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Piti: «Nada más llegar a Vallecas fue como un flechazo: ‘Hostias, esto es mi casa’»

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La historia de Francisco Medina Luna, Piti (Barcelona, 1981), no es la de un galáctico de postal, sino la de un delantero de verdad que se convirtió en leyenda de un barrio a base de pura insistencia después de bregar en los campos de barro. Fue padre a los diecinueve, cuando los sueños suelen ser de cristal, y creció con el secreto de un contrato con el Barça escondido en un cajón por sus padres.

Pero el destino, con su exquisito sentido del humor, le tenía reservado un altar en Madrid. En Vallecas sintió un flechazo eléctrico, el reconocimiento mutuo entre un futbolista de raza y una grada que sigue a su corazón. De los impagos de los Ruiz-Mateos a los dieciocho goles en Primera; de un control antidoping que le llevó a conseguir la última camiseta de Figo al alivio de quien hoy confiesa no echar de menos el olor a césped. Charlamos con él sobre una carrera honesta, sin atajos y llena de esas heridas que terminan por ser las más bonitas.

Piti viene de tu hermana.

Sí, de cuando era pequeño y jugaba en alevines. Ella venía a verme y cada vez que marcaba un gol, en vez de decir Pichichi decía Pititi. De ahí, se quedó en Piti.

¿Familia futbolera?

Qué va. Mi tío fue el único que jugaba al fútbol y llegó a hacerlo en la segunda división de Francia, pero los demás, nada: ni mis hermanos, ni mis primos, ni nadie cercano. No sé de dónde vendría mi pasión por el fútbol, pero la tuve desde bien pequeño. Cada mañana no podía irme al colegio sin mi pelota metida en su bolsa. Desde que llegaba a clase estaba pensando en salir al patio a jugar y tener el balón en los pies. Mi vida era fútbol veinticuatro horas.

Soy de Barcelona, mis padres tenían un restaurante en Sant Boi y fue allí donde comencé a jugar al fútbol como todos los chavales de la época. Recuerdo que algunas tardes me iba a ver entrenar al equipo de allí y mientras ellos estaban ahí me ponía a jugar alrededor. Fue así hasta que hubo un día en que un entrenador vio cómo lo hacía y me llamó: «Ponte aquí a entrenar con nosotros, que tú vales». Me puso a dar vueltas al campo y luego me metió en el equipo. Fue así como empecé cuando tenía unos siete años.

Esos fueron mis primeros pasos, pasé cuatro o cinco temporadas en el Cinco Rosas, avanzando por las diferentes categorías, y luego todos los veranos iba al FC Barcelona porque me llamaban para ir a probar. Mi equipo era una peña barcelonista y tenía una vinculación pequeña, pero al estar en Barcelona y marcar tantos goles, mucha gente me veía y me llamaban por el hecho de anotar tanto y que lo hiciera bien.

Me tiraba allí tres o cuatro días entrenando con el Barça, lo hacía muy bien e incluso recuerdo jugar partidos y marcar goles. Hubo un día en que jugamos contra un equipo holandés e hice cuatro goles, pero la respuesta fue siempre el típico «ya te llamaremos». Ahí ves que quizás en este mundillo necesitas un poco de ayuda en esos momentos en los que tienes la posibilidad de dar un paso importante en tu carrera cuando eres pequeño, alguien cercano al club o que pueda echarte una mano para poder llegar ahí. Yo destacaba, pero cuando iba a esas pruebas había muchos que eran iguales que tú, del mismo nivel.

¿Te quedó la espinita de haber podido jugar en el Barça?

Sí. Precisamente el año en que nos fuimos a vivir a Lleida también fui a probar y lo hice bastante bien. Tuve la opción de poder quedarme y mi familia lo rechazó sin que yo lo supiera por el tema del cambio de casa. Mis padres me lo escondieron, no me dijeron nada en ese momento, y siempre me ha quedado esa espinita de haber podido jugar al menos un año en el Barcelona y saber qué hubiera pasado. Tenía trece años y nunca se sabe, porque a lo mejor hubiera estado un año allí y hubiera salido fuera, pero quién sabe… Lo cierto es que tuve la opción de quedarme en La Masía, pero no me enteré hasta muchos años después, cuando ya era mayor, por mis hermanos.

¿Cómo reaccionaste cuando te enteraste?

Tampoco ha sido una cosa a la que haya dado mucha importancia, porque son circunstancias de la vida, finalmente he llegado y eso era lo importante. Lo que sucede es que sí es cierto que cuando eres pequeño, tu sueño —al menos el mío— era jugar en el Barça. Me hubiera gustado haber podido vestir esa camiseta al menos un año y disfrutar de esa experiencia. Era el equipo de mi ciudad, al igual que a la gente de Madrid le tirará más el Real Madrid o el Atleti. Soy de 1981, viví todos esos partidos de aquel Dream Team de Johan Cruyff y no me perdía ninguno. Cada fin de semana iba a ver al equipo, por lo que para mí era un sueño estar cerca de esos jugadores. Sin embargo, son cosas que se dejan atrás y han pasado muchos años.

En La Masía hubieras coincidido con una generación espectacular.

Sí, esa quinta de Xavi, Puyol, Reina… Cuando fui a probar allí, veías el nivel de todos los chavales. Niños que no alcanzaban un metro de altura y movían la pelota de una manera increíble. Creo recordar que cuando estuve vino también un chavalín que a los quince minutos ya lo apartaron. No sé quién era, porque hace mucho tiempo, pero quizás estamos hablando de Iniesta o de alguno similar. Siempre me voy a quedar con esa duda.

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Los chicos que son tan buenos desde pequeños ya lo notan. ¿A ti también te pasaba?

Me veía diferente al resto. En todos los partidos que jugaba marcaba goles, e incluso en Tercera División, antes de llegar a ser profesional, hacía treinta o cuarenta goles por temporada. Eso te dice algo: ves que quizás eres un poco diferente o estás a un nivel superior y todavía no has llegado a tu límite. Cuando marcas tantos goles y haces buenas temporadas año a año, crees que puedes llegar a más.

De poder jugar en el Barça a marcharte a Lleida.

