Atletismo

Ron Clarke y una llama olímpica abrasadora (en sentido literal)

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Ron Clarke enciende el pebetero abrasándose subido en su taburete (Foto: Cordon Press)
Ron Clarke enciende el pebetero abrasándose subido en su taburete (Foto: Cordon Press)

Los Juegos Olímpicos de Melbourne en 1956 fueron los primeros televisados. Esta cita olímpica siempre vuelve a aparecer cuando se habla de la sangre en el agua, o cómo acabó el partido de waterpolo entre Hungría y la URSS, después de que Moscú hubiese invadido el país centroeuropeo.

Pero hubo muchas más historias. Para empezar, la de la ceremonia de inauguración, cuando el corredor Ron Clarke estuvo a punto de ser achicharrado por la parafernalia del pebetero. Las imágenes de él corriendo por la pista con la antorcha en la mano, las que tantas veces hemos visto después, sorprenden a todo el que las ha visto por un detalle: la llama es una auténtica locura.

Saltan chispas por todas partes y el atleta más bien parece un hooligan saltando al terreno de juego para liarla que el elegido entre los elegidos. Si bien en 2014 Rafael Nadal se emocionó cuando vio que Zidane le iba a pasar el testigo y rompió a llorar de la emoción, en 1956 fue muy distinto. Clarke derramó lágrimas porque la llama estaba hecha con magnesio que, al trote, iba cayendo sobre él, quemándole la camiseta. Y cuando metió la antorcha en el pebetero, la llama fue tan fuerte que le quemó aún más.

Al final, después de que le felicitaran por haber encendido la llama olímpica, se dio cuenta de que tenía la camiseta llena de agujeros y el brazo quemado de la muñeca hasta el codo. La pregunta fue cómo pudo soportar el dolor durante toda la carrera, porque ignoró lo que le estaba pasando, posiblemente llevado por los aplausos y los vítores de un estadio a reventar.

Según declaró, fue tan emocionante que no sintió el dolor hasta un buen rato después, cuando le estaban llevando a la ambulancia. Antes había jugado al fútbol australiano ante grandes multitudes, por lo que pensó que no le iba a intimidar la situación. De hecho, los pantalones que llevaba eran los del Essendon Football Club, donde había jugado en los sub-19.

El problema vino cuando las autoridades repararon en que la antorcha de naftaleno y hexamina con la que se habían dado los relevos no era lo suficientemente espectacular para la televisión. Por eso se decidió emplear para el momento cumbre una mole de siete kilos con una mezcla de aluminio y magnesio cuyas escamas se desprendían en la combustión y fueron abrasando al corredor.

Para más tensión, tuvo que correr a toda velocidad con el muerto en brazos, porque esta llama más espectacular solo duraba encendida cinco minutos, las anteriores al menos habían llegado hasta diez. Por eso, en parte, su carrera en las pantallas fue grandiosa, por ese paso elegante, decidido y determinado, que más que la planta de un auténtico corredor, era eso y que no le daba tiempo. No llegaba.

En los ensayos, había corrido con una antorcha que no llevaba llama, cuando llegó la hora de la verdad y encendieron esa locura, se quedó alucinado. No solo tuvo que correr apretando el ritmo, tuvo que mantener la cara mirando hacia el lado contrario para que las chispas no le impactaran en el rostro.

Cuando llegó al pebetero, todavía le quedaban dos minutos. Ahí le esperaba su taburete. En los ensayos había visto que no le llegaba el brazo y pidió algo para alzarse. Cuando practicaron, los ingenieros lo habían hecho con el gas al mínimo. Comprobaron que se encendía y todo estaba en orden. Cuando llegó Clarke en el momento cumbre, había un pequeño cambio.

Para dar en cámara, para que resultase espectacular para esa primera generación de televidentes, en la ceremonia no hicieron como en los ensayos, a la hora de la verdad pusieron el gas a tope. Las palabras del corredor contándolo no pudieron ser más claras: «Decidieron subir el gas por si no se encendía, pero no me avisaron, así que cuando encendí el pebetero, la llama me explotó en la cara. Se puede ver en la grabación cómo salgo volando del taburete».

Ahí se acabó la ceremonia para él, pues le tuvieron que vendar el brazo, «desde la punta del dedo hasta el codo». Hasta Munich 72 no se empleó gas. Pero lo mejor fue la salida de Clarke, ya que ahí se terminó su papel en la inauguración. Acto seguido cogió el tren y se volvió a casa. En el vagón iba con la gente que volvía del estadio. Unos le reconocieron, pero muchos otros no. Aquello no cambió su vida en absoluto, dijo años después a los medios, pero sí se acordaba de una cosa; un recuerdo amargo.

Clarke lleva una antorcha encendida exageradamente (Foto: Cordon Press)
Clarke lleva una antorcha encendida exageradamente (Foto: Cordon Press)

En lugar de estar en una nube por lo que acababa de hacer, lo que sentía era rabia. Porque a él le habían designado para encender el pebetero porque estaba descartado para competir. Mientras llevaba la antorcha, pudo escuchar a sus compañeros jaleándole y él, en ese momento, lo que sentía era pura envidia de estar ahí haciendo el panoli con el fuego en lugar de estar entre ellos pensando en las medallas.

Nada de eso quita que Ron Clarke fuera uno de los mejores deportistas australianos de todos los tiempos, obtuvo 19 récords mundiales en diversas distancias. Tuvo años tan salvajes como 1965, donde batió tres veces el récord mundial de los 5.000 metros. Provenía de una familia de pedigrí deportista. En casa tenían predilección por el fútbol australiano, pero Clarke tuvo que dedicarse a correr por una lesión en un dedo, que se le quedó torcido para siempre.

Si por algo se le recuerda en el deporte internacional, fue por el incidente que sufrió en los Juegos Olímpicos de México’68. Clarke era favorito para ganar en los 10.000 metros, pero colapsó al cruzar la meta. Estuvo inconsciente y recibió oxígeno para estabilizarse. La carrera se había disputado a más de dos mil metros sobre el nivel del mar y pudo ser letal para él. La broma le dejó secuelas de salud permanentes. Sufrió un daño cardiaco que le llevó al quirófano y se pasó el resto de su vida tomando medicación.

Dos años antes, en cualquier caso, recibió el reconocimiento de sus compañeros. En una visita a Praga, el corredor checo Emil Zátopek le regaló su medalla de oro ganada en los 10.000 de Helsinki’52. Consideraba que la merecía por todo lo que había hecho por el atletismo. Escribió en la caja «porque te la mereces».

 

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