
Mil metros. Un pelotón a velocidad de tren, unas calles que se estrechan. Alcantarillas, cruces, bordillos, alguna rotonda. Doscientos paisanos avanzan con sus manillares rozando, con los frenos en nalgas ajenas, con los brazos abriéndose para buscar sitio. Hay banderitas, hay vallas, esas temidas vallas. Algunos se desentienden, otros empiezan a acelerar aun más. En pie sobre sus pedales, moviendo mucho la bici, haciendo para que a su rueda (pero a su rueda, a tres centímetros de su tubular trasero) vaya quien debe ir, y no uno de otra escuadra. Sesenta, setenta por hora. Y, entonces, saltan. Los sprínters. Inclinan sus máquinas, se juegan el pellejo sobre neumáticos de dos centímetros, sobre asfaltos que desconocen, sobre sitios con badenes, con pasos de cebra, con arena y grija y agua. Es el sprint. Tan rápido, tan fugaz. Tan peligroso.
Los sprínters son ciclistas distintos. En un deporte cuya épica parece tener montañas al fondo, ellos se convierten en Fórmula 1. En las historias que duran horas y recorren distancias enormes, ellos se tornan gigantes durante unos pocos segundines, durante unos cientos de metros. Hasta físicamente puedes distinguirlos de sus colegas… tan altos, tan poderosos, esas espaldas imponentes.
Una raza distinta.
Acompáñenos el lector por este recorrido a través de los mejores sprínters de siempre. Será rápido. Muy rápido.
Charles Pèlissier
¿Qué es un sprínter durante la época heroica? Pues mira, no resulta sencillo. ¿Era Garin un sprínter? ¿Lo era Petit-Breton, o Lapize? Todos ellos llegaban escapados, todos ellos atacaban en las cuestas, todos ellos, claro, fueron potentes y letales en llegadas… porque todos ellos corrían, también, por velódromos. Miren, por ejemplo, al hermano mayor de nuestro prota, ese Henri Pèlissier que oposita a ser uno de los mayores hijoputas del ciclismo (lo asesinó su segunda esposa defendiéndose de una paliza… el disparo vino con la pistola que usó su primera mujer para suicidarse, imaginen en qué condiciones… el muy canalla la guardó de recuerdo). Pues subía de narices, pero también era velocista nato. Así hasta Charles. Que ganó ocho etapas en un solo Tour, todas al (más o menos) sprint. Que era el pequeño de cuatro, que era el fráter de los «forçats». En fin, ya saben, es otra historia. Sirva este Charles Pèlissier, este cromo de La Belle Équipe, como símbolo de todos aquellos ciclistas-fuertes-que-esprintan antes de que Hitler invada Polonia…
Djamolidine Abdoujáparov
Una explosión de energía. Un movimiento de la bici como si fuese a tumbarla. Más peligro que ir mamadete a los coches de choque. Más carisma que Seve Ballesteros en la Vega de Pas. Abdou tenía cara de mala hostia, modales de mala hostia y esprintaba con muy mala hostia. Luego lo entrevistaban, y el paisano te sale con que es criador de periquitos, con la paz mundial y el respeto por dios. Pero a mí no me engañas, Djamo, tú acojonas mucho. ¿Qué? ¿Que no te puedo llamar Djamo? Vale, vale, sin problema. Hay un vídeo por ahí que muestra a Abdoujaparov, aún soviético, ascendiendo el Muro de Meerane durante la Carrera de la Paz, ese desafío soberbio más allá del telón. Y avanza clavado, Abodu, avanza moviendo las piernas como si fuese Sísifo, como si fuese un obrero de la siderurgia, como si estuviese apretando las tuercas a una máquina malévola y cruel. Pero avanza. Los gemelos a punto de explotar, tensos, esos gemelos de Abdou, esos gemelos grandes como la cabeza de Fernando Redondo, esos gemelos que imagino más duros que un examen de Administrativo (yo nunca toqué los gemelos de Abdou, sospecho que me hubiese calzao dos hostias). Entonces era, amateur soviet, un corredor completo, uno que subía, que contrarrelojeaba, que se defiende en clásicas y cols. Luego, profesionales, se centra en lo de las volatas, pero sin olvidar ese punto combativo, esas fugas en la montaña no muy grande, ese cerrar cronos entre los diez mejores. El paisanuco que cruzó la meta de los Elíseos bici en mano, maillot verde sobre hombros, tras un mortal hacia adelante que te acojona solo verlo, un mortal hacia adelante que te lo firma Gervasio Deferr (bueno, igual aterrizó pelín brusco). Tuvo también sus affaires con el doping, para qué decirte que no, pero es que queremos tanto a Djamolidine…

