Futbol Historia

Pelé, la muerte del niño que supo convertirse en estrella del pop

Como todo equipo de fútbol se construye a partir de un portero y un delantero, John Huston decidió que, en Evasión o victoria, los suyos fueran Rocky y Pelé. El aficionado al cine sin duda reconocería a Michael Caine o a Max von Sydow igual que el futbolero podría identificar a Bobby Moore o a Osvaldo Artiles, pero, en los ochenta, para que una película triunfase, necesitaba estrellas pop. Y exactamente eso era el brasileño.

Edson Arantes apareció en un fútbol en blanco y negro y aún por domesticar. Un fútbol salvaje en el que Bernabéu y Saporta campaban por Europa mientras los uruguayos seguían dominando su continente. Una década en la que Brasil era aún una incógnita por resolver. Un país en crecimiento tras la II Guerra Mundial, beneficiado sin duda por haber acogido primero a los de un bando y luego a los del otro, intentando consolidar una democracia al margen de los cataclismos cercanos.

En términos futbolísticos, Brasil era la superpotencia que se había quedado a un gol de ganar la Copa del Mundo en su casa en 1950, es decir, una selección que se definía por sus fracasos, como podría ser la Holanda de los años setenta. Ahora, es fácil comparar países y jugadores, pero, en 1958, sin Copa Libertadores, con una Copa América discontinua y mal organizada, las jerarquías eran más difusas. En clubes, ya digo, Real Madrid, Peñarol y tal vez Independiente. En selecciones, Uruguay, Hungría, Alemania y el pedigrí de Inglaterra.

Por eso, la aparición de Pelé a los diecisiete años en Suecia 1958 -contaba el astro que los niños se le acercaban y le pasaban la mano por la cara, no habían visto a un negro en su vida- tuvo algo de revelación divina. Algún erudito podía haber oído hablar de Vavá, Dida, Garrincha, Djalma o Zagallo, pero ubicar a un adolescente del Santos era hilar demasiado fino. Pelé no solo irrumpió en la élite del fútbol a una edad impropia, sino que lo hizo como solo lo hacen los grandes: derribando la puerta. Marcó el único gol de su equipo en cuartos de final ante País de Gales, hizo un hat trick en veinticinco minutos ante la Francia de Fontaine en semifinales y se apuntó un doblete en la final contra Suecia, incluyendo uno de los goles más recordados de la historia del fútbol.

Pelé tardó exactamente una semana en convertirse en un fenómeno mundial, justo en el momento preciso. Antes de él, por supuesto, estuvieron otros, pero eran distintos. Pelé representaba el prototipo de estrella que iba a triunfar en el deporte mundial durante las siguientes décadas: joven, guapo, sonriente, elegante sin dejar de ser un atleta, cortés en las entrevistas, vestido a la moda, con una vida disoluta en lo privado y un afán excesivo por agradar a todo el mundo en lo público.

Pelé pasó de la nada a la realeza y lo digirió de maravilla, algo poco habitual. Fue la cara amable de los anuncios de todo tipo, el hombre que se hacía fotos con los gobernantes, el embajador de su país. Pelé era un Beatle cuando los Beatles aún estaban en Hamburgo. Pelé revolucionó el fútbol de su país hasta el punto de que solo a partir de su irrupción de 1958, empezó Brasil a sentir la urgencia del dominio: el Santos ganó la Copa de Brasil cinco años seguidos, de 1961 a 1965, y se llevó dos Libertadores, en 1962 y 1963.

Una de las grandes críticas -la única, en realidad, porque, en fin, hablamos de Pelé- que se le hacen es que no jugó en Europa. Pelé no necesitaba jugar en Europa para afirmar ninguna jerarquía porque los mejores jugadores del mundo -los brasileños- jugaban en Brasil. Porque los grandes antagonistas del «Jogo Bonito», y estoy pensando aquí en Carlos Bilardo y su panda de terroristas del Estudiantes de La Plata, jugaban en el país vecino. Desde el estallido Pelé en 1958 hasta su retirada oficiosa de la selección en 1970, los clubes sudamericanos ganaron seis de las once ediciones de la recién creada Copa Intercontinental. Dos de ellas fueron a las vitrinas del Santos.

Pelé no necesitaba ir al Real Madrid ni al Inter ni al Barcelona ni al Milan. Pelé jugaba cada fin de semana contra Gerson, contra Tostao, contra Carlos Alberto, contra Garrincha, contra Rivellino, contra Jairzinho… a Pelé le inflaban a patadas cada vez que su equipo salía de sus fronteras a jugar contra sus rivales uruguayos o argentinos, competidores feroces que siempre tenían preparada una treta contra las estrellas rivales.

