Artes Marciales

No hay deporte sin épica, ni violencia sin reglas

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28 de junio, 2025; Las Vegas, Nevada, USA; Ilia Topuria combate con Charles Oliveira. Mandatory Credit: Stephen R. Sylvanie-Imagn Images

La UFC, que nació como un experimento a medio camino entre la brutalidad televisada y la nostalgia por los combates de gladiadores, ha recorrido un camino extraño, casi inverosímil, desde su génesis marginal hasta el escaparate estelar del UFC 318. Lo que empezó como una trifulca sin normas promovida por una familia brasileña deseosa de imponer su estilo ha devenido en un negocio que opera con la regularidad de la NFL, la expansión de la NBA y la retórica hueca del boxeo moderno. En esa paradoja se sostiene su atractivo.

Era noviembre de 1993 y en Denver se organizaba una velada sin precedentes, sin categorías de peso, sin guantes homologados, sin árbitros con autoridad real. Royce Gracie, miembro enjuto de la dinastía del jiu-jitsu brasileño, ganó con elegancia y precisión quirúrgica, sin necesidad de lanzar un solo puñetazo con intención de espectáculo. Era la versión marcial del ajedrez, una metáfora de la técnica sobre la fuerza. Pero el público, todavía anclado en la lógica del KO espectacular y en las apuestas propias del boxeo clásico, no sabía muy bien qué estaba viendo.

Durante años, la UFC fue una anomalía legal. Sus peleas se disputaban en los márgenes del sistema deportivo estadounidense, desplazadas a estados sin legislación o con autoridades locales comprensivas. El senador John McCain, azote de la promoción, la describió como «una pelea de gallos humana», y su presión política llevó al ostracismo mediático a los primeros eventos. La UFC era una mercancía clandestina, comparable al boxeo sin licencia del East End londinense.

El cambio llegó con Zuffa. Cuando los hermanos Fertitta y Dana White compraron la compañía en 2001, entendieron algo esencial: sin reglas no hay narrativa, y sin narrativa no hay audiencia. Incorporaron jueces, límites de tiempo, categorías de peso y sanciones. Convirtieron la violencia en producto, y el producto en mercancía pop. El detonante definitivo fue The Ultimate Fighter, reality de sobremesa en el que los aspirantes vivían, entrenaban y se peleaban en la misma casa. La final entre Forrest Griffin y Stephan Bonnar en 2005 es uno de esos momentos bisagra de la historia reciente del deporte: una pelea torpe, desordenada, brutal, pero humanamente inolvidable. A partir de ahí, la UFC ya no necesitaba justificar su existencia. Solo debía encontrar nuevos héroes.

Y los encontró. Georges St-Pierre, con su aura de samurái; Anderson Silva, bailando en la jaula como si escuchara samba en los auriculares; Ronda Rousey, capaz de liquidar peleas en quince segundos y reabrir el debate sobre la igualdad en el deporte profesional. Luego llegaron los excesos, las hipérboles y los McGregor. El irlandés, mitad azote y mitad mercadotecnia, supo elevar la UFC a una dimensión cultural diferente. En él convivían el pugilista de pub y el genio del marketing, el provocador nato y el estratega impecable. Cuando cruzó al boxeo para pelear con Mayweather, selló la entrada definitiva de la UFC en el salón de las industrias del entretenimiento global.

Desde entonces, la UFC ha intentado parecerse a sí misma, con todos los riesgos que eso implica. Ha crecido sin cesar, se ha expandido más allá de las fronteras de su país de origen y ha colonizado mercados dispares con la eficacia de una multinacional: China, México, Abu Dabi, lugares donde la mezcla de tradición combativa, espectáculo global y política estatal han encajado con asombrosa fluidez. Ha pactado con emisoras, con plataformas de streaming, con casas de apuestas que mueven millones cada noche de combate, con promotores de moral voluble que ven en cada luchador una marca y en cada KO una moneda de cambio. Se ha convertido, sin declararlo abiertamente, en una herramienta diplomática, en un producto de exportación cultural, en una excusa para llenar pabellones con jefes de Estado en primera fila.

El UFC 318, celebrado en marzo de 2025, fue algo más que una velada bien producida. Supuso la coronación de Ilia Topuria, un joven nacido en Alemania, de sangre georgiana y criado en España, que derrotó a Alexander Volkanovski con un KO implacable. La imagen de Topuria, con la bandera española en los hombros y la serenidad de quien sabe que empieza una era, sirve como símbolo del nuevo mapa de las MMA. Ya no es un deporte de estadounidenses y brasileños, sino una disciplina verdaderamente global. Esa noche también brilló Islam Makhachev, heredero ortodoxo de Khabib, con su estilo rocoso, su dominio abrumador y su incapacidad para generar titulares fuera del octágono.

La historia de la UFC es también la historia de un malentendido. No es un deporte de violencia, sino de control sobre la violencia. Sus mejores luchadores no son bestias, sino técnicos, pensadores, artistas del agarre, de la distancia, del ritmo. Su evolución de espectáculo marginal a industria millonaria no se explica sin ese equilibrio entre lo primario y lo sofisticado. La UFC, como cualquier fenómeno que desata pasiones, ha tenido que reconciliar sus orígenes bárbaros con su presente regulado. En ese trayecto ha creado leyendas, ha destruido carreras y ha consolidado una forma contemporánea de épica. Como el fútbol en los 70 o el boxeo de los 40, la UFC es, por encima de todo, una narrativa inagotable.

Un comentario

  1. Pingback: La evolución de la UFC: De un experimento marginal a un fenómeno global - Hemeroteca KillBait

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