Al valle de Ordesa, en el Pirineo Central de Huesca, sube hasta la abuela con el taper de garbanzos y espinacas en una cesta de mimbre. La ruta, larga pero sencilla, termina bajo una cascada de más de cien metros cuya caída de agua recuerda la mata de pelo de un trasero equino. Un paseo de domingo que da acceso a la base del Monte Perdido, pico de 3355 metros de altura.
Era Julio de 2022, temporada alta, calor, Djokovic acababa de ganar en Wimbledon, y Pogačar perdía el maillot amarillo en el Col de Granon. Un grupo de amigos organizamos un trecking de cinco días por aquellas tierras pirenáicas con la ascensión al Monte Perdido como nuestro objetivo principal.
Me uní al viaje algo molesto por el precio. Teníamos sobrepeso, alopecia consolidada e incipientes síntomas de andropausia. Pero de ahí a contratar a un guía de montaña… ¡Ni que fuéramos un grupo de escolares! ¿Acaso no teníamos nuestros GPSs Garmin y las rutas descargadas del Wikiloc? Sin embargo, al terminar la primera jornada hasta el refugio de Góriz, mi opinión sobre el «Intruso» y su función en nuestra aventura había cambiado por completo. Luis Ángel Fernandez, miembro de la empresa Aragon Aventura, impartió un curso intensivo de geografía, geología, botánica y buenas prácticas montañeras; supo mantener un ritmo de marcha adecuado para que ninguno quedara rezagado, además de la gestión impecable de comidas y reserva de refugios. Y, lo más importante: ¡No nos perdimos! Este detalle parecerá baladí, pero fueron numerosas las veces que nos cruzamos durante esos días con gente dándole vueltas y vueltas a un mapa, retrocediendo sus pasos sin saber cómo continuar, mirándonos pasar con la desesperación en los ojos.
A la hora de las cervezas bajo la sombra del Monte Perdido, Luis Ángel era ya un miembro indiscutible del grupo. La inmensidad del escenario y el esfuerzo compartido ayudaron a disipar todas mis dudas sobre la contratación de sus servicios. Sin duda, aquella experiencia hubiera sido menos enriquecedora y completa que si la hubiéramos gestionado nosotros solos.
Y me apuesto mis viejos pantalones convertibles Coronel Tapioca a que nos habríamos perdido.
Breve historia de un oficio centenario.
La figura del guía ha existido desde que los homínidos se irguieron sobre sus extremidades traseras y comenzaron las migraciones. Podríamos decir que los precursores de la profesión fueron esos rastreadores nómadas obligados a comprender y convivir con la naturaleza para sobrevivir al hambre, el clima adverso o a vecinos hostiles (exactamente las mismas razones que aún hoy impulsan a miles de personas a cruzar desiertos y mares).
El sedentarismo trajo, además de la agricultura, que estos campesinos primigenios pudieran sacarle algún partido material al conocimiento de las tierras que habitaban. Ya fuera para guiar a caravanas comerciales o partidas de contrabando, a prófugos de sí mismos en peregrinación a la Finis Terrae, o a ejércitos durante los periodos de guerra y conquista, el guía fue siempre una figura indispensable para ese flujo incesante de personas que ha caracterizado a la raza humana.
Sin embargo, no es hasta mediados del siglo XVIII que comienza la profesionalización del guiado, de la mano del naciente fenómeno del turismo y el interés de la nobleza y clases pudientes e intelectuales por las terras incognitas alpinas.
Si en los orígenes el oficio se heredaba de padres a hijos, en la actualidad es una actividad muy reglada y exigente, con formación específica para cada terreno montañoso, meteorología, avalanchas y operaciones de rescate, primeros auxilios, idiomas y capacitación pedagógica y psicológica para soportar y domar a los variopintos clientes en busca de la experiencia montañera o el selfie perfecto.
