
Delante de la entrada de la biblioteca de la Universidad CEU San Pablo se acaba de dar a la fuga un coche blanco que se ha llevado el lateral de otro automóvil que estaba mal estacionado. Es un peligro. Hay obras más abajo y parte de la acera está levantada a ambos lados de la calle. No hay para los peatones un pasillo de vallas, por lo que toca caminar por la carretera, bordeando las máquinas excavadoras. Y encima hace calor. Polvo, calor, ruido y asfalto. Para pegarse un tiro.
Dentro del edificio, en la tercera planta, el atleta y psicólogo Enhamed Enhamed acaba de dar una conferencia. Es una de sus actividades más frecuentes. Su historia lo merece: se quedó ciego a los ocho años, pero ha sido un medallista de récord —cuatro medallas de oro, dos de plata y tres de bronce— y ha subido los casi seis mil metros del Kilimanjaro. ¿Por qué? No sabía decir que no. Tras su charla, Enhamed se agarra al hombro del acompañante —dice que ahí está toda la información— y toma asiento, palpando los bancos del aula donde se va a realizar la siguiente entrevista. Aunque no lo parezca, ya sabe cómo es el entorno, si los techos son altos y hasta la marca del ordenador portátil que hay sobre la mesa. No se quitará la chaqueta americana en ningún momento, pero se agradece el aire acondicionado.
Dices en tu libro, Iron Mind, que el agua es el comienzo y que forma parte de todo, pero más aún de tu vida. ¿Por qué?
Porque después de quedarme ciego, el agua fue lo que me permitió descubrir esa libertad que en cierto sentido había perdido al quedarme ciego, porque no podía moverme de la misma manera y el mundo está lleno de obstáculos. Sin embargo, en el agua para mí no hay obstáculos, y es cierto que es donde también me siento mucho más cómodo, aunque pase mucho tiempo sin nadar, y de hecho he pasado recientemente una época en la que estuve como tres años sin tocar agua. El primer día que me volví a meter, pensé: «¿Por qué he tardado tanto en volver?». Siento que el agua es parte de mí, más allá del tiempo que he pasado nadando o los años entrenando.
Cruzaste a nado el estrecho de Gibraltar. ¿Un invidente vive en la inmensidad por eso mismo, porque no tiene límites?
Aunque piense que no hay obstáculos, límites seguramente los haya. Hay dos sitios donde se vive la inmensidad siendo ciego: uno es en medio del mar, cuando te alejas lo suficiente de la orilla como para no escuchar a la gente, porque de repente pierdes tus referencias. Yo nado cien metros dentro del agua, en el mar, y ya no sabría volver a la playa, porque no hay referencias, solo hay agua, agua y agua. Y el otro sitio donde también se vive esta misma sensación es en la cima de una montaña. Para un ciego es extremadamente peligroso, porque no sabe si se puede caer, pero está todo tan abierto alrededor… Aquí, por ejemplo, mientras estamos sentados, yo sé que tengo la pared aquí al lado, porque la oigo, oigo la altura del techo, oigo el tamaño de la sala, pero en esos dos espacios es todo muy grande y no tengo referencias.
¿Cómo te guías en el mar? ¿Cómo sabes dónde está la orilla?
Con una persona al lado. Vamos atados con una goma de rodilla a rodilla, que eso es lo que me permite calcular la tensión. Además, siempre le digo lo mismo a mis guías: «Tú nada tranquilo, que yo, en base a cómo vas nadando tú y la tensión que se va generando, sé que me estoy alejando de ti porque la goma se estira mucho, pero si la goma pierde tensión ya sé que me voy a echar encima tuya».
¿Y en la montaña cómo es?
En la montaña normalmente se va con una barra direccional. Va un guía delante, el ciego en medio, y se suele llevar otro guía detrás, porque el de delante canta el obstáculo y el de atrás avisa de cuándo te lo vas a comer, o vigila que no te tropieces. A mí la montaña no me ha gustado tanto.
¿Qué referencia tiene un invidente en una montaña cuando no sabe dónde está la cima?
Ni idea. El Kilimanjaro se me hizo muy largo porque no tenía referencias; era andar, andar y andar… Por ejemplo, a personas que hacen escalada deportiva siendo ciegas les cuentan cómo es la escalada, y más o menos se pueden hacer una medida de por dónde van, pero también a veces necesitan una persona que les vaya cantando los hitos. Pero es cierto que lo más desesperante es estar haciendo una tarea que no sabes cuándo va a terminar. A mí me pasaba con la bicicleta al estar ascendiendo un puerto. Mi guía se lo inventaba: «Nos quedan cincuenta metros de repecho». Y a lo mejor no eran cincuenta, sino cien, pero yo ya me hacía la medida de que cincuenta era menos que cien, y cien era menos que ciento cincuenta, entonces cuando me decía que nos quedaban trescientos metros de repecho, yo pensaba: «¡Mi madre! Esto va a ser larguísimo».
¿Cómo recuerdas tu infancia? Eres de padres saharauis, el quinto de seis hermanos…
En cierta manera recuerdo una infancia feliz, porque yo me lo pasé muy bien, siempre la estaba liando y armando por mi cuenta. Era un niño extremadamente curioso, me encantaba observar todo; tengo muchas imágenes muy vívidas en mi cabeza, como por ejemplo pasar por delante de un taller de un carpintero y verle cómo cortaba los trozos de madera y preguntarme qué podría hacer yo con ese trozo de madera. Y así sucesivamente con todo. Pero también fue una infancia un poco extraña. Evidentemente jugaba con mis amigos, pero cuando empecé a experimentar las dificultades de visión jugaba al fútbol y los cabrones me ponían de portero. Cuando el sol me daba mucho me deslumbraba, porque la retina ya era muy sensible, y no veía nada, entonces paraba el balón con la cara. Lo recuerdo a veces como muchas cosas que no comprendía, pero tampoco sabía por qué no, aunque con los años empecé a encajar las piezas. Además, los niños son extremadamente crueles, pero eso lo entiendes después.

