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Sebastián Losada: «Maradona en el Sevilla nos ponía tantas bolas donde quería que nos hacía quedar mal»

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En el salón de la fama del Espanyol siempre estará Sebastián Losada (Madrid, 1967) y el  penalti en Leverkusen. Tenía 20 años y una carrera fulgurante que después terminaría pronto y por voluntad propia. Pero al fondo quedó un amplio currículum que le permitió hacer sombra a Hugo Sánchez en el Madrid,  despertar la ilusión en el Atlético, conocer a Maradona en el Sevilla y ser internacional en el Celta.

Hoy, Sebastián Losada es un hombre de 57 años, un abogado que pone a prueba sus recuerdos. Hubo, como dice él, luces y sombras.  La sensación de hacer lo que quiso y cuando quiso. La facultad de decidir el final contra pronóstico. «Fui honesto conmigo mismo», resume hoy como si el tiempo no hubiese pasado. Pero han pasado más de 30 años desde su último gol en Primera.

En el Madrid saliste a un gol cada veinte minutos.

La estadística siempre me acompañó en el Madrid. Pero tenía a Hugo Sánchez por delante que complicaba jugar. Recuerdo que en aquella época estaba Toshack como entrenador y me lo dijo más claro que nadie: «Sebastián, Hugo Sánchez, 38 goles. ¿Cómo le puedo quitar a él para ponerle a usted?»

¿Y tú qué le dijiste?

Nada, no le podía decir nada porque llevaba razón. Pero entendí que había un freno para mí. Hasta entonces mi carrera iba disparada. Pero mientras estuviese Hugo Sánchez en el Madrid nunca iba a jugar de forma continua. Y, en realidad, no era ningún fracaso porque el que me estaba cerrando el paso era nada menos que Hugo, que era uno de los mejores del mundo.

¿Cómo era Hugo Sánchez?

Un pedazo jugador. Una persona que, a los ojos de los demás, parecía egocéntrica. Pero luego en la distancia corta te dabas cuenta de que no y que era uno más. De hecho, yo tenía buen trato con él, estábamos juntos en el vestuario.

¿Compartiste habitación con él?

No, no, en aquellos tiempos del Madrid me tocó con Butragueño.

Butragueño fue otro de los que te cerró el paso.

No, porque Emilio era diferente. Hugo y yo vivíamos en el área. Pero Emilio se manejaba en los picos del área. Él era capaz de encarar y llegar hasta la línea de fondo. Nosotros no. Hugo y yo no salíamos del área. Allí nos sentíamos intocables. Sólo necesitábamos aliviarnos para finalizar y teníamos esa habilidad de desmarcarnos. Siempre estábamos en el sitio justo. Pero no estábamos hechos para sobrepasar a un rival. Hugo y yo no teníamos ni que regatear. Sabíamos donde estaba la portería. Y lo único que necesitábamos era encontrar el momento.

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¿Quién te lo enseñó?

Fue curioso. Yo hice la prueba en el Madrid de 8, de centrocampista, y todo fue muy rápido.  Al día siguiente, me dijeron que estaba preseleccionado para jugar un Campeonato europeo en Italia. Y Paco Jiménez, que era uno de los entrenadores, me dijo: «niño, ¿tú has jugado alguna vez de delantero centro?» Y le dije que bueno que sí, que yo había metido goles en el colegio y, a partir de ese día, me hacen delantero centro.

¿De qué colegio venías?

Del San Estanislao de Kotska en Ciudad del Campo. Allí empezó mi carrera por un profesor de gimnasia, que llamó a mis padres y les dijo que, si me dedicaba a un deporte concreto, podría destacar. Mi padre, que era piloto de Iberia, me preguntó un día en el que vino a buscarme al colegio qué deporte me gustaría practicar y yo le dije: «Fútbol, papá».

Y luego fue todo tan rápido que casi no me dio tiempo a pensar. Tuve que dejar de jugar al fútbol en la calle con mis amigos y cuando quise darme cuenta estaba jugando de infantil un campeonato de Europa con el Madrid. Y a medida que subí categorías el fútbol se convirtió en algo más importante que los estudios. Y ya no volví a jugar  en la calle. Y eso sí me dolió porque en la calle es donde más se aprende.

