Turf

El Duque de Alburquerque o «Iron Duke», sus 107 huesos rotos y sus 0 victorias

Beltrán Alfonso Osorio y Díez de Rivera, duque y jinete. 19 marzo 1952

En España, los aficionados a las carreras de caballos consideran al Duque de Alburquerque un héroe nacional. Pero curiosamente fue mucho más popular en Inglaterra, donde le conocían como «Iron Duke» no sólo por su férrea resistencia al fracaso en cada edición del Grand National que participaba, sino porque debido a sus frecuentes fracturas y roturas de huesos «llevaba más metal dentro que un acorazado».

En 1926, a los ocho años, en una visita al cinematógrafo, Beltrán (obviemos de momento la ristra de apellidos ilustres, títulos nobiliarios y grandezas de España, porque aún era un crío) vio un corto en el que se reseñaba la victoria de un caballo llamado Jack Horner en el Grand National de Aintree, una de las carreras más famosas del mundo. Cualquier niño se hubiera horrorizado, porque aquella carrera fue especialmente accidentada, con sólo cinco de los treinta caballos (y sus correspondientes jockeys) finalizando la prueba, pero Beltrancito se dijo a sí mismo “algún día ganaré esa carrera”.

Spoiler: no lo consiguió jamás. Y eso que lo intentó, una y otra vez, para pasmo de los aficionados, profesionales, comisarios de carreras, autoridades deportivas y supongo que hasta de los Windsor, que veían que al final iban a tener que devolver en un cajón de madera a uno de los aristócratas más renombrados de España, Jefe de la Casa Real de Juan de Borbón, décimo octavo de los Duques de Alburquerque, uno de cuyos antepasados les había ayudado a echar a Napoleón de España y, como decíamos antes, con más títulos nobiliarios que eslabones en su cadena de ADN.

Saltándose el protocolo

Ya era Don Beltrán cuando, en 1952, participó por primera vez en la carrera británica, a lomos de Brown Jack III. Todo fue más o menos bien hasta que se enfrentó al Becher’s Book, uno de los más temidos obstáculos del recorrido, donde jockey y caballo se dijeron cordialmente «hasta luego» mientras rodaban por el pasto en direcciones opuestas. Fue la primera visita del Duque al Hospital de Liverpool, donde acabaría por ser un habitual muy querido por el staff local.

La prensa británica le definió como «el último caballero español, con un aire a Don Quijote, por sus hechuras, su aspecto, su perseverancia… y un toque de excentricidad rayano con la locura». Efectivamente, le podían haber elegido en cualquier casting para encarnar al hidalgo, porque si físicamente se le parecía, espiritualmente eran almas gemelas. Eso sí, la productora, aparte de asegurar al Duque habrían tenido que hacer lo propio con los molinos de viento, porque Don Beltrán no habría parado hasta derribarlos. Eso es exactamente lo que hizo con el Grand National.

Durante la década siguiente el Duque siguió rumiando su sueño infantil y haciéndose un nombre en los hipódromos españoles y algunos europeos como «gentleman rider», que es la bonita manera en la que se llama a los jinetes aficionados, aunque muchos apostantes calificaban despectivamente a las pruebas en las que participaban «carreras de guardias», ya que junto a los aficionados solían participar muchos jinetes militares –la mayoría formados en la Yeguada Militar y la Unidad de Equitación y remonta– porque solían ser pruebas impenetrables para el pronóstico y letales para la apuesta segura, ya que podía pasar cualquier cosa por la impericia de muchos de sus jinetes.

Duque de Alburquerque en Aintree [Fuente: Racing Post]

Caos en azul y rojo

No era el caso del Duque, aunque tampoco se le puede calificar como un jinete académico. Muy alto para ser jockey, destacaba tanto en el paddock, donde sacaba una cabeza a los minúsculos profesionales, como en la pista, donde era fácil identificar a su caballo no sólo por sus clásicas sedas en colores azul y rojo, sino porque el Duque braceaba como un poseso y, según muchos de sus rivales, era un jinete bravo hasta el extremo de la temeridad, sobre todo en las carreras de vallas, sus favoritas.

