Fútbol argentino

Los carroñeros del 19 de julio de 2026

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Aficionados de la selección argentina celebran en Times Square, Nueva York, la final del Mundial, 18 de julio de 2026. (Foto: Camara Porter/AdMedia vía ZUMA Press Wire)

Periodista: Borges, ¿quedan caníbales en Argentina?
Borges: Ya no. Nos los comimos a todos.

Durante el último Mundial de fútbol, se desplegó una teoría conspirativa antiargentina muy curiosa. Por falta de tiempo, no llegó a contaminarse excesivamente con coartadas ideológicas, y entonces el mecanismo conspirativo se reconoce con transparencia. Todo está decidido de antemano, la realidad no participa y los únicos hechos válidos son los que confirman la teoría. Veamos.

En el primer partido de Argentina, el árbitro no cobró una falta cometida por Messi, y la red social X explotó. «¡Es un robo! ¡La FIFA favorece a Argentina! ¡Argentina compró el Mundial! ¡Deberían haberlo expulsado!». «Qué raro», pensé. «Fue falta, y el árbitro no la cobró, efectivamente, pero ¿no será mucho?». A lo largo de los partidos, una nueva comunidad fue configurándose y creciendo, los llorafifa, gente de bien, dispuesta a salvar a la humanidad de la corrupción argentina.

Durante el partido de Argentina contra Egipto, los llorafifa se mostraron particularmente activos. «¡Con el VAR le robaron un golazo a Egipto! ¡La FIFA juega para Argentina!». Efectivamente, con el VAR le anularon un golazo a Egipto por una falta previa a Lisandro Martínez. ¿Fue falta? Sí. Si el árbitro hubiese visto la falta, ¿Egipto habría metido un golazo? No, porque se habría cobrado la falta a favor de Argentina y la jugada no habría continuado. Los llorafifa son gente que te dice en la cara que, como el árbitro no vio una falta que fue falta, el gol que siguió debió haber sido cobrado. ¿Se darán cuenta? La jugada que terminó en el tercer gol argentino y selló un triunfo épico se inició en el área argentina con Salah cayendo luego de pelear la pelota con Julián Álvarez. «¡Penal, le robaron un penal a Egipto!», reclamaron todos. Todos menos Salah.

Después del partido, recibí varios mensajes seguidos de un amigo francés entrañable del que hacía tiempo no tenía noticias. El primero decía, saltándose el saludo, que los argentinos eran malos perdedores; el segundo hablaba del racismo en Argentina y de qué poco sirvió la educación para evitarlo; el tercero, claro, afirmaba que Argentina había comprado el Mundial. Saludos a la familia.

Llegó el partido entre Argentina y Suiza. Los llorafifa hacía rato se habían olvidado del penal no cobrado a favor de Bélgica contra España por esa mano evidente de Rodri (0 goles, 0 asistencias, elegido mejor jugador del Mundial), que habría significado el 2-1 para los belgas. Esta vez, se concentraron principalmente en la segunda amarilla a Embolo, a la que consideraron —por supuesto— un robo. El árbitro había cobrado falta de Paredes y le había sacado la tarjeta amarilla al argentino. En las imágenes se ve con claridad la zambullida de Embolo. El árbitro corrigió su error, anuló la amarilla a Paredes y le puso una amarilla a Embolo por simular. Dos amarillas equivalen a una roja: fuera Embolo. Los llorafifa se sentían cómodos con el hecho de que el árbitro se hubiera equivocado y, como corrigió su error, pusieron el grito en el cielo. Son incorregibles.

Para ese entonces, los buenos del Washington Post ya habían publicado su sesudo artículo acerca del atroz racismo que existe en Argentina, blanqueando que en su equipo no hay negros. Por su parte, el actor Samuel L. Jackson, en nombre del antirracismo, propuso segregar argentinos. Qué risa.