Te quedas ciego a los ocho años, pero hasta entonces tienes una vida «normal».
Absolutamente normal.
Y cuando te quedas ciego, ¿qué sucede a partir de ahí?
Pues mira, mis padres hicieron una cosa muy bien, porque me trataron con mucha naturalidad, y eso a mí me permitió tomármelo así, de manera natural, porque al final un niño pequeño ve el mundo a través de los ojos de sus padres. Y claro, a mí eso me facilitaba la vida. Pero es cierto que hubo un montón de cosas que yo quería hacer y que ya no me dejaban, como correr o montar en bicicleta, porque partí tres bicis. Yo seguía montando, pero a ciegas, así que imagínate. El caso es que esa transición fue más complicada por las cosas que el mundo decía que no se podían hacer que por las que yo entendía que no se podían. Pero te voy a decir que no me afectó tanto a los ocho como en la adolescencia. En la adolescencia fue cuando peor lo pasé. Por eso la natación fue un refugio tan importante.
Cuentas que estabas jugando, haciendo el «trasto», y que cuando te echaste y volviste a levantarte ya no veías.
Sí, fue en cinco segundos. Era un desprendimiento de retina. En esa época en España no había llegado la operación que te la recoloca. Esa situación en la que de repente pasas de ver a no ver, la verdad, ahora lo pienso y a mí me asustaría de adulto, pero en aquel momento le dije a mi madre: «Mamá, no veo». Aunque no dimensionaba realmente lo que estaba pasando.
¿Qué te dijo tu madre?
Mi madre pensó que había sido una de las reacciones que tenía yo con la retina a veces, cuando había mucho cambio de luz; si pasaba de un sitio con mucho sol a un sitio a oscuras, tardaba en adaptarme, o al revés. Pero al final me llevaron al hospital y efectivamente tenía una hemorragia interna en el ojo.
Y entonces te meten en el internado de la ONCE, en Madrid, donde empiezas a nadar.
Sí, seis meses después. Ahí fue cuando empiezo a nadar.
¿Por qué la natación?
Básicamente porque todos los compañeros nadaban y sabían nadar menos yo. Se reían de mí porque tenía miedo al agua antes de quedarme ciego, y ya sabes cómo son los niños: «¡Cobarde, cobarde!». Y por eso me propuse aprender a nadar, básicamente. Encima, si estás en el colegio, te vas a tu casa, pero cuando estás en un internado no te puedes ir a tu casa.
¿Quién te enseñó a nadar?
Ramón del Villar.
A los once años le dijiste que querías ser campeón de España. ¿Ya lo tenías tan claro?
Bueno, era algo con lo que me encantaba soñar. Y se lo dije: «Algún día quiero ser campeón de España». Y él, claro, me respondió: «¿Y para qué te vas a conformar con eso? Sueña con algo más y, si te lo propones, podrías ser campeón del mundo». Y aquí viene la otra parte de la historia: nosotros teníamos dos o tres días en los que íbamos a nadar en el colegio y yo, aparte, añadía un día por mi cuenta los viernes, así que en vez de irme al cine, me iba a nadar. Ramón me dejaba un poco más de la hora que nos daban en el colegio. Y los sábados, que teníamos una hora para ir a jugar y pasárnoslo bien, yo iba y, si podía tirarme dos horas o dos horas y media en el agua, me tiraba dos horas y media en el agua. Simplemente jugando, buceando, con unas pesas… Pero, simplemente, divirtiéndome. Entonces, ¿qué pasa? Eso te da un tacto del agua, una sensibilidad que no puedes tener de otra manera. El agua es un medio ajeno a nosotros. Y lo que Ramón veía desde fuera es que yo sí tenía cualidades y capacidades, pero lo que me faltaba era, evidentemente, disciplina. Con once años, ¿qué disciplina vas a tener? Porque para mí todo era un juego.
De hecho, a los doce haces tu primera competición.
Sí. Con once o doce años hicimos la primera, pero, ya te digo, eran competiciones interterritoriales y cosas de estas. Pero el punto clave fue irme del internado y entrar a un instituto normal. Si no hubiera ocurrido eso, no me habría dedicado a la natación.
¿Dudabas de ti mismo?
Siempre dudé de mí mismo. Lo que desarrollé con catorce años fue mucha capacidad de trabajo. Unas navidades falté a entrenar y me inventé una milonga para mi entrenador. Le dije que se me había estropeado el despertador. «Es que siempre hacéis lo mismo, venís el primer trimestre y luego faltáis», me dijo, y yo, que he sido siempre muy cabezón, le prometí que no iba a faltar más. Durante los siguientes treinta y dos meses, salvo cuando él me daba un día libre, yo no faltaba nunca. Con fiebre, con tendinitis, durmiendo dos horas, no durmiendo… Daba igual, no faltaba nunca. Pero siempre dudé. De hecho, aprendí a confiar en mí mismo, o más que en mí mismo en el proceso, mucho más adelante, ya con diecinueve años.

Te leí que perdiste la fe en Dios en aquella época y que te volviste ateo.