La cualificación de todos los guías está garantizada por la Federación Internacional de Asociaciones de Guías de Montaña (IFMGA / UIAGM), creada en 1965 por guías de Austria, Francia, Suiza y Alemania, y a la que pertenecen en la actualidad 24 países de todo el mundo, y la UIMLA – Union of International Mountain Leader Associations, que busca desde 1989 armonizar la enseñanza de la profesión a nivel global.
Pero no todo lo que hace al guía son necesidades económicas, títulos y siglas. En el libro Estrellas y Borrascas (https://www.libreriadesnivel.com/libros/estrellas-y-borrascas/9788498292862/), escrito en 1954 por el alpinista Gastón Rebuffat, el autor describe esta profesión con ternura y romanticismo épico, al mismo tiempo que conquista varias de las cumbres más míticas por sus caras norte con sus propios clientes.
«…el guía puede despertar a su cliente y salir. En ese momento una cuerda une a dos seres con una sola vida; el guía se ata a un desconocido que va a convertirse en un amigo (…).
Con la repetición inevitable de las mismas ascensiones, el trabajo podría hacerse fastidioso, pero el guía no es solo una máquina de escalar rocas y pendientes de hielo, de conocer el tiempo y el itinerario. El guía no escala para él mismo: abre las puertas de sus montañas como el jardinero las verjas de su parque. (…) sobre todo le satisface la felicidad de aquél a quien acompaña. Sabe que determinada excursión es particularmente interesante, que en tal lugar se goza de una magnífica vista, que cierta arista de hielo es bella como un encaje; no dice nada, pero la sonrisa de su compañero al descubrirlo es su recompensa.»
Luis Ángel Rojo, «Gorri». Pastor de humanos.
Gorri lleva casi treinta años pastoreando humanos, como él describe irónicamente este trabajo. Atiende mi llamada y mis preguntas desde Lantarón, un pueblo Alavés donde tiene abiertas más de cien vías de escalada y dos vías ferratas. Nacido en un caserío de los montes Vascos, pronto llegó la fiebre de la escalada: Pirineos —El oráculo Maldonado dirigiendo su destino cada fin de semana con el parte metereológico, tan certero en aquellos días sin internet como los pimientos de padrón—; veranos completos en los Alpes; Himalaya a los 23 años.
Fue al regresar del Pumori, pico de 7161 metros de altura situado en la frontera entre China y Nepal, que decide formarse como guía de montaña y convertirlo en su profesión. Lleva también casi veinte años como formador en diferentes escuelas del país, al mismo tiempo que continúa con sus retos personales, ya sean ochomiles, apertura de nuevas vías de escalada en todo tipo de terrenos, o largas travesías esquiando, en piragua o bicicleta. Un aventurero multidisciplinar.
Para Gorri, el factor clave del oficio es la empatía y la paciencia. El guía ejerce muchas veces de psicólogo sin titulación para que la convivencia sea agradable y todo lo apacible que permitan esos días intensos lejos de casa. Y me cuenta, como ejemplo, que la escuela francesa de Alpinismo en Chamonix, la meca de las escuelas de Alta Montaña, tuvo que cambiar el enfoque pedagógico porque estaban saliendo guías física y técnicamente extraordinarios, más preocupados por terminar cuanto antes la actividad que propiciar una bonita experiencia a los guiados. Tras constatar que el número de quejas y de accidentes aumentaban cada año, la escuela dio un giro para atender con más cuidado el aspecto humano en los cursos de formación.
Luego está el peligro, que nunca desaparece por completo. Y ahí sí que es primordial la pericia y conocimiento técnico y físico del guía. Gorri recuerda una conversación con Simón Elias, otro alpinista de prestigio y guía de alta montaña, además de escritor afilado y divertido (https://www.pepitas.net/libro/alpinismo-bisexual), tras sufrir una tormenta en mitad del monte con sus clientes. Consiguieron guarecerse debajo de un desplome de roca. Cuando pasó el riesgo y los clientes los miraban agradecidos, Simón Elias llegó a la conclusión de que la función de los guías es poner en peligro a la gente para luego salvarlos. Y no le falta razón si atendemos hasta dónde se aventuran con sujetos que no conocen de nada.