¿En la calle hubieses fallado el penalti de Leverkusen?

No lo sé. A lo mejor hubiese fallado ¿por qué no? En la calle también había presión cuando jugaba con los amigos. Yo siempre he dicho que los penaltis sólo los fallan los que los tiran. Y uno de los futbolistas del Espanyol que lo tiró aquella noche, en esa Copa de la UEFA en Leverkusen, fui yo.

¿Qué pasó en Leverkusen?

Primero, yo era el más joven de todos. Tenía 20 años. Me sorprende que Javi Clemente me llame y me diga, «niño, tú vas a tirar el último». No le digo nada, porque yo he tirado penaltis y lo acepto. Después, me dice, «tú dale una hostia y la revientas» y ahí ya tengo que cambiar, porque yo siempre he tirado los penaltis a colocar. Era partidario de que lo parase el portero antes de facilitarle el trabajo.

Y te acercas al punto de penalti.

Me tocó el quinto. Yo tenía que marcarlos y ellos luego fallarlo o que lo parase N’Kono. Cuando cogí el balón, Pichi Alonso me insistió en que tirase a romper porque él había tenido la experiencia de la tanda del Barça en la final de la Copa de Europa frente al Steaua en el Sánchez Pizjuán y no quería que me pasase lo mismo.

Así que, aunque yo no estaba acostumbrado a pegar pelotazos, me dirigí a pegarla con toda mi alma. Pero justo en la carrera me viene la pregunta, «sí, pero ¿adónde?», y esa duda hizo que le pegase con la parte exterior del pie. Y saqué el balón del campo por encima de la grada supletoria que habían puesto para ese partido.

Todo fallo tiene una explicación.

No lo sé. Son cosas que ocurren en la vida. Tampoco me he martirizado por fallar el penalti. Lo sentí más por la afición que personalmente, porque, además, sólo hubiésemos alargado la agonía. Y yo, desde que entré en el fútbol, acepté que cuando tiras un penalti lo puedes fallar.

Lauridsen aquel día no jugó.

Lauridsen jugaba casi todos los partidos. Pero íbamos 0-0 en el descanso. Hasta ese momento el planteamiento de Clemente era adecuado. Además, nosotros éramos un equipo al que costaba mucho hacerle goles. Pero nos marcaron muy seguidos los dos en la segunda parte y eso nos hizo jugar muy presionados. Y, con todo lo que admiro a John, aunque hubiese salido, creo que no hubiese cambiado nada. Valverde tampoco jugó. Era un planteamiento para aguantar un 3-0. Estábamos Pichi Alonso y yo en punta. La primera parte la toleramos bien. Si el segundo gol hubiese tardado veinte minutos en llegar, creo que sí hubiésemos aguantado.

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Pero no fue posible.

Cuando volví al Madrid, Camacho me preguntaba cómo fue, qué nos había pasado. Teníamos el partido controlado y en dos jugadas nos metieron dos goles. Tardamos en centrarnos y cuando faltaban cinco minutos para el final nos marcaron el gol que igualaba la eliminatoria. La prórroga la jugamos mejor. Pero no pudimos. Fue parecido a lo que nos pasó el año siguiente en el Madrid  cuando jugamos frente al Milán en San Siro y nos metieron cinco. Estábamos jugando estupendamente. De repente, Ancelotti pegó un tiro y marcó y cambió todo. Luego, nos metieron tres seguidos y acabó 5-0. Hay veces que no te lo explicas.

Cuando aparece el Milan significa la decadencia de la quinta del Buitre.

No lo tengo tan claro. Aquí ganamos 1-0. Son etapas en el fútbol. Es verdad que el Milán tenía a Gullit, Van Basten y Rijkaard, y era un equipo fantástico. El año anterior le habíamos eliminado con el Espanyol en Copa de la UEFA siendo el mismo equipo. Por eso la diferencia muchas veces está en aprovechar las oportunidades. Nosotros no y ellos sí. Nadie podía imaginar 5-0. Recuerdo que yo estaba en el banquillo. Cuando vas 1-0 esperas salir. Con 2-0 todavía. Pero cuando ya van cinco sabes que ese no es el día.

