
El capitán español «Rodri» sacó in extremis a Donald Trump del plano televisivo en la entrega de la copa del mundo a la selección al tiempo que los argentinos daban la espalda a la ceremonia, encarados hacia un fondo del estadio donde se congregaba su hinchada para compartir con ella una especie de oración fúnebre bañada en lágrimas. No es descartable que los jugadores de Scaloni temiesen que, si esperaban a que finalizase la fiesta española, su hinchada habría desertado del estadio, pero su comunión con los seguidores fue interpretada como un desaire a los campeones que no desentonaba con las entradas a destiempo, las impostadas gesticulaciones al árbitro o el intento de montar una tangana con que obsequiaron al respetable en la final. Por lo que a mí respecta, su capacidad de recogimiento mientras estallaba un castillo de fuegos artificiales y atronaba Nino Bravo por la megafonía les redime por completo.
En los días siguientes, muchos españoles que no siguen el fútbol pero vieron la final en pantalla gigante enfundados en una camiseta antigua de «la Roja» comprada por Wallapop inundaron las redes sociales con su ira. Abundaban los apóstoles del fair play que decían sentirse ultrajados por las tretas de los argentinos, por sus pisotones para «desmoralizar tobillos», como decía el periodista heterodoxo Dante Panzeri, o por sus tatuajes macarriles. Es ocioso explicar a estos versallescos influencers que nuestro santificado mediocentro Busquets era un maestro del juego sucio a escondidas del árbitro, que en un reciente partido liguero el comedido Oyarzabal faltó a la mujer de un jugador del Getafe o que toda una institución como Sergio Ramos lesionó al comienzo de una final de la Champions a Salah, con un agarrón digno de la UFC que seguramente solo pretendía intimidar al astro egipcio pero le dislocó un hombro.
Luis de la Fuente había impartido una masterclass de fútbol y como castigo extra los argentinos recibirían ahora nuestras lecciones de moralina. El académico Arturo Pérez Reverte, agrandado por el gol de Ferrán pero facultado por su novela El tango de la Guardia Vieja, se atrevió con la psicología de masas. «Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina, que es mejor que eso. Representó solo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina». De las tarascadas verbales ni siquiera pudo zafarse el tantos años residente español Lionel Messi, que volvió a ser grande con la pelota atada al pie pero inspiró dudas sobre su liderazgo moral, pues uno de sus incondicionales pretorianos —el mediocentro Paredes— aprovechó el barullo final para descargar toda la rabia acumulada y el mismo Messi fue acusado de delatar al árbitro a Cucurella. Una columnista de El Mundo le desenmascaró con cierto regodeo madridista: «El mundial acaba con la imagen de chico humilde que teníamos de Messi frente al ostentoso Cristiano».
Una semana antes de la final moría a los 89 años de edad Antonio Ubaldo Rattín, «el Rata», un larguirucho mediocentro que carecía del talento de Messi pero fue un digno antecesor en la capitanía de la albiceleste. Rattín, que con su despliegue físico y don de mando acaudilló al Boca Juniors que dominó en la primera mitad de los años sesenta, es un mito del club que hace un siglo se convirtió en el más popular del país sostenido por emigrantes genoveses que lo animaban en su dialecto «xeneize». El apelativo de «bosteros» se acuñó por el olor a estiércol en los aledaños del estadio de «la Bombonera», pero fue adoptado por la hinchada con orgullo. A la sazón los equipos rioplatenses basaban su juego en el novedoso toque y gambeta que los pibes practicaban en descampados irregulares (los «potreros») y en la «viveza criolla» que se aprendía en la calle. La selección se empapó de la picardía porteña para anotarse el subcampeonato en el primer mundial de 1930 —al volver a Buenos Aires fue recibida como la «campeona moral» y el ambiente patriotero, según el filósofo Juan José Sebreli, preparó el terreno para el régimen protofascista del general Uriburu—, pero después se multiplicaron los fiascos mundialistas por el aislamiento internacional, la mala planificación deportiva y un exceso de cinismo resultadista.
La evolución del juego en un sentido colectivo obligaba a la selección a estar al día en lo táctico y Argentina se presentó en la crucial eliminatoria en Wembley contra los anfitriones del mundial de Inglaterra’66 con una adaptación del catenaccio, el sistema defensivo italiano en boga. Rattín, en el puesto de mediocentro o «centrojás» (la versión lunfarda de «centre half»), se situaba por delante de la defensa y ayudaba en el marcaje a Bobby Charlton, sin que los ingleses amenazasen con rendir el fortín albiceleste. Ello hace sospechar que la inesperada expulsión de Rattín fue la única manera de doblegar a los argentinos que se le ocurrió al árbitro para allanar el camino de Inglaterra en pos de la copa Jules Rimet y asegurar una buena taquilla en la final. Rattín escenificó su incredulidad por la expulsión, que el árbitro justificó por la charlatanería del capitán, dilatando más de un cuarto de hora su retirada del terreno de juego, viendo unos minutos del partido sentado en una alfombra roja —aseguraría que lo hizo sin darse cuenta de que estaba reservada a Su Graciosa Majestad— y, cuando por fin caminaba hacia el vestuario por el lateral del campo, se vio por televisión cómo estrujaba por un instante un banderín de córner estampado con la Union Jack. El combinado fue recibido con honores por el general Onganía, que entretanto había dado un golpe militar, y el episodio de victimismo refundó el mito del cancherismo albiceleste, apenas doce años antes de que los argentinos levantaran la copa ante el general Videla.
