Fútbol argentino

Barras bravas en Latinoamérica: el negocio del sentimiento

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Barras bravas
(Foto: Cordon Press)

Todo comenzó con un ruido seco y ahogado, reconocible a la primera para quien vive en una gran ciudad latinoamericana: un disparo. A ese le siguió otro, y otro, y después un crash de botellas rotas. Y entonces vimos entrar por un portalón a una marabunta al galope.

—¡Corran, la concha de su madre!

Pero nadie movió un pelo.

Acabábamos de llegar al campo de fútbol del histórico club San Telmo de Buenos Aires, en la Isla Maciel, un barrio marginal a escasos quince minutos del centro de la capital argentina. Envuelta por el Riachuelo, una lengua de aguas pestilentes que desemboca en el Río de la Plata, la Isla no es tal, pero a ella se sigue accediendo por balsa desde el vecino barrio de La Boca.

Sus casas, de chapa y madera, podrían ser una postal turística, como Caminito, pero están sin pintar, y abrigan historias de desigualdad y decadencia. Siempre ha sido un lugar temido para los hinchas visitantes. Pero aquella tarde hirviente de febrero de 2006 empezó demasiado fuerte, entre los humos de la hamburguesa y el choripán, la garrapiñada y la marihuana, olores clásicos de las canchas argentinas. En menos de una hora se iban a enfrentar San Telmo y Talleres de Remedios de Escalada, de Primera B Metropolitana, equivalente a Segunda B.

El robo de unas pancartas en un partido previo provocó que la hinchada local recibiese con una emboscada a los valientes que iban a acompañar a su equipo en tierra hostil. Primero fueron unos tiros al aire, luego varios cócteles molotov (uno de los cuales le quemó medio cuerpo a un aficionado rival) y, finalmente, carreras sin fin.

Eso es lo que escuchamos del otro lado del campo de fútbol —dos gradas, una tercera de apenas tres tablones y un cuarto lado, tras la portería, convertido en aparcamiento—. Se nos decía que corriéramos, no sabíamos si para involucrarnos en las peleas o para escapar, pero allí nadie hacía ademán de nada, como si hubiera que esperar algo más.

Barras bravas
(Foto: Cordon Press)

Ante el recibimiento de los de San Telmo, los de Talleres de Escalada respondieron como mandan los cánones de la batalla: contragolpeando. Una turba entró por una esquina, a empellones, al aparcamiento donde habíamos dejado el coche. Sin poder hacer nada, vimos como destrozaban en dos minutos la mayoría de coches con varas y trancas, saltaban encima de ellos, lanzaban patadas voladoras a los retrovisores, abollaban los capós.

La jauría hambrienta intentó entonces romper la reja que los separaba de la hinchada local. Y estos respondieron enzarzándose a puñetazos, patadas y palazos. A simple vista parecía un sálvese quien pueda. Pero para nuestros colegas, cincuentones imperturbables de ceja caída, parecía ser un domingo más.

Apareció entonces, campo a través, la policía: cuatro obesos manifiestamente mal pertrechados, tres con escudos y porras, uno con una escopeta de balas de goma. Para completar la escena, y mientras se molían a palos, entraron en el campo los jugadores locales a calentar junto a la terna arbitral.

Viendo el chaparrón, volvieron al vestuario. Veinte minutos después, el colegiado decidió suspender el partido, llegaron refuerzos policiales y todo pareció volver a la calma. Nada más lejos. Cuando los hinchas locales consiguieron devolver a la visitante a sus buses, se dirigieron a la tribuna principal y allí le abrieron la cabeza de una pedrada a un futbolista visitante que no estaba convocado. Luego corrió la versión de que lo habían arrojado al vacío desde la grada.

Más caos, más ambulancias. Pero ni un detenido. Eso sí, el estadio fue clausurado durante cinco años, lo que alimentó las teorías de los locales de que aquello había sido montado para perjudicarlos.