Pero volvamos a Aintree. En 1963 se hace con un caballo, Jonjo, con buenos papeles, favorito un par de ediciones antes. Los bookmakers (corredores de apuestas clásicos en los hipódromos británicos, que aún hoy en día se ponen incluso en el exterior de los recintos con sus pizarras de dividendos) no se fían mucho de él pese a todo y no sólo ofrecen cifras astronómicas para quien se arriesgue a apostar por su victoria sino por, simplemente, que acabe la carrera de una pieza.

Una apuesta inédita que se convertirá en todo un clásico en cada una de sus participaciones, así como la frase de Peter Sullivan, speaker de la BBC, «and the Duke’s goooone». Nueva caída antes de llegar al vigésimo obstáculo, nueva visita al hospital, el mismo propósito para 1965, con idéntico resultado, esta vez a lomos, no por mucho tiempo, de, Groomsman y con una pierna rota como balance. A estas alturas en el Liverpool Infirmary ya estaban empezando a pensar que iban a necesitar un armario dedicado a las radiografías del aristócrata español.

L’Empereur fue el caballo elegido para 1966 y supongo que eso fue porque al equino nadie le preguntó. Los bookies ofrecieron 100/1 por su victoria y algo menos por que acabara la prueba. Hay que decir que el Duque era una mina de oro para las casas de apuestas, porque el Grand National, aunque no es ni mucho menos la carrera más prestigiosa de las islas –para eso está el selectivo Derby de Epsom o la linajuda Copa de Oro de Ascot– sí que es la más popular, y uno de los eventos más apostados del año. Y el pueblo llano británico empezó a tomar por costumbre jugar su librita al español. Que jamás recuperaban, claro.  Desde luego no en el 66, en el que, muy sabiamente para un caballo de carreras, L’Empereur, ya consciente de la situación, decidió negarse a saltar un obstáculo antes de escalabrarse junto con su jinete.

¡Que viene el Duque!

A estas alturas cualquiera puede pensar que el Duque era un pésimo jinete gafado hasta la muerte, peeeero eso no fue así en absoluto. Aunque esa parte de la historia no la conocen los ingleses, ya que el Duque se forjó su propia leyenda alternativa, ésta vez victoriosa, en el madrileño Hipódromo de la Zarzuela. En el hiato entre 1966 y 1973, en el que los british pensaron que se había olvidado del Grand National para siempre, Don Beltrán dio uno de los más sonoros aldabonazos del turf español.

Todos los 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo, se celebra(ba) en La Zarzuela el Gran Premio de Madrid, la más prestigiosa de nuestras carreras, ganada por ejemplares legendarios, al menos, entre nuestra pequeña afición.  Digo celebraba porque con la transición ese día dejó de ser festivo, para pasmo de los turfistas españoles que vieron como les descolocaban una tradición, con lo que ellos son (somos, confieso) para esas cosas de las tradiciones, y además se cambiaron las condiciones de la carrera, que, todo hay que decirlo, eran todo un despropósito. Uno muy hermoso, eso sí, porque al mismo tiempo que forjaba leyendas de cracks invencibles –Nouvel An, Atlántida, Todo Azul…- generaba sorpresas tremebundas, aunque ninguna tanto como la de 1968.

Las mejores cuadras españolas presentaban sus ejemplares una vez más y contrataban a los mejores jockeys para la ocasión, tanto los locales –el binomio Román MartínClaudio Carudel, siempre enfrentados por la primacía–  como foráneros del calibre de Camicci o Dettori, padre del actual campionísssimo Lanfranco Dettori. El Duque había empezado a criar y entrenar sus propios caballos en su finca-cuartel general de Algete, con mimbres genealógicos mucho más humildes que los habituales en los grandes hipódromos y métodos inescrutables. Y la particularidad –que hoy continúa su hijo, en la que es la cuadra más antigua de nuestro hipódromo y una de las más longevas del turf internacional- de emplear nombres clásicos para bautizarlos.

