
El año pasado, cuando Liberty Media, propietaria de la Fórmula 1, completó la compra de Dorna, a quienes llevamos décadas siguiendo las motos nos temblaron las piernas, menos por el dinero estadounidense que por el temor a que confundieran MotoGP con ese carrusel de monoplazas de colores en el que los ingenieros parecen haber ganado la partida a los pilotos. La Fórmula 1 conserva su público, aunque entre la gestión de las baterías, la aerodinámica y unos motores bastante más discretos uno echa de menos las carreras, hasta el punto de que Fernando Alonso llegó a definir el de 2026 como «campeonato del mundo de pilas».
De momento, las motos se han librado, quizá porque Carmelo Ezpeleta sigue al frente de la organización y conoce este negocio desde mucho antes de que las carreras se convirtieran en contenido para plataformas, o porque sus fabricantes no han necesitado convertir los prototipos en híbridos. MotoE, la categoría eléctrica inaugurada en 2019, quedó suspendida tras 2025 después de siete temporadas que, según reconoció la organización, no bastaron para conquistar al público, lo que no impide a MotoGP seguir innovando con los combustibles cien por cien no fósiles que utilizará a partir de 2027. Se puede innovar sin obligar a una moto a pedir permiso para hacer ruido.
Mientras tanto, tenemos un Mundial de los que se recuerdan. Después de Indonesia, a falta de cinco grandes premios, Jorge Martín lidera con 355 puntos, Marc Márquez le sigue con 353 y Marco Bezzecchi suma 309, de modo que los tres primeros caben en 46 puntos cuando todavía quedan 185 en juego. Desde 2023 cada fin de semana reparte hasta 37, doce el sábado en la sprint y veinticinco el domingo, así que una caída o los neumáticos equivocados pueden evaporar cualquier ventaja.
En Mandalika, Bezzecchi ganó el domingo, Raúl Fernández acabó segundo pese a correr con dos dedos fracturados y Martín subió al podio, mientras Ai Ogura completaba un póquer de Aprilia y Márquez, ganador de la sprint, terminaba sexto. Los dos aspirantes principales sumaron exactamente los mismos puntos durante el fin de semana y, aun así, el liderato cambió de manos dos veces, el sábado a favor de Márquez y el domingo de vuelta a Martín. Cuesta imaginar mejor publicidad para un campeonato que mantiene en tensión a sus espectadores sin necesidad de inventar una polémica cada jueves.
La rivalidad entre Ducati y Aprilia ha dejado de ser una comparación de fichas técnicas, porque hay circuitos donde una Desmosedici parece imbatible y otros donde la RS-GP encuentra décimas inesperadas. KTM se cuela en la conversación gracias a Pedro Acosta y, detrás de los nombres del campeonato, aparecen Fernández u Ogura, dispuestos a estropear los cálculos del domingo, hasta el punto de que, con varios pilotos de cada marca disputando victorias, ya se habla de órdenes de fábrica.
También ha ayudado la manera de arbitrar las carreras, con unas long laps que obligan al infractor a recorrer una trayectoria más larga y unos límites de pista vigilados hasta el último centímetro de asfalto verde, donde el aviso llega tras tres infracciones y la penalización a la quinta, salvo que una ventaja evidente merezca castigo inmediato. Por discutibles que resulten algunas decisiones, salirse de la pista para ganar tiempo tiene un precio. Y antes de la categoría reina siguen Moto3 y Moto2, donde Máximo Quiles acaba de proclamarse campeón de la pequeña mientras Izan Guevara, con tres victorias encadenadas, se ha acercado a cinco puntos y medio de Manu González en la intermedia.
Márquez llegó a mandar a un doble disfrazado a la carrera de karts promocional organizada en Japón, una broma que retrata una agenda que apenas deja respirar a los pilotos, y MotoGP ha respondido anunciando multas de 5.000 euros para quienes incumplan los tiempos mínimos en los actos promocionales. La máquina de vender entradas y experiencias empieza a exigir su propia clasificación general, cuando quienes se juegan la clavícula en cada curva también necesitan descansar.
El año próximo traerá motores de 850 centímetros cúbicos, menos aerodinámica, la desaparición de los dispositivos que modifican la altura de las motos y neumáticos Pirelli en lugar de Michelin, además de una clasificación específica para la sprint, un Gran Premio urbano en Adelaida que sustituirá a Phillip Island y otro baile de pilotos que vestirá a Acosta de rojo junto a Márquez en Ducati, juntará a Pecco Bagnaia con Bezzecchi en Aprilia y llevará a Martín de Aprilia a Yamaha. Promete mucho, por más que la nueva sesión clasificatoria y la supresión del calentamiento dominical ya hayan provocado quejas entre los corredores. Más espectáculo no siempre significa mejores carreras.
Quienes crecimos escuchando a Valentín Requena narrar los duelos de quinientos entre Wayne Rainey, Kevin Schwantz o Mick Doohan sabemos que el Mundial ha cambiado varias veces de piel sin que haya cambiado esa sensación de mirar el reloj un domingo para comprobar cuánto falta para la salida. Ojalá Liberty Media entienda que lo extraordinario de MotoGP sucede cuando se apagan los semáforos y que las cámaras del acto promocional pueden esperar. The show must go on, desde luego, y para eso sería conveniente dejar conducir a los pilotos.
