Se crio en el barrio y era apenas un niño cuando construyeron el estadio del Rayo Vallecano frente de su casa. Primero aficionado, luego socio y más tarde canterano y estrella del equipo de sus amores, Pedro Riesco (Madrid, 1969) fue clave en el tercer ascenso a Primera División del cuadro de la Avenida de la Albufera con José Antonio Camacho al frente y apenas tuvo tiempo para saborear una temporada con la franja en la máxima categoría antes de ser empujado a la puerta de salida a cambio de una buena cantidad de millones.
Tentado por Jesús Gil para el Atlético de Madrid, objetivo de Benito Floro para el Real Madrid e incluso vinculado con el FC Barcelona de Johan Cruyff, finalmente su destino se encontró en el Deportivo de la Coruña, donde vivió desde la banda la parada de González a Djukic que privó al equipo más querido de la época de su primer título de Liga. Ya con 54 años, Riesco repasa su trayectoria con nosotros con la perspectiva que sólo da el tiempo.
Estás igual que cuando jugabas. ¿Te cuidas mucho?
No voy al gimnasio porque no me gusta, pero sí que corro tres o cuatro días a la semana. Lo hago entre media hora y cuarenta minutos, porque soy consciente del tema del impacto y las consecuencias. También intenté nadar, pero sólo aguanté durante unos meses porque lo notaba demasiado aburrido. Me gusta salir a correr, oxigenarme. Vivo en Majadahonda y para eso es maravilloso. Vivía en Las Rozas hasta que me separé hace seis años, allí tenía la Dehesa de Navalcarbón y en Majadahonda tengo toda la parte de atrás del golf, que es una zona fantástica. Puro monte.
Las Rozas es residencia habitual para futbolistas. Roberto Solozábal nos recibió allí hace unos meses.
A Roberto me lo he encontrado muchas veces en Navalcarbón tanto con la bicicleta como corriendo, que él entrena mucho con todo este tema de los triatlones. También he coincidido alguna vez por allí con Manolo, que tiene a su hijo en la misma escuela que el mío.
Vallecas.
Puro barrio, la verdad. En aquellos años de niñez, lo que más me gustaba era pasar tiempo en la calle. Ahora la situación ha cambiado mucho y no es algo que suelan hacer los niños, pero a mí me encantaba acabar con los libros y bajar a jugar. Me vienen a la cabeza los fines de semana con el balón en Teniente Muñoz Díaz, la plaza de atrás del estadio… también el ir a ver los entrenamientos del Rayo Vallecano.
Nací en el año 1969 y el campo se inauguró en 1976, por lo que recuerdo ver la obra de construcción con cuatro o cinco años. Vivía en el 137 de la Avenida de la Albufera, justo enfrente, así que simplemente tenía que cruzar la acera para llegar al estadio. A mi padre no le gustaba el fútbol, pero en el año 1977 me hice socio. Al principio mi madre miraba por la ventana como entraba al campo, aunque después de unos meses de darle la turra convenció a mi padre para que también se hiciera socio.
Así que, mis primeras patadas fueron casi debajo de casa. Nos juntábamos en la plaza y era lo típico: los padres de los amigos del barrio hicieron un equipo con el que de vez en cuando íbamos a Arganda. También jugaba en el equipo de mi colegio, el Virgen de Atocha.
¿Tú primer partido en el estadio?
Curiosamente, al primer partido al que voy en mi vida es en el Santiago Bernabéu, pues me llevó mi tío Ricardo, que en paz descanse, a ver un Real Madrid – Elche. Y en Vallecas, mi primer partido no fue del Rayo, sino de la selección española sub’21, que había entrada libre. ¡Y pisé el césped! El campo estaba recién terminado y cuando acabó el partido saltamos todos.
Háblame de tus padres.
Se conocieron en Madrid con veinte años. Mi padre nació en Zamora, en una aldea de cuarenta habitantes y con dieciséis años ya salió para trabajar primero en Francia y luego en Alemania. Luego vino a buscarse la vida aquí, se dedicó al mundo del libro durante cuarenta años y tenía una librería en la Avenida de San Diego número 68. Mi madre llegó desde Melilla y era ama de casa.
Sin ser especialmente futboleros, ¿cómo te surge a ti la pasión?
Lo cierto es que no lo sé. Además, te diré algo más: en mi colegio, el Virgen de Atocha, el deporte rey era el baloncesto. De hecho, allí siempre iban a jugar Estudiantes y Real Madrid en categoría junior en contra, pero como no crecí más (risas)…
Si te soy sincero, el fútbol me ha gustado desde pequeño, allí en el colegio me apuntaron al equipo de fútbol sala e incluso venían a buscarme los mayores para que también jugara con ellos en el patio. Sin embargo, mi padre siempre lo tuvo claro: «Tienes que estudiar». A los catorce años, nos mudamos de la Avenida de la Albufera a Santa Eugenia y allí comencé a jugar con un equipo de mayores en una liga municipal. Al cabo de unos meses, no sé cómo, me vieron ojeadores de Celta de Vigo y Espanyol y llamaron a la puerta de mi casa, pero él siempre dijo lo mismo: «No».
Entre que el fútbol no le gustaba y que su obsesión era que tanto mi hermana como yo disfrutáramos de esa formación que él no había podido tener, todo fue un poco más despacio. Pasó el tiempo y en BUP tuve algunos suspensos, así que me hizo una promesa: «Cuando tengas el bachillerato, vete a probar donde quieras».
Yo siempre estaba pendiente de las pruebas del Rayo, que se celebraban en mayo, y el año en que yo ya estaba en tercero de BUP eché la solicitud sin que él lo supiera y las hice. Consistían en unos partidos allí en el Urbis, marqué un chorro de goles en el partido y Chema Mancho, que era el entrenador, me comentó: «¿Puede venir mañana tu padre a firmar?». «Mi padre no va a venir, ni sabe que estoy aquí». Claro, todavía no había acabado el curso, pero sí que volví a entrenar.