Rik van Steenbergen
Imagina ganar el Ronde van Vlaanderen con tu primera participación, solo diecinueve años, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Imagina hacer lo propio como debutante en Roubaix, imagina repetir por ambas pruebas. Imagina San Remo, Valona, París-Bruselas. Imagina ser tres veces campeón del mundo, tres veces campeón de Bélgica. Imagina amasar, entre carretera y pista, unas 1500 victorias.
Y ahora imagina que eso no es lo más alucinante de tu bio.
Ese era Rik van Steenbergen, o Rik I. El sprínter imperial, el récordman de los Seis Días, el paisano que corría por pasta, que vendía triunfos, que quería más, siempre más. El tío de metro noventa —metro noventa a mitad de siglo, no es metro noventa hoy— que pudo ser pódium en un Giro de Italia, tan cerquita la victoria. El que, cuentan susurros, corrió en cuarenta y ocho horas por las pistas del Congo, Copenhague, París y Lieja. Ganó en cada uno de esos sitios, claro. Apenas cuadran los tiempos, pero es tan difícil cuadrar con Rik…
Fue contrabandista en la Segunda Guerra Mundial, aprovechando rutas y carreras para meter o sacar relojes. Luego se retiró tarde, corrió para el Solo Superia, aquel año 1966 donde coinciden, allí, Rik I, Rik II y Eddy… fracasando una miaja, no se podían ver. Y eso, que una vez retirado pierde toda su fortuna, porque gustaba de apostar. Y luego entra en la cárcel, porque vuelve al estraperlo y lo pillan. Y después sale de la cárcel, arruinado, divorciado, solo, y hace de prota en una peli pornográfica. Y se casa con una viuda inglesa riquísima, y vive opulento y feliz, hasta estas historias tienen un final satisfactorio. O algo.
Quizá es el mejor sprínter de siempre. Pero es que, con Rik, eso es lo menos pintón.
Alessandro Petacchi
Si tomamos un periodo breve de tiempo, tres temporadas por verbigracear, Alessandro Petacchi compite con los mejores velocistas de siempre. Pero es que… a ver, en 2003 gana quince etapas entre las Tres Grandes, en 2004 pilla nueve en el Giro y cuatro en la Vuelta, y en 2005 son cuatro y la manita, más Milán-San Remo. Invencible. Un treno excelente, un Fassa volcado para él (y mira que era complicado ver a alguien volcado para otro en aquel Fassa, equipo lupanaresco), una velocidad soberbia. Alessandro tenía el mundo a su alcance, podía batir todos los récords. Quedó a medio camino de la auténtica leyenda, no trasciende como sí lo hacen otros de palmarés cuantitativamente menor. Pero es que Petacchi nunca pelea en Clásicas, nunca sube una mierda, nunca tiene duelos realmente destacados con ciclistas del Gotha. Era, sí, el clásico sprínter transalpino rubiales y guapete, con la fortuna de caer en un tiempo con poco sprínter dominador (ya fuera rubiales y guapete, ya fuese Robbie McEwen). Y así no te mitificas, así no te mitificas. Sumen que su época fue… en fin, fue su época, y Alessandro tuvo problemas («problemas», denme comillas más grandes) con el doping, y le retiraron unas cuantas victorias, y tuvo sanciones fuertes, y reescribieron palmareses, y, y, y… Eso tampoco ayuda. Final poco estético… pues tampoco ayuda. Así que se nos quedó, Petacchi, a mitad de camino. Ganando mogollones, pero a mitad de camino.