El propio Rattín contribuyó a la conexión entre fútbol y política proclamándose años después diputado por el conservador Partido Unidad Federalista de Luis Abelardo Patti, un ex comisario que con posterioridad fue procesado y todavía cumple cadena perpetua por torturas y asesinatos cometidos en la dictadura de Videla. La colaboración de Rattín con una mutua de futbolistas veteranos impulsada por Mauricio Macri, que antes de presidir el país fue mandamás bostero, ha fortalecido su reputación como leyenda del Boca Juniors, pero todo indica que si la selección de Scaloni le rindió tributo portando brazaletes negros en la eliminatoria con Suiza lo hizo en recuerdo de la expulsión contra Inglaterra (al término de la remontada al equipo de Bellingham y Harry Kane, los albicelestes mostraron una pancarta reivindicando las Malvinas). El acto fundacional de Wembley fue el preámbulo de las batallas campales entre clubes argentinos e ingleses en la Copa Intercontinental a finales de los sesenta. Corrió la sangre en el río de la Plata, donde el Estudiantes que entrenaba Osvaldo Zubeldía se distinguía por su dureza y por las jugadas ensayadas a balón parado. El liderazgo y las artimañas ventajistas de los «pincharratas» suelen atribuirse al volante Carlos «el narigón» Bilardo, que años más tarde fue seleccionador nacional, por lo que algo del espíritu canchero del Estudiantes se trasladó a la albiceleste que ganó el mundial de México’86 y quedó finalista en Italia’90.
Al igual que Menotti en el 78 con el rudo Américo «Tolo» Gallego o ahora Scaloni con Leandro Paredes, Bilardo convocó de mediocentro a alguien con más carácter que talento como Sergio «Checho» Batista, a quien el líder Maradona conocía desde las divisiones inferiores del Argentinos Juniors. Precisamente de este mismo club salió por entonces Fernando Redondo, el último gran mediocentro argentino —el mejor de todos sigue siendo el imaginativo Néstor «Pipo» Rossi, de «la máquina» de River Plate en los cincuenta—, pero el seleccionador de los años noventa Daniel Alberto «el Kaiser» Pasarella le exigió que se cortase el cabello largo y no llevase pendientes, alegando que eran un motivo de distracción del juego, y el madridista, que sería una pieza maestra en el renacer galáctico de su club, dio carpetazo a la selección.
El sociólogo y periodista español Vicente Verdú, en su clásico El fútbol: mitos, ritos y símbolos (1980), deconstruyó a los defensas como un matriarcado que dentro del equipo se encargan de los socorros mutuos y las labores domésticas —«achicar balones», «secar al rival», «barrer»—, y comparó al mediocentro con «un marimacho» que combina la mentalidad hogareña que antes se asignaba a la mujer y las excursiones de caza de los varones. Al no tener a mano a un «Rodri» que maneja la vara de mando y a la vez trata con exquisitez el balón, la retirada de Messi obligará a Scaloni o a su sucesor a elegir en la inagotable cantera argentina entre un patrullero de la federal o un director de orquesta.


Este es el típico artículo trampa. Lo que parece un texto en homenaje a un jugador prestigioso recientemente fallecido, es un mcguffin a lo Hitchcock para hablar de la reacción de medios y periodistas españoles frente a la soez, ridícula y absurda actitud de la selección argentina al margen de cualquier juego limpio. El autor quiere provocar y llega el colmo intentando decirnos que el hecho de que se pusieran de espaldas cuando se recogía el trofeo, era para evitar que se fueran los espectadores argentinos del estadio.
¿Estás escribiendo en serio o nos tomas por ciegos?
Luego se larga una parrafada con argumentos típicos del clásico cliché de «en todas partes cuecen habas» y va luego a la reseña biográfica propiamente dicha.
Otro ejemplo más de esa absurda necesidad de ir a la contra para poder destacar y llamar la atencion. Pero eso también lo hacen los trolls en las redes sociales.
Hay actitudes del juego argentino que claman al cielo, que son juego sucio y no picardía, nunca justificable sin para humillar a un rival, que nadie parece dispuesto a remediar y que este Mundial puso en evidencia.