Para complicarlo más, yo suspendo algunas ese curso, me quedan para septiembre y Chema, que conocía la dirección del sitio donde veraneábamos en Almería porque había hablado un tiempo antes con mi madre, se plantó allí a convencer a mi padre y con todos los papeles que había que firmar: «Me lo llevo para la pretemporada».
Al final, lo logró y me trajo a Madrid. Era el año 1986, yo tenía dieciséis años y comenzamos la pretemporada en el Tajamar. Fue todo muy rápido, me hicieron la ficha, el equipo estaba en Liga Nacional, una competición preciosa y para mí, fue una pasada. Al año siguiente se creó la División de Honor y luego, en un visto y no visto, Felines ya me convocó con el primer equipo para jugar en el Camp Nou un partido en el que el Dream Team nos metió 7-1 cuando tengo diecinueve. De repente, me vi de jugar en el cemento de la calle a estar convocado en Primera División.
Y con gente a los que habías estado viendo como aficionado.
Yo era un niño enfermo por el fútbol. Hice que mi padre se hiciera socio de la Peña Rayista Morena y empezamos a viajar, algo completamente inimaginable para él. ¿Meter a mi padre en la cabeza que viera el fútbol? Era inviable. Hubo mucho trabajo de mi madre y mío para poder convencerlo.
Ídolos.
Aquel Rayo eran los Tanco, Anero, Uceda, Alvarito, Landaburu, Morena… esos eran los más recientes, pero también vi jugar a Potele y Felines. Era muy pequeño y no tengo tanto recuerdo como luego cuando tenía doce o trece años. Bueno, ¡yo vi a Cruyff en Vallecas con el Levante cuando jugaron en Segunda División!
Pasar de ver a Felines en el campo a que te entrene…
Imagínate, fue algo increíble. Además, él me trataba siempre con muchísimo cariño. Era una persona majísima, encantadora. De hecho, le vacilaban bastante, aunque siempre con respeto. En los vestuarios siempre hay algunos guasones y el Chino Zapatera y Botella tenían sus bromas. Felines, si te lo trabajabas siempre te daba una oportunidad, además era muy del Rayo y para los jóvenes era el caldo de cultivo ideal para saber qué significaba el club y defender esos colores.
¿Cómo vives tú el ascenso de 1989 ante el Deportivo de la Coruña?
Desde la grada. Siendo juvenil ya debuté con el filial, que por aquel entonces estaba en Preferente. Debuté para jugar en el playoff contra el Villaverde. En el partido de ida allí me molieron a palos y luego en la vuelta en Vallecas ya les metimos tres o cuatro. Con el ascenso, al año siguiente ya comencé la temporada en el filial en Tercera División, tuve una primera vuelta muy buena en la que marqué quince o dieciséis goles y me cedieron al Pegaso de Fernando Sierra, donde coincido con Alfredo y Sabas en Segunda B.
Era un equipo mítico, con un campazo donde iba un montón de gente. Terminado ese curso, en el que precisamente asciende el Rayo Vallecano a Primera División, yo hago la pretemporada con el primer equipo y después seguía entrenando con ellos y jugando en el filial. Fue ahí donde llamó el Getafe, donde había llegado Fernando Sierra y que era un equipo potente de la categoría. No era lo mismo que el Pegaso, pues ahora no se lucha por la salvación, sino por el ascenso. Fue una cesión en la que estuve súper a gusto y tuve la oportunidad de coincidir con gente muy buena antes de regresar al Rayo Vallecano ya con ficha del primer equipo.
En aquellos meses de la 1989/1990 coincidirías con Hugo Maradona…
Era un jugador buenísimo, pero no se cuidaba nada. Era un poco vaguete y tampoco estaba muy pendiente de su peso. Recuerdo que íbamos a entrenar a la Casa de Campo para hacer físico y él se quedaba detrás de un árbol hasta que hacíamos la última vuelta y era ahí donde se enganchaba. Sin embargo, jugaba muy bien, tenía un guante en la pierna derecha. Mi ídolo siempre fue Diego Maradona y él me trajo unas botas suyas. Estaban usadas, casi rotas, pero me las pude poner cuatro entrenamientos antes de que se acabaran de romper y las guardé.
¿Las conservas?
Sí, sí, todavía las conservo. Están en casa de mi madre.
Curiosamente, Domenico Agostini, un compañero suyo en Ascoli también recordaba que Hugo le había dado unas botas de su hermano cuando coincidieron.
No me extraña. Yo pensaba: «Tengo que aprovechar algo con Hugo». Además, él se prestaba, pues era muy buen tipo. Todo un fenómeno, que tuvo el problema de que no se cuidaba nada. Él podría haber hecho carrera en Primera División, sobrado.
Años después tú te enfrentaste con su hermano en Sevilla.
Sí, de hecho fue ese partido contra el Sevilla en el que yo marco mi primer gol en Primera División. Enfrentarme a Diego Maradona fue un auténtico sueño para mí. Los días previos al partido, tenía una ilusión bárbara. Además, era mi primera temporada en la máxima categoría y visitar un estadio como el Sánchez Pizjuán para enfrentarte al Sevilla, que además de Maradona tenía un auténtico equipazo con jugadores como Suker o el Cholo que nos hizo el 3-2 casi sobre la bocina.
Pero, al final, lo especial era Maradona. De hecho, Camacho, sabedor de esto, en la previa ya nos lo advirtió: «No me toquéis los cojones antes del partido, no quiero ni fotos con Diego ni nada parecido…» Yo tiré un poco de picaresca para que Justo (Sánchez, quien fue el fotógrafo oficial del Rayo Vallecano, ndr) me hiciera una foto, que de los nervios que debía estar pasando por si nos pillaba el míster no sé si la llegó a hacer. Una lástima, porque nunca llegué a tener esa imagen.
