
La Federación Mexicana de Futbol ha hecho desaparecer oficialmente el ascenso y descenso. En un acto antideportivo supino y contrario a lo que sucede en las mejores ligas del mundo, los directivos de pantalón largo decidieron que la única manera de ocupar un lugar en la primera división sería con billetazos. Cual mercado, ahora las plazas se venden al mejor postor. El Atlante de la Ciudad de México, por ejemplo, pagó 65 millones de dólares por el lugar que ocupaba el Mazatlán en el máximo circuito deportivo.
Esta historia no es nueva. En 2017, la Federación dio las primeras pinceladas de lo que sería este desenlace fatídico. Hasta entonces, el sistema de promoción funcionaba así: los campeones de los torneos semestrales Apertura y Clausura de la segunda división se enfrentaban en una final a dos juegos, y el ganador de la serie subía a la primera división. Del otro lado de la moneda, el peor equipo de la tabla de cocientes de la primera división, que es decir al que le fue peor en 6 torneos, bajaba a la segunda. Fue a partir del torneo Apertura 2017 que la Federación dijo que ya no bastaba con ser campeón, e impuso una certificación. El argumento fue que los clubes ascendían endeudados hasta las narices y los proyectos eran insostenibles a largo plazo.
Entre otras cosas, la dichosa certificación pedía finanzas sanas, no adeudos, un equipo en la liga femenil y otros en las ligas inferiores, y un estadio con capacidad para veinte mil personas. Este último requisito fue el más controversial y contradictorio, ya que son contados los equipos de la primera división que tienen un promedio de asistencia superior a las 20 mil personas en los últimos años. Pachuca y Juárez, por ejemplo, han registrado entradas este torneo con menos de diez mil aficionados. Bajo esta misma exigencia, el Getafe y Alavés de La Liga no podrían jugar en la primera división de México.
En ese entonces también decidieron que si un club de la segunda división ganaba el ascenso sin estar certificado, entonces recibiría 6 millones de dólares como premio de compensación. ¿De dónde salía ese dinero? Los desembolsaba el peor equipo de la primera división, al que le tocaba descender en lo deportivo, como castigo a su paupérrimo rendimiento. Una decisión equivalente a la de un jefe cobrándole dinero a su peor empleado para no despedirlo.
Pues bien, al año siguiente de introducir esta regla, los Cafetaleros de Tapachula ganaron la final por el ascenso al imponerse en la final contra los Alebrijes de Oaxaca, pero no estaban certificados. «Por temas de plaza, infraestructura, capacidad hotelera, líneas aéreas, y otros factores, no dejaron que la franquicia se certificara», declaró José Luis Orantes, el entonces presidente del equipo. La Federación le cobró los 6 millones de dólares a Lobos BUAP de la primera división, que fue el peor equipo en ese momento, y luego se los entregó como premio de compensación y sanseacabó.
En 2019, el Atlético de San Luis Potosí subió a la primera división con un proyecto bien pensado y financiado, y sobre todo, certificado. Ganaron su ascenso en la cancha y en la mesa. Nadie imaginó que sería el último equipo en subir a la primera división de manera deportiva, ya que meses después, entrada la pandemia del COVID-19, Enrique Bonilla, el expresidente de la liga de futbol mexicana, dio el catastrófico anuncio durante una conferencia virtual: «La Asamblea de la Liga MX, en un mensaje de unión y por unanimidad… acordó eliminar el ascenso y descenso de los clubes». El sistema de promoción, según mencionó, regresaría en cinco temporadas —que luego cambiaron a seis—. Además, decidieron expandir las multas de malos rendimientos a los tres peores equipos de la primera división para así recabar un total aproximado de 10 millones de dólares que irían a las arcas de la segunda división —que luego también redujeron a ocho millones de dólares—.
Los impulsores de este cambio dijeron que respondía a la crisis financiera surgida en la pandemia. Algunos de los analistas deportivos del país sospecharon que se trató más bien de una conspiración para que los dueños blindaran a sus equipos, porque era su negociazo. No existe estimación certera de cuánto dinero genera este deporte, pues como buena empresa prefiere discutir los números en privado. Existen, sin embargo, algunas estimaciones que dan cuenta de la magnitud del negocio. La liga mexicana figura entre las más caras del mundo. Los 18 equipos de la primera división generan ingresos anuales superiores a los 900 millones de dólares. Según el testimonio de un directivo de la segunda división que prefiere mantenerse en el anonimato, el equipo más jodido de la primera división puede ganar 10 millones de dólares únicamente en derechos televisivos anuales.
