Historia del fútbol español

Alberto Pizzinato, «colaboracionista fascista» italiano que fingió ser jugador de fútbol para escapar a España… y fichó

Girona, agosto de 1948. Frontera entre Francia y España. El hombre, desaliñado, sin dinero ni documentos y con escaso equipaje, se presenta ante los agentes que controlan el paso fronterizo como Alberto Pizzinato y comienza a contar su historia. Dice ser italiano y futbolista, tener veintinueve años y haber formado parte tanto de la Società Sportiva Ambrosiana, nombre con el que se conocía al actual Inter de Milán por aquel entonces, como de la selección italiana de Vittorio Pozzo, que había conquistado el Oro en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 después de haber derrotado a Estados Unidos, Japón, Noruega y Austria. «Llegué a jugar con Silvio Piola», aclara antes de continuar con su relato.

El inicio de la Segunda Guerra Mundial, explica, no solo había interrumpido su prominente carrera como jugador de fútbol sino que además lo había obligado a alistarse en el ejército de su país y a combatir en el frente hasta su detención y encarcelamiento por parte de las fuerzas comunistas una vez finalizado el conflicto. Recuperada la libertad con la proclamación de la República Italiana, fue despojado de sus ahorros, bienes y propiedades, fue perseguido por «colaboracionista» y no tuvo más remedio que exiliarse. Había llegado a la frontera a pie desde Luxemburgo, donde se había desempeñado como entrenador, porque España, según él, era el único lugar que le ofrecía garantías firmes para poder volver a jugar sin que nadie se metiera con él.

La noticia de la presencia de un futbolista italiano en las instalaciones penitenciarias barcelonesas, a donde se lo había trasladado al ser conocida su historia, se extendió rápidamente por la ciudad y el Espanyol, anticipándose a equipos como el Barcelona, Girona y Figueres, que también mostraron interés en hacerse con sus servicios, decidió contratarlo. Su fichaje no solo quedó inmortalizado con una fotografía en la que se lo aprecia luciendo la camiseta blanquiazul, sino que además le permitió ocupar un lugar privilegiado en las portadas de las ediciones del 12 de agosto de 1948 de Mundo Deportivo y del 15 del mismo mes de MARCA. En las mismas, además de destacar su nacionalidad, su edad y su demarcación («delantero centro» o «extremo izquierdo») fiel al estilo de la época, se detallaba con todo lujo de detalles el mismo relato que les había contado a los agentes fronterizos.

Alberto Pizzinato firmó por dos años con el Espanyol y estableció como única condición a su contratación disponer de tiempo para ponerse a punto. No era algo descabellado, a simple vista se notaba que la guerra había hecho estragos en su físico y no quería decepcionar a quienes en él habían confiado: «Hace un año y medio que no juego, pero en cuanto recupere algo de peso y me haya entrenado, creo que podré dar un buen rendimiento y recordar con acierto mis temporadas mejores de cuando formaba ala con Silvio Piola. Tengo veintinueve años y no me considero veterano». Eso sí, en todo momento dejó bien clara su intención de agradecer a quienes habían apostado por su fichaje: «Quiero que se haga patente mi emocionado agradecimiento a todos los que me han recibido con los brazos abiertos, haciendo alto honor a la reconocida hospitalidad española y a la hermandad del deporte, que no conoce de otras luchas más que las de los terrenos de juego».

Así las cosas, Pizzinato se hospedó en la casa de Crisanto Bosch, ex centrocampista del Espanyol y de la Selección, y poco a poco, a base de filetes, tortillas y paellas fue recuperando el peso suficiente como para incorporarse a los entrenamientos de su nuevo equipo. Pizzinato entrenaba solo haciendo carrera continua, gimnasia y estiramientos pero nunca, nunca, lo hacía con balón. Cada vez que se le proponía realizar ejercicios que requiriesen rematar, pasar, controlar o conducir, e incluso participar en alguna que otra pachanga, se negaba pidiendo perdón y poniendo algún tipo de excusa. Se había negado incluso a participar en un encuentro amistoso ante el Granollers. Pasados dos meses de su fichaje, Pepe Espada, entrenador perico por aquel entonces, consideró que había llegado el momento para demostrar sus condiciones y le pidió que formase parte del típico partidillo entre titulares y suplentes. No era la primera vez que lo hacía, pero fue la última. El italiano, como tantas otras veces, se disculpó y se negó, pero Pepe Espada insistió y terminó obligándolo a jugar. Fue el comienzo del final de la carrera de Alberto Pizzinato como futbolista.

La falta de habilidad con el balón de Alberto Pizzinato durante ese partido entre titulares y suplentes confirmó lo que muchos ya habían comenzado a sospechar: el tipo, supuesto ex jugador de la selección italiana, no sabía jugar. Por increíble que parezca, Pizzinato, sin haber tocado nunca una pelota de fútbol, se las había ingeniado para fichar por un equipo de Primera División. En la actualidad, hubiese alcanzado una simple búsqueda en Google para saber que Alberto Pizzinato no formó parte de la selección italiana que conquistó el Oro en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Su nombre no figura ni entre los inscritos (Bruno Venturini, Alfredo Foni, Pietro Rava, Giuseppe Baldo, Achille Piccini, Ugo Locatelli, Annibale Frossi, Libero Marchini, Luigi Scarabello, Carlo Biagi, Giulio Cappelli, Sergio Bertoni, Alfonso Negro y Francesco Gabriotti) ni entre los reservas que integraron la delegación transalpina sin llegar a disputar un solo minuto en el torneo (Mario Giani, Carlo Girometta, Adolfo Giuntoli, Mario Nicolini, Lamberto Petri, Sandro Puppo, Carrado Tamietti y Paolo Vannucci).

No hace falta decir que Pizzinato tampoco militó en la Società Sportiva Ambrosiana ni en cualquier otro equipo de la liga italiana, pero en aquella época, y más en periodo de posguerra, no resultaba nada sencillo averiguarlo. Indagando un poco más, puede que gran parte de su relato, o tal vez todo, tampoco fuese cierto. Quizás ni siquiera había combatido en el frente ni formado parte del ejército, vaya uno a saber. Eran otros tiempos, sí, pero lo que hizo Alberto Pizzinato no deja de ser, a su manera, una hazaña. Y esto hay que reconocérselo. Como fuere, una vez descubierto el percal, el Espanyol rescindió su contrato, dio de baja su ficha y se desentendió por completo del que probablemente haya sido uno de los fichajes más estrambóticos de su historia. De él, una vez abandonado el conjunto blanquiazul, nunca más se supo.

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