Fue, en cualquier caso, un episodio clásico de violencia en el fútbol latinoamericano: barrio contra barrio, violencia desmedida y un vacío social evidente disfrazado de pasión. Aquello que nosotros habíamos vivido como el desembarco de Normandía era un día más entre barras bravas, grupos organizados de fanáticos de un club de fútbol que han ido mutando su definición hasta convertirse en algo así como el brazo armado de las directivas de los clubes y de otros actores de la sociedad y la política.

Barras bravas
(Foto: Cordon Press)

Por su origen y conformación es un fenómeno relativamente tolerado dentro del mundo del fútbol, si bien su deriva lo ha llevado a ser incluido en los diagramas de los mayores grupos delictivos del continente (especialmente en Argentina, Uruguay y Brasil, pero también Colombia, Chile, Perú o Paraguay, que han ido replicando el esquema por imitación desde los años ochenta).

Las barras son hoy un negocio sucio con una camiseta puesta, un elemento mafioso que pasó de ser algo lateral a instalarse en los intestinos mismos del fútbol, al mismo tiempo que el propio deporte se convertía en negocio multimillonario. Pero no siempre fue así.

La cultura del aguante

Se llamaba Prudencio Miguel Reyes, era uruguayo y fue el primer hincha de la historia. En los primeros años del siglo XX, cuando las costuras de los balones se cerraban con una tira de cuero enhebrado, se hacía indispensable la acción de un talabartero, un artesano del género, para montarlos e inflarlos a pulmón. Prudencio se metía en el papel y daba rienda suelta a su pasión por ese deporte que había llegado hacía poco a Montevideo, su ciudad.

En el Parque Central jugaba su amado Nacional. Y por él se dejaba la garganta, el pecho y el mostacho, inflando los balones y también gritando y animando como nadie lo había hecho hasta la fecha. Tanto se hacía notar que en el estadio se empezaron a preguntar: ¿quién grita tanto? «Es el hinchador», respondían. «El hincha».

Se llamaba Pedro Demby, también era uruguayo y fue la primera víctima de la violencia en el fútbol sudamericano. Su muerte ocurrió en 1924, tras un clásico del Río de la Plata en Montevideo, cuando a un grupo de uruguayos no se le ocurrió otra cosa que celebrarlo frente al hotel de los argentinos. Un «allegado» a la delegación visitante lo mató de un balazo para que se callara. Según las crónicas, futbolistas y directivos trataron de encubrir el crimen llevándose al autor a Buenos Aires en su barco.

Reyes y Demby inauguran la historia de una arista que marca el carácter de los países sudamericanos, especialmente en Uruguay y Argentina: la cultura del aguante, una manera de defender unos colores al extremo, una incondicionalidad a una camiseta, un escudo, al barrio, a la ciudad, al país o a lo que se pase por delante.

Barras Bravas
(Foto: Cordon Press)

Se dice que el aguante consiste en encontrar algo por lo que vivir más allá de la cotidianeidad. Y eso puede ser el fútbol, la política o una asociación de filatelia, es un decir. En el fútbol solo hay que remitirse al cancionero de la grada para definirlo: te sigo a todas partes, de local o visitante, desde la cuna hasta el cajón, nunca abandono, estoy en las buenas y en las malas, y todo para ser campeón.

Pero el aguante también implica, según las canciones, pegar, quemar, y, al final, matar. Es violencia verbal, pero todos cantan. Porque cuando se tiene delante al eterno rival y se le gana en el minuto noventa y mil, da igual todo y lo grita la señora, el niño a hombros del padre o el abuelo que vio jugar a Di Stéfano y Pelé.

La violencia está ahí, latente, digamos que a un nivel muy parecido al que se vive en el día a día en una gran ciudad latinoamericana. En una sociedad marcada por una injusticia rampante y una tensión permanente, el individuo recoge el estrés de la semana y lo repercute el domingo, adobado con un sentimiento de pertenencia intransferible: yo contra el resto.