Los llorafifa ya se habían transformado en un fenómeno digno de estudio. Así fue que, haciendo zapping por distintas radios españolas, caí en una que se define como liberal (léase derecha nacionalista) y escuché el siguiente lamento:

—Ni Argentina ni Inglaterra tendrían nada que hacer contra la Selección española.
—Los once que jueguen no, pero al número 12, que es el árbitro, quiero verlo.
—Sí, sí, yo también.

La semifinal entre Argentina e Inglaterra fue un espectáculo inolvidable. En los últimos cinco minutos de los noventa reglamentarios, dos asistencias notables de un Messi de 39 años (8 goles, 4 asistencias) dieron vuelta el partido. Antes de asistir para el segundo gol, Messi peleó la pelota con Spence, que cayó. Sí, otra vez los llorafifa. «¡Falta de Messi! ¡Le pateó el pie derecho! ¡Robo!». Spence, que había caído mal, se agarraba la pierna izquierda, pobre.

El conductor de la misma radio liberal, aficionado del Real Madrid, se quejó: «El técnico de Inglaterra se dejó ganar. Lo mismo (Argentina) lo compró con cupones (del petróleo) de Vaca Muerta». Lo mismo.

Egipto e Inglaterra, dos partidos para el infarto que Argentina dio vuelta en los últimos minutos. No soy quién para contradecir a los llorafifa, pero si Argentina compró el Mundial, quedó debiendo alguna cuota.

Y llegó la final entre España y Argentina. Enumero aquí algunos hechos de la realidad:

España jugó muy bien y Argentina jugó muy mal.

España cometió 21 faltas y Argentina, 25. Argentina recibió 6 tarjetas amarillas (2 transformadas en roja a Enzo Fernández) y España, ninguna.

Argentina tuvo un juego muy agresivo. ¡Por supuesto! Si no, ¿por qué habría recibido 6 tarjetas amarillas de un árbitro imparcial?

Fue curioso que Oyarzabal no hubiese recibido una tarjeta amarilla por patearle la rodilla a Messi sin pelota.

Fue curiosa la primera tarjeta amarilla recibida por Enzo Fernández, por protestar una decisión del árbitro, aunque es cierto que agitó los brazos e hizo una mueca fea. Su segunda amarilla fue sin duda merecida, incluso considerando la acrobacia de Cubarsí.

Fue curioso que Cucurella no hubiera recibido una tarjeta roja por taparse la boca al dirigirse a Messi, sobre todo teniendo en cuenta que los otros dos jugadores que hicieron lo mismo en el Mundial (Almirón, de Paraguay, e Hincapié, de Ecuador) sí la recibieron.

En síntesis, España jugó mucho mejor, pero, como solía decir César Luis Menotti, entrenador del equipo campeón del mundo de 1978, los goles no se merecen, se hacen, y antes del alargue debería haber terminado con Enzo Fernández adentro y Cucurella afuera. ¿Nos los comíamos a todos?

Afortunadamente, Paredes tuvo el buen tino de despedirse empujando a jugadores españoles; aportó la pieza que faltaba para demostrar el teorema: los argentinos compraron el Mundial, son racistas, malos perdedores y violentos. Al argentino, ni justicia. Un momento ideal para sugerir que esto va mucho más allá del fútbol, señalar a cierta detestable sociedad argentina y ser leído por dos millones de personas. «España silencia a Argentina, a su árbitro y la vida es justa», lloriqueó El Mundo.

Los días que siguieron a la final, los carroñeros del 19 de julio de 2026 se atropellaban por una porción de audiencia. Desde aquel misil lanzado por Hamás, con el que Israel mató a más de quinientas personas en el estacionamiento de un hospital, que no resultaba tan fácil juntar likes. Qué épocas. Nobleza obliga, uno de los pocos que intentaron poner paños fríos fue un reconocido intelectual español al que se le da por la actuación, que aclaró que los argentinos no son el problema, el problema son los sionistas.

Los únicos hechos válidos son los que confirman la profecía: los argentinos compraron el Mundial, son racistas, malos perdedores y violentos. Y ojo con enumerar hechos de la realidad, porque se considera victimización. En menos de un mes, una multitud de resentimientos individuales encontró un nuevo cauce en el que evacuar su veneno.

 

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