
Foto: Stéphane Mantey (Cordonpress)
Dos españoles chocaron contra una muralla infranqueable este mes en Bakú. Eran deportistas de élite ante dioses del judo. Por eso el tarraconense David García Torné, de 29 años, y la navarra Ariane Toro, de 23, salieron del tatami conscientes de que habían tocado techo en Azerbaiyán. No solo alcanzaron una medalla de plata que encabezaría a partir de ahora la enumeración de su palmarés, sino que lo habían hecho cediendo solo ante dos leyendas, los hermanos que marcan el ritmo del judo mundial y que con solo unos minutos de diferencia volvieron a celebrar que son los mejores del universo. Son Hifume y Uta Abe, los indiscutibles jefes de las segundas categorías más ligeras del judo, los –66 kilos en hombres y los –52 kilos en mujeres.
La historia empieza en Wadamisaki, una zona industrial y rodeada de canales en la ciudad japonesa de Kobe, donde Koje, un exnadador que trabaja de bombero, y Ai, empleada en un gimnasio hasta que heredó la cafetería familiar, tienen tres hijos. El primogénito, Yuichiro, nacido en 1995, resultará a la postre el menos popular de la familia. No tiene que ser fácil aceptar tu papel secundario mientras los pequeños hacen historia. Es un tipo normal, con un trabajo de funcionario de 9 a 5, que parece aceptar de buen grado el título de «el otro hermano».
Pero no se vayan, que Yuichiro no es un simple MacGuffin. Sin su concurso, los engranajes del destino se habrían frenado y su familia no sería ahora una de las más famosas de Japón. Gracias a que era un culo inquieto al que calmar, sus padres le llevaron a un dojo cercano y ese camino le acabarían siguiendo los más pequeños. Hifume, que tenía dos años menos, se quedó fascinado cuando vio aquella arte marcial por televisión, y se empeñó en acompañar a su hermano cuando sopló seis velas. «Estaba en 2.º de Primaria cuando perdí con una compañera de clase. Y eso me frustró tanto que quise hacerme más fuerte», reconocía en una entrevista con Mizuno. La más pequeña, Uta, que nació en el 2000, no iba a quedarse atrás. A los cinco años se enfundó el judogi.
Ya tenemos a los tres hermanos en el dojo Hyōgo Shōnen Kodama-kai, pero mientras Yuichiro terminaría por cansarse, los menores perseveraron y obligaron a sus padres a turnarse en largas noches de viajes en furgoneta para llegar a competiciones por todo el país y ahorrarse el alto precio del tren bala. El sacrificio mereció la pena. Pronto se hicieron un nombre y llegaron los ingresos. Les fichó Park24, una empresa japonesa de aparcamientos, que patrocina uno de los clubes más grandes de Japón. Aquel niño, Hifume Abe, con 17 años consiguió ser el más joven de la historia en ganar un Grand Slam, y además lo hizo en Tokio. Su hermana, Uta Abe, aún más precoz, ganó con 16 el Grand Prix de Dusseldorf en 2017.
Cuando Hifume ganó ese Grand Slam prematuro, venía de sufrir dos fuertes reveses. Le habían derrotado tanto en la final del Mundial de cadetes como en la de juniors al año siguiente un georgiano y un ruso que no progresaron mucho más lejos de aquellos éxitos adolescentes. Se acostumbró a lidiar con la frustración. Con la fuerte competencia nacional, se quedó fuera de los Juegos Olímpicos de Río, y al año siguiente, recuperado de una lesión en su rodilla izquierda, todo empezó a fluir. Ganó el prestigioso Grand Slam de París y el de Tokio y llegó su primer oro mundial en Budapest. El año siguiente repitió en Bakú, donde se estrenó su hermana Uta. Como sus pesos coincidían siempre en el calendario, la fiesta familiar siempre era completa. Como en 2022 en Taskent, en 2023 en Doha. Como este mismo año.
A Hifume su judo de pura escuela le funcionaba casi siempre. Una receta que mezcla una postura erguida, el control permanente de la estructura del cuerpo y que evita agacharse, y una predisposición a ejecutar en cuanto puede su amado sode tsurikomi goshi, una técnica de cadera en la que se agarra además la manga del oponente por encima de la cabeza para proyectarle de espaldas. Un ippon perfecto, que con diferentes variantes le ha servido para poner a volar por los aires a judocas de medio mundo. Claro que alguna vez se le resistió. En el Mundial de 2019, precisamente en Tokio, iba a toparse con Joshiro Maruyama, un compatriota tres años mayor, que le llevó a un combate de semifinales agónico. El árbitro le anuló una acción dudosa que le habría dado la victoria, y al borde de los ocho minutos, un despiste permitió a Maruyama ejecutar un uki-waza, una proyección flotante desde el suelo, que le iba a dar un waza-ari que a esas alturas de la prórroga valía como un ippon.