Fuimos a vivir a Tàrrega, de donde es Joan Capdevila, que jugó allí y es muy amigo mío. Cuando llegué, estuve varias temporadas en el equipo jugando en cadetes y luego me marché al Atlètic Segre en juveniles. Pasé un año, fui al Lleida en División de Honor y curiosamente tuve la oportunidad de enfrentarme con el Barcelona, donde estaban jugadores como Reina o Nano, e incluso les marqué algunos goles. Yo era un futbolista que siempre ha despuntado en los equipos, pues pese a que tuviera una temporada un poco mejor o peor, siempre hacía goles. Dicen que goles son amores, y creo que eso es lo que me ha llevado a poder tener siempre una oportunidad más arriba.

Tras unos meses en el Lleida, regresé al Tàrrega en el último año de juveniles y ya debuté también en Tercera División. A partir de ahí fue todo un poco más regional, pero ya estaba jugando en una categoría en la que cobraba mi sueldo y podía vivir un poquito lo que es el fútbol, aunque tenía que compatibilizarlo con otro trabajo.

Fuiste padre con diecinueve años. ¿Eso marca?

Sí lo hace. El simple hecho de que, siendo tan joven, tienes que centrarte. Trabajaba en una fábrica de ropa once horas, jugaba al fútbol y la vida que llevas es mucho más tranquila. Tienes que estar en tu casa durmiendo temprano, cuidando de tu hija… Todo eso marca para tener una vida más dedicada al fútbol, en el hogar y en familia.

Trabajar un montón de horas, entrenar, una personita dependiendo de ti… ¿Sentiste que el sueño del fútbol se te escapaba?

No lo pensaba. Para mí, tampoco era una obsesión llegar a Primera División. Personalmente, disfrutaba mucho con el fútbol, ya fuera en Tercera, con dieciocho, con diecinueve o con veinte años. Jugaba en Tercera y estaba muy feliz de hacerlo, pero siempre con ganas de subir más arriba, estar en Segunda B el año siguiente. Con diecinueve o veinte años, no pensaba en Primera División, sino en disfrutar del año, hacerlo lo mejor posible y tener una mejor oferta para la temporada siguiente.

¿Cómo surgió esa oportunidad?

Llegó una oferta del Reus en Tercera División. Aquel era un Súper Reus que había cogido un empresario importante de la ciudad y apostaron muy fuerte por mí. En ese momento me encontré en una disyuntiva, porque si me marchaba a Reus tenía que dejar Tàrrega y mi trabajo: era dedicarme cien por cien al fútbol en un equipo cuyo objetivo era subir a Segunda División B. Me lancé y acerté de pleno, porque había una gran plantilla con jugadores de mucho nivel y eso me permitió mejorar. Fue un año en el que metí treinta y cinco o cuarenta goles, quedé pichichi de Tercera División y me vinieron ofertas de equipos de Segunda B importantes e incluso del Zaragoza B, que fue la que cogí. Lo hice porque quería jugar en un filial y deseaba tener la oportunidad de estar a un pasito de jugar en Primera División.

Una de las ofertas fuertes que tuve fue del Badalona, que me pagaba muchísimo dinero porque Calderé, que era el entrenador, me quería a toda costa. Sin embargo, sabía que era una de las últimas oportunidades que iba a tener de poder jugar en un filial y estar en un equipo profesional muy cerca de los jugadores de la primera plantilla. Ese año el Zaragoza B iba a apostar por mí e iba a tener la oportunidad de entrenar con el primer equipo. Eso me motivó por encima del dinero para pegar ese pasito. David Villa, Galletti, Savio, Movilla, Milito… Era un superequipo que venía de ganar la Copa del Rey frente al Real Madrid.

Tuviste que abandonar tu zona de confort…

Fue la primera vez que salía de Cataluña, pues había estado en Reus, Tàrrega… pero no más allá. Era mi primera vez en una ciudad nueva, todo era nuevo para mí, pero la elección fue muy buena. En el filial estaba entrenando Chucho Solana, que desde el primer momento confió muchísimo en mí y yo lo notaba. Teníamos un buen equipo, joven, con jugadores de mucho talento y desde el primer partido se vio que íbamos a dar guerra en esa categoría donde el año anterior habían sufrido mucho. Lo íbamos a hacer bien, empecé marcando desde el primer partido y en la primera vuelta hice muchos goles. Además, estaba entrenando dos días a la semana con el primer equipo, por lo que sabía que en un momento u otro me iba a llegar la oportunidad de estar convocado, ya fuera en un partido amistoso, en Copa del Rey…

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Y llegó.

Fue curioso, porque sucedió en el momento en que peor estaba. Acumulaba seis o siete jornadas sin marcar con el filial y esa semana iba a ser suplente. Los filiales tienen futbolistas buenos, con talento, y si estás unos cuantos partidos sin ver puerta hay otro que está apretando fuerte desde atrás.

Llegó el viernes y antes de dar la lista de convocados del filial me llamaron para decirme que había habido una serie de problemas en el primer equipo, que habían apartado a Javi Moreno y a Drulic y que desde ese momento iba a pasar a ser parte del primer equipo e incluso iba convocado para el partido del domingo. Fue un chute de adrenalina brutal después de una semana complicada en la que no paraba de darle vueltas a la cabeza porque no iba a jugar con el filial y lo pasé bastante mal.

Imagínate estar con esas dudas y que, de repente, llegue el viernes y sea todo lo contrario: vas a ir convocado con el primer equipo y encima un domingo a las siete contra el Atlético de Madrid en La Romareda. Ahí es cuando llamas a tus amigos, tu familia… a todos.

El técnico era Víctor Muñoz.

Era un entrenador muy exigente, muy físico, que ponía mucho énfasis en ese aspecto. Pero a mí me daba igual, estaba en una nube y me podía poner todo el entrenamiento dando vueltas al campo, que aun así me lo iba a pasar bien. Estaba con jugadores como aquellos, los miraba emocionado y me daba igual lo que pasara.

¿Cómo te acogieron aquellas estrellas?

Bien. Los jugadores son jugadores, yo tampoco era tan joven cuando fui con ellos y con mis veintidós años tenía la misma edad de muchos jugadores que estaban ahí. Ellos me veían como un jugador más, un futbolista que llevaba entrenando toda la temporada con ellos, pero es cierto que había un buen grupo con futbolistas espectaculares y lo pasé genial.