Aquel partido fue el de los «hermanos Falton».
¡Sí! En ese partido me dieron mucho y Telemadrid hizo un reportaje con imágenes de Prieto y Martagón en las que cada vez que me pegaban metían un sonido como si fuera un balazo: «Pam, pam». Me atizaron unos palos increíbles, hasta en el carnet de identidad.
Justo un año antes, ¿cómo recuerdas aquella temporada del ascenso a Primera División?
La temporada del ascenso era mi tercera con el primer equipo y comenzó con Eusebio Ríos en el banquillo. Durante el verano se había invertido, pero los resultados no eran tan buenos. En la jornada 20 fuimos a Las Palmas, nos metieron 3-0 y encima el equipo se quedó allí a dormir y salió por la noche. Fuimos a una discoteca mítica, Wilson, y resulta que allí estaban dos o tres hijos de Ruiz Mateos que habían venido con el equipo, por lo que acabamos multados.
A mí me dijo Lasaosa (por aquel entonces en la dirección deportiva, ndr): «Para tu multa te vas a tener que hipotecar para tres meses», debido a lo que cobraba. Aquel día, los jóvenes nos dejamos llevar por los más veteranos, eso trascendió y se acabaron cargando al míster. Tras él, vino Camacho, el equipo creció muchísimo y acabamos subiendo.
Juan Antonio Camacho.
Lo he dicho siempre, José Antonio Camacho ha sido el mejor entrenador que he tenido nunca. Además de ser un excelente motivador tenía una metodología de entrenamiento muy fresca. Un auténtico bicho. Además, bastaba con verlo: era un apasionado del fútbol, tenía muchísimo hambre y transmitía muchísimo.
Además, aunque súper exigente, era un entrenador moderno, porque esos entrenamientos de dos horas y media de antes, los cambió. Él aplicaba lo que eran los encuentros, que para algo había jugado casi seiscientos con el Real Madrid. Los partidos duran una hora, que es el tiempo que puede estar el balón en juego, por lo que el entrenamiento de intensidad duraba ese tiempo.
Se trataba de entrenamientos con balón, muy intensos, exigentes.. y volábamos. A esto hay que sumar el tema mental. Hubo una mezcla entre jóvenes y veteranos muy interesante con Antonio Calderón, García Cortés, el ‘Soso’ Gallego, que había venido después de jugar en Udinese, en Italia, y con el que Camacho ya no contó la temporada que siguiente. Él, para ese tema no tenía ningún miramiento por mucho que fueras Ricardo Gallego.
Recuerdo un partido en Vallecas frente al FC Barcelona en el que vais ganando 3-1 contra 9 pero acaba 3-3.
Camacho nos dio la bronca del siglo. Tenía un cabreo monumental. Imagínate: estás ante una oportunidad histórica de liquidar al Barça y ellos consiguen llevarse un empate. A esto hay que sumar una situación grotesca que sucedió después, pues Ruiz Mateos había prometido un viaje al Caribe a toda la plantilla con la familia si ganábamos a modo de prima. Alguien le diría que el empate había sido un buen resultado y entró al vestuario gritando: «¡Qué alegría!, el viaje se mantiene». Camacho se dio la vuelta: «¡Váyase usted de aquí inmediatamente!», lo echó del vestuario y nos dijo: «Tenéis una multa de 50.000 pesetas cada uno». Nos quedamos sin viaje y con multa.
Hristo Stoichkov es expulsado a los seis minutos después de una acción con Pizo Gómez. Se comentaba que le recordó a Van Basten después de que el búlgaro perdiera el Balón de Oro con él.
Sí, y además le dio una puntadita. Y el otro entró y fue expulsado. Luego fue Ronald Koeman al que echaron en la segunda parte.
Anton Polster marcó los tres goles vuestros. Paco Jémez nos decía que era un delantero letal pero que fumaba mucho y llegó fuera de forma.
Él llegó pasado de peso y Camacho le puso a hacer una pretemporada a él sólo, le dijo «córtate el pelo» y tres o cuatro semanas a entrenar. Sí que fumaba como un carretero. Polster y Pizo, pero Camacho los dejaba. Él era un tío consciente, tenía experiencia. En el autobús en menor medida y luego los puso juntos en la habitación. Toni era un tipazo, tocaba la guitarra y tenía un grupo en Austria. Pizo, cuando salieron los teléfonos móviles, iba al autobús con uno de esos grandes y el cigarro. Eran unas vivencias que ahora son imposibles.
Y Wilfred de portero.
Era un trozo de pan absoluto. Una persona, evidentemente, con sus peculiaridades, porque a parte tenía su cultura, pero te daba la vida con su cariño y su forma de ser. Aguantaba todo tipo de bromas, y él mismo se decía: «Hoy ha fallado el negro cabrón». Nunca jamás le vi ni una mala palabra ni una mala acción contra nadie: ni entrenadores, ni compañeros, ni rivales… nunca.
Te referías antes a Ruiz Mateos. ¿Cómo era su relación con los jugadores?
Dentro de todas las actividades que tenía como empresario siempre que podía estaba muy cercano a nosotros. Hacía reuniones en su casa para hablar de las primas, etcétera.
¿Y esas famosas reuniones en su casa?
Yo sólo estuve en una, porque era un pipiolo, pero Camacho me hizo capitán. «Tú vas a ser capitán, que tienes personalidad», decía. Y luego, el comentario que también hacía: «Así es como te vamos a vender, que si no, no vamos a cobrar ninguno. El niño con el brazalete». Por eso yo también hice caso a Camacho, que hablaba desde la experiencia: «Aprovecha, ya tendrás tiempo de volver al Rayo si Dios quiere».
