
Doble campeón del mundo de Fórmula 1 con McLaren en 1998 y 1999. Le llamaban El finlandés volador y fue el gran rival de Michael Schumacher en una época irrepetible del automovilismo. Mika Häkkinen ha repasado toda su experiencia automovilística en una entrevista en la que no se calla nada, lo que contrasta con su personalidad, más bien discreta y casi gélida, como su compatriota Kimi Räikkönen.
Lo más potente de todo el encuentro son sus vivencias con Ayrton Senna, un piloto con el que tuvo sus roces desde el primer día: «En 1993, en McLaren, me dieron la oportunidad de ser compañero de Ayrton. Cuando firmamos el contrato, había una cláusula: si Ayrton decidía continuar con McLaren, yo sería piloto de pruebas. Estaba bastante seguro de que no seguiría… pero siguió. Así que ahí estaba yo, de piloto probador. Excepto en las tres últimas carreras, porque Ron Dennis me dijo: ‘No te preocupes, vas a correr al final del año’».
Su debut fue accidentado, en un sentido literal, pero lo más gracioso fue su rivalidad a pequeña escala con el brasileño: «En mi primera carrera con McLaren me estrellé, así que no tuve oportunidad de victoria. Pero me había clasificado por delante de Senna. Fue genial. Lo logré. Lo superé en mi primer Gran Premio, pero él no se lo tomó muy bien. La diferencia era de media décima, casi nada. Y sabía de dónde venía: en la primera curva de Estoril. Él frenaba con el pie derecho, yo con el izquierdo. Ahí perdió esa media décima».

La conversación que tuvieron es un gag inmortal: «Vino a preguntarme: ‘Mika, ¿cómo lo has hecho?’ Por supuesto, no se lo dije. Le respondí algo un poco de broma: ‘Porque tengo pelotas’. No le hizo gracia. Se enfadó y no me habló durante un par de semanas. Después volvimos a hablar. Puso toda su profesionalidad, toda su experiencia. En las dos últimas carreras que hicimos juntos fue a fondo, sin reservas. Yo estaba cerca, pero su experiencia era tan grande que no tuve opción. Me abrió los ojos: tenía mucho que aprender».
Y al final cayó rendido ante su nivel: «Podías verlo en su lenguaje corporal, en el tiempo que pasaba con los ingenieros, trabajando cada detalle, dándolo todo. Incluso con los pocos datos que teníamos entonces, sabías que estaba haciendo algo especial. Daba el máximo dentro y fuera del coche».
Mika Häkkinen, a cara de perro con Michael Schumacher
Le pasó más o menos lo mismo cuando su enemigo fue el alemán Michael Schumacher: «Cuando empecé a pelear con Michael me di cuenta de lo increíblemente preciso que era. Cada vuelta, cada punto de frenada, cada cambio de marcha… siempre igual. Nunca se rendía, ni una curva, ni una vuelta. La gente siempre habla de su agresividad, pero eso no era lo que lo hacía especial. Lo que lo hacía tan fuerte era su constancia. Su mente podía mantener el mismo ritmo durante dos horas a 300 kilómetros por hora. Eso era aterrador».
Sin embargo, su rivalidad estuvo marcada por el respeto, había momentos duros, pero nunca trascendían el asfalto: «Nos respetábamos mucho. Claro que chocamos ruedas, tuvimos momentos duros, pero había una línea que nunca cruzábamos. Cuando lo adelanté en Spa 2000, por fuera de Ricardo Zonta, eso fue pura confianza. Sabía que él me había visto y sabía que yo venía. Cualquier otro habría cerrado la curva, pero él no lo hizo. Después de la carrera se me acercó y me dijo: ‘Ha estado bien la pelea’. Solo eso. Y yo le respondí: ‘Sí, ha estado bien’. Ese era Michael».
La Fórmula 1 ya no es lo que era
Todos estos enfrentamientos y rivalidades, que le daban sabor a la competición, Häkkinen considera que ya no son tan posibles en la actual Fórmula 1, donde está todo calculado al milímetro. Ha cambiado tanto que a veces cuesta reconocerlo: «Respeto mucho a los pilotos de hoy. Son rápidos, son fuertes mentalmente, están muy bien preparados. Pero la Fórmula 1 actual es demasiado controlada. Todo está medido, cada movimiento, cada orden, cada estrategia. Hay demasiada información viniendo del muro, demasiada telemetría diciéndote qué hacer. Antes tenías que sentirlo tú. Tenías que decidirlo tú».