Tu primera oportunidad: veinte minutos ante el Espanyol.

Debuté contra el Espanyol dos o tres semanas después de ir convocado, pero realmente tuve la oportunidad de jugar antes contra el Mallorca. David Villa llevaba varias semanas sin marcar gol y no iba a jugar aquel partido en Son Moix y previsiblemente lo iba a hacer yo, pero esa misma semana tuve un mal golpeo en uno de los entrenamientos y me hice un esguince. «Joder, he perdido una oportunidad importante», pensé. Aquel partido lo acabó jugando Galletti de nueve, sabía que ese era mi partido. Lo que pasó es que luego salió David Villa desde el banquillo y marcó.

Es lo que tiene el fútbol. Prácticamente no tuve oportunidades en el medio año que estuve en el primer equipo y los minutos eran muy escasos, por lo que era muy difícil mostrar nada. El partido más importante fue el que jugué contra el Real Madrid, que fue en el que más minutos tuve y donde intenté hacerlo lo mejor posible. Sí que es verdad que era un partido muy complicado y con muchos nervios, pero fue una experiencia brutal, porque pasar de estar jugando en Tercera División y ver un partido así por la televisión a jugarlo tú…

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En ese partido tuviste antidoping y te llevaste un premio.

Estuve dos horas y media esperando, porque no podía ir al baño por los nervios. No recuerdo con quién me tocó, pero estuvimos un buen rato allí y me hizo el favor de conseguirme la camiseta de Figo, que curiosamente fue la última que vistió con el Real Madrid.

La siguiente temporada eres cedido.

Sabía que el siguiente verano era el mío, quería ir muy bien preparado y me lo pasé prácticamente sin vacaciones, entrenando, jugando al fútbol sala y haciendo todo lo posible para llegar perfecto a la pretemporada porque iba a ser muy importante para mí.

Y así fue: nos fuimos a Shanghái de pretemporada, yo seguía al mismo ritmo que anteriormente, estaba muy bien físicamente, marcando goles y siendo uno de los máximos goleadores del equipo… pero tenía todas las papeletas para marcharme. Se hablaba mucho de que iba a venir Diego Milito y la cosa estaba entre Lafita, yo, alguno más y me tocó a mí. Fue una decepción, porque mi deseo era triunfar en Zaragoza y hacer un buen año, que quizá era lo que me faltaba para poder dar guerra.

En ese momento surgieron dos opciones, Eibar y Ciudad de Murcia, y me decanté por la segunda. Ahí estaba Abel Resino, lo que me daba la posibilidad de estar a las órdenes de un técnico que había estado en Primera División cuando era futbolista.

Abel impone mucho en el cara a cara con esa voz tan profunda.

Impone, pero es un entrenador exigente como todos y muy buena gente. Estuve encantado con él y es uno de mis entrenadores favoritos en cuanto a relación con los jugadores. Fue un año increíble con él en el que casi subimos a Primera División después de quedar cuartos por detrás del Levante, que fue tercero.

Hubo un partido en el que quería entrar al campo a matarte…

Lo recordamos mucho cuando quedamos para comer juntos (risas). Fue un partido contra el Ejido y yo reconozco que era un vinagre, siempre quería jugar los noventa minutos y a veces me daban esas venadas si no era titular y me sacaba en la segunda parte. Solía coger esos mosqueos de jugador competitivo que quería estar siempre sobre el césped y aquel día salí cuando faltaba media hora e íbamos perdiendo.

Cuando me sacó, me iba para arriba, me costaba bajar, él me pedía que estuviera un poco más en el medio y me quería matar. Desde la banda decía que no iba a jugar más, no sé qué y no sé cuánto. Pero lo que tiene el fútbol es que luego di la asistencia del empate, marqué el 3-2 y remontamos el partido con un golazo. Ahí se le quitó todo (risas): vino a darme un beso y no pasó nada. Esas cosas del fútbol: te mato en un minuto y se da la vuelta a todo en dos segundos.

El ayudante de Abel era Juan Sabas.

Hacían una buena dupla. Sabas tenía su forma de ver las cosas y Abel la suya. Juan entrenaba un poquito a los delanteros y hacía más trabajo con nosotros, los remates, etcétera. Fue un año bonito de vivir, porque estuvimos muy cerca de poder lograr un ascenso con un equipo que tenía, si no era el presupuesto más bajo de la categoría, sí uno de los más bajos.

Juan Sabas tampoco pudo debutar en Primera División hasta los veintidós años.

Pasan los años y ves que los futbolistas ahora tienen muchas más oportunidades de las que podían tener antes. Antes, el fútbol era más complicado que ahora, ya que en la actualidad un chaval de diecisiete o dieciocho años está debutando y tiene oportunidades. Antes era muy complicado poder llegar. No sé si ahora se busca más el negocio, pero de cualquier modo lo importante es llegar y ver que todo ese trabajo que has hecho anteriormente —y que ha sido tu sueño desde pequeño— tiene su recompensa.

Lo más difícil en la élite es mantenerse. Ten en cuenta que cada año estás en un equipo y vienen siete u ocho jugadores nuevos a los que ha pedido el entrenador, por lo que él cuenta con ellos. También contará contigo, pero te lo tienes que ganar y competir con ellos para ganarte un puesto.

Después de esa cesión en el Ciudad de Murcia, el Zaragoza te vende al Hércules.

Tuve un buen año en Segunda División, marqué bastantes goles y me llegaron ofertas de Segunda División. El que más fuerte apostó fue el Hércules, que llegó a un acuerdo con el Zaragoza y con el que firmé por tres años. Me fui sin ningún problema, porque no me iba a quedar en un equipo que no me quería después de hacer un buen año.

Firmé por un equipo que tenía muchísimos nombres y grandes futbolistas como De los Santos, Farinós, Schiavi, Tote, Calandria… de esos que ves y piensas «joder, este equipo tiene que subir a Primera División sí o sí». Pero los nombres son los nombres, era un equipo hecho a golpe de talonario y desde muy pronto se vio que no iba a ir bien. Fue un año raro y después de muy pocas jornadas echaron a Bordalás.