Es verdad que él también me prometió que en cuanto entrenara en Primera División iba a intentar ficharme y cumplió su palabra, aunque no pudo darse. Un futbolista tiene fecha de caducidad, no es como un actor o un artista, pues llegas a los treinta y cinco y debes empezar una nueva vida. Además, ahora ha cambiado la película, pero entonces se resolvían la vida los jugadores del Real Madrid y del Barça. Punto.
La imagen de Ruiz Mateos con batín y pantuflas cuando fue al CSD con el aval en la mano es icónica, pero tampoco chocaba viendo los presidentes que ha habido en la entidad.
Yo he vivido situaciones completamente surrealistas con dieciocho o diecinueve años, como pararnos a cenar en la carretera antes de un partido fuera y no cenar. O tener que salir corriendo después de que nos dijera el delegado: «Id subiendo al autocar, que no hay dinero». Y esto con el equipo en Segunda División.
Ganáis 2-0 al Atlético de Madrid en Vallecas.
Cuando acabó ese partido, bajó Jesús Gil al vestuario a hablar conmigo. En esa época se permitía todo y creo que era algo habitual en él ese tema de bajar a los vestuarios rivales y decirle algo a los jugadores que le habían gustado. Ahora no me imagino esta situación, pero él bajó porque era Jesús Gil y se acercó a mí: «Pedrito, me has gustado mucho, te voy a fichar». Me lo dijo a mí, se lo dijo también a Calderón…
Él tenía muy buena relación con Ruiz Mateos y la negociación hubiese sido sencilla.
Esa temporada yo me voy al Deportivo de la Coruña, pero sí que es cierto que hubo contactos con Atlético de Madrid, Valencia, Sevilla e incluso Real Madrid.
En el Real Madrid, por aquel entonces estaba Benito Floro.
Él quería que yo fuera, pero al final se impuso el criterio de Ramón Mendoza con Peter Dubovsky. Benito Floro a mí me llamó personalmente y además, Toldra era también mi agente, pero finalmente no le dieron el ok. De hecho, fue Floro el que luego me lleva al Albacete con una cesión e insistió tanto que se llegó a un acuerdo con Lendoiro, que no me quiso vender nunca, para tener una opción de compra.
Era mi segunda cesión después de Valladolid, que había salido mal porque me lesioné en el cuarto o quinto partido. Ese año en Albacete estuve muy bien, el equipo hacía un buen juego, yo hice cuatro o cinco goles en veinte partidos y había un acuerdo para quedarme por cuatro temporadas cobrando incluso más que en el Dépor, pero bajamos después de caer con el Extremadura. Allí, en Almendralejo fue una ratonera y en el partido de vuelta en Albacete fue el típico partido en el que no entra. Amador paró todo, hasta lo que iba fuera. Con el descenso, me volví a Coruña.
¡Menudo era Benito Floro!
Era un técnico con mucho carácter, pero también muy cariñoso. Te daba el palo y la zanahoria. Aprendí muchísimo con él en seis meses. Te explicaba a la perfección lo que quería de ti y luego tenía un valor añadido, que fue mi primera experiencia con un psicólogo en un club. Yo me sentía volar. Creo que el tema del psicólogo es fundamental, que debería ser incluso obligatorio. Gracias a Benito Floro descubrí otro mundo.
Recuerdo que cuando se iba a marchar, me llamó fuera antes del entrenamiento para decirme que era el último que iba a dirigir porque lo iban a echar y me emocioné. Teníamos una conexión muy buena. Es un entrenador que te llega. De un modo distinto a Camacho, pero te llega. A mí, Camacho me dejó su casa de Ibiza y de Cullera para veranear. Con Camacho yo tenía una relación excelente y era como un niño mimado para él. Todos los jugadores siempre estaban con lo típico de «tu padre». De hecho, él se comportaba conmigo como un padre.
También se habló del FC Barcelona…
Hubo contactos. Johan Cruyff habló con el club, pues él era el que mandaba allí. Recuerdo que Cruyff me saludó en el partido de Vallecas, era un tío que emanaba un aura especial. De las que cuando se acercan a un futbolista te quedas pasmado. «¡Llámeme! Lo que usted quiera». Con el Real Madrid sí, pero cerca del Barça no me vi cerca nunca, pues tampoco hubo unas conversaciones como con Floro. Cuando este tema del Real Madrid se rompió, la recomendación de mi representante es que me fuera a la Coruña al Superdepor.
Ahora con la perspectiva del tiempo, no crees que te fuiste muy pronto y hubiera sido mejor esperar un par de años para llegar más asentado.
Probablemente, pero Camacho tuvo una conversación conmigo y también me recomendó que me marchara: «Yo también me iría». De hecho, él se fue al Espanyol. Recuerdo que estaba en el autobús mirando por la ventana, él de repente se sentó delante de mí y ya sabía que me habían contactado desde el Deportivo. «Qué, ¿te vas a ir al Dépor o qué?», me soltó. Todavía no había acabado la temporada, quedaban cinco o seis partidos. «Pues no lo sé míster, no sé qué hacer, porque yo quiero estar contigo», respondí yo. «Y yo contigo, pero voy a irme al Espanyol y tú a Segunda División ni muerto, nene».
Él me dijo que yo tenía que seguir en Primera División y que si podía irme, que me fuera. «Esto es muy traicionero, te puedes lesionar, el Rayo ahora paga pero igual dentro de cuatro meses no lo hace, te quieren vender porque ellos pagan a todos y además ganan dinero. Te tienes que ir». Yo tenía un contrato muy bajo en el Rayo, de canterano, y me hicieron una oferta de renovación ridícula. ¿Qué pasó?, pues que consiguieron lo que querían: que un equipo pagara la cláusula de rescisión, y te ves obligado a… Iván, yo del Rayo no me hubiera ido en la vida. En la vida. Envidio mucho a los que ahora echan años y años en el Rayo porque la situación es buena y pagan bien. No me hubiera movido de ahí.