Sí, totalmente. Es que soy muy cabezón, como te decía, entonces, cuando llegaba a un razonamiento, pensaba: «Esto no va a ningún lado». Y a los diecisiete años dejé de creer en Dios y se acabó. Porque, total, ¿a mí en qué me ha ayudado? Si me ha dejado ciego, si se supone que lo puede todo y lo ha hecho todo, ¿por qué me ha dejado ciego? Hasta los diecinueve años estuve así.
¿Estabas enfadado con el mundo?
Mucho. Piensa que desde los ocho años el mensaje que yo recibía constantemente era: «No puedes esto porque eres ciego». Ese enfoque constante de que todo era debido a la ceguera lo tenía como una excusa facilísima. Y a los diecinueve años eso se cristalizó, toqué fondo, y creo que el enfado era enorme. La adolescencia fue una etapa dura.
Los compañeros, los amigos, ligan, salen por ahí… Te sentirías desplazadísimo.
Exactamente, sobre todo desplazado. También lo entiendo, porque estaba siempre nadando. Los viernes por la tarde entrenaba, los sábados a las ocho de la mañana estaba entrenando, en vacaciones también… Era normal que tampoco saliera, pero yo lo achacaba todo a la ceguera. Eso por un lado, y por el otro, en la adolescencia tú quieres pertenecer a los grupos, y si no perteneces y piensas que es por esto, pues ya está. Y encima yo era una persona muy tímida. Aprendí a los veintiún años a no serlo.
¿Y cómo se aprende eso?
Primero tienes que observar a aquellas personas a las que se les da bien hablar con los demás. Empiezas a copiar algunas de sus frases, sus comportamientos… Luego tienes que desarrollar una serie de preguntas base, que casi siempre se repiten en todas las conversaciones, pero que te ayudan a abrir conversación, que para el tímido es lo más difícil. Y después lo que empecé a utilizar era el tema de la ceguera para hacer bromas sobre el hecho de ser ciego. Entonces, claro, si rompes el hielo y encima haces chistes que dan naturalidad y la gente no se lo espera, ya tienes la mitad del camino hecho.
¿Me cuentas un chiste?
[Risas] Me vienen sobre la marcha. Creo que en mi cabeza hay una batería de chistes: a lo mejor te veo después de un tiempo y digo: «Joder, ¿qué te has hecho en el pelo?» [Risas]. Eso me ha pasado a veces, que se lo he dicho a alguien que era calvo y yo no lo sabía.
¿Cómo mides a la gente físicamente? Dices que en el hombro está la información que necesitas.
Sí. La altura es fácil por la voz, pero cuando tú te agarras al hombro ya puedes saber su complexión física, si la persona tiene más o menos peso, si camina erguida o no… O sea, en el hombro está prácticamente toda la información del cuerpo.
¿Cómo aseguras la confianza en alguien?
Por la voz, y más dedicándome a lo que me dedico con la psicología. Piensa una cosa: ¿qué es a lo que tú estás acostumbrado —o cualquier persona— a controlar todos los días?
¿Lo que vemos?
Exactamente, y sobre todo lo que expresa, la expresión facial y el lenguaje no verbal. Pero en la voz, salvo que seas actor o actriz, suele estar normalmente ya no tu estado emocional del momento, porque puedas estar más triste o más cabreado, sino también las emociones que tiendes a tener durante periodos largos de tiempo. La gente que tiende a estar amargada, su voz no es exactamente la misma que la de la persona que tiende a divertirse. Hay rasgos en la voz que cambian. Me pasa sobre todo cuando estoy en consulta; con el trabajo de psicología soy capaz de penetrar mucho más en esa voz y de ver muchas más cosas, pero porque ya tengo muchos patrones de tanta gente que he tratado a lo largo de los años.
Entonces, ¿la vista es el sentido que menos información nos da?
No, la vista es el que más. Somos animales visuales, dependemos de la vista, nuestro cuerpo está orientado a ella y, de hecho, en el cerebro ocupa una parte importantísima: todo un lóbulo, que es el lóbulo occipital. ¿Es el sentido que más nos engaña? Con diferencia. Es muy fácil engañar a la vista. De hecho, el ilusionismo se basa en eso. Nosotros tendemos a hacer generalizaciones constantemente, tendemos a deducir cosas. Tú, por ejemplo, tienes una imagen y si está incompleta vas a intentar completarla, pero porque el cerebro está acostumbrado a vivir así. Esa información que te da —creo que alguien calculaba que eran como setenta gigas por segundo— es tantísima que desborda, entonces eres más susceptible de ser engañado.

¿Cómo recuerdas la cara de un familiar que habías conocido antes? Supongo que la memoria se va emborronando…
Bueno, según mi madre, ella sigue teniendo la misma cara que tenía en ese momento [Risas]. Hay recuerdos que sí es verdad que se van diluyendo, pero hay otras cosas que, especialmente aquellas que tengan una vinculación emocional importante, no se te borran, porque así es como funciona nuestro cerebro. Y luego, con los siguientes recuerdos de los años posteriores, cuando ya me he quedado ciego, el cerebro recrea, porque ya no entiende el no ver. Entre todos los libros que he leído hay autores que son extraordinariamente buenos describiendo, y eso ayuda a completar imágenes. Es cierto que son imágenes absolutamente inventadas que seguramente no tengan nada que ver con la realidad, y en algunos puntos son borrosas. Vi una maqueta del Monasterio de El Escorial y la tengo en la cabeza, pero si lo intento trasladar a una visión desde arriba, con toda esa piedra y esas construcciones, pues lo que me imaginaré no tendrá nada que ver con la realidad. Sin embargo, la persona que ha sido ciega de nacimiento no tiene esa posibilidad; el cerebro nunca recrea imágenes, sus recuerdos se basan en el tacto, en olores, sonidos… Propiocepción, el sentido de cómo se mueve el cuerpo, pero la vista no está presente, porque nunca existió.
