Louis.

En el momento clave, el de la aparición de la televisión, el fútbol estadounidense era una ruina y no pudo subirse a ese ascensor. Había sido eclipsad por el béisbol, el fútbol americano y el baloncesto. La falta de apoyo institucional a un deporte que no se consideraba genuinamente americano hizo el resto.

En locos setenta, como contó Sergio Cortina en esta publicación, se vivieron años de locura y espectáculo, a veces surrealistas. Por ahí anduvieron George Best, Gordon Bancks, Pelé o Cruyff. El espectáculo no se limitaba al campo: el club obligaba a sus jugadores a llegar al estadio montados en vehículos extravagantes —Harleys, caballos o autobuses de dos pisos— como parte del show previo al partido. Esa filosofía alcanzó su cumbre cuando el entrenador Ron Newman decidió salir de un ataúd en el centro del campo, acompañado por una marcha fúnebre, para proclamar que el equipo «aún no estaba muerto».

La NASL fue una liga que funcionó como un auténtico «salvaje oeste» del fútbol. Entre las muchas innovaciones que introdujo destaca su sistema pionero de camisetas personalizadas con nombres y números, la autorización de tres cambios, nuevas interpretaciones del fuera de juego y modificaciones en los penaltis tradicionales. También ideó un sistema de puntuación pensado para fomentar el fútbol ofensivo: seis puntos por victoria, tres por empate y un punto extra por cada gol (hasta tres), lo que incentivaba atacar incluso en la derrota. Si bien produjo situaciones extravagantes —como el Cosmos ganando ligas por ser el más goleador, no el más constante—, la norma cumplió su objetivo de dinamizar el juego.

La línea del fuera de juego se puso línea de fuera de juego a 35 yardas, lo que liberaba el mediocampo y generaba más espacios creativos. Este tipo de aportaciones, vistas en su momento como sacrilegios, buscaban mejorar el espectáculo y adaptarlo al gusto del público local, habituado a deportes dinámicos.

Los empates y las prórrogas infinitas también fueron objeto de reforma. Para evitar partidos interminables —como uno que llegó a durar 176 minutos— la NASL introdujo antes que nadie el gol de oro y, más tarde, reemplazó las tandas de penaltis por los célebres shootouts, duelos entre delantero y portero con el balón en movimiento. Esta fórmula, defendida incluso por figuras como Cruyff, se convirtió en un sello distintivo del campeonato y una de sus innovaciones más celebradas por el público.

Finalmente, la NASL desapareció en 1984, víctima de enormes pérdidas económicas y de la falta de apoyo institucional, especialmente de la FIFA. La decisión de otorgar el Mundial de 1986 a México en lugar de a Estados Unidos —tras la renuncia de Colombia— fue interpretada como una señal de desprecio hacia una liga vista como demasiado heterodoxa, pero en ese momento, el más bajo, un grupo de jugadores se conjuró para dar la campanada.

En la selección no tenían apenas salarios, las dietas eran de cinco dólares, llegaban a los entrenamientos y no había balones, los tenían que comprar ellos, y las camisetas se les rompían al primer agarrón. Sin embargo, lograron clasificarse para el Mundial del 90. El entrenador Bob Gansler, un técnico de origen húngaro, fue nombrado seleccionador en 1989. Su apuesta: rejuvenecer el equipo y confiar en una generación emergente de universitarios y jugadores sin gran experiencia internacional. Entre ellos estaban Tony Meola, John Harkes, Bruce Murray y Paul Caligiuri.

Para llegar a Italia 1990, Estados Unidos debía superar un hexagonal final de la Concacaf. Sus rivales: México (luego descalificado por el escándalo de los «cachirules»), Costa Rica, Guatemala, Trinidad y Tobago y Canadá. Pese a un inicio razonable, la clasificación seguía pendiente de un hilo: tras perder en casa ante Costa Rica por 0-1, el equipo llegó a la última jornada con la obligación de ganar como visitante ante Trinidad y Tobago, que con el empate era la selección favorita para clasificarse.