El entrenador era Leo Beenhakker.

Era un entrenador que planteó una forma de entrenar de la escuela holandesa muy avanzada al que yo estoy muy agradecido. Date cuenta que cuando el viene yo estaba en el Castilla. Y un día entre semana, a tres o cuatro días de recibir al Barcelona, me subió a jugar un partido contra el primer equipo en la Ciudad Deportiva. Marqué dos o tres goles y recuerdo que se refirió a mí:  «estamos buscando un delantero por toda Europa, a ver si lo vamos a tener en casa».

Luego, me dijo que iba a hacer la pretemporada con el primer equipo. Y entre medias apareció el Espanyol y me fui cedido. Y cuando volví al Madrid jugué en pretemporada, metí varios goles, pero es lo que decíamos al principio. Con Butragueño y Hugo Sánchez arriba era muy difícil entrar. Yo lo sabía. Era obvio.

Viviste un año imborrable en el Espanyol.

Lo pasé muy bien. Me fui a vivir solo cerca de Sarriá. El club tenía unos apartamentos para los jugadores y yo cogí uno. Fue mi primera experiencia fuera de casa. Y el entrenador que tuve, Javier Clemente, eso es como si me hubiese entrenado mi padre. Nunca seré neutral con Javi. Se portó de maravilla conmigo y construyó un equipo muy solido. Era muy difícil que nos hiciesen gol. El Espanyol quiso ficharme pero tuve que volver al Madrid.

Después, Clemente te hizo internacional.

Tardó en llegar, sí, pero lo logré. Yo había sido internacional en todas las categorías inferiores. Había llegado a ser capitán. En aquellos años se decía que Miguel Muñoz estaba en la idea de llevarme a la absoluta, pero no se dio. Como era muy joven, tampoco pasaba nada. Ya tendría tiempo. Pero hasta los 27 años, cuando ya estaba en el Celta y Clemente me llevó a la selección, no lo logré. Y ese día, en el que fui internacional, entendí que había llegado el momento de retirarme.

¿Ahora hubieses tomado la misma decisión?

Totalmente. No me arrepiento. La decisión estaba pensada. Por tanto, fue bien tomada, y me quedaba un año de contrato con el Celta. Pero fue una decisión muy personal…

Mira, yo tuve una carrera muy rápida. Después del Madrid fiché por el Atlético, donde no me fue bien. Allí es la primera vez que me cuestiono si seguir en el fútbol y Javi Clemente es uno de los que me convence de que no puedo permitir que un problema me retire y decido seguir luchando.  Eso sí, a partir de ese día, tengo claro que seré yo quien elija el momento.

¿No te gustaba el fútbol lo suficiente?

Es algo que he escuchado. Pero no es verdad. A mí el fútbol siempre me ha gustado. Pero cada uno sabe como está. Llegué muy pronto. A los 17 años ya debuté con el Madrid. Con 21 notaba que podía marcar diferencia, pero con 27 veía que ya no. No tenía la misma fuerza. No me veía para llegar a determinados balones. No me sentía diferencial y ya no era lo mismo. No quería seguir así.

¿Y has vuelto a ser tan feliz como de futbolista?

Sí, sí, claro… La vida son etapas que hay que aceptar. Yo dejé de ser futbolista el mismo día en el que me retiré. Lo disfruté con sus luces y sus sombras. También tengo claro que pude aguantar tres o cuatro años más. Pero no era el camino que yo quería y no lo necesitaba.

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Había mucho dinero en juego.

Pero el dinero lo único que te da es tranquilidad en la vida. Nunca he jugado al fútbol por dinero. He tenido esa suerte. Jugaba porque me gustaba y lo supe adaptar a mi vida. Yo no tengo una personalidad extrovertida. Hice la carrera de Derecho mientras jugaba al fútbol. Me gustaba hacer lo que veía normal. La única excepción en mi vida era el fútbol. Y si lo practicaba era porque me gustaba. No es tan complicado de entender.