¿Con qué sueña entonces una persona que ha sido ciega de nacimiento?
Con tacto, con olores, con sonidos, pero sin imágenes. En mi caso, hay cosas que veo y hay cosas que no, por ejemplo escenas que imagino de mi día a día; hay muchas de ellas que no tienen imágenes, que lo que hay es una luz difusa, como si la viera a través de un cristal que rodea todo. Si yo recuerdo esta noche esta conversación que estamos teniendo y tú entras en foco, mi cerebro acabará recreándote de la manera que le dé la gana. Si no, se quedará con la imagen del Mac abierto y ya está.
¿Cómo sabes que llevo un Mac?
Porque lo he tocado. He tocado el lateral y cuando lo he «visto» ya sabía que era un Mac. Pero claro, en el caso de que sean cosas que no entran en foco, hay sensaciones, sonidos…
¿Te gusta el cine?
Tuve una época en que era muy cinéfilo. Solía ir al cine con mi hermana Munina y ella me describía las películas susurrando y siempre había alguien que se molestaba. Se le da súper bien, porque ella ya había aprendido qué imagen me hacía falta a mí entender y qué imagen no era necesaria porque por el diálogo lo deducía. Hasta los veintitantos años intentaba recrear todo lo que «veía» en películas o leía en un libro, recreando una imagen muy detallada. Pero a medida que me iba haciendo más mayor he ido perdiendo bastante interés en recrearlo. Es como que el cerebro ya no gasta tanta energía en eso.
Volviendo a lo deportivo, ¿cuándo decides que vas a competir a un nivel más alto? ¿Después de haber ganado el campeonato de España?
Sobre todo cuando vuelvo al instituto. Allí, como te dije, entrenaba dos horas todas las tardes y mi entrenador, esas navidades, me echó la bronca, pero fue el que me convenció para empezar a entrenar cuatro horas. Tampoco tenía nada que hacer, así que empezamos a entrenar cuatro horas. Primero fuimos a este primer internacional, lo que nos llevó a aumentar la carga de entrenamiento, y eso me hizo clasificarme para el primer mundial. Y después de ese mundial es cuando mi entrenador —ya sabes cómo va esto, que la recompensa de un buen trabajo es más trabajo— me instó a que empezáramos a entrenar seis, siete horas diarias. Entonces yo me levantaba a las cinco de la mañana, iba a entrenar, luego iba al instituto y por la tarde otra vez a entrenar.
¿Recuerdas Pekín?
De esa Olimpiada guardo un recuerdo muy especial, porque fue la mejor competición de mi vida. Es verdad que la piscina, el cubo, era absolutamente demencial, espectacular. La mejor piscina en la que he nadado, con creces. Estaba muy bien preparada, era muy rápida. Y la Villa Olímpica era extraordinaria. Desde Barcelona 92, los Juegos de Pekín han sido los mejores con diferencia. Posiblemente Tokio tenía la oportunidad de superarlo, pero como estaba la pandemia se les fastidió el plan. Pero Pekín fue una pasada. Esta pregunta te la tendría que responder más por mi experiencia posterior fuera del deporte, porque años después de retirarme fui capaz de viajar por trabajo o por placer, pero ya no era por ir a competir, porque al final, como competidor, iba al hotel o a la piscina y ya está. También te diré que yo pensaba que Madrid era una de las ciudades más accesibles del mundo, porque está muy bien adaptada —las aceras, los autobuses, el metro…—, hasta que fui a Singapur y a Hong Kong, que están a años luz. Tienen todo súper adaptado. Tanto es así que, ¿tú has visto las líneas que van indicando las salidas en el suelo en Atocha? Pues en Hong Kong lo tenían en los centros comerciales. Las escaleras que había en medio de la calle estaban señalizadas, había plataformas para que la gente que iba en silla de ruedas pudiera pasar las escaleras si hacía falta. Y Singapur ya es una locura, otro nivel.
¿Qué hay básico que en Madrid no se da?
Los semáforos después de las diez de la noche. En Madrid, a las diez o a las once de la noche, se apaga el sonido del semáforo y vete a cruzar la Castellana. Ya me ha pasado. Tuve una época en la que vivía cerca de Nuevos Ministerios y a veces tenía que ir andando, y o bien encontraba a alguien o si no me la jugaba. Decía: «Cuando no vengan coches cruzo hasta la mediana, luego hasta la siguiente mediana y así». Pero me daba pánico. He pasado más miedo cruzando la Castellana que el estrecho de Gibraltar.
¿Vivías solo?
En esa época no, vivía con mi hermana. En Estados Unidos sí viví solo. Los últimos años, hasta que me casé, también vivía solo.

¿Qué fuiste a hacer en Estados Unidos?
Aprender inglés. No sabía nada, tío [Risas]. Me acuerdo que en la primera semana me aprendí la frase «I want to drink a coffee», pero luego me decían «sugar and milk» y yo volvía a responder que «I want to drink a coffee». Fui a aprender inglés y luego ya tuve la oportunidad de quedarme allí trabajando con el tema del coaching. En esa época todavía no había hecho la carrera de Psicología.
¿Todo esto lo estabas compaginando mientras competías?
No, ya me retiré.
¿Por qué te retiraste?
