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Saoul Mamby, el hombre que hizo del mundo un cuadrilátero

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Saoul Mamby sale de su esquina durante el combate contra Roberto Durán en Miami Beach, el 4 de mayo de 1976. Durán ganó por decisión unánime a diez asaltos. (Foto: The Ring Magazine vía Getty Images)

El 8 de marzo de 2008, en el Lions Centre de George Town de las Islas Caimán, un hombre de más de sesenta años subió al cuadrilátero para enfrentarse a Anthony Osbourne, un jornalero jamaicano de treinta y uno con un historial de seis victorias y veintisiete derrotas. Saoul Mamby llegaba con una antigua corona mundial, ochenta y cuatro combates a sus espaldas y la negativa de todas las comisiones de boxeo de Estados Unidos, que se habían negado a aceptar un comate protagonizado por un sexagenario. En Caimán nadie puso reparos; pelearon diez asaltos y el viejo perdió a los puntos por decisión unánime. No pareció especialmente contrariado. Sus herramientas estaban desafiladas, dijo, nada más. A sus sesenta años y nueve meses, se convirtió en uno de los boxeadores más veteranos de la historia en disputar un combate profesional autorizado.

Mamby nació en Nueva York el 4 de junio de 1947, hijo de Robert, jamaicano, y de Victoria, de ascendencia española, y se había criado en el Bronx como el único niño judío en muchas manzanas a la redonda, circunstancia que le suposo tener más enemigos que amigos. Los muchachos de su barrio le arrancaban la kipá por la calle o le tiraban de la bolsa del talit cuando iba camino del templo, y así aprendió pronto que las convicciones podían defenderse con los puños. A los dieciséis años entró en un gimnasio, boxeó con su segundo nombre, Paul, en los Golden Gloves de 1965 y 1966, y descubrió una destreza que habría de llevarlo mucho más lejos de Nueva York.

Antes de alcanzar la gloria tuvo que ir a Vietnam. Reclutado en 1967, sirvió en la infantería —«un año, seis días y cuatro horas», diría después— y vio regresar a compañeros dentro de bolsas para cadáveres, con todos sus sueños muertos dentro. Entre bromas y conversaciones sobre el porvenir, los soldados imaginaban qué harían cuando salieran de aquella guerra, y Mamby tomó una decisión que jamás olvidó: si conseguía volver con vida, haría con ella lo que le diera la gana en lugar de gastarla lamentando lo que había dejado de hacer. Es fácil tomar por una fanfarronada semejante juramento hasta que conocemos lo que hizo con él, porque en su caso duró casi cuarenta años y ochenta y cinco peleas.

Debutó como profesional el 13 de septiembre de 1969 en el National Stadium de Kingston, Jamaica, y el boxeo no le ofreció inmediatamente riquezas, ni siquiera una vida confortable. Durante una temporada condujo un taxi pirata por Nueva York para pagar las cuentas, hasta que el oficio se volvió demasiado peligroso: en el Bronx, contaría años después, a los taxistas los mataban de un tiro en la cabeza. Su entrenador y sus representantes podían prometer grandes noches; los pasajeros, por lo menos, pagaban al terminar el trayecto. En 1970 ocurrió algo digno de una novela disparatada: Miles Davis, el trompetista que parecía capaz de discutir con el mismísimo silencio, le entregó un trofeo como boxeador destacado, sin que las crónicas sepan explicar muy bien de dónde había salido aquel galardón.

Mamby no tenía la pegada de los verdugos célebres. Poseía algo menos fotogénico y quizá más irritante: un jab que mantenía al rival a distancia, una defensa que lo hacía endiabladamente difícil de golpear y la paciencia de quien sabe esquivar, resistir y devolver el golpe cuando el adversario empieza a impacientarse. En 1976 se enfrentó en diez asaltos a Roberto Durán, entonces campeón del peso ligero y empeñado en convertirlo en su cuadragésimo noveno noqueado, y seis meses después a Antonio Cervantes, uno de los pegadores más temidos de la división; perdió los dos combates a los puntos sin que ninguno de aquellos dos verdugos lo mandara a la lona. Los promotores lo enviaban a combatir a territorios donde el público, los jueces y casi todo lo demás pertenecían al rival. En octubre de 1977, en el estadio al aire libre de Nakhon Ratchasima, Tailandia, disputó quince asaltos con el campeón Saensak Muangsurin ante una multitud que lo había recibido en el aeropuerto como a un rey y perdió por decisión dividida, un veredicto que la mayoría de los presentes consideró un robo. Había cruzado medio mundo para regresar sin cinturón. Otros se habrían dedicado a vender seguros.