Y a los 27 años yo ya no me notaba como antes. Tuve una carrera fulgurante hasta llegar al primer equipo del Madrid. A partir de ese momento fui perdiendo y hubo momentos clave. Cuando se lesionó Hugo Sánchez a la semana me lesiono yo. Recuerdo que Míchel siempre me decía que tarde o temprano las lesiones te van a llegar. A mí me llegaron con 24. Tuve esa suerte. A otros compañeros le llegaron con 17. Fue un momento crucial, pero nunca eliges el momento en el que te lesionas.

Y te vas al Atlético de Madrid.

Volví a recaer en la rodilla. Me operan y eso lo complicó todo. El Atlético esperaba en mí un goleador y estaban Manolo, Futre y Gabi Moya que en los primeros nueve partidos de esa Liga marca ocho goles, lo que complica mi entrada.

Y en mi debut voy y marco en el primer balón que toqué. Todo el mundo lo celebra menos yo, que me digo a mí mismo: «Sebastián, la has cagado». Salgo de una lesión y marco un gol a los 17 segundos. Yo notaba que me faltaba coger ritmo. Voy y de entrada marco una expectativa demasiado grande en un equipo que tenía preparada una gran exigencia para mí: querían que fuese el goleador.

Y Gil acaba perdiendo los papeles contigo.

No los perdió porque nunca tuve una discusión con él. Pero en aquel momento quería fichar al mexicano Luis García y yo era un futbolista caro y las formas de Gil eran las que eran. Me planeó unas condiciones que no me convencieron. Tuvimos que ir a la Justicia y, a partir de ahí, ya eres un futbolista que tiene un conflicto y todo cambia. Te quedas con ese estigma.

¿Y cómo lo gestionas?

Me costó mucho salir del Atlético. Había clubes que me ofrecían muy buenos contratos y misteriosamente desaparecían. No fue fácil de llevar. De hecho, hasta que llegó el mes de septiembre yo no tenía equipo. Pero entonces, Rosendo Cabezas llama a mi padre. Voy a Sevilla, paso una noche, no sabía si sí o si no, pero la realidad es que a la mañana siguiente firmo.

Y coincides con Maradona.

Un día estoy en casa viendo el telediario y me entero de que viene Diego. Eso sí que no se puede describir. Y cuando le conoces en persona… Diego me sorprendió desde el primer momento que marcó cómo iba a ser. Recuerdo que para presentarse entró al vestuario con Luis Cuervas y Del Nido y los apartó, se puso a hablar él y conocía los nombres de todos los jugadores. Nos conocía a todos. Fue impresionante.

Puedo decir que le conocí en uno de sus mejores momentos como persona. Se jugaba el Mundial de EEUU y puso toda la voluntad del mundo. Fue un tipo encantador en todos los sentidos, humilde, cercano, tenía un talento tan descomunal que hacia sentir pequeño a cualquiera. Y, sin embargo, no tenía esa prepotencia. Yo siempre digo que era como si vieses pintar a Picasso La paloma de la paz. Aquel año fue estupendo.

Pero duró poco.

Luego, el personaje parece que se comió a la persona. Lo que pasó en el Mundial, etc. Pero yo tuve la suerte de conocerlo en un momento dulce. Tenía la ilusión por jugar. Tenía una actitud positiva. Tenía una computadora para jugar al fútbol que favorecía tus virtudes y se quedaba con todo. Hasta con los nombres de los colegiados que nos arbitraban.

Me acuerdo que nos decía, «vos corre y no te preocupes» que él se encargaba de ponerte el balón, pero es que te ponía tantos que te hacia quedar mal. No todos podíamos estar a su altura porque Diego era otro nivel. Mira que jugué con muy buenos futbolistas. Pero Diego estaba por encima. Era otra cosa por encima de todos. Totalmente distinto.

¿Fuiste a alguna de sus fiestas?