No era raro que algún propietario inscribiera en la prueba cumbre madrileña un caballo sin muchas probabilidades por el mero gusto de competir en ella. Pero lo del Duque y Tebas –así se llamaba la yegüita- era un capricho casi excesivo. Tebas había competido en carreras de vallas y gentleman sin excesivo éxito, y se enfrentaba a ejemplares de tanto tronío como sus propietarios, Donagua y Reltaj, del Conde de Villapadierna, y Maspalomas, del Marqués de la Florida. Además el Duque, que como hemos dicho era desgarbado, cargaba con cerca de diez kilos de lastre por encima de las condiciones de la carrera, que es el equivalente a poner a jugar al delantero del filial y obligarle a llevar un chaleco con los bolsillos llenos de piedras.

 

 

La gloriosa incertidumbre del turf

La carrera se desarrollaba con normalidad, con los favoritos peleando en la cabeza del pelotón, hasta que a finales de la recta alguien, aferrado a sus prismáticos, gritó: «¡Que viene el Duque!» La tribuna calló un instante y de pronto estalló en un unánime clamor de ánimo: «Vamos, Duque, vamos, Tebas». Efectivamente, entre una nube de purasangres académicamente montados, se distinguía a D. Beltrán Alfonso Osorio y Diaz de Rivera (y etc etc) braceando como un dios griego de la guerra en su carro flamígero y desafiando las leyes de la física, porque nadie sabe exactamente como, ni donde, ni cuando encontró fuerzas y hueco para meter a la humildísima Tebas por delante y ganar la carrera. No existen grabaciones así que tendremos que fiarnos de los relatos de la época y de los veteranos aficionados, como mi tío Ángel, qué a día de hoy, aún siguen contándomelo como si hubiera sucedido ayer.

Yo no estuve, porque era apenas un crío de dos años, y creo que podría contarlo igual.

Aquella victoria cimentó la reputación cuasi mitológica del Duque y la expresión «la gloriosa incertidumbre del turf». El 29 de junio de 1968, cuando el Duque regresaba victorioso a balanzas, miles de boletos de apuestas hechos pedacitos volaron por la Zarzuela como confeti; la alegría fue general, pero también es cierto que muchos aficionados juraron que no volvían al hipódromo, y no lo hicieron. Eran los tablistas, mezcla de videntes y matemáticos, que estudian las carreras desmenuzando dato a dato para buscar el valor exacto de cada caballo y su probabilidad. Aquella tarde su trabajo de años o décadas se desvaneció en el caos montado por el duque, e implotaron.

Los años de Nereo

Pero volvamos a Inglaterra, donde los británicos se empezaban a aburrirse sin el Duque en sus pistas. El hidalgo, envalentonado por la victoria de Tebas, empezó a pergeñar su plan maestro. ¿Por qué no olvidarse de fichar caballos de medio pelo y criar su propio Rocinante en los prados de Algete? Dicho y hecho, pronto aterrizó en las islas Nereo –en la mitología griega, hijo de Pontos y Gea, y dios de las olas, en la vida real, hermanastro de la sorprendente Tebas, ya que ambos eran hijos del semental de cabecera del Duque, Alfidir-, y el proyecto no parecía mal encaminado, ya que participó con cierto éxito en algunas preparatorias ya en tierras británicas.

Además el Duque tuvo el buen tino de encomendarse a un antiguo jockey y preparador, Fred Winter, con inmaculado palmarés en el Grand National, habiéndolo ganado en ambas facetas. Winter, de alguna manera, puso un poco de orden en el universo alburquerquiano, aunque eso casi le cuesta no ya su propia cordura, sino lo que es más grave, su flema. En alguna ocasión se le vio en el paddock dando instrucciones al Duque empleando únicamente monosílabos entre dientes, quizás por no dejar escapar de su boca sapos y culebras. Claro, que el Duque era peor, porque cuando no estaba de acuerdo con lo que su juicioso preparador le sugería, simulaba haber olvidado, repentinamente, cualquier noción de la lengua de Shakespeare.