Porque llegaba el lunes y empezaba la semana deseando que llegara el domingo, que era mi día libre. Entendía que no podía seguir nadando de esa manera. A ver, a mí nunca me ha gustado entrenar, pero me encantaba competir, y sabía que el precio para competir era entrenar. Pero cuando ya no estaba dispuesto a pagar el precio, eso fue lo que me hizo entender que ya era momento de cambiar de actividad.
¿Cuándo te diste cuenta de ello? Entiendo que fue gradual.
Antes de la Olimpiada de Londres. Los últimos meses fueron complicados en algunas de las semanas. Esos dos meses se me hicieron bola, fueron muy duros. Y precisamente me fui a hacer un curso de coaching y desarrollo personal por ahí, por Estados Unidos, que tenía traducción simultánea. Pero en el vuelo de vuelta de San Francisco no podía dormir y fue cuando hice la reflexión: «No puedo seguir con esto».
¿Fue ahí donde coincidiste con el cura?
No, ese fue años antes, a los diecinueve años.
¿Qué sucedió?
Pues era un vuelo a Canarias. El pobre cura estaba sentado en ventanilla y yo, en medio. Entonces, claro, el hombre no podía huir. Así que cuando me enteré de que era cura, lo estuve bombardeando dos horas y pico a preguntas. Yo estaba en plena fase de ateísmo y él me dejó una pregunta que la verdad es que fue básicamente una de las que me empezó a hacer reflexionar. Yo le contaba que ellos decían que en su mano está todo y que Dios todo lo puede, y él lo que me contestó en un momento dado: «Es que lo mismo te estás haciendo las preguntas equivocadas. A lo mejor no es el por qué». Entonces yo le pregunté cuál era la pregunta y él me respondió que no lo sabía, pero lo mismo no era la pregunta adecuada. Pobre hombre, le di un viaje…
¿Qué preguntas te hiciste a partir de ahí?
No fue inmediato, sino que entre eso, una película que me marcó mucho y varias cosas que iba leyendo —especialmente Siddhartha de Hermann Hesse, que básicamente es un camino de búsqueda—, fue entonces cuando empecé a plantearme una pregunta: en vez de por qué tengo que ser ciego, es más bien para qué. ¿Para qué soy ciego? ¿Para qué ha ocurrido esto? Ha sido el antes y el después para mí. Hoy, cuando trabajo con mis pacientes, todo el mundo me viene y me dice que quiere saber por qué me pasa esto. ¿De qué va a servir? Ya pasó, aunque sepa la causa. Entendemos o creemos que por saber la causa eso ya nos permite solucionarlo, pero es que nuestra vida no es un proyecto de ingeniería. ¿Por qué falla este puente? Porque hay que solucionarlo, pero una vez que se sabe la causa, hay que ponerle remedio. En nuestro caso es el para qué: ¿para qué te haces periodista? ¿Para qué te cambias de ciudad? ¿Para qué quedas con esta persona? Te prometo que cuando empiezas a aplicarlo para un montón de cosas, empiezas a hacer cambios en tu vida sin darte cuenta.
Decía Chris Gardner que «hay que ir dando pequeños pasos cada día para ir avanzando», que «la frustración para todos nosotros en este momento es que queremos hacer como que nada ha pasado, como que no hubiera obstáculos, no hubiera desafíos y todo fuera muy fácil». ¿Crees que toleramos mal la frustración?
La frustración es uno de los mejores sentimientos que puede tener el ser humano porque es, básicamente, que tienes más capacidades que lo que los resultados están mostrando. Y es maravilloso, es lo que te permite aprender. Escribes un artículo que no te gusta, te frustras y lo reescribes. ¿Qué pasa? Que es cierto que en la sociedad actual, tanto jóvenes como gente más adulta, toleramos peor la frustración por una sencilla razón: todos los días nos entrenamos para vivir en la inmediatez, a tener las cosas lo más fácil posible porque no queremos complicaciones.

Respecto a esto, cuando llegas de Pekín con medallas y récords, tu seleccionador te dijo que había que seguir trabajando, cosa que, según has contado, te sentó mal.
Me sentó mal sobre todo el que me dijera tres semanas después que la prueba, que para mí había sido perfecta, tenía mucho margen de mejora. Me sentí muy mal. Ahora lo entiendo, pero simplemente creo que no era el momento de decirlo o de analizarlo. Posiblemente si me lo hubiera dicho dos meses después, cuando ya estuviéramos en plena fase de entrenamiento de la temporada, yo habría sido el primero en estar de acuerdo con él, pero en ese momento me sentí muy mal.
¿Por qué el Kilimanjaro?
Porque me lo ofrecieron.
Podías haber dicho que no…
Ya, pero yo no digo que no nunca. Con la edad he aprendido a decir que no, pero entonces estábamos en plena preparación del Ironman. Esto era en diciembre de 2013 y el Ironman iba a ser en mayo de 2014. Un periodista de un periódico de Canarias me contó que tenían este proyecto y me preguntó si me apetecería ser el protagonista que fuera al Kilimanjaro. Siempre y cuando fuera después del Ironman, yo me apuntaba. Y así fue.
¿Cómo te preparas para el Ironman?