Sin embargo, Gorri clarifica que el factor principal de que las montañas sean peligrosa es la falta de sentido común. Muchas veces tuvo que dejar a sus clientes en un sitio para rescatar con la cuerda a paseantes enriscados. Que la gente salga de forma autónoma y que utilicen la tecnología no es un problema para él. Pero al confundir la dificultad con la exposición, ahí es cuando se meten en líos de los que no saben salir.
Aunque existe la Asociación Española de guías de montaña (AEGM), de la que él es socio fundador y parte de la junta directiva, y la normativa actual considera a los guías de montaña como una categoría diferente a los guías turísticos, Gorri lleva años abogando por la creación de un Colegio de Guías de montaña que luche con más intensidad y eficacia contra el intrusismo, un problema que compromete la seguridad de la gente y el prestigio de la profesión.
Jorge Nuñez, «Jorgu». Friki de los barrancos.
Durante once años de su vida hizo más de 300 entradas al año, unos 25 días al mes entre paredes escarpadas y torrentes de agua. Colabora con marcas de material técnico diseñando trajes de neopreno y probando nuevos productos antes de que salgan al mercado. Batió récords de velocidad de descenso de barrancos, ganó tres veces el campeonato del mundo, fue dos veces campeón de Europa –una en modalidad individual y otra por equipos–, tres campeonatos de América y cinco veces campeón de España. Sería fácil hipnotizar a los clientes con este currículum que aburre leer de lo largo que es. Pero Jorgu insiste en que un buen guía tiene que permanecer en un segundo plano, la fanfarronería acodada en la barra del bar. Los clientes deben de ser los protagonistas absolutos. ¡Que para eso pagan!
Comenzó a trabajar con 16 años en los picos de Europa, en aquellos tiempos donde en España no hacía falta titulación y el oficio se aprendía con la práctica. La regulación de la formación llegó por fin en el año 1999, y Jorgu obtuvo las titulaciones que le faltaban (aguas vivas, barrancos, espeleología, escalada, media y alta montaña), al mismo tiempo que montaba su propia empresa de aventuras, abierta hasta el año 2012. Desde un principio se centró, sobre todo, en los barrancos, porque percibió que la demanda de guías de media y alta montaña iba en descenso. De nuevo, el exceso de información y las tecnologías con sus vértices y aristas.
La gente que va a hacer barrancos es más consciente de lo que implica la actividad. Y son pocos los que se aventuran a hacerlos por su cuenta y riesgo.
Sin embargo, critica que muchas de las empresas en Asturias, donde vive, no tienen guías titulados, sino gente valiente que hace el trabajo y que no respetan el cupo máximo de clientes por guía. Se queja de que la administración lo sabe y lo permite por la falta de profesionales, y que una criba así afectaría al turismo, fuente de ingresos vital para la zona.
Ahora solo se puede intervenir cuando ocurre una desgracia. Jorgu propone que debería existir una regulación estatal, y que la autoridad competente se presentara en la salida de los barrancos a pedir la titulación. Simple y efectivo, pero ya se sabe; los intereses creados en los despachos tienen su propia agenda y prioridades.
Formador desde el año 2006, también reparte palabras afiladas contra el sistema de enseñanza. Y es que Jorgu, con sus más de treinta años de experiencia en el sector como guía y como profesor, tiene derecho a no morderse la lengua. Me explica que antes de 2011 existía un plan que subvencionaba los centros de formación. Cuando esto terminó, proliferaron muchas escuelas cuyo objetivo principal es pillar el máximo número de clientes-alumnos, aumentar el beneficio a costa del salario de los profesores y sus condiciones laborales y, como consecuencia, la calidad de la enseñanza y el futuro desempeño de la profesión. Y ser un buen guía de barrancos no es tarea fácil como para relajar la exigencia formativa.
Juan Vallejo. Dos vidas en las mismas montañas.
El caso de Juan es atípico. Empezó a guiar en 2016, cuando dejó el alpinismo de nivel y creó la empresa Basque Mountain Guides junto a un grupo de compañeros (Gorri entre ellos).