Lendoiro.
Tenía muchísima personalidad. Conmigo fue arrollador. Me fichó antes de acabar la Liga. Había acordado con el Rayo Vallecano que iba a pagar la cláusula, pero en vez de una vez, iba a ser en cuatro años y el coste, en vez de cien, serían ciento veinte. Luego mandó a Lolo Montiel, que era el gerente del club con el contrato y todo acordado, llegó a Barajas, fui yo con mi agente, firmamos dentro del coche y se fue. Quedarían cuatro jornadas todavía de campeonato y, claro, era ilegal. Hasta en eso fue pionero. Cuando tenía un objetivo, no paraba. Le tengo muchísimo cariño y me consta que él a mí también.
Le costó la propia vida. De hecho, yo después del segundo año me quiero ir y no hubo manera. Camacho asciende con el Espanyol, yo hablo con él y me quería comprar, pero Lendoiro dijo que no: «Cesión, sólo cesión». Pero Camacho no quería cedido. En ese tira y afloja de dos cabezones perdí yo.
Llegó Toshack, jugué menos y estaba frito. Me quería morir y ahí tuve un poco de disgusto con Augusto, porque yo le pedía: «Presi, déjeme salir». Pero él creía en mí y era muy claro conmigo: «No te quiero vender». «Presidente, una cosa es lo que usted crea y otra lo que crea el entrenador. Y el entrenador a mí no me pone». Luego llegó el mes de diciembre y me fui al Albacete, pero yo me quería haber ido ese verano al Espanyol.
La última jornada de esa temporada en la que tú ya estás firmado por el Deportivo es precisamente un Dépor – Rayo.
Ese partido ya no lo juego. De hecho, mi último partido es una jornada antes ante el Albacete en casa, que empatamos a dos y se sella la permanencia matemática y ya luego ni viajo a Coruña. Camacho ya lo sabía.
Arsenio Iglesias.
Era muy bueno y muy listo. Tú puedes tener muchas nociones de cómo entrenar, pero si no transmites y sabes en cada momento qué debes hacer, estás perdido. Como dicen ahora de Ancelotti, que es un gran gestor: Ancelotti es un gran gestor, pero es muy listo. En la época de Arsenio, en el vestuario había gente muy potente, futbolistas que habían ganado títulos con el Real Madrid y el Barcelona como López Rekarte, Aldana… más otros como Voro, Bebeto o Mauro Silva, por lo que él sabía dar un paso al lado un poco sibilinamente. López Rekarte, que era un poco el jefe del vestuario, Ribera y gente así, daban ellos su consigna y Arsenio miraba para otro lado.
Alfredo comentaba que incluso os echaba la miel en los yogures.
Fíjate cómo era la mentalidad de entonces que los plátanos, no los quería ni ver y decía que eran indigestos. Una vez que en el menú había arroz a la cubana y pusieron arriba el plátano frito, él se levantó de la mesa con un cabreo increíble para interceptar a las camareras en cuanto las vio salir: «Joder, joder, el plátano no». El vestuario del Real Madrid se lo comió. Cuando ya estaba en el Albacete fuimos a jugar al Bernabéu y hablamos del partido: «Pedriño, estoy hasta los huevos de estar aquí. Hace dos meses que llegué y parece que llevo toda la vida. Aquí entra todo el mundo al vestuario y no me respeta ni Cristo». Estaba sobrepasado. Eso habla de su carácter.
Me viene a la cabeza el anuncio de Donato y «Fuerza para vivir».
Yo estuve con él el día que lo presento en Coruña. También estuvo un pastor súper importante de Estados Unidos, que hizo una misa allí.
En tu primer año en el Deportivo llega el porrazo de perder la Liga en el último partido. Se comentaba que el cambio era Mauro Silva y que Donato hubiese jugado por delante de los defensas.
Al final, el entrenador tiene que pensar en todo eso. Y más si el equipo estaba atascado. Donato nos había sacado ya de un atasco en Logroño la jornada anterior, era el que tiraba los penaltis porque tenía una efectividad máxima y también lanzaba faltas directas. Entonces, hacer un solo cambio y quitar a Donato, según estaba el partido de trabado… El equipo estaba cagado, el Valencia se estaba jugando la pasta… Entonces llegó el momento y Bebeto había dicho ya durante la temporada que él no los tiraba.
Ya había fallado alguno esa temporada.
Había fallado en la primera vuelta, pero él podía poner el balón donde quería con los ojos cerrados. Fran miró para otro lado y Donato no estaba… pues Djukic.
Pero Fran no los solía tirar…
No, pero ese rol… al que no le tocaba era a Djukic, eso seguro. La pierna izquierda de Fran era la leche, no he visto a un jugador igual en ese aspecto. Era increíble y podía hacer lo que quisiera con ella.
Después del partido no hay un momento en el que decirle a Bebeto: ¿Por qué no has tirado tú el penalti?
Yo, por lo menos, no le pregunté nada. Como él ya había manifestado que no quería tirar más penaltis era respetable, y punto. Incompresiblemente, porque él tuvo la oportunidad para decir: «Aquí estoy yo ahora». ¡Qué ese mismo verano fue campeón del Mundo!. Tenía un 36 de pie, podía ponerla donde quería y al final acabó lanzando Djukic, que le echó un par de huevos, pero no podía ni con las piernas. Se lo regaló a González.
Tú luego coincidiste con González. ¿Le dijiste algo?
Sí, coincidimos en Valladolid y le dije algo, pero él era muy callado.
Se puso como loco.
