Esgrima

Alice Volpi y ese oro olímpico que parece inalcanzable

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Alice Volpi (Italia) frente a Pauline Ranvier (Francia) durante el Campeonato Europeo de Esgrima, celebrado el 17 de junio de 2025 en Génova, Italia. Fotografía: Danilo Vigo / LiveMedia-IPA / ZUMA Press Wire.

La tiradora italiana Alice Volpi es una de las mejores especialistas mundiales de florete, una de las tres modalidades de la esgrima. Nació en Siena en 1992, de padre italiano y madre brasileña, y empezó a practicar a los siete años, cuando su padre la llevó al club deportivo de la universidad local. Allí descubrió que le gustaba batirse con otros niños con una espada de plástico y, lo que es más importante, que le encantaba ganar. Por aquel entonces, seguramente ni se le pasaba por la cabeza que casi tres décadas después, tras dos títulos mundiales en 2018 y 2023, seguiría peleando por un oro olímpico individual que, hasta ahora, se le ha resistido.

En los Juegos Olímpicos de Tokio y París quedó cuarta en florete individual. Rozó el podio en ambas ocasiones y, aunque consiguió subir al cajón con el equipo italiano —bronce en Tokio y plata en París—, aquello no bastó para superar la decepción de regresar sin una medalla individual. La diferencia entre ganar un campeonato del mundo y regresar de unos Juegos sin esa medalla fue precisamente uno de los temas que abordó en la entrevista que concedió al programa «FOCUS – Scherma» de OA Sport, en la que repasó su carrera y habló de lo difícil que le ha resultado volver a la competición cuando ya estaba a punto de retirarse.

Volpi admite que sus dos experiencias olímpicas fueron realmente duras, no tanto por los resultados como por el modo en que ella misma las afrontó. «La tensión me devoró viva en ambas ocasiones», explica. Se pasó años preparándose para la competición más importante de su carrera y, cuando llegaba el momento decisivo, el miedo le impedía disfrutarlo. La esgrima —ese deporte que Susana Román definió como una combinación de ajedrez y ballet— se convirtió para ella en una fuente de ansiedad.

Cuando era joven, curiosamente, la situación era la opuesta. En 2012 ganó el Campeonato del Mundo júnior en Moscú y recuerda aquella época como un periodo sin preocupaciones, en el que las competiciones no eran más que una prolongación de los juegos de la infancia. En aquella época, Volpi apenas sentía el peso del esfuerzo; simplemente disfrutaba de un deporte para el que parecía tener un talento innato. El punto de inflexión llegó cuando le tocó pasarse a la categoría absoluta. En 2017 ganó la plata individual en el Mundial de Leipzig, donde perdió la final por un solo tocado, y aquella derrota por tan poco tuvo un efecto inesperado, porque por primera vez sintió que ya formaba parte de la élite y esa certeza venía acompañada de otra, la de pasar de ser una promesa del florete a convertirse en una rival a la que ya había que tomarse en serio.

Al año siguiente, en Wuxi (China), se proclamó campeona del mundo tras un emocionante enfrentamiento con la francesa Ysaora Thibus. En la charla con Alice Liverani recuerda que la mañana de la competición no experimentaba ninguna sensación especial, ni positiva ni negativa, y llegó a preguntarle a su entrenador cómo era posible afrontar una cita tan importante sin sentir prácticamente nada. Ganó el título y en ese momento comprendió que llegar a la cima no significaba que el viaje hubiera terminado. Como explica en la entrevista, lo más difícil de ser una deportista de alto nivel es volver a demostrar que merece estar arriba después de ganar. En la esgrima —al igual que en muchos otros deportes de alta competición, si no en todos—, una medalla de oro te convierte en el centro de atención durante unas semanas, para que solo unos meses después tengas que demostrar que te lo sigues mereciendo. Los campeonatos mundiales de esgrima se celebran habitualmente cada año, salvo en los años olímpicos, y el circuito de la Copa del Mundo apenas da un respiro.