Aquel año en Sevilla me porté como un monje. Venía de un lío en el Atlético en el que me habían puesto a parir. Por eso en Sevilla me porté como un monaguillo. Sólo iba de casa a entrenar y de entrenar a casa. No salía ni a cenar. Me había casado en julio de ese año y me centré exclusivamente en el fútbol.

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Bilardo fue el entrenador.

He tenido entrenadores estupendos. De todos hablo bien. Pero Bilardo y yo no congeniamos, no nos entendimos….

¿Pero el jefe no era Maradona?

No, no, Diego actuaba como compañero, era un jugador que tenía otros privilegios pero era lo lógico, porque él no era comparable a nadie. Pero nunca le vi ejercer como mando.

En ese Sevilla coincidiste con Simeone.

Había una mentalidad muy argentina, sí. El equipo ya estaba hecho cuando yo llegué y no fue fácil. Entrenaba, sí. Iba convocado, sí. Pero luego no me vestía. Había un equipo titular, había unos cambios, y yo apenas entraba. Y eso fue lo que no entendí.

He tenido muy buenos entrenadores. He tenido a Luis, a  Clemente, a Toshack, a Beenhakker, a Carlos Aimar, Antic…. Hacían lo necesario para que el equipo funcionase. Clemente ya te he dicho que era como si fuese mi padre. Beenhakker y Toshack eran claros. Chechu Rojo cuando el equipo necesitaba aguantar te quitaba y te explicaba que lo había hecho porque prescindir de un delantero…Pero en el Sevilla no me pasó eso.

En el Celta te resarciste.

Al principio me costó ir. Y mira que es una ciudad muy cómoda. Recuerdo que vino a buscarme un vicepresidente cuando aterricé, que me dijo textualmente: «a Vigo se viene con lágrimas en los ojos pero con lágrimas te irás». Llevaba toda la razón. Es una ciudad muy integradora. Cuando me retiré viví cuatro o cinco meses allí. El primer año estuve en una casa que luego la cogió Carlos Aimar. Y el segundo en casa de Otero que había fichado el Valencia y le pagaba el alquiler.

Y llegaste a ser internacional.

La primera etapa con Chechu Rojo recobré el gusto por jugar al fútbol. Era un entrenador que disfrutaba mucho hablando de fútbol. Llegamos a la final de la Copa del Rey frente al Zaragoza en el Vicente Calderón. Otra vez llegamos a la tanda de penaltis. Recuerdo que yo tiré uno y mi madre me decía que como se me había ocurrido. Pero es que no tenía ningún miedo. Y luego el siguiente año fue con Carlos Aimar, que era una mentalidad de lucha, y que tenía un preparador físico, Enrique Polola, con un sentido del humor maravilloso, que me llevaba muy bien con él.

A las puertas de tu retirada.

Sí. Al iniciar la pretemporada siguiente, me coge Carlos Aimar y me lleva a su despacho y me dice que ese año no me moleste pero que a lo mejor voy a jugar menos de lo que esperaba porque va a jugar con un punta y un mediapunta. Y en el equipo éramos tres delanteros. GudeljSánchez y yo.  Y entonces le digo que perfecto, que no hay ningún problema porque lo que yo quiero es retirarme y que prefiero hacerlo en el Celta que se ha portado muy bien conmigo.

¿Y qué te dice él?

Que no, por favor, que él no me está diciendo eso. Que no se me ocurra. Pero entonces le contesto que no es él, que soy yo. Él fue claro conmigo y yo fui claro con él. Él mostró su predisposición y yo la entendí perfectamente. Así siempre es mejor. Me acuerdo que la charla fue tras la presentación, tras hacernos la fotografía oficial del equipo.

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Y, si te vas a retirar, ¿para qué te presentas?

Porque me quedaba un año de contrato con el Celta y me debía a su disciplina. Pero yo tenía tomada la decisión desde el mes de abril. Quizá si no llego a tener esa charla con Aimar me hubiese quedado y hubiese intentado hacerlo lo mejor posible. Pero entonces él me expuso su idea de que las oportunidades no van a venir de entrada y yo veo la puerta abierta para materializar mi decisión.

En aquel Celta estaba Gudelj.

