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El Clásico de los beneficiados: ¿quién lo será más?

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El once titular del FC Barcelona antes del partido contra el Real Betis en La Cartuja (Sevilla), el 17 de octubre de 2026. Foto: © Andres Lopez Sheridan / Sport Press Photo / ZUMA Press.

El sábado, La Cartuja recibió al Barcelona con un Betis dispuesto a frenar a un rival invicto, y los verdiblancos compitieron hasta donde pudieron antes de caer por 2-5 ante un equipo formidable al que Lamine Yamal puso en ventaja con una maravilla y que fue imponiendo su pegada conforme avanzaba la tarde, tal como suele ocurrir con los conjuntos de Hansi Flick. El marcador, con todo, no cuenta cuanto sucedió, porque a los béticos les quedaron tres decisiones arbitrales difíciles de digerir.

La primera fue el golazo de Giovani Lo Celso que habría supuesto el 2-2 y que se anuló por una mano previa del Cucho Hernández, de la que Manuel Pellegrini alegó que venía precedida de un empujón y que quedaba demasiado lejos de la jugada del gol. Después llegó el tanto de Gabriel Jesus, en cuyo origen Fermín había metido el pie a la altura de la cabeza de un adversario. Y la tercera fue la expulsión de Facundo Bernal tras su enfrentamiento con Lamine Yamal, que se marchó con una amarilla cuando, según Pellegrini, había sido el propio blaugrana quien provocó el encontronazo con un empujón. La polémica tiene desde hoy una consecuencia más duradera, porque el Comité de Disciplina, que da por acreditados los dos cabezazos recogidos en el acta y ha desestimado las alegaciones del Betis, ha impuesto a Bernal cuatro partidos de sanción por agresión, el castigo mínimo que prevé el reglamento para esa infracción y que el club, aun así, recurrirá.

Se puede discutir la mano, el juego peligroso o la responsabilidad de Lamine en el origen del enfrentamiento, aunque eso no justifique la reacción de Bernal; lo que resulta más difícil de explicar es por qué determinados comportamientos merecen la máxima severidad mientras otros apenas dan para una conversación. Pellegrini calificó la actuación arbitral de «lamentable» y sostuvo que había faltado criterio futbolístico, una queja que probablemente acabará archivada entre comunicados y tertulias, porque el Barcelona no necesitó ayuda de nadie para demostrar el momento que atraviesa.

El domingo cambiamos de escenario y de camiseta. En el Bernabéu la disputa llegó en el minuto 23, cuando Peque sujetaba a Arda Güler y el turco lanzó el brazo hacia atrás para desprenderse de la marca, con el sevillista cayendo al suelo y llevándose las manos a la cara. ¿Codazo merecedor de expulsión o movimiento para zafarse del agarrón? Las imágenes disponibles, lejanas, no permitían determinar con certeza ni el punto de impacto ni su intensidad, y sin una toma concluyente el VAR no recomendó la roja.

Siete minutos después Güler marcó un gol extraordinario y el Madrid acabó ganando 4-1, con dos tantos de Mbappé y otro de Diomande, pero la crónica oficial sevillista prefirió titular «Codazo y se acabó». Para explicar la derrota bastó con convertir una jugada polémica en el partido entero, de manera que la hipótesis de lo que habría ocurrido con diez madridistas sustituyó a lo que sucedió con once.

En el descanso, mientras Kike Salas se acercaba a la entrevista a pie de césped, alguien corrió a hablar con él. Ignoro qué le dijo, y la escena parecía el prólogo perfecto de la respuesta que se esperaba, porque en aquel ambiente podían preguntarle por los cambios o por la guerra de Ucrania y todo habría conducido igualmente al codazo. Así es como se puede hablar durante horas de una expulsión hipotética y apenas unos segundos del fútbol que se disputó.

Lo más llamativo fue Luis García Plaza. Días antes, preguntado por la expulsión de Vinicius, había pedido «apoyar a los árbitros» y recordado que todos se equivocan, una sensatez que duró exactamente hasta que el supuesto error perjudicó al Sevilla. Tras la goleada aseguró que les habían privado de jugar contra diez y deslizó incluso que quizá no convenía que el Madrid llegara al Clásico a nueve puntos del Barcelona, con lo que el respeto al colectivo arbitral demostró tener una vida útil sorprendentemente corta.

La comparación se vuelve embarazosa al recordar el Sevilla-Barcelona de septiembre, en el que hubo un codazo de Rodri sobre Robbie Ure que algunos han recuperado ahora para reclamar el mismo rasero, y que entonces no mereció ni expulsión ni una ofensiva institucional comparable. Cada club conoce al detalle los agravios que ha sufrido y guarda una memoria bastante menos precisa de los que han padecido los demás, de modo que los selecciona a la carta y los presenta como causa moral.

José María del Nido Carrasco se ha desplazado a Madrid para pedir explicaciones al Comité Técnico de Árbitros y escuchar los audios del VAR, y está en su derecho, como lo está el Betis cuando reclama coherencia. Lo que no debería aceptarse es que el acceso a las explicaciones dependa del escándalo que organice cada club, porque si para conocer el fundamento de una decisión arbitral hace falta una expedición presidencial, el sistema de transparencia tiene un problema que ninguna rueda de prensa va a resolver.

Y el domingo llega el Clásico con una particularidad curiosa, porque quienes se enfrentarán en el Camp Nou son precisamente los dos equipos señalados como beneficiados por las polémicas del fin de semana, mientras Betis y Sevilla se quedan con sus reclamaciones y el primero, además, sin su centrocampista durante un mes. ¿Qué ocurrirá si una decisión arbitral controvertida termina resolviendo el Barcelona-Real Madrid? ¿Se aplicará entonces el mismo rasero que se reclama para los demás, o habrá que esperar a conocer al perdedor para saber quién ha sido víctima de una injusticia?

El Real Madrid lleva tiempo enfrentado a LaLiga por el arbitraje, con escasos compañeros de viaje cuando plantea reformas de fondo, y eso no convierte automáticamente en acertadas todas sus quejas. Este fin de semana, en cambio, dejó a la vista deficiencias que no son suyas, con unos criterios discutidos y un VAR incapaz de resolver ciertas acciones porque la producción televisiva deja al espectador —y al árbitro— sin las imágenes necesarias para juzgarlas. Las cámaras siguen al balón, se entiende, y aun así eso no elimina la obligación de mejorar la cobertura cuando de ella depende una decisión.

Javier Tebas, tan aficionado a discutir con Real Madrid TV, haría bien en mirar con más atención el producto que preside, después de que su reciente comparación entre los métodos de comunicación del club y la propaganda ultra añadiera otra disputa inútil a la competición. De su supuesto futuro como ministro de Transportes no hay confirmación alguna, así que mejor dejarlo en chiste, aunque tendría gracia confiarle los trenes a quien dirige una Liga en la que cada jornada termina descarrilando la conversación.

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