Ha sido de las cosas que más me han costado. Piensa que un nadador no está acostumbrado a correr. Y, de hecho, correr más de dos kilómetros para un nadador es una absurdez. ¿Qué sentido tiene? Me costó mucho. Pero, bueno, eventualmente, lo que es correr me parecía hasta divertido, porque salía a la calle, tenía más estímulos, escuchaba más cosas… Pero para entrenar en rodillo con la bicicleta hay que tener esto —la cabeza— muy bien amueblado. Mi entrenador tenía un entreno los sábados. Como ellos salían a hacer ruta y hacían cuatro o cinco horas, mi entrenamiento del sábado era hacer todo lo que podía. Las primeras semanas hacía dos horas y casi me muero. Iba al entrenamiento el lunes y mis compañeros decían que el otro día habían estado cuatro horas y media, cinco, cuatro horas y cuarto… por los alrededores de Madrid y yo pensaba que era un inútil, entonces me puse a hacer tres horas, tres horas y media… Y un día llegué al entreno y dije, muy feliz, que lo había conseguido porque hice cuatro horas, entonces se hizo un silencio en el gimnasio. «¿En el rodillo? ¡Estás como una puta cabra!». Resulta que cuando estás en carretera con la bicicleta, la diferencia con el rodillo es abismal, porque en el rodillo no paras nunca, mientras que en carretera hay cuesta abajo, vas llaneando, hay semáforos, tienes que parar porque pasan coches y te tienes que pegar al arcén… Pero en el rodillo no paras nunca. Ahí descubrí que el cabrón de mi entrenador lo sabía y, en realidad, con tres horas tenía más que de sobra, porque era el equivalente a cuatro horas y pico de ruta en carretera, pero se calló como un perro [Risas]. Pero estoy muy agradecido porque eso fue lo que me ayudó realmente a prepararme para el Ironman, porque ahí el premio es el día de la carrera. Eso me lo enseñó una compañera que ya, con cuarenta y tantos que tenía cuando yo la conocí, llevaba muchos años haciendo un montón de Ironmans; es la deportista más crack que he conocido en mi vida, y eso que era amateur, pero se podría haber dedicado profesionalmente a lo que hubiera querido. Ella me lo dijo un día que estábamos entrenando: «Si tú aguantas esto, la carrera es tu premio. Porque no somos deportistas profesionales, entrenamos mientras trabajamos».
De hecho, este Ironman de Lanzarote es el más duro del mundo.
Sí. Yo me apunté a ese porque por calendario era el que me convenía. Tenía que volver a Estados Unidos, no podía quedarme más tiempo fuera. Y bueno, la verdad es que no lo repetiría.
Según los datos, son 3,8 kilómetros de natación, 180 en bici y 42,2 corriendo. Ojo.
Todo seguido, todo el mismo día.
¿Ni parar un rato podías?
Hombre, puedes parar, pero es tiempo que pierdes. Y el tiempo que pierdes, luego también cuesta arrancar, ¿sabes? Y ya no es que te enfríes, es que la cabeza se te puede ir. Si estás entrenado, el Ironman es aguantable, si tus articulaciones están bien y el corazón también, pero el problema del Ironman es que mentalmente llega un momento en que vas a fallar. A mí me pasó en el kilómetro 32 de la carrera a pie, que me hundí porque mi cuerpo no lo toleraba más y empecé a sentirme mal, no era capaz de hidratarme, y lo vi muy jodido.
Cuando pasaste la meta, ¿qué sentiste?
Ha sido de las sensaciones más increíbles que he tenido en mi vida. De hecho hay una grabación por ahí y solo se oye «¡Lo hemos hecho, tío, lo hemos hecho!» a mi entrenador, que era mi guía. Es una sensación muy profunda de agradecimiento porque sin la otra persona no hubiera sido capaz de hacerlo.
¿Andreu Alfonso?
Sí. Era brazada, brazada… zancada, zancada… E iba con esa persona. Si él hubiera caído o hubiera fallado, no habríamos llegado a la meta. Y eso es absolutamente indescriptible.

¿Eso es aplicable a la vida? Me refiero con una relación sentimental. Has dicho que estás casado.
Sí. Yo creo que una de las cosas que más me ha ayudado en nuestro matrimonio ha sido entender la relación como un equipo, porque cuando la entiendes como un equipo hay días en los que aceptas que no vas a tener razón. Pero sobre todo aceptas que la discusión de hoy quizás no es tan importante. Porque ¿quién no ha discutido con su equipo? ¿Quién no ha tenido un problema con su entrenador o con su compañero y luego lo ha resuelto? Hay días mejores, días peores, semanas mejores, semanas peores… Pero sobre todo te preocupas en tener un objetivo común, un proyecto de vida común, sea el que sea. Y el momento en el que no lo haya, pues ya está, se acabó.
¿Cómo os conocisteis?
Fue amor a primera vista [Risas]. Nos presentó una amiga en común y la verdad es que conectamos muy rápido. Si un paciente me llega a venir y me dice lo que hice yo, le diría que no lo hiciera, porque a los seis meses ya estábamos viviendo juntos y a los diez le propuse matrimonio y al año estábamos casados. De septiembre a septiembre.
Ella, en el día a día, ¿había trabajado con invidentes? ¿Intentaba ayudarte?
No, qué va. De hecho le tuve que decir: «Tía, que voy a agarrar tu hombro, no me revientes contra las paredes», porque a veces se le olvidaba indicarme [Risas]. Es cierto que cuando ella era pequeña tuvo una tía que era ciega y ya le decía a la madre que su tía le acababa de regañar porque le había chocado. Encima vivía en aquel entonces en Malasaña, que es el peor barrio de Madrid si eres ciego, porque entre los mataciegos —los bolardos—, los contenedores de basura que se dejan en medio y las paredes que tienen un saliente, pues ya te puedes imaginar. Eso fue lo que más nos costó, pero precisamente la relación funcionó porque si yo necesitaba algo le pedía ayuda y ya está.
En tu libro, y por lo que leo en las entrevistas, no hay victimismo.