Junto a Cañizares, que era un porterazo, Vlado era el gran ídolo de la afición. Un tipo muy simpático. Llegó y en la Segunda División se hinchó a marcar goles. Y desde entonces se convirtió en el ídolo porque, además, es muy afable. Era un delantero que le pegaba muy bien con las dos piernas. Muy duro, sobre todo con la izquierda. Tenía un físico que era una roca y que cuidaba bien. Jugamos, disfrutamos aquellos años. Nos entendíamos bien con él, con todos, con Ratkovic, con Engonga, con Vicente, con Patxi Salinas, con Alejo, que fue al que le tocó fallar el penalti en la final de Copa frente al Zaragoza.

¿Cómo le consolaste?

No es cuestión de consolar. Es cuestión de asumir que todo el mundo tiene la posibilidad de fallar. Hay que aceptar esa responsabilidad. El ejemplo más claro fue el de Djukic en la Liga del Deportivo. Él asumió esa responsabilidad porque nadie la asumió. Fue el único que se acercó al punto de penalti. Fue una acción valiente, aunque luego lo fallase, porque no es tan fácil marcar. Los porteros se las saben todas y algunos aguantan como bellacos.

¿Es tan difícil marcar un penalti?

No es fácil ni difícil. Es el momento. No es igual un entrenamiento que una final de la Copa del Rey. Pregunta a Baggio cuando falló el penalti en el Mundial. EEUU 94. Pero está claro que es una acción en la que tienes más posibilidades de marcar que de fallar. Pero, lo que te decía antes, el portero cuenta. El otro día leía un análisis en el que se decía que el mayor porcentaje de goles se hace por el centro, que es donde está el portero y, sin embargo, casi nadie lo tira por el centro. Los penaltis, más que entrenarlos, son el momento en el que lo tiras. Y si no lo tiras bien… Te arriesgas… Arriesgas mucho. Pero es parte de la profesión.

El Celta no ganó esa Copa del Rey.

Veníamos en el viaje a Madrid con mucha ilusión. Vigo lo vivió a tope. El partido fue muy igualado. Pudo pasar de todo. Al final, nos lo jugamos en la tanda y, lo que decimos, le tocó fallar a Alejo. Pero el siguiente lo debía tirar Higuera para el Zaragoza y si marcaba… Bueno, son momentos. Si no le toca a él posiblemente le hubiese tocado a otro. La historia está hecha de momentos así.

Losada entonces ya no era el Pipiolo de Leverkusen.

Bueno, eso fue una cosa de Clemente tras la pretemporada en el Espanyol en la que yo metí muchos goles. De hecho, me eligieron mejor futbolista del Trofeo Ciudad de Barcelona. Y los periodistas le preguntan a Clemente por mí y contesta que a Losada hay que dejarlo tranquilo, que hay que darle más ostias que lentejas porque todavía es un pipiolo.

Y recuerdo que luego me lo preguntaron a mí: ¿qué te parece que Clemente te haya llamado Pipiolo? Y yo contesté que si lo había dicho Clemente estaba bien porque era así. Esa fue mi respuesta. Él siempre tuvo mucha paciencia conmigo. Te puedo contar una anécdota más.

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Para eso estamos aquí.

Yo tenía fama de ser un buen rematador de cabeza.  Sentía, incluso, que se me daba bien. Pero en el Castilla tuve que ser ingresado dos veces por conmociones cerebrales tras rematar de cabeza y todos los riesgos: choques, codazos… Y recuerdo que Clemente me dijo un día: «veo que saltas bien pero no vas bien de cabeza». Se puso a trabajar ese aspecto conmigo para que recuperase la confianza que había perdido. Aquel año marqué bastantes goles de cabeza. Ése era Clemente.

Decían que te veía como sucesor de Julio Salinas en la selección.

Pero ni me lo planteo. Las cosas que pudieron ser y no han sido… Eso ya no tiene sentido. No va a ningún lado. Estoy contento con lo que hice. Me hubiese gustado hacer más, sí, lo acepto. Siempre hay algo de lo que arrepentirse. Pero, en general, yo soy un tipo práctico. Cuando me retiré dejé el fútbol en un segundo plano sólo para jugar con amigos. Quería hacer cosas diferentes y esas cosas ya estaban fuera del fútbol.