André Darrigade
Era el ciclista de la primera tarde. ¿Etapa inicial del Tour? Pum, pues gana André. Hasta en cinco ocasiones, y casi consecutivas. De 1956 a 1961 solo falla en el 60. Venció Julien Schepens. El resto… Darrigade. Mozo fortachón de las Landas, uno que terminó con librería, hermosísima, por Biarritz. Allí gozaba, el bueno de André, con la charleta y el anecdotario. Cuando vencí a Jacques. Cuando gané una Lombardía. Aquel Campeonato del Mundo en Zandvoort por delante de Gismondi. Esas cosas.
Darrigade era sprínter potente, corredor perfecto para las llegadas de entonces (mucha pista portátil, mucho descontrol, muchos codos y vejigos). Garantizaba victorias, también era capitano ideal en grupo. Respeto grande, prestigio por doquier. Fue gregario-ganador con Jacques Anquetil, fue menos gregario-menos ganador con Federico Martín Bahamontes. Una leyenda. Una con veintidós etapas en la Grande Boucle, dos verdes, la tricolor, cuatro medallas en Mundial. También, sí, el sabor amargo, tristeza. Aquel sprint en el Parque de los Príncipes, último día, Tour de 1958. Constant Wouters, secretario general del velódromo, que pierde la vista a los corredores, que coloca fotógrafos, que asoma su cuerpo demasiado. Choque terrible. Cinco puntos de sutura para André. La muerte para Constant. Un drama. Un accidente. No fue culpa de Darrigade. Él solo hacía su trabajo.
Esprintar.

Erik Zabel
Erik Zabel tenía la clásica simpatía alemana, el clásico carisma alemán, y la clásica capacidad de improvisación que siempre ha caracterizado a los teutones. Era trabajador, disciplinado, corría mucho, siempre rascaba. Menos pasiones que una serie de Lucía Etxebarria, menos interés que… en fin, no quiero cebarme. Pero el tío cumple, y gana mogollón de maillots verdes (ojo, maillots verdes cuando aún existían los cierres por tiempo, cuando teníamos menos remolcaduras en automóviles, cuando las etapas se hacían enteras), mogollón de San Remos (una época difícil, para la San Remo), mogollón de medallas en Mundiales (una época difícil, para los Mundiales) y hasta una Amstel Gold Race (una época… en fin, eso). También se mete sus buenas dosis de EPO (confesión mediante), que aquel equipo parecía una discoteca móvil en los pueblos cántabros, ay… Digamos que Zabel era ese tío «que ganaba cuando los otros favoritérrimos no ganan», lo que termina por arrojar saldo bien jugoso. Subía muy correctamente, así que era coco de terceras semanas o etapitas con desgaste. Eso sí, en velocidad pura y dura… pues nunca fue el mejor. Y Freire le ventila una Classicissima tras levantar los brazos, dejándole con cara de tontaina e inaugurando la expresión ciclista «Hacer un Zabel», de gran éxito en foros para definir a quien llega tarde explicando lo que otro explicó anteriormente. Póster y meme, no sé yo si Erik da para camisetas con su nombre…
Delio Rodríguez
Un enigma dentro de un misterio escondido en un secreto. Eso es Delio Rodríguez. ¿Palmarés? Excepcional, sprínter legendario, auténtico ganador. Pero es que (casi) todas sus victorias son en España (tiene dos en la Vuelta a Portugal, pero la Vuelta a Portugal de entonces no manejaba los ritmos imposibles de la Vuelta a Portugal hoy). En la España de los años cuarenta, casi sin oposición de extranjeros, casi batiéndose únicamente con los demás hispanos (pequeñucos, reducidos, grimpeurs del hambre). Así que destaca de narices, Delio, con esa fortaleza que tenía, con ese cuerpo para subir bergs que jamás subió un berg… que