Tras presentar una protesta ante el Consejo Mundial de Boxeo y firmar con Carl King, hijo del promotor Don King, encadenó seis victorias y el 23 de febrero de 1980 aterrizó en Seúl para enfrentarse al ídolo local, Sang-hyun Kim. Mamby tenía treinta y dos años, un historial demasiado accidentado —26-12-5, con solo once nocauts— para figurar en los carteles de los elegidos, y una acogida que no se parecía en nada a la tailandesa: lo metieron en un gimnasio sin ventanas y en un hotel sórdido, con su prometida en una habitación de una sola cama, y a cada humillación respondía lo mismo, que no importaba porque iba a ganar. Kim disponía del título mundial del peso superligero y de un público que había acudido a verlo conservarlo. Durante trece asaltos el estadounidense mantuvo su empresa en pie; en el decimocuarto, un derechazo al final de un uno-dos derribó al coreano y su esquina negó con la cabeza antes de que el árbitro tuviera que decidir nada. Mamby cayó de rodillas y volvió al vestuario llorando. Once años después de debutar y tres después de su primer asalto al campeonato, aquel judío del Bronx se había apoderado de la corona en Corea.

Defendió el título cinco veces y se convirtió en una suerte de explorador con guantes. Tres de aquellas defensas las hizo a la sombra de Larry Holmes, en las veladas de sus combates contra Scott LeDoux, Leon Spinks y, en Las Vegas, en octubre de 1980, contra Muhammad Ali, la noche en que Mamby superó a los puntos a Termite Watkins mientras el mundo miraba hacia otro cuadrilátero. En 1981 viajó a Indonesia para protagonizar el primer combate por un campeonato mundial celebrado en el país, frente a Thomas Americo, y allí, según contaría después, los organizadores le asignaron una hermosa acompañante para atenderlo durante la estancia; Mamby sospechó que los encantos de la hospitalidad podían costarle el cinturón y limitó sus servicios a despertarlo para correr y llevarlo en coche. Ganó por decisión mayoritaria. Peor fue Nigeria, donde defendió la corona contra Obisia Nwankpa en un gimnasio sin lona ni sacos, con amenazas anónimas bajo la puerta, el gerente del hotel intentando desalojarlo y una turba zarandeando la furgoneta del pesaje; cuando llamó a Don King para anunciar que volvía a casa, el promotor le recordó que volver a casa significaba perder el título. Se quedó, ganó por decisión dividida y tuvo que pagarse de su bolsillo el billete de vuelta.

También llegó a conducir un Datsun 280ZX blanco con una matrícula que decía «MAMBY», una frivolidad perdonable en un hombre que había ganado el campeonato viajando en avión como otros buscan trabajo en autobús. La gloria, sin embargo, nunca le aseguró tranquilidad. La gran pelea de unificación prevista contra Aaron Pryor para febrero de 1981 se desvaneció cuando el promotor Harold Smith desapareció en medio de un fraude de más de veintiún millones de dólares a Wells Fargo, y Don King, siempre reconocible por su peinado y sus negocios, manejaba los resortes de una carrera en la que el campeón no siempre llevaba la mejor parte: su propio representante sostuvo que King mantuvo a Julio César Chávez deliberadamente lejos de Mamby porque lo creía capaz de ganarle.

El 26 de junio de 1982 perdió el cinturón ante Leroy Haley en Highland Heights, Ohio, en un combate a quince asaltos; la revancha, en febrero de 1983, terminó igual de ajustada y con el mismo perdedor. En noviembre de 1984 Billy Costello le cerró con claridad la última puerta a un título mundial. A los cuarenta y tres seguía derrotando a invictos dejando perplejos a los médicos de la comisión de Nueva York. Llegó a pelear en Bilbao el 15 de mayo de 1992, donde Javier Castillejo lo superó a los puntos en ocho asaltos. En ochenta y cinco encuentros profesionales solo una vez lo detuvieron antes del final: Derrell Coley lo consiguió en 1993, cuando Mamby tenía cuarenta y seis años.

En mayo de 2000, tras perder a los cincuenta y dos años ante Kent Hardee, la comisión atlética de California le impidió seguir. Ocho años después encontró un ring en las Caimán que le permitía saltar entre sus cuerdas. Para algunos, aquella insistencia era temeraria; para él, renunciar equivalía a traicionar al muchacho que había sobrevivido a Vietnam. Había arriesgado la vida allí, decía, y ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Murió en diciembre de 2019, a los setenta y dos años, en el mismo Bronx del que nunca se había marchado. Su última pelea la perdió, desde luego. Lo extraordinario es que todavía estuviese allí, bajo las luces, buscando con la mirada el siguiente asalto.

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