Tres clubes de la segunda división interpusieron una demanda ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) por la suspensión temporal que creyeron una eliminación disfrazada. El fallo no les favoreció. El máximo tribunal determinó que la Federación podía modificar las reglas del ascenso, y una suspensión temporal era a todas luces una modificación. La propia Federación declaró por escrito ante el tribunal que el ascenso no había sido eliminado. Desde entonces, sin embargo, únicamente le otorgaron la certificación a los Leones Negros de Guadalajara —que se la quitaron en 2023— y al Atlante de la Ciudad de México. Bajo argumentos financieros y administrativos rechazaron otras propuestas en estos años. El resto de los clubes ni siquiera han presentado solicitud porque la consideran una simulación.
Desde que suspendieron el sistema de promoción, no tuvo más sentido llamarles a las divisiones con números ordinales, así que las rebautizaron. La segunda división pasó a ser oficialmente la «Liga BBVA Expansión MX», en honor al máximo patrocinador de la liga. El billete siempre manda. Los clubes de esta división resisten su espantoso nombre y nivel. Como no ha habido inversión, está rezagada en infraestructura, salarios, personal y jugadores. Los equipos se integran de veteranos que todavía tienen un poco de piernas y destellos tácticos, así como de jóvenes promesas que, en muchos casos, ya no son tan jóvenes ni tan promesas.
La realidad es proporcional al presupuesto. La Federación les otorga un subsidio de 1 millón de dólares anuales para su desarrollo que alcanza para poco y nada. Además de los gastos corrientes, incluidos salarios, indumentaria, y mantenimiento de las instalaciones y cancha, la Federación les impone otros más que terminan por ahogarlos. «Nos avisan cada semana los árbitros que nos tocan para el partido. A veces es un pedo volar a un árbitro, porque vienen del otro lado del país. Terminamos pagando casi 10 mil pesos (550 dólares) solo por el vuelo del cuarto árbitro», declaró el mismo directivo que pidió permanecer en anonimato. No es cosa menor, cada club puede gastar en promedio medio millón de pesos (28 mil dólares) por temporada para volar a los árbitros.
Tras cinco años de promesas incumplidas, diez equipos de la Liga de Expansión se unieron y presentaron una nueva demanda ante el TAS. El reclamo era sencillo: que regresara el sistema de promoción en el fútbol mexicano de inmediato, como lo habían prometido años atrás. Las impacientes directivas querían salir del bache en el que estaban hundidas. Y es que un equipo expandido —los de primera— vale entre diez y cuarenta veces más que uno en expansión.
A los pocos días, el Atlante se bajó de la demanda colectiva en un revés político. En ese entonces era incierto el porqué, pero tiempo después se supo que el Atlante arregló en lo oscurito un lugar en la primera división. Así fue que, 65 millones de dólares después, adquirió la plaza del Mazatlán y hoy en día compite en el máximo circuito. El TAS, por su parte, rechazó otra vez la demanda bajo el argumento de que la Federación les había avisado en tiempo y forma sobre la suspensión del sistema de promoción, y que estaba pactado su regreso para 2026. Una forma audaz para lavarse las manos ante una atrocidad deportiva. Los clubes que demandaron no solo tuvieron que pagar los gastos del arbitraje del juicio a la Federación, también fueron penalizados al presentar la demanda y dejaron de recibir de golpe el subsidio del millón de dólares.
Una vez terminado el juicio, sin tantos reflectores encima, la Federación oficializó la desaparición del sistema de promoción en el fútbol mexicano. Los directivos sacaron las falsas promesas de sus acuerdos y discursos. Modificaron el reglamento para que ningún equipo subiera ni bajara, quitaron las multas a los malos rendimientos, se dieron un buen apretón de manos y a lo que sigue. Ni las protestas en las canchas por varios clubes de la Liga de Expansión, ni una nueva apelación ante el TAS, todavía sin resolver, lograron frenar lo que comenzó desde 2017. Tras años de inagotables esfuerzos, lograron legalizar la mediocridad deportiva. Así terminaron por sepultar al fútbol mexicano en una tumba con una lápida bañada en oro cuyo epitafio versa así: «De joven, gastó su salud para conseguir dinero. De grande, gastó su competitividad para conseguir más dinero. Ahora yace aquí, sin salud ni competencia, pero con mucho dinero».