En 1973 el favorito era el ultralegendario Red Rum, uno de los caballos más queridos por los británicos en todos los tiempos, y Nereo, el équido más joven con sus siete años con el jinete más vetusto encima, a sus 55, ni siquiera era lo que se llama un outsider. No le daban probabilidad alguna. Winter temía que el Duque hiciera una de las suyas y se llevara por delante al divino Red Rum; de suceder eso posiblemente el preparador habría tenido que exiliarse a Gibraltar. Le pidió que sopesara su decisión de montar a Nereo, ya que aparte de su edad se estaba recuperando de una fractura sufrida por una caída en un entrenamiento. Por no hablar de que no hace tanto otra le había postrado un par de días de coma. El Duque se negó siquiera a considerarlo. Afortunadamente, la carrera se saldó «simplemente» con la habitual caída y Don Beltrán se despidió de los operarios de Aintree y del equipo médico y enfermeras del Royal Infirmary hasta el año siguiente.

Lo sorprendente es que, en 1974, el Duque pasó por el hospital no sólo después sino antes de su paso por la pista.  Una semana antes de la carrera, un allegado del Duque llamó a Winter desde Sevilla. Concretamente desde una cabina aneja a un quirófano. Se había caído montando en el coqueto recinto de Pineda y le habían tenido que insertar dieciséis clavos. El Duque, desde la cama, se empeñaba en que le dijeran al preparador que el plan seguía en pie (aunque respecto del Duque casi no se podía decir lo mismo).

En un entrenamiento, ya en Inglaterra poco antes de la prueba se rompió la clavícula. Ni los médicos ni su entrenador lograron convencerle para que se desistiera. Tendría que participar enyesado y cualquier movimiento sobre la montura le provocaría un dolor terrible. Inasequible al desaliento, la tarde del Grand National de 1974 las cámaras de televisión le enfocaron caminando renqueante hacia su caballo al que tuvieron que ayudarle a subirse. Los que estaban cerca pudieron testificar que el hueso de la clavícula, al desplazarse, casi había traspasado la piel.

Aquella tarde de marzo, veintisiete caballos fueron incapaces de acabar aquella edición con sus jinetes a cuestas. Pero no Nereo, que fue, milagrosamente, octavo. Fue la única vez que el Duque consiguió acabar la carrera. Nunca logró ganarla pero lo que sucedió esa tarde fue quizás mucho más impresionante. Nadie se llevó una libra porque, aunque se aceptaron apuestas a ganador- de vez en cuando sale a subasta alguno de esos boletos fallidos-, los bookmakers, por respeto y conscientes del peligro que corría, no sacaron a cotización que terminara la carrera.

La anécdota más curiosa es que, ya finalizando la prueba, se cruzó delante de uno de sus rivales y éste le espetó: «¿A dónde c… cree que va?», y el Duque, con su dominio del inglés y la compostura recuperada, le respondió: «Ni idea, nunca había llegado hasta aquí».

El Duque en el Grand National de Aintree el 17 february 1966

El Duque, que aún participó en otra edición del Grand National sobre –al menos durante un tiempo– su querido Nereo, antes de que las autoridades británicas le revocaran la licencia –«No sé si sentirme triste o aliviado», declaró su fiel entrenador, Fred Winter– se fue hace algunos años. Pero si usted pasa cerca de la Cuesta de las Perdices, cualquier tarde-noche de domingo, preferentemente a finales de junio, y abre la ventanilla del coche, puede que oiga, un trotar de cascos entrelazado y un sussurro lejano que dice algo similar a “Que vieeeeeene el Duuuuque”.

2 Comentarios

  1. Me ha gustado mucho leer este recuerdo y homenaje a el Duque de Alburquerque y recordar su manera de montar y entrenar, su manera de ser ,la educación y el respeto con sus rivales, la humanidad y amor hacia los animales que siempre mostró y cuidaba con cariño, gracias por un reportaje tan grato y divertido.👏👏👏👏👏

    • Yo le vi montar en sus últimos años, cuando era el defensor de una especialidad en declive en nuestro turf, el steeple chase. También vi montar mucho a su hijo, el Masqués de Cuellar, actual Duque, y luego siempre me ha gustado como preparador y siempre que corren sus caballos con nombres clásicos les echo un eurito. hasta formé parte brevemente de una cuadrita multipropiedad que s llamó Cuadra Nereo, al que por cierto, vi correr en la Zarzuela poco antes de quelo retiraran. Un abrazo.

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