¿Y para qué? ¿Qué soluciona? Cuando tú te pones como víctima de tus circunstancias te estás quitando el poder para dárselo a otro o al Gobierno o a quien sea para que decida por ti. Entonces, ¿para qué? Yo no te digo que no se pase mal, no te digo que no haya situaciones complicadas, no estoy haciendo la típica frase de «querer es poder», porque querer no es poder. Yo puedo querer ser piloto, pero no es plan. Y con el victimismo pasa lo mismo: hay momentos en los que vas a ser víctima de las circunstancias, pero una cosa es que las circunstancias te hundan por un tiempo y otra cosa es que tú elijas vivir así, y para mí entender eso fue vital.
¿Por esa razón estudiaste Psicología?
Aparte, porque soy un friki. Desde los dieciséis años quería saber por qué la gente hace lo que hace. Esa siempre ha sido mi curiosidad. ¿Por qué uno se dedica a una cosa? ¿Por qué uno piensa de esta manera? ¿Por qué el otro piensa de aquella manera? ¿Por qué yo hago lo que hago?
¿Qué aprendiste de ti estudiando Psicología y luego atendiendo a los pacientes, tanto deportistas como no deportistas?
Hostia, esa es buena. Sobre todo aprendí a tener mucha más paciencia. Siempre he pensado que era una persona muy impaciente. Esto te va a sonar a la típica chorrada que todo el mundo dice y que parece un cliché, pero te digo de verdad que a mí por lo menos me ocurrió así; aprendes a ser mucho más prudente con las opiniones y a la hora de juzgar cómo vive cada uno. Otra cosa que también aprendí es a no estar tan seguro de cómo van a ir las cosas.
Pero hay cosas que se nos escapan, que no dependen de nosotros.
Casi todas. La base del deporte de élite es controlar las máximas variables posibles porque siempre habrá factores imponderables, pero cuando eso lo metes en la vida, fuera del deporte, se multiplica. En el Kilimanjaro, por ejemplo, lo pasaba fatal según íbamos ascendiendo, se me hizo mucha bola la última etapa antes de llegar a la cima.
Igual que te pregunté por el Ironman, ¿qué sentiste al llegar a la cima del Kilimanjaro?
Fue muy anticlimático. Se me hizo tan largo que luego en la llegada no me dijeron nada, así que no lo sentí como un logro. Disfruté mucho más de la bajada, que la hicimos corriendo como locos. De hecho, el guía que iba detrás se soltó porque le estábamos llenando de polvo y el de delante me iba avisando si había un salto de metro y medio y yo saltaba. Ahora mismo no lo haría, pero la verdad es que me lo pasé súper bien.
Me gustaría preguntarte por los perros guía, empezando por Gayla.
Aprendí tantas cosas con ella… Primero, fue una de mis grandes herramientas para perder esa timidez de la que hablábamos; me obligaba a hablar con todo el mundo porque me preguntan por ella. Un día conté en Madrid cuántas veces me hacían al día las mismas preguntas y fueron más de ciento treinta: «Qué bonita es», «¿Cómo se llama?», «Te ayuda mucho, ¿no?», «¿Cuántos años tiene?»… Y luego alguna variante. También me ayudó mucho a entender o a ser consciente de mis emociones, es un termómetro emocional, tanto ella como los otros perros que he tenido. El vínculo y la unidad de trabajo es que voy agarrado al arnés, y en ese contacto le estoy transmitiendo lo que siento y el animal a mí. Yo por lo menos no me doy cuenta de que puedo estar irritado, frustrado o enfadado, pero la perra sí, porque hace algo raro y se pone como tensa, así que gracias a ella empecé a identificar mis emociones mucho más rápido.
¿Fue el primer perro guía que tuviste?
Sí. Gayla además me salvó la vida dos veces. La primera fue en un pueblo perdido en medio de Wisconsin, en Estados Unidos. «Miré» el GPS y calculé que eran cinco kilómetros andando. Empecé a andar, llegué a un punto, y pensé que por ahí se podría cruzar si no había coches, así que cruzo y de repente la perra se tensa y acelera como una loca hasta una mediana. Yo iba a parar y la perra tiró de mí. Resulta que eran ocho y seis carriles, un puente, y crucé por donde no se podía cruzar, porque había un paso peatonal por debajo de la carretera. Si llego a dudar o a parar, no lo cuento. Cuando llegué al otro lado, cuando toqué la otra acera y empezó a pasar todo ese río de coches, me puse de rodillas al lado de la perra abrazado a ella. No me lo podía creer.
¿Y la segunda vez?
Fue en San Francisco. Ahora en Madrid son súper normales los coches eléctricos, pero en aquella época no tanto, y aquella era una calle en la que se cruzaban tres calles, entonces los perros tienen la orden o el entrenamiento de que siempre tienen que cruzar en línea recta del punto A al punto B, no pueden hacer una diagonal. Nosotros estábamos cruzando y de repente la perra en medio del cruce me empujó por un lado y se subió como a una especie de isleta que había en el centro. Cuando toqué la acera, un tío se paró un poco más adelante con el coche, bajó la ventanilla y se disculpó. No me había visto, estaba bajando la cuesta y, claro, entre que bajaba y que era un coche eléctrico, en las cuestas el sonido se transmite de manera distinta, así que no podría haber oído ni las ruedas. Si la perra no llega a hacer ese cambio de rumbo nos lleva por delante.

¿Estabas con ella cuando no te permitieron el paso en una pizzería?