¿Y cómo fue el día después de la retirada?

Hice los temas burocráticos. Pero lo importante era el estado de ánimo, que estaba bien porque, además, nadie trató de convencerme de lo contrario. Mi padre lo sabía. Mi familia no se metía en lo que yo decidía. Cuando se lo comuniqué lo entendieron perfectamente. Fue mi decisión. Me había ganado el derecho a decidir lo que quería hacer. No tenía que ver con la tranquilidad ni con la economía. Para mí, lo mejor era dejarlo. En lo económico nunca tuve problema. Si lo hubiese necesitado para comer, hubiese seguido.

Hay poca gente que trabaja en lo que le gusta.

Pero ya no era la forma en la que yo quería hacerlo. Fui honesto. Tenía que ser honesto. El presidente del Celta me preguntó: «¿no querrás irte para fichar por otro equipo?» y le dije que no, que era mi decisión. Y nunca me tentó el gusanillo de volver. La única vez que tuve una sensación parecida fue cuando volví a jugar en un campo de hierba con amigos.

Entonces me di cuenta de que sí añoraba ese olor a césped que me recordaba mi vida en el fútbol. Pero lo hecho, hecho esta. Así que ni lo pensé más, lo dejé estar. Recordé que estuve a gusto los años que fui futbolista. Disfruté muchas veces. Pasé malos momentos y salí adelante y no me quedó ninguna nostalgia. Eso sí, si volviese a tener 20 años volvería a jugar y si tuviese las rodillas bien, claro. Pero han pasado muchos años. Esto es otra vida.

Tienes tres hijos.

Uno de 28, que está estudiando para piloto, otro de 25, que aún no lo tiene claro, y el pequeño de cinco en primero de infantil.

Y le llevas al colegio.

Y en el colegio se acaban de enterar que su padre había jugado en el Real Madrid y te miran de forma diferente. Pero analizar el fútbol de ahora con el de antes no tiene nada que ver. El fútbol ha cambiado mucho. Tengo compañeros que entrenan y me lo dicen. Antes sólo había primer entrenador, segundo, preparador físico y de porteros. Ahora tienen hasta dietista. No tiene nada que ver.

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¿Y en tu época te cuidabas?

Sí. Siempre he sido consciente de que tenía que cuidarme. Cuando tienes 13 años y juegas un sábado por la mañana y tienes que madrugar para ir a Las Rozas, a Majadahonda o a San Blas ya estás marcando diferencias. Te das cuenta que no haces una vida normal a comparación de otros chicos de tu edad porque tú no puedes salir por la noche. Pero compensa. A mí me compensaba porque me divertía.

Estudiaste Derecho en el CEU.

Necesité un año más. Pero estuvo bien. Allí conocí a mi primera mujer, en clase, que era a la que le pedía los apuntes.

Ya eras jugador del Madrid.

El primer día siempre es diferente. Pero luego se normalizó y terminé siendo un compañero más. A lo mejor me coincidían viajes o partidos con exámenes. Pero entonces hablaba con la coordinadora y los profesores para hacerlos otro día. Fue una buena época. Yo entrenaba por la mañana. Salía a la una de la tarde. De cuatro a ocho estaba en la Facultad. Al principio llevaba a mi novia y después iba a recogerla. Pero después decidí que lo mejor era quedarme yo también a clase.

¿Qué coche te compraste?

Un Vollkswagen Corrado. Había un concesionario enfrente de la antigua Ciudad Deportiva del Madrid y venían a enseñarte coches para que los probases… Y cuando vi el Volkswagen Corrado dije, «este me gusta», y por lo visto era difícil porque había pocos modelos… Pero, al final, me llamaron, un cliente que lo había pedido y no se había quedado con él y aproveché y me lo quedé yo.

Has recordado la antigua Ciudad Deportiva del Madrid.