Hifume Abe se conformó con ganar el bronce frente al italiano Manuel Lombardo, que meses antes le había echado a la primera en el Grand Slam de París. En aquellos días reconocía que no estaba pasando por su mejor momento. Un periodo de decepción y frustración, en sus propias palabras. Y con la sombra de la derrota ante Maruyama, se sumergió en la pandemia. Los Juegos Olímpicos solo permiten acudir a un judoca por cada país y peso, así que uno de ellos dos, que estaban entre los tres mejores del ranking mundial, iba a quedarse fuera. Con el antecedente del último Mundial, Abe estaba por detrás en el marcador.
Tras meses de incertidumbre, y sin posibilidad de organizar torneos, se decidió que la plaza para los Juegos Olímpicos de Tokio, ya aplazados un año, se iba a disputar en un combate único el 13 de diciembre de 2020. Un gimnasio sin gradas, árbitros separados y con mascarillas y un par de cámaras y de fotógrafos iban a ser testigos de uno de los combates de judo más largos y extraños de la historia. Un duelo irresoluble que se alargó hasta 24 minutos sin que nadie fuera capaz de puntuar. Los expertos aseguraban que el tiempo corría en contra de Abe, un competidor más explosivo que se había fatigado en una salida fulgurante en busca de una acción que no llegó. Con vendas en los pies, un tapón en la nariz para cortar la hemorragia y un sudor que ya se hacía presente por todo el cabello, Abe metió su pie repetidamente por detrás del gemelo de Maruyama hasta que logró engancharle y proyectarle al suelo sobre su costado. «Sabía que sería un enfrentamiento de voluntades. He tenido la determinación de no ceder jamás. He ganado porque he seguido empujando y confiando en mi judo hasta el final».
Los dos acabaron entre lágrimas en un combate que iba a definir su carrera: Abe buscaría la gloria olímpica en la capital de su país. Maruyama debería conformarse con ganar el Mundial de Budapest, un campeonato a mes y medio de los Juegos que era esta vez un premio de consolación. Sería su segundo y último título, porque en 2022 y 2023 volvería a perder la final con Abe, aunque sin ponérselo nunca fácil. De nuevo, Maruyama le llevó a otra pelea de más de 10 minutos en el tatami hasta caer derrotado.
Por eso, cuando Hifume Abe hubo de volver al Nippon Budokan de Tokio en los Juegos Olímpicos y ganó los cuatro combates para merecer el oro, y salvo el primero, todos en el tiempo reglamentario, la sensación que le invadió se parecía más al alivio y a la serenidad que a la euforia. Su victoria llegó pocos minutos después que la de su hermana pequeña Uta, que al contrario que él, explotó de alegría. «Es molesto que siempre gane primero», bromeaba el mayor, obligado a contener sus emociones para mantener la concentración en cada torneo. «Pero es el mejor día de mi vida por compartir esto con mi hermana. Casi nunca entrenamos juntos, pero te motiva cuando acaba de ganar antes», reconoce. «Cuando veo a mi hermano ganar combate tras combate, siento que yo tampoco puedo perder. Si hubiera sido hija única y aspirara a los Juegos Olímpicos, no creo que tuviera la motivación para entrenar tan duro como lo he hecho. Además, probablemente no habría descubierto el judo», sostiene la pequeña, en agradecimiento ya a todo el clan.
A diferencia de Hifumi, Uta arrasó tan pronto salió a competir fuera de Japón. Desde 2016, solo una rival le había privado del oro en cualquier torneo, la francesa Ameline Buchard. Casi ocho minutos de combate rompieron su racha victoriosa en el Grand Slam de Osaka en 2019. Era una rival inesperada a la que se había quitado por el camino para ganar su primer título mundial en 2018 con un ippon en solo 23 segundos. En Tokio, el cuadro las citó en la final, y la gala se resistió más de ocho minutos hasta que Uta, una maestra en las técnicas de suelo y de pie, enlazó una técnica de rueda y en la transición colocó a su rival de espaldas y la inmovilizó agarrándola el cuello durante 20 segundos. Un osaekomi que iba a valer un oro olímpico.