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Hace veinte años, pero ¿era el mismo José Bordalás que vemos ahora en el banquillo?

Muy parecido. A día de hoy hablo con jugadores que están con él en el Getafe y me siguen contando anécdotas de él que ya las tenía con nosotros. Ahí donde lo ves, es un tío muy gracioso, una persona espectacular, increíble. Solo puedo tener palabras bonitas para él porque todo lo que viví fue muy bonito y disfruté el tiempo que estuve con él.

Habrá jugadores que te puedan decir lo contrario, porque no todos van a tener una buena relación con él y tendrá sus más y sus menos, pero por todo lo que pasé, y muchos jugadores con los que hablo, es un tío fenomenal. Es alguien por el que matan los jugadores y eso dice mucho de un entrenador.

Tote.

De los jugadores con más talento en el mundo del fútbol que he visto. Un futbolista que lo mismo te podía hacer una rabona que un regate sensacional. Y como tío, espectacular. Todavía tengo trato con él, a veces jugamos en partidos amistosos y lo sigo disfrutando. ¡Uf! Un jugador increíble que ya había demostrado todo antes, lo hizo también en el Hércules y pudo subir con ellos a Primera División y jugar ahí.

La cosa no sale como creías en Alicante y te marchas al Rayo Vallecano, que estaba en Segunda B.

Llegó el mes de abril, creo recordar. El mercado ya estaba cerrado, pero el Rayo tuvo la baja de Mauri, que se había roto la rodilla, y necesitaba a un futbolista para jugar los últimos partidos de campeonato y los play-off para ascender. Pepe Mel me conocía porque me había visto jugar y vino Jesús Fraile a verme a Alicante, me preguntó que si estaba dispuesto a ir porque me querían por medio de una cesión y me presentaron una oferta para esos tres o cuatro meses. En el Hércules había venido un entrenador nuevo, no estaba jugando y no estaba contento ni en la ciudad ni en el equipo, por lo que para mí fue un aire nuevo y me daba igual jugar en Segunda B. Sabía que tampoco tenía nada de riesgo, porque me iba a Segunda B pero al final de temporada volvía a Segunda. Y me iba al Rayo Vallecano.

¿En el Hércules no te pusieron trabas?

Tengo muy buena relación con Enrique Ortiz, hablé con él y al principio me dijo que no porque me querían allí. Ahí fue cuando le respondí: «Mira, ya no tenemos casi opciones de poder subir a Primera División, tampoco hay posibilidades de bajar. Aquí tampoco estoy jugando y es una oportunidad para mí de poder hacerlo», por lo que aceptó, me deseó suerte y me comentó que nos veíamos en unos meses.

Nada más llegar a Vallecas fue como un flechazo: «Hostias, esto es mi casa». Fue así desde el primer momento, esa sensación de llegar a un estadio y pensar «¡qué bonito!», eso fue justo lo que me pasó. Ya desde el primer partido noté algo diferente que no había notado en el resto de equipos. Creo que fue por el barrio. El ser de Barcelona, de un pueblo, de Sant Boi, de estar en un barrio jugando, haber pasado por tantos equipos diferentes… Llegar a Vallecas fue un feeling especial: «Es como mi casa, como mi barrio. Vuelvo a mi hogar, con gente de barrio…». Eso me hizo sentir bien conmigo mismo y poder tener esa motivación extra que te hace falta muchas veces en momentos especiales. Venía de una mala época, de no jugar, de estar mal en una ciudad… y el subidón que te da el barrio y el campo me motivó para poder hacerlo bien.

¿Cómo recuerdas ese primer partido en Vallecas?

No he visto un campo así en la vida. Un estadio pequeñito, con vallas, porque era de los más antiguos y todavía no las habían quitado. Algo especial: «¡Qué guapo jugar así!», pensé. He jugado en La Romareda o en el Benito Villamarín, pero Vallecas es diferente; una sensación diferente a lo que es el fútbol.

Llegas para jugar los play-off… pero casi os quedáis fuera después de cuatro derrotas seguidas en los últimos partidos.

Correcto. Personalmente llegué bien, estaba teniendo mis oportunidades y había dado alguna asistencia, pero sí es cierto que no había logrado ningún gol. Pero llegaron los play-off y fue ver el doble de gente en el campo, ir al campo del Portuense y ver también a dos mil o dos mil quinientos aficionados del Rayo. «Están llenando la grada ellos solos», pensaba. Eso me hizo seguir con esa motivación, pero ya marcando goles. Estaba en un punto en el que todo lo que tocaba, lo metía: en la ida de semifinales contra el Portuense, en la vuelta, en la ida de la final contra el Eibar… Lástima que no pude llegar al partido más importante.

Te sacaron una segunda amarilla en un salto…

Las dos tarjetas fueron muy rigurosas, tanto la primera como la segunda. Apenas toqué al jugador y me vi expulsado sin jugar una final en Eibar, donde mi deseo era poder subir a Segunda con el Rayo.

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Perdéis 2-0 en Ipurúa después del 1-0 en Vallecas y el equipo se queda en Segunda B. Todavía recuerdo aquel tiro de Diego Torres que hubiera dado el ascenso.

Fue muy duro. Aunque estaba sancionado viajé con el equipo y fue un palo terrible. Muchas veces, el aficionado ve al futbolista y se cree que cuando pierde no nos pasa nada, pero no es así. El viaje de vuelta fue horrible, con muchos compañeros rotos: ahí vi el sentimiento que tenían muchos jugadores por el equipo, la frustración de no haber logrado ese ascenso y estar llorando en silencio durante mucho tiempo en el autocar, al igual que el entrenador. También lo pasamos muy mal por toda esa gente que había venido a Eibar y estaba igual.

Había sido una cesión y en tu cabeza estaba volver la temporada siguiente. ¿Por qué no se dio en verano y hubo que esperar al mercado invernal?

No encontré la explicación. Cuando llegué a Alicante, en mi primera entrevista ya dije que deseaba volver al Rayo, que era mi casa, el lugar donde me sentía bien, y que no quería jugar en el Hércules, para forzar un poco la situación. Sin embargo, no sé el motivo por el que la operación no se hizo en verano. Pienso que también llegó Pachón al equipo, estaban esperando el momento y no se pudo hacer hasta enero. La verdad es que no entendí el motivo por el que no se hizo antes.