En ese contexto, el autodenominado hincha común va al campo y viaja para ver a su equipo. Canta contra el rival, pero no arriesga la vida. Eso ya lo hacen aquellos dispuestos a transgredir los límites. Eso que llaman hinchada, la que enciende nitratos y bengalas, tira millones de papelitos y estira las pancartas y empieza los cánticos a golpe de bombo.

Y por eso se tolera, porque además de todo eso, se pelean, aguantan. Y entonces el hincha recuerda aquella vez que lo salvaron de la muerte en tal estadio o en tal ciudad. ¿Violencia? Es folclore, dicen, o decían. Porque una cosa es pegarse «por unos colores» y otra hacer negocio con ello. Entonces hablamos de barra brava.

La mercantilización de la violencia

El plan era sencillo: queríamos ver el partido final de un campeonato argentino. Faltaba un detalle: no teníamos entradas. «Tranquilos, las conseguimos», dijeron los amigos porteños. Al llegar cerca del estadio, en el aparcamiento de un hipermercado, esperamos hasta que apareció un grupo de tipos con cara de malos.

Barras Bravas
(Foto: Cordon Press)

Grandes y gordos todos, menos uno, el que mandaba, uno sesenta escaso, pelo largo y gorrito de ala entera. Nos dio a todos el protocolario beso con el que se saluda en Argentina y dijo: «¿Cuántos son?». Y acto seguido sacó de la cazadora un fajo de relucientes entradas, extendió unas cuantas, sin contarlas, y se fue para siempre. Sin cobrar. Cándido de mí, pregunté si era un reventa. «No, no. Es uno de los jefes de la barra, amigo de un amigo».

El negocio de las entradas —cuando se venden, no como en este caso— representa una entrada de dinero fijo y jugoso en las barras bravas. Y es, además, el más tradicional en varios países. Es fácil para todos los actores implicados y por eso funciona en todos lados: dirigentes que dan entradas (pongamos, un tercio de las que se entregan) cuando el equipo es visitante para asegurarle un dinero que deje contentos a los barras, que a su vez le dan el apoyo necesario para dirigir el club.

Así fue durante muchos años y nadie lo cuestionó. Por ahí comenzó la proverbial condescendencia hacia un negocio de por sí fraudulento. Empezó, al menos tímidamente, en la época en que el diario La Razón de Buenos Aires llamó «barras fuertes» a aquellas bandas de hinchas cada vez más intimidatorias. Era 1958 y Argentina vivía momentos de zozobra política que no se fueron por mucho tiempo. Y en el fútbol se daban los primeros pasos de violencia sin patrón. En los sesenta se produjeron varios asesinatos y la tragedia de la Puerta 12 del estadio Monumental, donde murieron setenta y un hinchas de Boca aplastados por una avalancha.

 

Fue en los setenta cuando se profesionalizó la violencia, cuando esta pasó de espontánea a racional. Las barras se hacían mayores. Se les ponía nombre como paraguas donde recoger la lógica tribal del grupo. Dice el periodista Amílcar Romero, autor de Muerte en la cancha, que la violencia creció con la sociedad de consumo y el retiro paulatino de la clase obrera, de algún modo semejante a sus primos hermanos de Inglaterra, que multiplicaron su virulencia en los años de vaciamiento industrial de Thatcher.

Pero enseguida se verá que no basta el discurso que se basa en la imagen de las clases populares dándose mamporros para liberar endorfinas. Hacía tiempo que ya excedía todo eso, porque comienza a ser un negocio, en un círculo vicioso alimentado por las directivas que necesitan el apoyo de un ejército a cambio de favores que agradecen con su apoyo instrumental: entradas, material deportivo, viajes y entrada en el vestuario.

Por entonces, ya se habla de los acuerdos con la policía —«la barra uniformada»—, que hacía su propio negocio en los dispositivos de seguridad o en el reparto de otro negocio ya clásico de las barras: el control de los aparcamientos y la seguridad en las puertas de los conciertos en los grandes estadios de Buenos Aires.