Sí, y en otros sitios, pero el de la pizzería fue muy sonado, porque hice un vídeo, me cabreé mucho, lo subí a las redes y se hizo bastante viral. Se montó la de Dios. En Las Palmas funcionó muy bien, porque los ciegos con perros guía teníamos muchos problemas en restaurantes y en diferentes sitios, incluso con los taxis, y a raíz de eso hubo un cambio muy grande de conciliación ciudadana con respecto a los perros guía.
¿Luego tuviste a Harry?
No. Después tuve a Adele, que es americana. Es la mejor perra guía que he tenido en mi vida, la más profesional, una jodida crack, más lista que mucha gente que conozco, te lo prometo. Tanto es así que a veces le enseñaba un camino, y si ella deducía que había un atajo, iba por el atajo, así fuera entre arbustos. El problema de Adele es que solo pudo trabajar cuatro años. De hecho, está ahora en casa. Tiene doce años y pico, ya no oye, casi no ve, pero era una máquina. Y luego ya llegó Harry, que un día es Harry Potter cuando la comida desaparece, y otros es Harry el Sucio, porque la arma.
¿Sabe o intuye un perro guía que su dueño es invidente, o solo se transmite por esto que me has contado del arnés?
Yo con Adele te prometo que a veces tengo mis dudas. Cuando no quiere que la pille se queda quieta, o empieza a andar muy despacito para que no la escuche. Tengo mis dudas, pero si me tengo que atener a lo que es la psicología, yo te diría que más bien lo que tienen es una forma de interacción. Ellos no guían siempre, solo guían cuando agarras el arnés; si yo te dejo a mi perro guía ahora y tú agarras el arnés, como no caminas como yo se va a sentir extraño y no va a guiarte, se va a parar, porque no tiene la misma interacción habitual, no tiene el mismo feedback.
¿Los tres son de la misma raza?
Sí, labradores. El 60 % suelen ser labradores. Es un tipo de raza más fácil de entrenar, porque se les entrena mucho con comida, y ellos interpretan que guiar es un juego. Y socialmente están más aceptados.
¿Cómo se crea ese vínculo?
Son dos vínculos a la vez. Tienes el vínculo de trabajo, donde el perro tiene que aprender a confiar en ti, en las órdenes… Si hoy le permites una cosa, se la tienes que permitir siempre, y si hoy se lo prohíbes, se lo prohíbes siempre. Eso genera confianza en el perro. Y viceversa, tienes que aprender a confiar en el perro también. Si siente que no confías en él, tampoco trabajará bien. Y luego está el otro vínculo, el normal, el de perro y humano. Con unos perros me ha costado. Con Adele, por ejemplo, el vínculo de trabajo no me costó prácticamente nada, fue prácticamente inmediato, pero con el vínculo perro-humano tardamos más. Venía de una cárcel de mujeres y veo que hace mucho más vínculo con las mujeres que con los hombres. La gente dice que es paranoia mía, pero lo he demostrado. Y con Harry es al revés. Con él el vínculo perro-humano fue a los dos días, porque Harry era un perro abandonado, pero el de trabajo tardamos más de un año. Me he comido más árboles con Harry que con ninguno.
Dices en tu libro que esta vida nos pide que no esperemos a más adelante. Al final, ¿todos hacemos algo porque nos cambia la perspectiva un capítulo traumático?
Al final las dificultades son un catalizador para cambiar lo que no quisiste o no pudiste cambiar antes. O puedes observar qué hacen los demás que te gustaría emular y proponerte hacer pequeños cambios diarios. ¿Cuál es nuestro problema? Que pensamos en el cambio como en cosas grandes. La gente que va por primera vez al gimnasio está a saco el primer día. Tío, si no has ido nunca al gimnasio, vete dos días a hacer una clase de quince minutos, si hace falta, o vete a caminar antes de ir. Es decir, empezar por cosas pequeñas, y sobre lo pequeño, lo que hablábamos antes de la frase de Chris Gardner, ir construyendo. Es la única manera. De hecho, todo cambio sostenible se basa en que hayas sido capaz de ir apilando un cambio sobre otro de forma pequeña. Normalmente estamos acostumbrados a ir por inercia en piloto automático hasta que nos damos contra la pared, y en ese golpe contra la pared es cuando de repente pensamos que quizás por ahí no vamos bien.
También dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
Y tres, y cuatro, y cinco, y las que hagan falta.
¿Qué le pides a la vida?
Lo que le pido a la vida es lo que tengo ahora mismo: algunas personas en las que pueda confiar y que formemos equipo. Lo digo por mi familia y por mi mujer. Y también tener salud. Con eso lo demás es gestionable. El dinero va y viene, la fama va y viene y tampoco sirve para mucho. Sé que suena a frase-cliché, pero… ¿sabes qué pasa? Que mi trabajo de psicólogo es un cable a tierra y pone muchas cosas en perspectiva. Hace poco falleció un paciente mío de dieciséis años, y pensé qué coño le iba a pedir yo a la vida si él lo que habría deseado era tener salud para vivir más.
¿Qué le sucedió?
Cáncer. En los últimos meses ya fue complicado. Un día me mandó un mensaje el padre: «Nos ha dejado esta tarde». Pues eso: pido salud y gente que me pueda acompañar.
¿Cuándo fue la última vez que hablaste con tu familia?
Ayer.
¿Hablas todos los días con ellos?
No, todos los días no, pero intento hablar bastante habitualmente. Es verdad que tengo semanas, no te voy a engañar, en las que me lío tanto que cuando me quiero dar cuenta ya es domingo y no he llamado a mi madre. Y eso es una cosa que hace un par de meses me propuse cambiar y es en lo que estoy trabajando.
¿Ellos qué te piden a ti?
Estar presente, porque me meto en tantos berenjenales que a veces desaparezco.