Es cierto que Buchard le hizo sudar para meterse en la final del Mundial del 22, pero su siguiente ciclo olímpico se pareció más bien a un paseo militar. Los dos hermanos no conocieron la derrota entre Tokio y París. Si repasamos su carrera, en 23 de sus combates internacionales, Hifumi Abe enganchó un ippon en menos de un minuto, pero las estadísticas de su hermana resultan aún más impresionantes. Resolvió en menos de ese margen en 34 combates.
Por eso cuando los dos llegaron al Arena Campo de Marte, el pabellón provisional que los franceses montaron a golpe de mecanotubo entre los barros al pie de la Torre Eiffel y llenaron con más de 8.000 espectadores cada día, nadie podía apostar por algo que no fueran otros dos oros en los Juegos Olímpicos de París. Pero el deporte multiplica su belleza con su imprevisibilidad, así que para que Hifumi Abe conquistara su segundo oro olímpico, además de sumar waza-aris, necesitó reponerse de la conmoción de la temprana derrota de su hermana ese domingo.
En la segunda ronda, la uzbeka Diyora Keldiyorova, que terminaría ganando el oro, la tumbó con un tani-otoshi y Uta se quedó sentada, incrédula, impactada. La racha de cinco años invicta terminaba en el peor momento. Tras el saludo protocolario, cuando bajó del tatami y se abrazó a su entrenador Yukihide Hirano, irrumpió en un berrinche de dramón de sobremesa. Fue como si le hubieran comunicado la muerte de su ser más querido. Sus gritos se escuchaban en todo el pabellón mientras Hirano le agarraba para tratar de evitar que se desplomara en sus brazos. El público irrumpió en gritos de «Uta, Uta, Uta». Las imágenes llegaron a las televisiones de todo el mundo. La mujer invencible se hacía famosa por perder.
«Una derrota era algo que apenas había experimentado antes. Quería animar a mi hermano, pero realmente no podía hacerlo. Esperé fuera del pabellón», explicó. «Cuando regresé a Tokio, me preguntaba qué iba a hacer ahora, así que evité el judo. Viví la vida. Buceé, comí, dormí, me divertí y repetí durante seis meses sin ponerme un judogi hasta que sentí que faltaba algo en mi vida y regresé. Sentí como algo refrescante no llevar el sambenito de mujer imbatible», recordaría después mirando con perspectiva.
Uta regresó en febrero de 2025 y ganó, como ha hecho con todos sus combates hasta hoy. Los dos últimos, contra la española Ayumi Leiva, a la que puso a volar con un uchi-mato letal en las semifinales de Bakú, y contra la propia Ariane Toro, que podrá presumir con orgullo de que la forzó a una prórroga y llevó el combate por encima de los siete minutos para ceder un ippon.
Su obsesión ha regresado. Quiere asegurarse de ganar cada torneo hasta los Juegos de Los Ángeles. Su hermano, más consciente del proceso, cayó ante el tayiko Oid Dzhebov en el Mundial de Budapest del año pasado, pero se repuso y llegó al bronce a través de la repesca. «Creo que me hago más fuerte cuando me ganan. De cara a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, no quiero desperdiciar esta derrota». Rota su racha, este año volvió a mandar en el Mundial. Sufrió demasiado en primera ronda, pero a David García Torné apenas le regaló 68 segundos de final antes de mandarle al suelo con un seoi-nage, una proyección por encima del hombro.
Los hermanos Abe suman ya tres oros olímpicos y 11 títulos mundiales. Y los dos tienen su propio reto particular. Hifume sabe que los 11 oros en solitario de Teddy Riner quedan aún lejos, pero si gana el tercer oro olímpico consecutivo en Los Ángeles 2028 igualará al propio Riner y al japonés Tadahiro Nomura, vencedor en Atlanta, Sídney y Atenas en –60 kilos. Uta necesita la revancha de París, pero ya el próximo año en Astana podría igualar los siete títulos mundiales que en la historia solo presumen Ryoko Tani, dominadora en –48 kilos en el cambio de siglo, y la china Tong Wen, jefa de +100 kilos en la primera década del XXI.
«Nuestros padres nos trataron igual. Sin distinción. Todos en nuestra familia han creído en nuestras capacidades y se han dedicado a que alcanzáramos el oro olímpico», resumía Hifume.
