Copa del Mundo Futbol

Antoine Griezmann templa el caos provocado por el Matéu Lahoz brasileño

Parecía muy difícil superar la actuación del árbitro español Matéu Lahoz en el Argentina-Países Bajos del pasado viernes. Pocas veces se había visto a un árbitro tan superado, tan desconectado del juego, tan permisivo con algunas barbaridades y tan riguroso con otras jugadas del montón. Hasta diecisiete tarjetas amarillas sacó Mateu, incluidas dos en la tanda de penaltis, algo realmente inaudito. Argentina ganó, pero hasta Messi se acordó del árbitro en rueda de prensa. “No está a la altura”, dijo. Ni idea tenía de lo que estaba por llegar.

Configurada una de las semifinales con los triunfos de Croacia y Argentina en los penaltis, en uno de esos días que, de alguna manera, explican por qué España no ha llegado más lejos en este Mundial -fue el triunfo de los jugadores veteranos, con oficio, desequilibrantes, con la mirada de los mil metros del que ha ganado y fracasado mil veces y ya no se asusta ante nadie-, quedaba por determinar quiénes se jugarían el otro puesto de finalista. En teoría, Portugal aparecía como muy superior a Marruecos, pero la práctica volvió a demostrar que ser muy superior a Marruecos es casi una entelequia.

Los marroquíes –marroquís, repetía una y otra vez el narrador de Gol Mundial sin que nadie le avisara de lo contario- dieron una nueva lección de resistencia agónica ante un rival que, además, esta vez sí le tiró a puerta. Y con muy mala intención. Todo lo que paró Yassine Bono el otro día en los penaltis lo paró esta vez durante el partido. Portugal se quejó amargamente del arbitraje… y con razón. Marruecos volvió a repartir toda la estopa del mundo y el espectador se volvió a quedar con esa incómoda sensación de no saber cuándo algo es falta y cuándo no.

Al finalizar el encuentro, el que rajó fue Pepe, que acusó a Messi de desestabilizar a su compatriota -el árbitro era argentino- con sus declaraciones contra Mateu y, de esa manera, condicionarle contra Portugal. Nadie está diciendo que el argumento sea fácil de seguir, pero, en fin, es Pepe. Quien, por cierto, falló un gol cantado en el descuento de un cabezazo que salió lamiendo el poste ante la sonrisa de Bono, que siempre parece estar pasándoselo de maravilla.

El show de Wilton Sampaio

El último cuarto de final era en principio el más atractivo. La campeona del mundo en ejercicio -Francia- contra la subcampeona de Europa y semifinalista del pasado Mundial -Inglaterra-. Un duelo que nunca se había visto en una eliminatoria mundialista ni europea, pese a tratarse de dos transatlánticos de la historia del fútbol. El partido fue un caos maravilloso. Un ejercicio de constante autodestrucción por ambos bandos: Inglaterra se marcó el 2-1 en propia puerta -la realización se lo dio a Giroud, pero el que remata con el hombro es Maguire– y falló un penalti decisivo en el minuto 83.

A su vez, Francia coqueteó con la tragedia todo el partido, pese a transmitir una cierta sensación de superioridad. No solo Lloris salvó los numerosos desaguisados de su defensa -lo de Upamecano fue de juzgado de guardia-, sino que vio cómo sus defensas cometían dos penaltis y alguno más que se dejó el árbitro brasileño Wilton Sampaio, o esa sensación dio. Si a Messi no le había gustado Mateu, menos mal que no se cruzó con Sampaio, aunque lo cierto es que aún está a tiempo. Lo de este hombre fue un espectáculo de desacierto y ridículo. Pese a seguir las jugadas desde cerquísima, era incapaz de acertar con ninguna decisión.

De entrada, cualquiera que viera este sábado un partido de fútbol por primera vez, pensaría que la zancadilla por detrás es válida en este deporte. Francia abusó de ella, como abusó del empujón sin venir a cuento. Sampaio lo toleró todo. Toleró una clarísima falta antes del primer gol de Tchouameni que sirvió para iniciar la contra que acabó en pase de Griezmann para que el madridista marcara desde fuera del área con un chupinazo de época. Toleró también otra falta a Harry Kane que el VAR tuvo que revisar para ver si era o no dentro del área (el pie estaba fuera, pero la falta no fue en el pie) porque él no había pitado nada.

Toleró incluso el segundo penalti, el que sí erró Kane en un fallo impropio de su categoría. Theo Hernández decidió que era buena idea llevarse por delante a Mason Mount en el minuto ochenta, cuando el balón ya se iba fuera del campo. Sampaio, a tres metros de la jugada, optó por el “sigan, sigan…”. De nuevo, le tuvieron que avisar de la sala de videoarbitraje para que viera en televisión las mismas imágenes que había visto en persona dos minutos antes. Esta vez, puede que por una cuestión de vergüenza, decidió que sí era penalti.

El talento del señor Griezmann

Dio igual. Kane lo lanzó a las nubes. Inglaterra lleva cincuenta y seis años sin ganar un gran trofeo y es obvio que es por algo. Fatalismo. Esta generación juega bien, compite bien durante ochenta y nueve minutos, pero, sin saber por qué, acaba perdiendo. Es el mismo grupo que, tras adelantarse en la tanda de penaltis de la pasada final de la Eurocopa, en su estadio, ante su público, vio cómo Rashford, Sancho y Saka fallaban de forma consecutiva y tiraban a la basura el esfuerzo de semanas y semanas.

Así, esta vez, Kane. Siempre hay un culpable en Inglaterra, que acostumbra a caer con la cabeza bien alta. Incluso con un arbitraje tan alevosamente contrario y la mencionada pulsión autodestructiva, este sábado habría ganado de no haberse encontrado con Antoine Griezmann en el otro equipo. Lo del jugador del Atlético de Madrid volvió a ser un espectáculo de ubicuidad. Recuperó todo tipo de balones, hizo faltas para aburrir, cortando posibles contraataques, descargó el juego a la banda de Mbappé o a la de Dembélé, dio el pase a Tchouameni en el primer gol (poco mérito ahí, la verdad) y se sacó de la manga un centro maravilloso en las postrimerías del encuentro que acabó en el remate de Giroud y Maguire al unísono. Si la FIFA decide darle el gol al francés, Griezmann podrá presumir de dos asistencias.

Fue el único, además, que puso algo de templanza en medio del caos. Mbappé abusó de sus recursos físicos, pero no conectó nunca con el partido. Dembélé, ni eso. Tchouameni y Rabiot se vieron en inferioridad en demasiadas ocasiones y con la defensa mejor no insistir porque para qué. Francia va muy sobrada y eso no suele ser el preludio de nada bueno. Ahora bien, está ya en semifinales y su rival será Marruecos. Se viene noche grande en el barrio de Saint-Denis. Todo el mundo da por hecho que pasarán a la final, pero Marruecos es especialista en vencer prejuicios. Lo único que pedimos, por favor, es que el protagonista, por una vez, no sea el árbitro.

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