Tu regreso es como el retorno del hijo pródigo. Habías dejado mucha huella en solo unos meses.

Notaba todo ese cariño de la gente. Por redes sociales también notaba que la gente me quería y estaba deseando que volviera. En el primer partido tras mi regreso vi la ovación y sabía que era el año. Sentía que esa temporada no se iba a repetir lo del año anterior y además había jugadores como Pachón, que lo veías y pensabas: «Esto es un delantero». Antes no teníamos prácticamente delantero, pero en ese momento estaba Pachón y yo por detrás. No podíamos fallar.

¡Vaya dupla!

Somos como hermanos, era mi compañero de guerra. Estábamos todo el día juntos en la habitación, eso hizo que todo fuera bien y poder lograr un objetivo con él como fue subir a Segunda.

Míchel.

El más grande. Un jugador diferente, de los que seguro que ya tenía ese talento desde que era chiquitito. Si me preguntas a mí, el jugador más importante que ha tenido el Rayo Vallecano en la historia. Le tengo un cariño especial.

Cuando llegas a Vallecas y ves a Míchel, ya te impone ese respeto de haberlo visto muchos años por televisión. Era el capitán, marcaba la dirección y por dónde tenía que ir el equipo. Cuando alguien se salía un poco de la línea, siempre intentaba hablar contigo para poder llevar todos juntos un camino que fuera el correcto para el grupo.

¿Cómo era tu relación con los Ruiz-Mateos?

Con Teresa Rivero había muy buen rollo, porque era una mujer muy cercana al equipo, que viajaba siempre con nosotros en el autocar y estaba en el hotel. Era alguien que amaba al equipo, al Rayo Vallecano y a los jugadores. Nos trataba como a sus nietos e intentaba que siempre tuviéramos lo mejor. Al hijo lo veíamos únicamente de vez en cuando por el club y a José María cuando nos invitaba a su casa para una merienda o hablar un poco del equipo. La cabeza visible siempre fue Teresa Rivero, que siempre se portó muy bien con los jugadores.

Muchos jugadores con los que he hablado son de tu opinión, pero señalan que la entrada del club en concurso de acreedores y que os pasarais meses sin cobrar empañó todo. ¿Tú lo ves así?

Sin duda. Muchas veces llama más lo malo. Podemos ver habitualmente en televisión que vende más que hables de lo malo, que parece que lo bueno no le importa a la gente porque le da envidia. Lo malo llama la atención. Y lo que pasó malo de ellos en un año empañó todos los años anteriores, que fueron maravillosos. La gente estaba encantada con ellos y personalmente me quedo con lo bueno. Siempre me voy a quedar con eso y con que Teresa Rivero era una persona maravillosa a la que tengo mucho cariño.

En esa segunda temporada en Vallecas se logra el ascenso.

Recuerdo el primer partido de las semifinales en Benidorm, que nos dominaron y si llegamos a volver a Madrid con un 4-0 en contra y cara de gilipollas hubiera sido lo normal, porque tuvimos mucha suerte. Ellos fueron muy superiores, pero el gol de Manolo con el centro de Carlitos de la Vega para empatar el partido y venirnos con 1-1 a Madrid fue medio ascenso. Sabíamos que Vallecas no iba a ser Benidorm, que ellos lo iban a pasar mal porque nosotros íbamos a apretar muchísimo más. Así fue: ganamos 1-0 con gol de penalti de Llorens e hicimos un partido muy serio.

Luego, después de eliminar al Benidorm, nos enteramos de que el Zamora había eliminado al Linares, que era un superequipo. Eso nos alegró, porque sabíamos que contra el Zamora teníamos muchas más opciones. Allí hicimos un partido increíble y podríamos haber quedado 0-5, pero solo ganamos 0-1. En Vallecas, lo que parecía ser todo maravilloso con el 1-0 fueron los últimos cinco minutos de más sufrimiento que uno puede tener viendo un partido después de su gol del empate.

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Con ese 1-1, Zuhaitz Gurrutxaga recuerda en Subcampeón que tuvo una de cabeza que casi os deja fuera.

Fue el remate después de un pase casi desde el centro del campo y parece como si lo estuviera viviendo todavía. ¡Vaya momento! Pero el fútbol tiene eso: un momento de sufrimiento donde necesitas ese pelín de suerte. Imagínate que no la hubiéramos tenido… Pero la tuvimos y logramos lo que todo Vallecas deseaba: subir a Segunda División.

Tú seguías perteneciendo al Hércules…

Después del ascenso volví a Alicante, pero ese verano por fin se solucionaron las cosas y se cerró todo para que me quedara en el Rayo. Se logró mantener prácticamente todo el equipo, veníamos de Segunda B motivadísimos y aquel fue un año en el que volábamos. Pude hacer ocho o nueve goles, estuvimos cerca de ascender, teníamos opciones a falta de las últimas cuatro o cinco jornadas, pero no se logró.

El segundo año vinieron varios futbolistas nuevos de nivel: Rubén Castro, Aganzo, Movilla, Javi Fuego… Mucho nombre para hacer lo que hicimos, que estuvimos hasta la última jornada sufriendo para no descender.

Era un equipo que estaba más hecho para jugar en Primera que en Segunda. ¿Eso afectó?

Puede ser. El fútbol de Primera División no tiene nada que ver con el de Segunda, que es mucho más físico, más duro y no puedes esperar los balones, sino que tienes que ir a por ellos. Es diferente.

Ese equipo venía con futbolistas de mucho nivel que quizás lo habían hecho muy bien en Primera, pero en Segunda es complicado. Fue un año duro, porque además empezaron los impagos y estuvimos los últimos tres o cuatro meses sin cobrar. Ahí empezaron los problemas.

El año siguiente es de los más tétricos de la historia del club, pues pese al ascenso hubo riesgo de desaparición.