Barras Bravas
(Foto: Cordon Press)

Con la llegada de la democracia, en los ochenta, se amplían miras. Sindicalistas y partidos, principales patas del imbricado panorama político, los usan como fuerza de choque, sin que a las hinchadas les importe a quién se apoya, mercenarios sin cargo de conciencia. Las barras de River y Boca, por ejemplo, llegaron a sacar en los partidos pancartas pagadas por candidatos peronistas rivales. Y en 2009 ambas hinchadas acabaron por desvirtuar una rivalidad devenida negocio.

Gracias al dinero por primera vez parecían estar de acuerdo en algo: durante un superclásico en la Bombonera, ambas sacaron sendos grandes banderones con mensajes contra el grupo Clarín, el grupo mediático más importante de Argentina, en aquella época enfrentado al Gobierno.

La connivencia con el poder queda claro en cada detalle. Recordemos aquí al Gusano, el jefe de la barra del club Nueva Chicago que la AFA puso como guardaespaldas de Messi. Pero la bestia seguía y había que alimentarla. Se supo, gracias a la pelea a navajazos entre varios barras de River, que Los Borrachos del Tablón, así se llaman, sacaron un porcentaje por la venta de Higuaín al Real Madrid. Y no es un caso único, desde luego.

A la barra de Rosario Central se le atribuye algo parecido con el pase de Di María al Benfica, pero van más allá, con publicaciones que aportan pruebas a las sospechas de que las dos grandes barras de Rosario, la de Central y la de Newell’s Old Boys, tienen lazos con el narcotráfico, muy presente en la ciudad.

El Ministerio de Justicia, incluso, asegura que el líder de la de Central maneja también la barra rival con la tutela de la mayor banda narco de la ciudad. Siempre con la pantalla del fútbol por delante y pasando olímpicamente del qué dirán. La lógica aplastante es la siguiente: «Si el fútbol es un negocio, ¿por qué no nos vamos a lucrar también?».

Un ejército de matrioskas

Un perfil interminable de brazos acompasados al ritmo de bombos, tambores y platillos reverberan en la grada. Va a empezar el partido, un clásico, y la coreografía es perfecta. Solo queda, en el centro de la tribuna, un vacío perfecto, un círculo de cemento donde en breve se ubicará la barra brava tras su entrada triunfal en el estadio.

En ese vacío se ven, cada pocos metros, unas estructuras metálicas normalmente usadas para evitar caídas en una repleta grada de pie. Eso se llama en Argentina paravalanchas y vale más dinero que cualquier otra cosa en el estadio, contando los sueldos de los futbolistas.

Barras Bravas
(Foto: Cordon Press)

Porque el paravalanchas se usa como símbolo de estatus, el trono del campo de batalla, el altar de un torneo medieval. A ellos se suben los barras en orden jerárquico, un verdadero ejército que entrará desde el vomitorio a golpe de bombo y en formación. Y lo harán, incluso, con el partido empezado, como verdaderas estrellas, con el resto de la grada volviendo el cogote hacia ellos, hinchas de su propia hinchada.

Primero entran los portadores de la larga pancarta que se superpone a los tirantes de tela de los que se cuelgan encima de los paravalanchas. Detrás, los bombos y tambores redoblantes. Luego, paraguas, banderas, banderones. Y después el grupo que arrastra a su paso hasta ocupar el centro de la escena. En esta cohorte van haciéndose a un lado las capas, como una cebolla, desde la última línea de soldados hasta los capos, en el centro mismo, en una liturgia casi geométrica que acaba cuando los jefes y sus laderos copan el paravalanchas principal.

Eso si la casa está en paz, claro. Casi nunca es así. Una barra hoy es un ejército de matrioskas, muñecas rusas, que van saliendo una de dentro de otra en un movimiento sin fin. Caen unos, pero hay otros dentro, en una regeneración interminable. Tienen todas las trazas de las organizaciones mafiosas, que se pone especialmente de manifiesto a la hora de las sucesiones.