Normal, se repartieron cien millones de pesetas en primas.
Tú te pasaste gran parte de la segunda parte calentando.
Allí estaba yo en la banda y el juez de línea me decía: «Venga Pedro, que lo ganáis, que lo vais a meter». Surrealista.
¿Tú lo hubieras tirado?
Sí, claro que lo hubiera tirado. No es ventajismo: lo hubiese tirado sí o sí. Seguro. Que lo hubiera metido o no, eso ya no sé e igual lo hubiera mandado al pabellón.
Toshack.
Como haya gente de jerarquía en el vestuario, el «ji ji, ja ja» te lo compran un tiempo y se te acaba rápido el crédito. Y eso es lo que le pasó a él en la Coruña, donde no había nada de feeling. Cuando volví de Albacete, que ya era mi último año de contrato allí, nos apartó a Voro, Elduayen, Radchenko, Villarroya, a mí… toda la gente con la que no contaba nos teníamos que poner a entrenar a parte.
Varios de estos jugadores se fueron marchando y nos quedamos allí, ya con la pretemporada avanzada, Radchenko y yo. Pues hubo un día en el que tocaba sesión doble y cuando acabó la primera Toshack entró al vestuario y nos comentó: «Dmitri, Pedrito, esta tarde no hace falta que vengáis».
El ruso dijo que perfecto, pero yo después de cambiarme tiré para el despacho del entrenador y le fui claro: «Míster, yo voy a venir esta tarde. Usted no puede negarme el derecho a entrenar». En ese momento, él se me quedó mirando y me contestó: «Olé tus huevos, me gusta esto que estás haciendo. Igual hasta te quedas».
Luego, incluso, me empezó a dar chance en los partidos de pretemporada, y hasta marqué dos goles en un amistoso a pase de Rivaldo, que había llegado ese mismo verano. Logré revertir la situación, pero en los últimos días de mercado llegó el ofertón del Alavés: como sólo me quedaba un año de contrato, Lendoiro se exponía a no ganar nada con mi salida, hizo el negocio con ellos y me marché.
Zuhaitz Gurrutxaga comentaba que Toshack no contaba con él y le puso de juez de línea en un partidillo de entrenamiento.
Un déspota. Los sábados por la mañana ponía los entrenamientos a las ocho y media de la mañana en Riazor, para él irse a jugar al golf. Con él vivías muy bien, eso sí, porque no se entrenaba mucho. Recuerdo una pretemporada en la que nos fuimos a un resort en Oporto a disputar un torneo veraniego con el Palmeiras, el Oporto y el Coventry, estuvimos allí ocho días y aquello parecía el paraíso. Un vividor.
En Coruña vuelves a coincidir con Paco Jémez después de hacerlo en Vallecas.
Estuve con él un año en Vallecas antes de irme al Dépor y después tres en Coruña. Paco era un tío súper divertido, de hacer vestuario y energía pura. Era un auténtico pura sangre, una fuerza de la naturaleza en todos los aspectos que a Vallecas llegó desbocado y la conexión con Camacho fue brutal.
El técnico vio rápido que era buenísimo y lo qué podía aportar. Me acuerdo de que en los entrenamientos, cuando Paco le daba dos toques al balón después de robarlo, Camacho se lo quitaba y se lo daba al otro equipo. Le puso esa norma para que la diera antes. Paco robaba siempre, secó a todos los delanteros de Primera División aquella temporada: Penev, Suker, Zamorano… ¡a todos! Y sin hacer ni una falta, porque no tenía necesidad. Además, Camacho le enseñó mucho.
Ahora está más fuerte que cuando jugaba.
Sí, él va mucho al gimnasio y se cuida. Y mira que estuvo a punto de irse al otro barrio con el accidente que tuvo con el quad aquel. A Paco siempre le gustó la velocidad. No sé si sabes la leyenda de cuando llegó al Rayo con el Renault 5, que era una caja de muertos y con el que hacía locuras.
Desde la segunda temporada ya te quieres marchar del Dépor…
Sí. También venía frustrado de Valladolid. A lo mejor me equivoqué marchándome cedido a Pucela, pero en mi primer año en Coruña yo había jugado veinte o veintidós partidos cuando estaba acostumbrado a jugar más de treinta en mis últimas temporadas en el Rayo. Jugaba, no jugaba… y eso me mataba. Alfredo y yo éramos los jugadores doce y trece, pero yo tenía veintitrés años, era un crío y todo era nuevo para mí.
Si ahora echas la mirada para atrás, piensas: «Lo hubiera gestionado de otra manera», pero me entró la prisa. En la segunda temporada con Arsenio todo iba por la misma línea e incluso de jugar menos, por lo que yo pedí salir, donde fuera. De hecho, me iba a ir al Betis, pero de camino a Sevilla en coche con mi agente, Lopera llamó a Lendoiro, se cabrearon entre ellos y nos tocó dar la vuelta cuando apenas faltaban cien kilómetros para llegar. Por eso acabé en Valladolid.
Después de dos cesiones, te marchas al Alavés traspasado.
El equipo estaba en Segunda, pero era un proyectazo en todos los aspectos y pagó sesenta millones de pesetas al Deportivo de la Coruña. En la primera temporada nos entrenó primero Aranguren, luego Boronat y fue realmente discreta. De hecho, empezamos ganando los tres primeros partidos, pero el equipo fue cayendo en picado. La típica gestión de jugadores extranjeros que en su mayoría eran unos paquetes: dos serbios que eran malísimos, un delantero portugués por el que pagaron cincuenta millones de pesetas y no marcaba ni en los entrenamientos… un desfalco al club por parte de agentes.
