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¿Podrá México consolidar su éxito en la Copa Oro de la CONCACAF?

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Juegos Olímpicos de Ámsterdam, 1928: El equipo de fútbol de México

El Tri ha vuelto a imponerse a la selección estadounidense por la mínima. La final de la copa de oro de la CONCAF arrojó un resultado de 2 a 1 lo que le permite a México llegar a la recta final del ciclo 2026 con tranquilidad. En Houston, han obtenido su décimo título lo que le permite entrar en el terreno de las leyendas. No ha sido un triunfo épico, sino uno de esos que se construyen con carácter, con oficio, con la obstinación de quien se niega a ceder su lugar en la historia. Edson Álvarez marcó el gol definitivo con un cabezazo sobrio, casi seco, después de que el VAR anulara un tanto por fuera de juego. En ese gesto se resumía la esencia de este México: un equipo que no se resigna, que ha recuperado la convicción. Era su segunda Copa Oro consecutiva, pero sobre todo la confirmación de que había encontrado una forma de estar en el campo, de jugar y de creer.

El regreso de Javier Aguirre en julio de 2024, con Rafael Márquez a su lado, tuvo algo de restauración y de ajuste de cuentas. Heredó un grupo abatido por una Copa América sin alma, eliminado en la fase de grupos tras un desolador 0-0 con Ecuador. En pocos meses, Aguirre limpió las costuras sueltas, devolvió jerarquías, ordenó el ruido. Su método no tiene nada de revolucionario, pero funciona: sentido común, rigor táctico, la palabra justa en el momento justo. México volvió a parecer un equipo. No uno brillante, pero sí reconocible. Uno que sabe qué hacer cuando el partido se tuerce, que no pierde la compostura, que se aferra a su idea con una calma antigua, casi artesanal. En Houston no solo ganó una final: recuperó una manera de ser.

La Copa Oro dejó tres certezas. Que Edson Álvarez es mucho más que un capitán: jugó cada minuto y fue elegido mejor jugador del torneo, sosteniendo al equipo como una columna vertebral con nervio y templanza. Que el ataque ha recuperado su variedad: Raúl Jiménez volvió a marcar en la final y las jugadas por las bandas, así como las acciones a balón parado, dejaron de ser un problema para convertirse en un recurso. Y que la madurez llegó al fin: México supo controlar los partidos incluso cuando empezó perdiendo ante Estados Unidos, algo impensable hace apenas un año.

El triunfo no fue un hecho aislado. En marzo, México también ganó la Liga de Naciones de la CONCACAF al derrotar a Panamá por 2-1 en el estadio SoFi, con dos goles del propio Jiménez. Con ambos títulos en su haber, el equipo parece haber recuperado algo más que el hábito de ganar: ha encontrado su tono competitivo.

Aguirre ha impuesto un estilo pragmático, pero no timorato. México presiona por ráfagas, activa a sus laterales cuando el rival está herido y se apoya en Álvarez para sostener el equilibrio. En la posesión, el equipo ha ganado velocidad en las primeras jugadas y fluidez en las segundas fases, un cambio significativo respecto a la versión que se enredaba en 2024. Es un fútbol más funcional que brillante, pero también más consciente de sus límites y de sus fortalezas.

Los nombres propios son los de siempre, aunque con matices nuevos. Edson Álvarez se ha convertido en el ancla emocional y técnica del grupo, decisivo tanto en el orden como en el balón parado. Santiago Giménez, desde el AC Milan, añade profundidad y variedad al ataque con movimientos más refinados en el área. Y Raúl Jiménez, veterano pero lúcido, sigue siendo un delantero de confianza, autor de goles que pesan en los momentos justos.

Sin embargo, la gran pregunta sigue siendo la misma: qué hay más allá de la CONCACAF. Dominar la región es una obligación, pero no una garantía. La eliminación en la Copa América fue una advertencia: los márgenes mínimos, los errores a balón parado, las desatenciones tácticas pueden arruinar cualquier plan ante rivales sudamericanos. Para aspirar a algo más en el Mundial, México deberá convertir su dominio territorial en ocasiones de calidad frente a defensas compactas, y mantener la serenidad cuando el caos se apodere del partido.

El calendario que precede al Mundial servirá para ajustar las piezas: Álvarez acompañado por distintos socios en el centro del campo, Giménez y Jiménez alternando en la delantera, laterales que equilibren proyección y seguridad. Aguirre ha prometido meritocracia y competencia, y eso podría ser el combustible necesario para mantener la tensión.

El ambiente en torno al equipo es de optimismo. Las apuestas deportivas en México, sensibles a las corrientes de ánimo, también lo reflejan: el mercado sugiere que el Tri tiene posibilidades reales de seguir sumando títulos. No tanto por una cuestión de fe, sino porque la estructura compacta del equipo y su aprovechamiento del balón parado parecen más efectivos que en ciclos anteriores.

México inicia el 2026 con una sensación poco habitual: la de un equipo que ha dejado de mirarse al espejo y ha empezado a mirar hacia afuera. Ya no se trata solo de ganar la Copa Oro, sino de entender que el éxito regional no basta. Lo que sigue es la verdadera prueba: demostrar que esa solidez, esa identidad recién encontrada, pueden sostenerse también fuera de la CONCACAF.

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