Íbamos a entrenar, pero antes de salir a hacerlo estábamos dos o tres horas de charla, a ver qué pasaba, cómo se podía solucionar, qué problemas había… Había mil historias prácticamente a diario y tuvimos un año muy complicado debido a todos los problemas que había. ¿Lo mejor? Que teníamos un buen equipo, muy buenos jugadores y estaba la motivación de ir ganando partidos y mantenerte en los primeros puestos, que hizo que no nos dejáramos ir: «Voy a seguir luchando por un sueño».

Algunos compañeros tuvieron que ayudar económicamente a otros.

Había jugadores que económicamente no andaban tan bien como otros y hubo algunos que aportaron algo. También la afición se portó de diez e hizo todo lo posible para ayudar a los jugadores. Todo eso provocó que aquel grupo se convirtiera en una familia y que pudiéramos subir a Primera.

Aquella temporada estaba Óscar Trejo cedido por el Mallorca, que ha terminado por convertirse en historia del club.

Era un futbolista diferente. Un futbolista en el que veías una potencia, una velocidad, regate, cómo cubría el balón… todas esas cosas que tiene ahora pero multiplicando la velocidad por siete. Con el paso del tiempo se pierde un poco de velocidad o movimientos, pero era una auténtica barbaridad, igual que Armenteros, que ese año se hartó de meter goles y acabó con veinte.

Es curioso que Trejo estuviera cedido en una temporada tan complicada para la entidad y se quedara enamorado del barrio.

Les pasa a muchos jugadores… aunque hay otros que no y me dicen: «No, allí no quiero ir». Cuando me comentan eso siempre les respondo que me sorprende que lo digan, ya sea porque no se han acoplado bien o porque han llegado y no han tenido la experiencia de jugar tanto como estaban acostumbrados. Siempre se lo transmito a todo el mundo: el Rayo es diferente al resto. Si algún jugador tiene la opción de poder jugar en el Rayo Vallecano, que lo pruebe porque va a vivir una experiencia que como futbolista profesional no va a poder experimentar en otro sitio. Jugar para un barrio, para esa gente de Vallecas, es diferente.

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Subís a Primera División y se evita la desaparición. ¡Qué liberación!

Exacto, una liberación. Pero subimos a Primera División, comenzó la pretemporada… y siguieron los mismos problemas. Al final, no se había solucionado nada y seguíamos sin cobrar. Tampoco se podían inscribir jugadores porque no habían arreglado todos esos temas que tenían que solventar y había una confusión tremenda: «Oye, ¿qué va a pasar? Estamos en Primera y siguen los problemas». Llegaron los de la ley concursal, explicaron todos los problemas que había y, por suerte, empezamos a tener una tranquilidad, un cobro, y llegó un poquito la calma.

El verano del ascenso renuevas porque acababas contrato. ¿Pudiste marcharte?

Estuve muy cerca del Betis. El Betis, cada año que pasaba, siempre me quiso fichar, tanto en Segunda como en Primera, pero nunca se dio. En ese momento tenía una edad muy buena para seguir jugando y quería hacerlo en el Rayo.

Ya habías tenido la oportunidad de jugar en Primera con el Zaragoza, pero en el Rayo lo hiciste como uno de los referentes. ¿Cómo te sentías?

Ibas cogiendo fuerza y eso te daba un estatus en el equipo, pues llevaba varias temporadas, iba conociendo a los jugadores, veía cómo llegaban nuevos futbolistas, sentía lo que era el equipo e ibas ganando una confianza dentro del grupo.

José Ramón Sandoval estaba en el banquillo el año del ascenso y aquella primera temporada en Primera. Parece que no existía demasiado feeling entre vosotros.

Quizá por la manera que tenía de ver el fútbol, de querer ser protagonista siendo el entrenador. El protagonista es el jugador; y cuando quieres ser tú más protagonista que los jugadores es muy difícil y eso te quita jerarquía dentro de un grupo. Aparte de eso, fueron problemas más extradeportivos que deportivos, donde hubo una serie de cuestiones en las que yo no estaba de acuerdo y me decepcionó como persona en un año muy complicado. Y eso hizo que quien yo pensaba que podía ser un referente fuera una decepción.

¿Qué problemas fueron?

Son cosas que pasaron económicamente dentro de un grupo donde todos estábamos remando en la misma dirección y parece ser que alguno no remó en esa dirección.

¿Crees que eso pudo influir en que jugaras menos?

No. Al principio tuve problemas con él porque se habló de una serie de cosas, de unas jornadas anteriores, que no eran ciertas y él intentó apartarme del equipo desde un primer momento. Es decir, en el comienzo nosotros ya no teníamos relación, pero los resultados eran los que mandaban. Al comienzo sí que iban bien y podía tener la fuerza necesaria, pero los resultados luego no acompañaron y, al final, como todo, son los resultados los que dan la fuerza. Cuando no se dan… tienes que tirar con lo que tienes detrás en el armario.

Diego Costa.

Un bicharraco. Un jugador que técnicamente no era la hostia, pero te daba una energía y una fuerza descomunal al equipo. Luego lo pudimos ver en el Atlético, en el Chelsea… Era un futbolista increíble. Verlo dentro del campo y pelear contigo te daba la chispa para morir en cada balón. Fuera del campo no tiene nada que ver: dentro se transformaba y fuera es un tío espectacular. He tenido una gran relación con él, es alguien que me cae fenomenal y que cada vez que lo veo —aunque ya hace un tiempo— le doy un abrazo. Un tío con el que tengo buenas vibras.

¿A qué achacas que el equipo llegara a la jornada veinticuatro en el octavo puesto y viviera la última jornada con peligro de descenso?

Era el ego muy alto de un entrenador que quería ser el más protagonista y se hablaba más de otras cosas: que si lo quería el Valencia, que si el traje para ir al Bernabéu… Eso hizo, aparte de las lesiones que tuvimos, que el equipo bajara mucho el ritmo. Quedaban diez jornadas, estábamos casi salvados y el equipo bajó todo el ritmo. Cada uno empezó a pensar por él y comenzaron las derrotas. En esa situación, cuando querías meter una marchita más, no podías.

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Os la jugáis en la última jornada contra el Granada y solo valía ganar. ¿Cómo fue esa semana previa?