quizá jamás supo lo que era un berg. Casi cuarenta etapas en la Vuelta a España, actuaciones de Pantagruel por Catalunya, por el Circuito del Norte, por Levante, por la Vuelta a Cantabria. Imbatible, a ratos, pero es que quién estaba para poder batirle… Fue, por si fuese poco, patriarca de una estirpe ciclista que aun hoy sorprende. Emilio ganó la Vuelta, igual que Delio, pero es que Manuel también sube al pódium (segundo), y hasta hay un cuarto, Pastor, que tiene menos fortuna. Pero el mejor era Delio. Que sube, que esprinta, que gana la primera crono en una Vuelta a España, aquello por Gijón con los pinchazos de Fermín. Qué hubiese podido hacer de salir al extranjero, de correr el Tour, de conocer los adoquines. Qué. Imposible, vida hurtada, aunque fuese vida profesional. Pero ahí seguirá, por siempre (parece) como récordman de etapas en la Vuelta a España.
Freddy Maertens
Freddy Maertens se retiró de una Milán-San Remo porque Satanás, desde la cuneta, le dijo que iba a morir llegando a Liguria. Y si eso no te describe al personaje yo ya no sé…
Freddy es el tío que cobraba parte de su contrato en botellas de espumoso, el que estuvo en una secta, el que se arruinó varias veces, el que vive problemas con las drogas, el que sufrió depresiones en todo su desempeño profesional, el que desaparece durante mucho tiempo para luego volver… y apagarse. También es el tío que nunca ganó un Monumento, que vendió el Ronde a Roger, que fracasó en Roubaix. Pero, también, es doble ganador del arcoíris, tiene dos temporadas seguidas con más de cincuenta victorias, ganó la Vuelta con trece etapitas, ganó hasta ocho parciales en un solo Tour, ganó siete de las once primeras en un Giro que luego abandona… Alguien que epata, que impresiona. Era, sobre todo, ciclista de esfuerzos largos, rapidísimo, capaz de imponerse a los mejores sprínters en las mejores volatas… pero que resultaba intocable cuando había dureza. Altos montes no, esos nos dan alergia, pero colinas, muros… Invencible. Hoy sigue dando entrevistas, contando sus historias, está mejor, ha vencido a sus demonios. En Flandes resulta leyenda, para las bicis es uno de sus historiones. Larga vida a Freddy.
Rik van Looy
A ver, decir que van Looy es un sprínter es menospreciarlo. Decir que es «solo un sprínter» es olvidarse del mejor (diría él) o uno de los mejores (dicen Eddy y Roger) clasicómanos de siempre. El único que, cuentan iletrados, ganó todas las grandes carreras de un día (una de esas falsedades que se repiten por inercia… fracasó en Kuurne o Amstel, por ejemplo). Pero es que Rik, Rik II, fue el flandrien (casi) definitivo, y, sobre todo, un soberbio llegador. Subir subía menos (aunque algo, que fue dos veces pódium en la Vuelta y cuarto por Italia), pero al sprint… Era, además, innovador, el primero en plantear toda una escuadra para preparar volatas, para proteger a su líder, para lanzarlo antes de los últimos metros. El Emperador de Herentals contaba con su Guardia Roja, ciclistas que podían competir frente a los grandes del sprint y las planicies… pero que eran peores, mucho peores, que van Looy. Y tenían menos ímpetu, menos decisión, porque a Rik le sobraba ímpetu y decisión. Colérico a veces, dominante, había violencia en sus reacciones, gustaba de humillar al otro. Compartió equipo con un joven Eddy Merckx en 1966, aquel Solo Superia que casi acaba en guerra. Nunca soportó a Eddy. Es un paleto, un inútil, un acomodado, decía. Gana porque no corre Rik, decía. Menudo fraude, decía.