Otro de los típicos comentarios de estos días es “claro, es que entonces el juego era menos físico”. Puede ser, pero lo cierto es que a Pelé le lesionaron en dos mundiales: se perdió las eliminatorias de 1962 y apenas pudo mostrar su mejor versión en el desastre brasileño de 1966, incapaz de recomponerse ante las patadas salvajes de Portugal, en aquel mundo sin repeticiones a cámara lenta ni videoarbitrajes.

Tal vez por eso, Pelé dedicó la última mitad de los sesenta -y el resto de su vida, en realidad- a la farándula más que al fútbol. A ser «O Rei» en vez de a reinar. Tras sus dos experiencias lamentables, Pelé no quería jugar una cuarta Copa del Mundo. Tenía miedo, así de sencillo. Con veintinueve años, con su carrera ya encaminada a otros retos -llegar a los mil goles, seguir cultivando su imagen de héroe nacional, codearse con los pujantes ídolos de la década pop por excelencia-, Pelé no quería saber nada de México 70.

Le obligaron a ir. Le obligó la Junta Militar, para ser más exactos. Porque el caso es que en los doce años que fueron de Suecia a México, Brasil no solo ganó tres mundiales, sino que se hundió en la miseria de la represión y la dictadura. Pelé, el héroe de la chilena imposible en la ficción, se portó, digámoslo tranquilamente, como un cobarde. Pelé se reunió con los asesinos –Castelo Branco, Artur da Costa, Emilio Garrastazu…– y no le importó que le pasearan como si fuera un perrito para blanquear su régimen de torturas y detenciones arbitrarias.

Cuando le dijeron que no, que no se había retirado, que aún le quedaba un último compromiso con la patria y con el régimen, tuvo que aceptar apesadumbrado. Empezaba una década convulsa, violenta, revoltosa… y los militares la querían iniciarla con algo que ilusionara y tranquilizara a sus ciudadanos. Un tercer mundial. Irónicamente, la versión que recordaremos siempre de Pelé sobre un campo de fútbol será la de 1970: la de un jugador menos explosivo, tal vez menos goleador, encargado de distribuir y de inventar, un rostro en el que la alegría se confunde con el alivio.

Pelé encabezó el mejor equipo de la historia del fútbol y protagonizó la mayor exhibición en una final con un cabezazo imponente que tumbó a Albertosi. Pelé consiguió de esa manera salirse de todos los debates. Los niños de todo el mundo conocían su nombre, como lo conocerían los de la generación siguiente y los de la siguiente. Pelé era el ídolo sin aristas. Pelé seguía siendo la cara bonita y la sonrisa perfecta que te quiere vender una enciclopedia. Pelé pasó de ser el embajador de Brasil a ser el embajador del fútbol. Su reino no era de este mundo y, tras su muerte, sigue sin serlo. Con Pelé no sirven las comparaciones porque puso a todos de acuerdo y durante demasiado tiempo.

Como buena estrella del pop, supo encontrar la manera de estar sin estar del todo. Como buen ídolo de la cultura de masas, acabó en Nueva York, haciendo de relaciones públicas. De Brasil lo tuvo que sacar Kissinger porque, si no, los militares aún le hacen jugar otro mundial. De Brasil lo sacó también la Warner, poniendo un pastizal sobre la mesa para llevarlo a un desconocido New York Cosmos, al que luego se llevaría a Franz Beckenbauer. Su labor allí no era ganar ligas -aunque, ya que estaba, ganó la de 1977-, sino intentar que el «soccer» compitiera con las otras grandes ligas estadounidense y darle un poco de glamour a una ciudad que se hundía entre la delincuencia, la suciedad y las peleas entre bandas.

En eso fracasó, desde luego, pero no fracasó en mantener su estatus. Pelé no murió en la pobreza como Garrincha o tantos de sus contemporáneos. Pelé, enfermo desde hace años, recluido a una silla de ruedas, con un cáncer que le iba comiendo el cuerpo poco a poco, casi con crueldad, murió como lo que siempre había sido: un ídolo mundial, un nombre que resuena sesenta y cuatro años después de oírlo por primera vez. Un jugador al que cuesta comparar porque no era un jugador, era otra cosa. Un rey.

¿El mejor de todos los tiempos? Qué más da. Si a alguien se le ocurriera establecer un premio así y ponerle un nombre, elegiría el suyo. ¿Por qué? Porque así todo el mundo sabría de lo que estábamos hablando. Porque Pelé fue la vara de medir de la excelencia durante generaciones. El nombre sagrado. Y así lo seguirá siendo durante décadas. Una especie de John Lennon, pero sin el malditismo. Un Maradona sin excesos. Descanse en paz el hombre, siga viva por siempre la leyenda.

PELE Wien 1993 PELE *** PELE Vienna 1993 PELE

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