Fatal, porque lo vives con mucha tensión. Ves que el sueño de haber subido a Primera se puede acabar en un partido y que todo el esfuerzo se va a ir al traste, porque al equipo se veía que le costaba. Físicamente, el equipo quería pero no podía. Una semana muy jodida.

Minuto noventa. Estáis en Segunda. Córner a favor y sube hasta Cobeño. ¿Cómo recuerdas aquella jugada desde dentro del campo?

Esos últimos minutos los recuerdo con mucha pena y prácticamente con lágrimas en los ojos, porque había mucho nervio. Provocamos ese córner y fui a tirarlo sabiendo que era una de las últimas oportunidades, que no podía fallar y tenía que sacarlo bien porque podía rematar cualquiera. Esa jugada lo tiene todo: tiro el córner, vuelvo a coger el rechace, tiro a portería, le rebota a uno, Michu al larguero y gol. Acabó de la forma más bonita del mundo. Lograr un gol pasado el noventa, puede ser en fuera de juego o no: no me importa. Esa permanencia fue brutal, como decir: «Ahora sí que he vivido lo que es Vallecas».

En ese momento el Villarreal perdía en casa con el Atlético de Madrid, por lo que el Granada también se salvaba. ¿Os acercasteis a los jugadores rivales a decirles que aunque perdieran iban a quedarse en Primera para que aflojaran?

No, tú les puedes comentar lo que quieras, porque ellos se lo van a creer o no. Hubo futbolistas que no se lo creían e incluso cuando acabó el partido fuimos a ver a Resino para decirle: «Tranquilo, que el Atleti va ganando, que os habéis salvado», porque él no se lo creía tampoco: «¿De verdad me lo estás diciendo?». Había esa duda de que te dicen algo pero no te lo crees. ¿Cómo te vas a dejar meter un gol? Te lo está diciendo el contrario. Es imposible.

Después de esa salvación llegó Paco Jémez y fue la temporada de tu explosión goleadora. ¿Qué significó su figura en el banquillo?

Me aportó lo que necesitaba. Me dio mucha confianza desde el primer momento pudiendo ser capitán, presionando arriba, poder soltarme en el campo y transmitiéndome que no me preocupara y que jugara en la posición que quisiera siempre que tuviera un orden. Él me dio esa fuerza que me hacía falta. Para mí, no era lo mismo presionar arriba y estar a diez o quince metritos de la portería que estar a cuarenta. Eso me hizo estar más cerca del gol, que mirara para adelante y no para atrás y que el equipo jugara al fútbol de la manera que lo hizo.

Paco es muy exigente, un sargento. Pero hablamos de un tío que va siempre de cara y que le da igual si has marcado dos goles en la jornada anterior, porque en la siguiente te va a quitar a los diez minutos si estás mal. Es una persona diez, un entrenador al que respeta todo el mundo y que sabe que el importante es el jugador y es al que va a pedir explicaciones. Es capaz de sacar mucho jugo a los futbolistas.

Muchos jugadores recuerdan algunas broncas suyas importantes.

Sí, pero ahí se quedaba. Paco era capaz de quitarte a los quince minutos en el Bernabéu y el siguiente partido lo ibas a jugar. Si no te veía bien, te quitaba, pero ibas a ser titular en la siguiente ocasión. No era de los que te fulminaban por un partido, como hacían otros. Paco es un entrenador exigente, pero muy justo.

Cuando acaba esta temporada 2012/2013 también termina tu contrato. Hubo ofertas desde Al Nassr de 2,5 millones de euros por temporada, pero te decides por el Granada. ¿Por qué?

Porque me daba mucha pena haber hecho dieciocho goles y no seguir jugando en la Liga. Marcharme fuera me molestaba, no me sentía bien conmigo mismo, tuve ofertas del Sevilla, del Valencia, de muchos equipos, pero económicamente el Granada apostó fuerte por mí.

¿No tuviste la oportunidad de seguir en el Rayo Vallecano?

Lo único que pedía al Rayo era que, ya que económicamente no podía llegar a las cifras del Granada en cuanto a ficha, me hiciera un contrato de cinco años. Así, llegaba a los treinta y siete o treinta y ocho, y me retiraba allí. Lo que sucedió es que el club no podía apostar fuerte por mí económicamente, pero tampoco quería dármelo en años. Entonces, ¿de qué estamos hablando? Llevaba siete años en el Rayo ganándomelo, estando desde Segunda B, llegando a Primera y habiendo metido dieciocho goles… ¿No me merecía un contrato de cinco años y acabar en Vallecas? En mi opinión, la respuesta era que sí, pero ellos pensaron que no y me decanté por la mejor oferta que tenía sobre la mesa.

¿Cómo es tu relación con Martín Presa?

No ha sido mala, pero sí un poco distante. Él no me ha buscado para nada y yo tampoco le he buscado a él. Ha sido un poco una pena, porque creo que he pasado tantos años que me merecía un trato mejor, pero es decisión suya. Son cosas en las que no me voy a meter ni voy a estar detrás de ninguna persona.

Parece que no se está tratando con cariño a futbolistas que habéis estado muchos años ahí.

No. Ves a otros equipos como la Real Sociedad, el Alavés, el Getafe o cualquier otro y observas que tratan bien a sus futbolistas, les tienen cariño y les hacen partícipes de muchas cosas. En el Rayo Vallecano no es así, pero son cosas con las que nosotros no podemos pelear.

En Granada estuviste dos temporadas y media.

Cuando me fui a Granada vi realmente lo que era un club de Primera División. El estadio, la ciudad deportiva, los cuidados, la gente que trabajaba en las oficinas… un profesionalismo que no había vivido, ni mucho menos, en el Rayo Vallecano. En el Rayo, a día de hoy, después de haber pasado tantos años en Primera División, sigue habiendo dos personas en las oficinas, un doctor, dos fisioterapeutas. Un club que, a ese nivel, es regional. En cambio, viví en Granada lo que es un club profesional, donde tienen todos los cuidados.

Después, una vez entré en el vestuario, había muchas nacionalidades. Un talento increíble, pero no era un grupo, un equipo. Creo que en ese primer año en el que estuve allí, si llega a estar Paco Jémez, ese era un equipo de Champions. Lo que vi en ese equipo era espectacular: El-Arabi, al que luego hemos visto jugando la Champions con Olympiakos y marcando goles, Brahimi, que también lo hizo con el Oporto, un porterazo, los dos centrales… ¡Nyom! Futbolistas de muy buen nivel.

