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«Vomita antes del partido para que ganemos», las supersticiones futboleras y Peter Crouch

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Peter Crouch, amigo de las supersticiones (Foto: Cordon Press)
Peter Crouch (Foto: Cordon Press)

En las entrevistas a deportistas que hace esta publicación no es extraño que aparezcan menciones a las supersticiones, a cada cual más absurda, con un espacio reservado en lo más alto a Carlos Salvador Bilardo. Aunque los rituales y creencias que se ponen en práctica no tienen ninguna base científica, parece que ejecutarlos les proporcionan cierta seguridad y sensación de control sobre acontecimientos que, al fin y al cabo, no se pueden controlar.

Este apartado nunca ha tenido un acercamiento serio, pero en el libro How to be a footballer, de Peter Crouch, había un apartado ciertamente interesante. El delantero de la Premier reconvertido en periodista empezaba citando un rumor sobre Serena Williams. Según había llegado a sus oídos, la tenista estaba obsesionada con sus calcetines. No se los cambiaba nunca durante un torneo de Grand Slam, aunque tuviese que llevarlos durante varias semanas.

Si una número uno del mundo tenía esos comportamientos, se preguntaba Crouch, cómo no iban a tenerlos los futbolistas, si muchas veces su futuro pende de un hilo. Un caso que citaba era el de Shaun Derry, centrocampista de Crystal Palace, Leeds, Sheffield, Portsmouth y Queens Park Rangers. Si Serena Williams iba durante días con unos calcetines malolientes, Derry tampoco era el rey del vestuario con su superstición: vomitar. Lo hacía antes de cada partido. Si no lograba hacerlo de forma natural, por los nervios, él mismo se metía los dedos. Revela Crouch que, en plena charla motivacional del entrenador, escucharle a él vomitar por detrás era un duro golpe para el clímax que quería imponer el míster.

Derry era un futbolista bastante agresivo y con un juego que hoy se denominaría con el eufemismo de «intenso». Sin embargo, jugadores que dominaban el juego de forma envidiable y única, como Johan Cruyff, también tenían sus manías, que tampoco eran del gusto de sus compañeros. En su caso, antes de cada partido el ritual consistía en darle un puñetazo en el estómago a su portero. Al menos así procedía en el Ajax. El guardameta, Gert Bals, tenía que vivir con esto. Y luego, cuando saltaba al terreno de juego, depositaba un chicle en el campo del rival.

Pero un chicle no es nada al lado de todo lo que tuvo que hacer el portero de Argentina en Italia 90, ese Mundial en el que la albiceleste llegó hasta la final gracias a sus intervenciones milagrosas en los penaltis. Sergio Goycochea orinaba en el campo antes de cada tanda. Todo comenzó contra Yugoslavia en cuartos, cuando realmente se estaba meando, no tenía tiempo para ir al vestuario y no le quedó más remedio que hacerlo en el césped. Como Argentina pasó ese día, y eso que Maradona falló su penalti, luego decidió hacerlo contra Italia también.

También mencionaba a John Terry, legendario defensa del Chelsea y de la selección inglesa, que en el vestuario, antes de los partidos, se negaba a tocar un solo balón con los pies. Su costumbre podría pasar desapercibida, porque si había alguna bola por ahí simplemente se apartaba o la sorteaba y nadie se daba cuenta. Sin embargo, como se le acercase o alguien le diese un pase por lo que fuera, sentía verdadero pánico. Huía de ella como si le llevase el demonio. Crouch se mofaba: «Si una bola iba hacia él, levantaba los dos pies del suelo como una anciana que ve un ratón».

No obstante, Crouch también tenía su parte. La más importante, emplear siempre una camiseta de manga larga hiciera el tiempo que hiciera. Aunque estuviese jugando en verano con un calor extremo, se negaba a llevar manga corta. Pero esa vestimenta es una tontería al lado de la performance que hacía antes de cada partido: «Cuando nos dábamos las manos antes de empezar, yo siempre saltaba lo más alto que podía, cabeceaba al aire, hacía un pequeño sprint y luego me agachaba para atar los cordones de mi bota derecha». No hace falta irse muy lejos para encontrar algo similar. Rafa Nadal también tenía una serie de movimientos repetitivos y rutinarios que ejecutaba antes de cada partido sin más finalidad que obtener sensación de control.

Todo esto dentro de los cultos inventados por uno mismo, pero tampoco faltaban las religiones organizadas. «En Portsmouth, Linvoy Primus y Darren Moore eran cristianos devotos. Rezaban antes de los partidos y tenían una sala de oración en Fratton Park. Y luego, un día, de pronto, Jermain Defoe se unió a ellos», recuerda el futbolista.

Pero todos sabemos que, para supersticiones, las de los aficionados. Los jugadores, al menos, pueden influir en el juego, pero el espectador que está en su casa no tiene capacidad alguna de modificar el resultado. Aun así, no faltan los que consideran importa la ropa que lleven, en qué momento del partido orinen o los comentarios que hayan hecho antes sobre cómo creen que va a quedar el resultado.

«Como aficionado puedes usar todos los calzoncillos de la suerte que quieras, pero no puedes hacer que un balón te dé en la espalda y entre», opina Crouch, que alucina en sus memorias con los aficionados que se cambian de asiento conforme vaya el partido o llevan ropa específica a los encuentros para evitar gafarlos.

Desafiar al karma tiene su precio, aunque nadie sepa cómo ni crea en ello. Un ejemplo es el Racing de Avellaneda. En 1967, fue campeón de la Copa Libertadores y la Intercontinental. La leyenda cuenta que, ese año, los fans de su eterno rival, Independiente, entraron en su estadio con una bruja y enterraron siete gatos muertos en su campo. La broma le costó a Racing 50 años de mala suerte. El conjuro se consumó cuando bajaron a segunda al perder en la última jornada contra… Independiente. Se intentó levantar el césped para buscar a los  gatos y en 1998 hubo un exorcismo. ¿Funcionó? En 2001 volvieron a ganar la liga.

Desde un punto de vista biológico y evolutivo, la superstición tiene una razón de ser. En el pasado, los humanos necesitaban tomar decisiones rápidas para sobrevivir. Eso les llevaba a establecer relaciones causa efecto de cualquier manera. A partir de ahí aparecieron los brujos que podían predecir el futuro leyendo señales… de cualquier manera. Ha pasado mucho tiempo desde los primeros asentamientos agrícolas, pero seguimos igual en este sentido. La superstición da una sensación de control ante la incertidumbre. Calma la ansiedad. Da esperanzas.

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