Sin embargo, al año siguiente se restructuró todo, nos quedamos seis o siete de la temporada anterior como Karmona, Pedro Alberto, que en paz descanse, Pedro, el lateral izquierdo que pasó por el Atlético de Madrid, Serrano, Codina o yo, que ya tenía veintiocho años. Además vino gente joven como Tamudo, Javi Moreno, o Téllez, que eran chavales y luego fueron muy importantes. Ese año mejoramos mucho, llegamos a semifinales de Copa del Rey y logramos el ascenso.
Para alcanzar esa semifinal de Copa elimináis al Real Madrid y tú marcas.
Ese año logramos eliminar a cuatro primeras, entre ellos a aquel Real Madrid cuando marco el golito en el Bernabéu, el regalo de Illgner, con todo lo que eso supuso. Yo siempre lo digo: les hicimos un favor para que pudieran ganar la Séptima. En Mendizorroza ganamos uno a cero y en Madrid ellos salieron con todo, pero Leal hizo un auténtico partidazo.
Según os ibais cargando a todos los equipos de Primera pensaríais: «No nos gana nadie».
Esa era exactamente la mentalidad. Nos creíamos invencibles, ni aun teniendo un mal día. Además, aquel era uno de los mejores vestuarios en los que he estado. Con mucha diferencia. Toda la plantilla iba con todo y cada uno aportaba, jugando o sin jugar. Además, la Copa permitió que todo el mundo tuviera su protagonismo.
Siempre se cuenta la mentira que los equipos pequeños deben dejar a un lado la Copa para no cansarse.
Para mí eso es una milonga. Considero que es justo al revés. Y más ahora, con todo lo que hay en tema de preparación física y nutrición, que permite que los jugadores estén medidos al dedillo. Es una leyenda, además de un error. Nosotros, después de lo que habíamos pasado el año anterior, en el que incluso habíamos estado amenazados con el descenso a Segunda B, fue un impulso sensacional.
¿Aquella temporada tan buena en Copa pudo influir en la competitividad de la plantilla y lo que pasó en UEFA tres años después?
Seguro. Aquellos jugadores jóvenes eran muy buenos y Mané supo exprimir a los futbolistas, darles su sitio. El germen de aquel equipo era ese del ascenso.
Me hablabas de Mané.
Era un tipo muy peculiar. Llevaba el cariño dentro, pero no lo demostraba. Parecía un poco desconfiado y no se daba. Sí, pero no. De cualquier modo, sabía mucho. Era un entrenador con mucha experiencia y a nivel motivador, después de Camacho, para mí ha sido top. Recuerdo que una vez puso un entrenamiento el día de año nuevo a las once de la mañana. ¿Para qué lo haces? Tenía ese punto de tocahuevos, y encima una temporada en la que íbamos como un cohete.
Te marchas precisamente cuando lográis el ascenso.
Yo tuve un problema. Estaba haciendo el tonto con Ángel Luis en el vestuario, él entrenador estaba empezando una charla, hicimos la gracia de «Manué, no te arrimes a la paré…» y nos cogió la matrícula. Después de eso dejó de ponerme, pero un día me sacó en Albacete y cuando llevaba unos minutos me pegó un grito por perder el balón y yo le respondí que se fuera a tomar por culo, un grave error por mi parte, pues estaba ofuscado y me pasé.
Tenía una cláusula de renovación de dos años más jugando veinticinco partidos de los que me quedaban por disputar muy pocos, pero el club me llamó para pedirme que quitáramos esa cláusula porque el míster había renovado y no me quería para el año siguiente. Ginés Carvajal fue el que llevó todo y me comentaba: «Pedro, hay que quitar la cláusula porque si no, no te va a poner».
Era mejor quitarla y ya Dios dirá. Luego, Mané no se portó bien, porque yo hice muy buena temporada y al acabar me dijo que me iba a quedar. Me pasé todo el verano al teléfono escuchando que sí contaba conmigo pero al final fue que no. Llegó un ofertón del Orense cuando lo cogió el grupo Bahía y fui allí. Fue la única vez en mi vida que firmé por únicamente un año y me pasé seis meses lesionado.
Empecé como un tiro, con Emilio Cruz como entrenador, cuando caí lesionado era el máximo goleador del equipo y al volver después de medio año, seguía siéndolo. La gestión fue ruinosa, pues echaron a Emilio Cruz muy pronto y acabó llegando Hernández Fuertes, que nos hacía entrenar y tirar a puerta descalzos para «sentir el balón». Terminamos descendiendo y yo acabé tieso después de la lesión y sin contrato. Estuve un tiempo sin equipo hasta que me marché a Terrassa.
¿El Rayo Vallecano intentó tu regreso en algún momento?
No llegué a tener una oferta. Se hablaba de la posibilidad, pero oferta no existió. Por mí, imagínate, me hubiera ido con los ojos cerrados.
¿Aunque estabas en otros equipos seguías pendiente de los partidos del Rayo?
Siempre. Es que he sido rayista antes que jugador del Rayo. Yo conservo los autógrafos de cuando era niño y esperaba a los jugadores para que me firmaran. A mí me rompieron una bandera en Castalia cuando tenía diez años. Allí iba yo con mi bandera, bajé a la valla, vino un hombre y la partió. ¡Mi padre lo quería matar! Encima que no le gustaba el fútbol, le tocaba lidiar con eso.
¿Cómo son esos meses en los que por primera vez en tu vida no hay ningún equipo que llama a la puerta?
Fue una situación muy dura. Cuando acaba la temporada yo tenía 29 años y sentía que todavía podía dar mucho. Me surgió alguna cosita de Segunda, pero era una época en la que el Terrassa pagaba mucho dinero porque estaban los dueños de Cirsa, de las máquinas tragaperras.