Al final de tu segunda temporada en Granada llega Sandoval y logra una salvación milagrosa, por lo que inicia la siguiente. ¿Qué pensaste que iba a pasar contigo?

Hago cuenta nueva. Cuando él fichó estábamos en un momento muy complicado, pero Sandoval es una persona que quizá no es muy lista en el mundo del fútbol. Al llegar, lo hizo con una mentalidad de no querer ser protagonista, sino que buscaba ayudar, aportar. Y quizá así le hubiera ido muchísimo mejor como entrenador, porque llegas allí, te ganas a la gente, haces un buen final y salvas al equipo. Coño, ya has ganado peso, no quieras ser protagonista. Pero le pasó otra vez lo mismo: cogió peso en el equipo, quiso mandar y ser el protagonista del grupo, del equipo. ¿Qué le hizo eso? Volver a pecar otra vez. Vuelven los malos resultados hasta que el equipo se cansa de él. Eso es lo que le hace pecar en los equipos en los que ha estado. Si hablamos del Sporting, es lo mismo… Son cosas que quizás él tendría que vérselas, porque no le considero tampoco un mal entrenador.

No juegas mucho y a mitad de temporada 2015/2016 vuelves a Vallecas.

Fue una pena, porque llegué aquí y empecé a jugar con Paco, pero llegó un entrenamiento en el que golpeé mal un balón y tuve un edema óseo en el tobillo del que no acababa de recuperarme porque solo se solucionaba con tiempo. Yo, que nunca había tenido lesiones de más de dos semanas, me perdí muchos partidos, el equipo tuvo malos resultados, descendimos a Segunda y volvió Sandoval al banquillo. Ahí ya no tenía remedio. El pasado te vuelve a encontrar y fin a la etapa del Rayo.

Eliges Chipre.

Me daba igual. Ya no iba a jugar en ningún equipo de España, tuve ofertas, pero sabía que el Rayo Vallecano no iba a dejar que me marchara a otro equipo de Segunda División y quería irme fuera. El primer equipo que me salió fue el AEL Limassol de Chipre, donde pensaba: «Bueno, me voy para allá, es un equipo histórico que tiene muy buena afición y voy a pelear por ganar la liga». Sabía que iba a ser una experiencia de cinco meses fuera y me apetecía vivirla de verdad.

Jugaste sobrado y te marchaste al PAS Lamia en Grecia.

La liga de Chipre es más floja, allí marqué goles y me lo pasé bien, pero notaba que se me quedaba pequeña y valoré que quizá necesitaba vivir otra liga, por lo que me fui a Grecia. Tenía treinta y ocho años y me fui allí como un reto, porque era un equipo recién ascendido a la Superliga. La experiencia fue muy buena, pues no tuve lesiones, jugué todo, marqué mis golitos y viví un año tranquilo disfrutando de la experiencia del fútbol griego. Era un equipito pequeño, me lo pasaba bien, no había presión alguna y era lo que quería vivir en ese momento: tranquilidad, sin presión. Iba año tras año, fiché por el Larisa, luego regresé otra vez al Lamia y me iban saliendo cositas. Tras esto me surgió la oportunidad de irme a India y quise vivir otra experiencia allí.

India, quién lo iba a decir…

La competición era una Superliga que hicieron allí y duraba seis meses. En la India el deporte rey es el críquet, pero como hay tanta gente en el país también llenaban el estadio. Se vivía de una manera distinta, pues no hay fans ultras como pueda pasar aquí: allí, aunque jugaras un partido fuera de casa, todo eran fotos y animar a la gente. Fue todo muy divertido y una experiencia para recordar.

En 2020 llegó la covid, que partió el mundo por la mitad. ¿Qué hiciste después?

Compré un equipo de fútbol de aquí, el Atlético Pinto. Circunstancias de la vida: un abogado de aquí me engañó y se quedó con el club para jugar su hijo. Estuvimos unos meses y después nos enteramos de que él se había preparado los papeles para, digamos, ser como el dueño del club. Nos engañó con el club y en diciembre me marché otra vez a Grecia.

En Grecia decides retirarte. ¿Qué te llevó a tomar la decisión?

Eran las ganas. Volví a Grecia, pero físicamente ya no estaba bien porque fueron muchos meses parado y cuando tienes una edad te afecta tres veces más. Había partidos a los que iba y quizás me quedaba sin jugar y eso hizo que cada vez se me quitaran un poquito más las ganas. Luego, veía a jugadores que me pasaban al lado volando y notas que ese ya es el límite. Había ocasiones en las que no quería ir a jugar partidos por los viajes y eso me hizo sentir que no quería estar en esa situación. No disfrutaba y decidí parar. Parar no me sentó nada mal y fue una especie de liberación el poder hacer cosas que antes no hacía.

¿Cómo es el día después de la retirada?

Alivio. Pensar: «Se acabó, ya no tengo ganas».

¿No echas de menos el olor a césped del que tanto se habla?

Nada de nada.

Eso significa que lo exprimiste a tope.

Lo hice. Ahora me dedico también a la representación, también llevo jugadores fuera y voy a jugar con amigos de vez en cuando, pero me cuesta ir. Una vez estoy, disfruto, como cualquier exfutbolista, pero me cuesta el camino hacia el campo.

Y ahora, ¿qué?

Con estos temas de representación de jugadores y con siete cafeterías que me exprimen la cabeza, o sea que estoy bien entretenido. Fui director deportivo y viví una experiencia buena y no lo descarto para un futuro si es un buen proyecto. He tenido opciones de volver a Grecia, pero ya he vivido la experiencia allí y no la quiero volver a vivir. ¿Quién sabe qué pasará en el futuro? Pero ahora estoy tranquilo disfrutando de cosas que no he disfrutado cuando era futbolista y mientras pueda lo voy a seguir haciendo.

PITI66

2 comentarios

  1. Ojo de trueno

    Muy bonita entrevista.

  2. EL CAMBORIO.

    Me gusta la entrevista a Piti .

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