Para Häkkinen, la diferencia está en la libertad y la intuición, dos virtudes que, según él, se han ido perdiendo en la era del big data y la radio constante. «En mi época, cuando entrabas en una curva, el coche te hablaba. Si algo iba mal, lo sabías por el sonido del motor o por cómo vibraba el volante. Hoy lo sabe antes el ingeniero que el piloto. No digo que esté mal, pero no es lo mismo. Se ha perdido ese instinto, esa conexión humana con la máquina».
Aun así, reconoce el talento indiscutible de los grandes nombres del presente: «Max Verstappen es impresionante. Tiene una confianza total en sí mismo, una agresividad controlada. Y Lewis Hamilton es extraordinario. Su constancia, su capacidad de mantener la calma incluso en situaciones límite, me recuerdan a los mejores años de Schumacher. Pero también digo una cosa: con la tecnología actual, todo es más fácil. Tienes simuladores, datos en tiempo real, apoyo mental, preparación personalizada. Nosotros no teníamos nada de eso. Solo el volante, el casco y el valor».
Su máxima es para llevarla a la primera página de todos los periódicos: «Antes el riesgo formaba parte del talento. Hoy el talento consiste en evitar el riesgo. Y eso cambia todo».
La época romántica
Häkkinen creció rodeado de silencio, nieve y motores. En su Finlandia natal, el ruido de un kart sobre el hielo era algo mágico: «Empecé a correr con seis años. Mi padre era taxista y no teníamos mucho dinero, pero hacía cualquier cosa para que pudiera competir. Construyó mi primer kart con sus propias manos. No era rápido, pero era mío».
Ese origen modesto forjó su carácter. Häkkinen no habla de épica ni de destino, sino de rutina y trabajo: «En casa nadie hablaba de ser campeón del mundo. En Finlandia no soñamos así. Simplemente haces tu trabajo, aprendes, y si eres bueno, lo siguiente llega solo. Esa es la mentalidad nórdica: no presumir, no hablar demasiado, solo hacerlo».
Pronto empezó a ganar pequeñas carreras locales. Un empresario de su ciudad natal, Espoo, decidió ayudarle con los gastos del karting, el paso más importante estaba dado: «Fue mi primer patrocinador. No le importaba si ganaba o no, solo decía: ‘Trabaja duro y sé puntual’. Esa fue mi primera lección profesional».