Terminaba una vida de ochomiles y expediciones por cordilleras de todo el mundo —casi siempre en estilo alpino: el escalador portea su propio equipo y por lo tanto viaja con lo mínimo imprescindible—, para comenzar otra al servicio de los clientes.
Sin embargo, no echa de menos el frenesí de tiempos pasados cuando colaboraba con el programa de televisión Al filo de lo Imposible. En definitiva, el trabajo de guía implica viajar mucho y pasar todos los días en la naturaleza.
Considera que lo más bonito del oficio es la relación con los clientes, que muchas veces se convierten en amigos, que cuentan con él para hacer cosas cada vez un poco más difíciles. Si un guía ejerce simplemente por dinero, se le nota enseguida porque va con prisa, sin interés en fraternizar y compartir sus conocimientos del entorno. Además de enseñar cosas de la fauna, flora, historia y cultura del lugar, en una suerte de curso intensivo, Juan añade que parte de su trabajo es instruir sobre cómo comportarse en las alturas, respetar el medio y entender los peligros y consecuencias de sus actos.
En su experiencia, la mayoría de clientes que ha tenido todos estos años ha sido gente agradable, correcta y agradecida, siempre voluntariosa para que todo salga bien. Pero le cambia el tono de voz cuando recuerda lo duro que es aguantar durante días, del amanecer al anochecer, a alguien que compromete la convivencia del grupo por su forma de ser y actuar. Un esfuerzo, psicológico, más duro que la ascensión misma de la montaña.
Guiar es un contrato de trabajo. Pero eso no impide cuestionar la capacidad de los montañeros bajo su responsabilidad. Muchas veces, Juan ha tenido que cancelar la ascensión de, por ejemplo, el Cervino, quinta cima más alta de los Alpes. Los clientes, tal vez confiados en su destreza tras subir otros picos más altos pero de menor dificultad técnica (como el Mont Blanc), mostraron sus carencias a los pocos minutos de escalada. Juan no dudó en mandarlos a casa y, con buenas palabras, les invitó a entrenar un poco más y quedar el año siguiente.
Afortunadamente, el dinero no lo puede todo. Aunque es el principal problema de ciertas zonas en fechas determinadas. El Everest, el Mont Blanc o el Aneto son ejemplos de masificación. Juan me aconseja que para evitar ser parte del problema, basta con elegir otra ruta, otra época del año u otras montañas para disfrutar del paisaje prácticamente solos. Al fin y al cabo, ¿vamos al campo para satisfacer nuestra propia curiosidad, orgullo y gozo personal, o por el reconocimiento social y los likes digitales?
Lo importante, como en la vida, es el camino.
«…Tras escalar cinco, diez o veinte veces la misma fisura o la misma placa, vuelve a sentirse contento al encontrársela. Pero su felicidad proviene de un sentimiento más profundo: su parentesco con la montaña y con los elementos, como el campesino con su tierra o el artesano con la materia que trabaja. Si el segundo de cuerda duda, el guía le devuelve la confianza; si la tormenta se presenta repentinamente, conoce sus secretos: su instinto le dirige, su responsabilidad aumenta sus fuerzas y conduce nuevamente a su cordada hasta el refugio. Le gusta la dificultad, pero odia el peligro, esos dos conceptos tan diferentes. A veces muere, alcanzado por un rayo, los desprendimientos de piedras o los aludes; eso también forma parte de su oficio; pero mientras vive; lucha para guiar su cordada.»
El libro de Gaston Rebuffat, mi experiencia en el valle de Ordesa con Luis Ángel, y las conversaciones con Jorgu, Gorri y Juan Vallejo son pruebas fehacientes de que para ejercer esta profesión, los herederos de los pastores alpinos deben amar la naturaleza y las alturas hasta grados monomaníacos, y, en la mayoría de los casos, acumulan experiencias salvajes, épicas, improbables para el resto de los mortales.
¿Con quién mejor que con un guía para subir al monte?





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