Ese era van Looy.
Txomin Perurena
A Domingo Perurena Telletxea todo el mundo le decía «Txomin». Txomin esto, Txomin lo otro, enhorabuena, Txomin, por ganar la etapa. Y es que Txomin era un crack cuando había jornada al sprint… y cuando teníamos montañas no muy duras. Sigue siendo, a día de hoy, el ciclista español con más victorias totales, que no es poco asunto. Sucede que tampoco lo medimos demasiado con los grandes de su época, al menos a nivel internacional. Etapas en el Giro, en Dauphiné, hasta por Colombia, incluso la montaña del Tour. Pero no mucho más currículo allende Pirineos, que no corría Kas mucho allende Pirineos. Y, claro, pesa. Porque si hablamos solo de lo que sucede al sur… A ver, gana doce parciales en la Vuelta a España, máximo ganador de siempre en la Vuelta a Cantabria, actuaciones de auténtico glotón por Catalunya, por La Rioja, por Levante, Asturias, Andalucía, también Itzulia. Y eso trabajando para los compis, que aquel Kas siempre luchaba por todo, que muchas veces era «regularidad» Txomin y líder otro amarillo. Imaginen… Un todoterreno, alguien de espaldas grandes, alguien para ir acoplado a rueda. Ideal. Y subía, Txomin, subía, si hasta casi gana la Vuelta del 75 (qué derrota tan triste), si trincó aquello del Tour, si se metía botines aquí y allá. Un mito. Después fue director, y otro mito. Y su vida personal, que más mitos. Nadie, absolutamente nadie, hablaba mal de Txomin en el mundillo ciclista, con lo difícil que eso es. Ahí sí que era el mejor de siempre.
Urs Freuler
Mira, no te voy a engañar, Urs Freuler no debería estar aquí. No, al menos, si hablamos de ruta, porque en velódromos es una puta leyenda, es un crack, es referencia en libros de historia. Pero sobre asfalto… en fin, palmarés cuco, quince etapas en el Giro, cinco en el Tour, sus cosas por Suiza, aunque nunca dominador del todo. Pero es que a Urs hay que citarle por dos aspectos. Primero porque llevó ese maillot absolutamente legendario, bellísimo, de Atala, el mismo del Gianni Bugno infante, y ahí subes en mi consideración. Y segundo porque… en fin… miren al tipo, lean lo que cuentan sobre él compis y periodistas, crucen fechas, imaginen historias… Freuler es un representante óptimo para la figura del «sprínter follador», un Pagnin con bigote, un adonis recién sacado de las pelis porno ochenteras, con cara de «eh, ya, yo paso» y mirada de «ven pa´cá, que te explico lo que es una pelouse». Solo por eso… voten, voten por Urs Freuler.

Mario Cipollini
Mide metro noventa, pesa unos ochenta kilos en forma. Es rubio, tiene pelo largo, rizos a veces, tiene mirada de galanteo meridional, tiene las manos enormes, una sonrisa pelín pícara, pelín irónica. Tiene, también, maneras de histrión, de payaso, tiene el ego por las nubes, la mamarrachería on fire, menos vergüenza que el Conde Cara Cubo de Basura. Las piernas largas, los brazos largos, el torso como un triángulo invertido. Es apolo, es el sprínter perfecto.
Es, también, un auténtico canalla.
Mario Cipollini fue el ciclista más rápido del mundo durante década y media. Batió el récord de etapas en el Giro (se lo sisa a Alfredo Binda, todos lloramos aquella vergüenza), tiene San Remo, gana un Mundial con menos interés que la reunión de Fórmula Abierta. Todo eso a lo largo de los años, con ese estilo suyo, con el tren hasta el último kilómetro, con el reprís moviendo mucho la bici, sacando codetes, metiendo miedo al personal. Pareció, durante un tiempo, imbatible.