El joven finlandés comenzó a viajar por Europa con su kart en una furgoneta, durmiendo en campings: «En el karting entendí que la velocidad no viene de apretar el acelerador, sino de hacerlo todo exactamente igual cada vuelta. No hay suerte, solo repetición. Cada error cuesta tiempo y dinero. Por eso, desde entonces, siempre busqué la perfección».
A finales de los ochenta dio el salto a la Fórmula Ford. Era el paso natural: «No pensaba en la Fórmula 1. Solo pensaba en sobrevivir. Si conseguías terminar una carrera sin romper nada y sin enfadar a tu mecánico, eso ya era un triunfo».
Tras esos años de aprendizaje, Häkkinen llegó a la Fórmula 1 por la puerta pequeña. En 1991 fichó por Lotus, un equipo histórico que vivía sus horas más bajas: «Llegué lleno de ilusión, pero pronto entendí que aquello no era el Lotus de los sesenta. Había talento, pero faltaban medios. No teníamos recursos, ni piezas nuevas, ni tiempo suficiente para desarrollar el coche. A veces terminábamos una sesión solo con cinta adhesiva y esperanza».
Pero de la necesidad hizo virtud, tantas limitaciones fueron una verdadera escuela: «Aprendí a sobrevivir con poco. Si querías correr, tenías que cuidar cada tornillo y cada neumático. No podías permitirte un error. Cuando no tienes un coche competitivo, aprendes a observar, a escuchar, a sacar rendimiento de donde no lo hay».
Häkkinen recuerda esos años con romanticismo: «Fue mi universidad. Aprendí a hablar con los ingenieros, a entender el coche, a explicar lo que sentía sin dramatismo. Si algo iba mal, lo analizábamos. Si se rompía, se arreglaba. Era así. Nada de excusas. Esa mentalidad me acompañó toda la vida».
Lotus le enseñó la otra cara del automovilismo, la que no sale en las fotos: «El paddock puede parecer glamour, pero en los equipos pequeños hay noches enteras sin dormir, mecánicos comiendo de pie, manos llenas de grasa. Eso te da perspectiva. Por eso, cuando más tarde gané carreras con McLaren, supe valorar el trabajo invisible que hay detrás de cada victoria».
Convertirse en un verdadero piloto
Con los años, Häkkinen aprendió que la velocidad, por sí sola, no sirve de nada. En la Fórmula 1, todo está en algo tan paradójico como saber conservar la calma: «La gente cree que todo es pisar el acelerador, pero no es así. La velocidad es solo una parte. Lo que marca la diferencia es la disciplina, el equilibrio y la mente. Puedes tener el coche más rápido del mundo, pero si tu cabeza no está en calma, no vas a ningún lado».
Esa calma, asegura, fue lo más difícil de conseguir: «No basta con ser valiente. En la Fórmula 1, la valentía sin control es un problema. Hay que estar mentalmente sereno incluso cuando vas a trescientos por hora. Si tienes miedo, frenas. Si te pasas de confianza, cometes un error. El secreto está en ese punto intermedio: no pensar en el peligro, pero saber que está ahí».

De ahí nació su obsesión por la precisión, un rasgo que lo acompañó durante toda su carrera: «Me gustaba hacer cada curva exactamente igual, vuelta tras vuelta. Si en una carrera había setenta vueltas, quería que las setenta fueran idénticas. Esa era mi manera de medir la perfección. Cuando algo variaba, aunque fuera un milímetro, lo sentía en las manos. No podía dormir si no entendía por qué».
La regularidad pasó a ser su religión profesional: «La consistencia es lo que gana campeonatos. No se trata de ser el más rápido en una vuelta, sino de ser el más rápido durante dos horas sin cometer errores. Eso no lo hace la máquina, lo hace la mente».
El accidente de Adelaida
La parte más emotiva de la conversación ha sido la de ese episodio en el que casi da su vida por la Fórmula 1. El 10 de noviembre de 1995, cambió la vida de Häkkinen para siempre. En la clasificación del Gran Premio de Australia, en el circuito urbano de Adelaida, su McLaren se estrelló a más de doscientos kilómetros por hora contra el muro. «No recuerdo el impacto. Solo recuerdo que, de repente, todo se volvió negro. Es como si alguien hubiera apagado el mundo».
Sufrió una fractura de cráneo y estuvo a punto de morir. Los médicos tuvieron que practicarle una traqueotomía de urgencia en plena pista para poder mantenerlo con vida: «Cuando desperté, tenía tubos por todas partes. No podía hablar. Vi a mi mujer llorar y a Ron Dennis en la habitación, serio, sin decir nada. Entendí que había pasado algo muy grave».
Pasó semanas en el hospital y meses en rehabilitación. «No sabía si volvería a correr. Al principio me costaba incluso andar. Pero cada día me levantaba y pensaba: estoy vivo. Eso ya era una victoria. Aprendí a agradecer cosas que antes ni veía: el aire, la comida, una conversación».

Pero incluso de un accidente como ese aprendió algo: «Después de aquello, cada día era un regalo. Empecé a ver la vida de otra manera. No me importaban los títulos, ni el dinero, ni los titulares. Solo quería volver al coche y sentir otra vez la velocidad, aunque fuera por última vez».
Y ahora es un nuevo hombre: «No tengo miedo de nada desde entonces. Cuando sabes que has estado a un paso de perderlo todo, el miedo se vuelve pequeño. A partir de ahí, lo único que queda es conducir».


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