Hicieron un gran proyecto y yo firmé a finales de agosto, casi con el gancho y en Segunda B. Allí jugué siempre, pero en el primer año no fue bien. Había gente como Christiansen, el ex del Barça que había sido internacional, y se hizo un gran equipo de nombres, pero no se lograron los resultados. Estaba la exigencia de subir sí o sí, y esos proyectos casi nunca salen bien.
El segundo año ya cambiaron las cosas, pues se bajó el pistón, se marcharon varios jugadores, se apostó por jóvenes de la zona y vino Miguel Álvarez de entrenador, que se trajo a sus cinco o seis jugadores de confianza, el equipo fue subiendo. Esa segunda temporada quedamos duodécimos y en la siguiente ya fue cuando logramos el ascenso a Segunda.
Lo hicimos después de cuarenta y dos años. Estuve allí una temporada en Segunda División y ya me retiré en 2003. Me ofrecieron quedarme de director de fútbol base y haciendo informes para la secretaría técnica del primer equipo. En cuanto me lo ofrecieron, acepté y no tuve ni tiempo para dejar de pensar en fútbol. Tenía ganas de seguir vinculado con este deporte.
¿Cómo es el proceso mental de echarse a un lado?
Jodido. El tema de la espalda fue determinante. Recuerdo que fuimos a jugar a Salamanca, donde disputé mi último partido, y al día siguiente había un entrenamiento voluntario para los que no habíamos sido titulares, tuve un golpe en una caída y estuve una semana prácticamente sin moverme. Me tenía que vestir mi mujer. A partir de ahí ya salió el diagnóstico de las hernias, un desplazamiento de la S1 y, como era una proceso degenerativo, los doctores ya me comentaron que igual tenía que dejarlo.
Esto sucedió en febrero, cuando todavía quedaban cuatro meses de competición, y yo pensaba: «¿En serio me está pasando esto?». En las siguientes semanas me hice varias pruebas, pero los resultados eran contundentes: podía seguir jugando, pero bajo un riesgo grave y la posibilidad de tener un problema mayor. Al final, decidí dejarlo. Fue una decisión dura, pero tenía ilusión, mi hija mayor, Claudia, había nacido allí, tenía apenas unos meses y continué en el cargo que me ofrecieron.
A nivel económico no tenías urgencias.
Algo tenía, pero sabía que no tenía para vivir toda la vida. Además, nunca he sabido estar parado: había hecho un curso de dirección de empresas deportivas, cosas de informática e inglés… me había formado. Por eso, cuando desde el Terrassa me lo dijeron, yo respondí que adelante. Me apetecía. Lo más cómodo, a lo mejor hubiera sido irme a Madrid, pero me decidí a probar este desafío, estuve dos años y se me metió en la cabeza volver a casa.
El club se había instalado en Segunda División, pero se estaban empezando a hacer las cosas mal. De hecho, todo eso acabó años después con la desaparición. El director deportivo del primer equipo era un tipo que me veía como un riesgo y trababa de tirar por tierra todo lo que yo proponía.
Tanto es así que tiró a la papelera un informe mío de Sergio Busquets. Él, por aquel entonces, tenía dieciséis años, era muy delgado, como un palo, y jugaba en el Jàbac de Terrassa, que era como el rival del Terrassa y tenía un convenio con el FC Barcelona. Era buenísimo, ya se veía. Yo me había reunido con Charly, su padre, y le dije que si hacía la pretemporada con el primer equipo, pero el otro lo descartó: «Ese niño no puede ni con el balón». Todo por su recelo. Me quedaban dos años más de contrato, pero hablé con el presidente y me marché.
¿Te viniste sin nada a la vista?
Sin nada. Sólo con la idea de hacerme el curso de agente, lo hice y hasta hoy.
¿Y el Pedro Riesco agente le hubiera recomendado otra trayectoria al Pedro Riesco jugador?
Sí. Por ejemplo, el tema de irme cedido la segunda temporada a Valladolid, pues me entró la prisa. Yo tenía veinticuatro años y, a lo mejor, eché en falta que Ginés me hubiera dicho: «Calma, quédate ahí y ya veremos el año que viene». Yo tuve las dos experiencias con las cesiones, pues en Valladolid fue un desastre, también porque me lesioné, mientras en Albacete me fue muy bien. Es cierto que a esa segunda cesión llegué más maduro, Floro mostró una confianza increíble en mí y, de hecho, me fui pronto y estaba entrenando antes de que se abriera el mercado.
¿Hubieras cambiado irte al Depor?. Es cierto que en el Atlético de Madrid y el Real Madrid la competencia también hubiese sido brutal, pero con la confianza de Floro…
También tuve una oferta de Udinese para marcharme a Italia, desde el punto de vista económico era similar, pero hablando con Ginés él me comentaba que el Dépor era un proyectazo con una tendencia hacia arriba y me decidí por esa posibilidad. A lo mejor, si Udinese me hubiera ofrecido la posibilidad de ganar mucho dinero la cosa habría sido distinta, pero ya te digo que eran ofertas similares.
Hubo también algo de Francia, pero mi duda sí que estuvo entre Udinese y Deportivo de la Coruña. Me gustaba mucho el rollo de Italia, pero finalmente mi decisión fue el Dépor y no me arrepiento: gané una Copa, una Supercopa, tuve la oportunidad de disputar competiciones europeas… fue todo increíble. Y muy rápido, pues después de una temporada en Primera con el Rayo me empujaron a salir, empezando por la oferta de renovación a la baja.
¿Tras la retirada, que es lo que más se echa de menos? ¿ese olor a césped?
El olor a césped es una enfermedad, por eso disfruto tanto cuando salgo a dar una vuelta y correr. Y si ha llovido, mejor todavía. Eso es lo que más, aunque puedo mitigarlo un poco porque voy a ver muchos partidos. También se echa mucho de menos el día a día y el competir.












Otra época, otro protagonista pero siempre la maravilla del futbol