También fue un notas de cuidado. Pionero en horrores de estética, en ir disfrazado a las salidas (Julio César, ejem), en sacar kits especiales con multa y sonrojo, en hacer anuncios de bicis (o de zapatillas, o de sillines, o de lo que sea) siempre con mujeres ligeras de ropa, en actitud sumisa o, directamente, babeando por él. Sumen que tiene un par de agresiones a sus compañeros. Sumen malos modos con el público, chulería, piques. Sumen, también, condena por evasión fiscal. Sumen que salió en portada de un diario su plan de doping y parecía aquello un finde con Spud Murphy. Sumen, por si aún no les convencí, que fue condenado a tres años de cárcel por maltrato y lesiones a su exmujer.
Ese es el tipejo. Un auténtico sinvergüenza.
Así que fuera de esta lista, malvao.
Mark Cavendish
¿Recuerdan lo de Cipollini y la vergüenza de ser máximo ganador en el Giro? Pues con Cavendish y el Tour es lo mismo, solo que aumentado, porque quita el récord a Eddy, y Eddy no es de los que supere filosóficamente este tipo de asuntos. Al menos Cavendish no tiene condenas por pegar a su mujer, mira, ahí es mucho (pero mucho) mejor que Mario. También campeón del mundo, también Milán-San Remo, algún verde en el Tour con más tiempo agarrado al coche que pedaleando cuesta arriba, Mark Cavendish tuvo más vidas que un gato, más resurrecciones que Ikki (joder, aquello de Lefevere… te tienes que reír) y una etapa última en el Tour de Francia donde todos los ciclistas, los reporteros, la organización, las motos y hasta dos o tres buitres reales que sobrevolaban el asunto querían verlo victorioso. Porque había un docu, porque nos gustan los récords, porque hay que alimentar momios y momias. Esa situación al margen, Mark fue un sprínter de época. Criado en el velódromo, hábil, con la capacidad de inclinarse mucho para ofrecer menos resistencia al aire, con dos o tres pistonazos poderosísimos que lo dejaban en cabeza. Pena que también fuese marrullero, prepotente, chulo en sus declaraciones (aunque lo atemperan los años), peligroso a veces, mal perdedor otras. Mark Cavendish fue uno de los representantes de ese ciclismo pre-Tadej que ahora da miedo recordar, y que tenía menos espectáculo que un circo con las hermanas Valverde.
Eso sí, igual es el mejor sprínter de todos los tiempos.
Miquel Poblet
Sobre Poblet decía Rik van Steenbergen que, si sabía dónde estaba, era imposible que lo batiese al sprint. Pero muchas veces, añadía el flamenco, no sabes dónde está. Tampoco sabes qué es exactamente Poblet, porque la expresión rara avis se le queda corta. Sprínter en país de escaladores, emigrante en tiempos de autarquía ciclista, clasicómano cuando en España las «clásicas» eran Charlotte Brönte y Jane Austen. Subía lo suficiente para destacar en el Giro (veinte etapas), para ser pódium doble en Lombardía, para ganar Catalunya. Era veloz para vencer dos veces Milán-San Remo, con otro pódium, para dominar la volata primera en Francia, para merodear París-Tours, para ir picoteando victorias allá donde corriese. Y tenía mentalidad de flandrien, de tipo duro, porque solo los tipos duros están cerquita de triunfar en Roubaix (fue segundo, también tercero). Rara avis, ya dije.
Poblet era pequeño, enjutísimo, era violencia desbordada cuando lanza el sprint, era apretar los dientes, buscarse habichuelas, colarse por donde no hay sitio. Óscar Freire mucho antes que Óscar Freire, y aun más difícil, por la época, que Óscar Freire. El gran olvidado del ciclismo español.
Qué campeón enorme, oigan.