Porque, como se puede suponer, los cambios de líderes no se votan precisamente en asamblea y a mano alzada, sino que se decantan por enfrentamientos, trufados de traiciones y alianzas espurias, que normalmente acaban en prisión o muerte. Y así llega el siguiente, y el siguiente, ad infinitum.

Los adaptados de siempre

Entrar a un estadio latinoamericano es gracioso para el turista, curioso para el que va una vez al año e insoportable para el que lleva toda la vida aguantando un filtro de seguridad que no sirve para nada. El hincha siente al llegar cerca de la cancha que es un borrego maltratado. A doscientos metros hay un primer control. A la vuelta de la esquina, el primer cacheo. A salir de él, cámaras policiales graban a los hinchas.

Más adelante, señores haciendo soplar aleatoriamente un test de alcoholemia y drogas. Cuando después de haber pasado por todo esto, con el ruido incesante de un helicóptero encima, los ladridos de los perros policía, las cagadas de caballo de la montada, el aficionado cree que ha tirado una hora de su vida a la basura, sobreviene la ridícula realidad: cuando va a colocar, por fin, su entrada en el láser y atravesar el torno, un policía le hace atrás con la mano en el pecho.

Sus compañeros uniformados hacen un pasillo de honor y entonces piensa que va a aparecer la reina británica. Pero quien surge, en cambio, es la barra, un tropel de búfalos a los que se le abren las puertas de par en par, con los bolsos gigantes guardando pancartas y quién sabe qué más, mientras los policías solo aciertan a calarse la gorra y mirar hacia un lado por si algún hincha normal tiene la imperdonable intención de entrar con un mechero o incluso unas llaves. Pero a la barra, angelitos, ni cacheo ni test de alcoholemia ni vídeo ni mucho menos un control de entrada.

Barras Bravas
(Foto: Cordon Press)

En los grandes países de Latinoamérica se intenta atajar la violencia matando moscas a cañonazos, frivolidades que serían cómicas si no fueran trágicas. En los noventa, mientras se mataban las barras, un juez argentino ordenaba prohibir las banderas de más de 2×1 metros, una arbitrariedad de bombero: destruyen la cultura futbolística criminalizando hasta las pancartas, pero la víscera no la tocan, y los crímenes y sus autores siguen impunes.

En Argentina, con otra de esas medidas surrealistas, los visitantes no podían viajar en el campeonato pero sí en la Copa. Vaya usted a saber por qué. En Brasil optaron por algo más sutil que recuerda a Inglaterra, que optó por subir el precio de las entradas de forma drástica como una forma de elitizar el fútbol y ello, unido a reglamentos severos, permitió rebajar los niveles de violencia.

En Brasil saben la teoría (encarecer las entradas) pero hecha la ley, hecha la trampa, porque las barras —torcidas organizadas— siguen consiguiendo entradas baratas o gratis por el lado que todos sabemos. Si la impunidad existe en Argentina, Brasil la supera. Y ni cuenta los muertos como propios del fútbol, en ocasiones, como ocurrió hace años con una carnicería en la que mataron a ocho miembros de una torcida de Corinthians. Porque se da por hecho que son ajustes de cuentas, y tan diversificado está el fenómeno —la torcida Gavioes da Fiel tiene una de las más famosos escolas de Samba de Sao Paulo— que ya no se le suma los muertos al fútbol.

Hay una frase hecha que se repite en los medios de comunicación de Argentina, los mismos que se regocijan por el espectáculo de las gradas y un minuto después reniegan de sí mismos por la vergüenza de las barras, sin solución de continuidad. La frase más repetida es la que les llama «los inadaptados de siempre». Pero no hace falta analizar demasiado las cosas para darse cuenta que ellos, los barrabravas, cebados por el poder y la política, son los más adaptados de todos.

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