Era un campo estupendo. Cuando entrenábamos en césped era lo más. Te dabas cuenta de que era un privilegio porque nosotros empezamos en los campos de tierra. Y luego cuando subiste arriba con el primer equipo… Aquello era otra historia. Salias del entreno, no había vallas, se pusieron en los años siguiente. Te esperaban los aficionados. Los periodistas eran tres o cuatro. Luis Miguel González, José Vicente Hernáez, Fernando Garrido, José Miguélez, Angel Cabeza, Alejandro Sopeña… El fotógrafo de toda la vida, Javier Gálvez. Algunos han sido hasta directores de periódico. Muchos ya están jubilados.

Tienes 57 años.

Me casé con 24 y hace tres años con mi segunda mujer, llevo diez años con ella y tenemos un hijo de cinco, es una segunda juventud, lo disfruto. Los dos mayores se fueron a vivir a Marbella, uno con nueve y otro con seis y no tuve la suerte de disfrutar con ellos, iba cada quince días a Marbella, sí. Pero no era lo mismo. Ahora estoy disfrutando.

Eres abogado.

Monté despacho en Madrid en la calle Serrano con María de Molina, sí. Pero en 2007-08 lo cerramos. Desde entonces, sigo teniendo clientes que asesoro y hago otras cosas, otro tipo de negocios. La fortuna es que soy dueño de mi tiempo. Ese es el mayor privilegio que puedes tener. Ahora no me vería trabajando por cuenta ajena o metido en un despacho. Aquella época ya pasó. Estuve mucho tiempo hasta que le pusimos fin. Mi ex mujer y yo trabajábamos juntos. Nos divorciamos y, a partir de ahí, cambió la visión de todo. Decidí seguir otro camino.

Te presentaste a las elecciones a la presidencia de la RFEF.

Fue en 2004. Yo estaba en mi despacho que funcionaba bien. Un día me llama un amigo y me dice que había escuchado al periodista Roberto Gomez hablar muy bien de mí y decir que yo sería un buen candidato para presidir la Federación. Y le llamo para darle las gracias. Y me dice que tenemos que quedar a comer un día  porque tiene que contarme una cosa.

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¿Y quedas con él?

Al final, sí, porque Roberto es muy persuasivo y me dice: «tienes que llamar al Secretario de Estado para el Deporte», que entonces era Jaime Lissavetzky. Y me vuelve a llamar, «¿le has llamado?» y me insiste en que tenemos que quedar otra vez para comer. Y, a partir de ahí, ya sí le llamo y me cuenta como está la situación. Estuve un tiempo dándole vueltas porque se decía que se iba a imputar a Villar y querían un marco diferente, ¿por qué no yo?, pensé.

El caso es que, al final, me presenté y fue una etapa estupenda. Pero cuando quedaban dos meses antes de las elecciones me dijeron que no iba a inhabilitar a Villar y yo ya sabía que iba a renovar el cargo. Decidí seguir adelante para saber como funcionan unas elecciones por si en el futuro me quería presentar. Conseguí los avales, que era muy complicado, pero como estaba Villar… Eso sí, si Villar hubiese estado inhabilitado, yo hubiese recogido sus votos.

Y mejor así ¿no?
Bueno, ha sido el devenir de la vida en la que me ha ido bien y lo agradezco. Ahora soy dueño de mi propio tiempo y eso es lo mejor que te puede suceder. Sé apreciarlo.

3 comentarios

  1. Pingback: Sebastián Losada recuerda su paso por el Sevilla y su relación con Maradona - Hemeroteca KillBait

  2. Rafael Rodriguez Mena

    Sebastian Losada fue un excelente delantero centro tanto en el Real Madrid como en el resto de equipos de primera división en los que jugó. Tuve la suerte de verle jugar en varios partidos en el Bernabéu y se notaba su calidad y su capacidad goleadora. Jugador sencillo y humilde en una época diferente pero sin duda de las mejores del fútbol español.

  3. Qué guay leer una entrevista de alguien al que de pequeño admirabas. Su hermano Álvaro era de mi grupo de amigos y …. joder, son recuerdos. Por cierto, el coche un Corrado rojo …. grande Lean

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