Aquel partido, jugado en Puerto España, tenía un ambiente electrizante. Se calculan más de 30.000 personas en las gradas del estadio Hasely Crawford, muchas de ellas vestidas de rojo, lo que dio origen al célebre apodo: «The Red Day».

A los 30 minutos ocurrió lo impensable. Paul Caligiuri, mediocampista de los UCLA Bruins que jugaba entonces en el Hamburgo alemán, recibió un pase en la frontal del área. Sin demasiado ángulo y casi sin pensarlo, golpeó la pelota de volea. El balón tomó un efecto extraño y cayó justo detrás del portero. Un gol improbable, casi improvisado, que silenció al estadio y cambió la historia del fútbol estadounidense.

Ese gol pasó a la historia con el nombre de «The Shot Heard ’Round the World», eco futbolístico del famoso grito revolucionario estadounidense del siglo XVIII. Estados Unidos ganó 1-0 y certificó su clasificación para la Copa del Mundo después de 40 años de ausencia.

Clasificarse para Italia 1990 no solo fue una victoria deportiva: fue un punto de inflexión institucional. La FIFA, que dudaba del compromiso estadounidense con el fútbol, empezó a ver al país como mercado viable. La clasificación fue un argumento clave para que, en 1988, Estados Unidos recibiera la sede del Mundial de 1994, que sería el gran impulso definitivo para consolidar el fútbol en el país.

Pero antes hubo que ir a Italia. Ahí destacó especialmente Tab Ramos, viejo conocido del beticismo, exhibiendo una creatividad impropia de un jugador cuyos compañeros eran amateurs muchos de ellos. Hizo un partidazo contra Italia y suya fue la asistencia para el gol de Wynalda a Checoslovaquia, que no sirvió de nada, porque les cayeron cinco.

El Mundial del 94, considerado aburrido por los Europeos, para los aficionados locales fue la señal de que el balompié podía establecerse en su país. La MSL empezó a jugarse en 1996, pero solo contaba con diez equipos. En este punto, Schaerlaeckens considera que el fútbol estadounidense ha crecido a trompicones, con proyectos que nacen y desaparecen, luchas internas entre ligas, federación y actores locales y, de nuevo, una cultura futbolística muy fragmentada por regiones.

Han tenido que llegar muchos extranjeros con su experiencia y metodologías para que el torneo se haya ido levantando poco a poco. Ha habido planes de potenciar el fútbol de categorías formativas, pero con resultados desiguales. Aunque ya hay jugadores estadounidenses que han saltado el charco. Christian Pulisic, del AC Milan es uno de ellos. Hace años sería impensable que EEUU le iba a exportar un jugador al club rossoneri. El Atalanta también cuenta con Yunus Musah, el PSV con Sergiño Dest, en la Premier está Chris Richards, con su afro, en el Crystal Palace, y Antonee Robinson en el Fullham.

Ahora llega el Mundial del 26, torneo que se compartirá con Canadá. ¿Ha avanzado el fútbol en Estados Unidos? Una barbaridad, pero le queda. Derribar a la NBA, la NFL o la MLB, que tienen una cobertura muy asentada en los medios. La MLS, aunque ha crecido, con sus récords de asistencia y estrellas internacionales como Beckham o Messi por ahí danzando, no logran desafiar ese protagonismo. De hecho, este deporte sigue asociado a un juego para niños y algo propio de inmigrantes.

Aunque la base de participación juvenil en el fútbol es enorme y creciente, con más de 2.6 millones de jóvenes registrados en ligas formales en 2023, esto no se traduce inmediatamente en una base de aficionados adultos equivalente para ver los partidos de liga. Por otro lado, la cultura local sigue privilegiando el espectáculo rápido, con momentos de alta intensidad y largas pausas para sumar entretenimientos, entre ellos, la comida. El Mundial de Canadá y Estados Unidos pretende ser un punto de inflexión, pero hasta ahora el fútbol en ese país ha dado sus pasos más largos gracias a las mujeres. Los equipos femeninos han superado las audiencias masculinas en muchas ocasiones, con medias que duplican las de los hombres. Quizá la esperanza de futbolizar EEUU venga por ahí.

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