Volpi reconoce que, tras su primer título mundial, perdió parte del hambre competitiva que la había llevado hasta allí. Casi sin darse cuenta, empezó a conformarse con lo conseguido y su rendimiento se volvió cada vez más irregular, hasta el punto de que tuvo que esperar a 2023 para conseguir su siguiente oro individual, en Milán, donde venció en la final a su compatriota Arianna Errigo. Aquella victoria estuvo a punto de escapársele. Durante el calentamiento no se encontraba en plena forma, y su entrenador, Stefano Cerioni, y su preparadora física intercambiaron unas miradas de preocupación que más tarde le confesaron sin rodeos. La campeona arrastraba dificultades para controlar el peso, los esfuerzos le resultaban cada vez más exigentes y llevaba mucho tiempo sin recuperar la confianza de años anteriores. En la esgrima, como ella misma dice, a veces basta un solo tocado para cambiarlo todo; un asalto que parecía perdido acaba jugando a tu favor y, en un instante, las dudas se esfuman, el miedo da paso a la confianza y lo que hace un momento parecía una hazaña física inalcanzable se vuelve pan comido. Aquella transformación fue decisiva para que consiguiera su segundo título mundial individual.

Un año después llegaron los Juegos de París y, con ellos, un nuevo intento en la prueba individual. Volpi ya había logrado casi todo lo que una deportista puede aspirar a conseguir, salvo lo que más deseaba, y por primera vez se planteó seriamente retirarse. Acabó alejándose de la esgrima durante seis meses. No tenía claro si necesitaba un descanso o dejarlo definitivamente, aunque sí sabía que no podía continuar como hasta entonces. Aquel paréntesis le permitió ver con claridad cuánto espacio había ocupado la competición en su vida, y empezó a echar de menos los entrenamientos e incluso esa rutina diaria que hasta hacía poco le resultaba agotadora y que ahora le producía una enorme nostalgia.

El regreso fue mucho más duro de lo que imaginaba. Italia cuenta con una escuela de florete femenino de primer nivel mundial y, mientras Volpi descansaba, el resto de floretistas siguieron perfeccionando su técnica. Poco a poco fue perdiendo protagonismo y empezó a ver comprometido su puesto en la selección nacional, hasta comprender que su condición de bicampeona del mundo no le garantizaba absolutamente nada.

En marzo de 2026, tras una larga sequía de victorias internacionales, ganó el Gran Premio de Lima. Primero venció a Arianna Errigo por 15 a 14, luego se impuso a Olga Sopit por 15 a 6, derrotó a la estadounidense Katerina Lung por 15 a 14 en semifinales y en la final superó a Lauren Scruggs por 15 a 11. Fue su regreso a lo más alto del podio y también el resultado que más necesitaba después de meses de dudas. «Normalmente disfrutas de una victoria durante esa noche. Esta vez la alegría duró mucho más», recuerda.

Aquel triunfo no puso fin a sus dificultades. Tras conseguir su cuarto título nacional, la selección italiana la incluyó en las convocatorias del Europeo y del Mundial de 2026. Eso sí, lo hizo como suplente porque la competencia en Italia es tan reñida que ni siquiera una bicampeona del mundo tiene garantizada la plaza. En octubre volvió al podio en la Copa del Mundo de Takamatsu (Japón), donde cuatro italianas coparon las posiciones de honor —Martina Favaretto, primera; Martina Batini, segunda; y Arianna Errigo y la propia Volpi, terceras—, un logro extraordinario para la esgrima italiana que, al mismo tiempo, puso de relieve lo delicado de su situación personal.

Volpi, que ya ha cumplido treinta y cuatro años, dice que, aunque suele enfrentarse a rivales diez o doce años más jóvenes, se siente físicamente muy joven. Su manera de mirar las medallas también ha cambiado. Antes se centraba demasiado en el oro e incluso daba por hecho quedar entre las tres primeras; ahora sabe lo difícil que es volver a la cima y valora mucho más un bronce. Más que otro oro, persigue recuperar la regularidad encadenado, uno tras otro, buenos resultados. Y, por supuesto, volver a la selección para clasificarse para el próximo Mundial. Haberse quedado fuera de la convocatoria de 2026 es una espinita que se tiene que quitar. Más allá asoman los Juegos de Los Ángeles de 2028, en los que tendrá treinta y seis años y una tercera oportunidad de ganar esa medalla individual que aún falta en su colección.

Hoy la preparación mental tiene para ella una importancia cada vez mayor. Volpi reconoce que una buena alimentación, el descanso y la forma física son fundamentales, pero que cuando dos deportistas están al mismo nivel es la mentalidad lo que acaba decidiendo. Quizá por eso, tras tantos años persiguiendo la victoria, su objetivo principal ya no es aprender a ganar, algo que sabe hacer desde pequeña, sino aprender a competir de tal forma que el miedo al fracaso deje de controlarla.

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