Ciclismo

Pentacampeones por España: cuando Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain vinieron a la Vuelta

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Tadej Pogačar junto a su amigo y campeón de saltos de esquí Domen Prevc en Komenda, la ciudad natal de Tadej. (Crédito de la imagen: © Andrej Tarfila/SOPA Images vía ZUMA Press Wire)

Anunció Tadej Pogačar hace poco su presencia en la Vuelta a España, y terminó, al tiempo, con dos incógnitas sobre este final de año ciclista: qué correría Tadej y quién va a ganar la Vuelta a España.

Anunció Tadej, hace poco, su presencia en la Vuelta, y quiere entrar en el club de los que ganaron las Tres Grandes… pero es que también quiere entrar en otro club, más escogido, más glamour, que es el de los pentacampeones por la ronda hispana. Historias de éxito (y algún fracaso, ejem) que se inscriben, aun hoy, entre las más recordadas de siempre. Orduña, Serranillos, Lagos de Covadonga, hasta ese hotel infausto de El Capitán… nombres recurrentes que dibujan dominios e imperios.

Déjenme hacer un poco de memoria, antes de que se incorpore Tadej…

Maître Jacques, o la traición olvidada (pero sin olvidar)

No estaba acostumbrado, Jacques, a que le llevasen la contraria. No puede estarlo quien es el mejor ciclista del mundo, quien lleva ya tres Grande Boucle, quien ha ganado el Giro, quien parece el mejor de todos los que hubo, el más grande de todos los que vendrán. Ese que sedujo a la esposa de su médico, quien hace y deshace a placer y por placer, quien tiene un equipo a sus órdenes, quien gobierna bicis por el día y bebe champagnes caros de madrugadas.

No.

Pero sucede. A veces sucede.

Cuando Jacques desembarca en la Vuelta, abril de 1962, lo hace para convertirse en el primer campeón con las tres Grandes. En realidad hacemos trampa, porque Gino Bartali hizo lo propio por 1946, pero es que entonces hablamos de la Vuelta a Suiza, y la historia ha quedado como ha quedado. Así que intentona seria, pero seria de verdad, para el trinque en Giro, Tour y Vuelta a España… pues Jacques. Antes pasan por la Iberia tíos como Fausto Coppi y Charly Gaul, pero lo suyo fue más flâneur y palmito que competición pura.

Sucede que Jacques quiere ser completista, y quiere que todos lo admiren, lo teman, lo deseen. Sucede que Jacques busca romper moldes, mitos, busca que nadie dude sobre su preeminencia. Así que acepta el reto.

(A ver, acepta el reto y los billetones que le cascan desde la organización, tampoco vayamos a flipar mucho).

Mero trámite, piensan todos, porque trae Anquetil equipo de gala, ese Saint-Raphaël con Gem al mando que pareciera inabordable. Y lo son. Doce victorias de diecisiete posibles. ¿Pega? Que ninguna trae firma normanda. ¿Segunda pega? Que salió todo bien, pero mal, pero bien, pero muy mal.

Porque Rudi Altig, un alemán, un equipier, un gregario —buenísimo, dos Monumentos, Campeonato del Mundo, etapas en Tour, pero gregario— hace como que sí, como que no, y trinca maillot amarillo. Y piensa Jacques que cae, y piensa Geminiani que cae, y piensa el mismo Rudi que cae… pero no cae. No es que no caiga, es que suma la crono definitiva, entre Bayona y San Sebastián. La francesa, la de Anquetil, para Anquetil, te queremos, Anquetil. Pero gana Rudi. El mismo Rudi de la humillación en el Baracchi. Anquetil solo puede ser segundo. Ese mismo día abandona la carrera, vuelve a Normandía. «Un resfriado», dicen que dijo. «No me quedo con este judas ni de coña», dicen que fue.

Así que espera doce meses Jacques para lo de completar trío de Grandes. Y no hay Rudi, en esta ocasión, y no hay más de cuatro esfuerzos. Si ni siquiera gana las dos cronos, fíjate cómo vendría de relajao Anquetil. Pero le sirve. Es el primer ciclista con Tour de Francia, Giro de Italia y Vuelta a España en su palmarés. Sigue dominando.

Aunque fuese a la segunda.

Cuando Eddy sufrió en Orduña (y ganó fácil, como casi siempre)

Con Eddy no iban esas cosas. Lo de esperar, lo de los gregarios subiéndose a las barbas. El mayor deportista de todos los tiempos, el hombre cuya ansiedad por la victoria pudo alejarlo de (casi) cualquier derrota, vino, vio y venció. Cobrando su fijo de salida, claro. Renunciando, aquel 1973, al Tour de Francia. El Tour de Ocaña y Fuente, el de Les Orres, el de Luis disfrazado de caníbal. «No tiene agallas, yo ganaré las tres el año que viene», comentó Luis —Luis hidalgo, Luis orgulloso, Luis bravucón— a la prensa. On verra bien, dijo Eddy.

Pero eso llegó más tarde.

Para 1973 Eddy resulta, ya, el mejor ciclista que jamás haya visto pelotón alguno. Domina en Grandes Vueltas, vence en montaña, se impone al sprint. Los adoquines son su reino, los bergs se postran a su paso, nadie conoce mejor qué secretos guarda La Classicissima. Es tosco, pedalea con las rodillas abiertas, mueve mucho la espalda, parece romper el manillar. Tampoco sonríe demasiado, no regala altisonancias, no tiene tras él las odiseas de un Coppi, las ilíadas de un Bartali. Pero gana, gana mucho, gana todo. Gana a lo grande, sin oposición, gana porque vive en cabeza, porque no concibe la bici si no es atacando siempre.

Gana porque es Gengis Khan, porque es Alejandro, porque bonapartiza el ciclismo.

Gana porque no hubo, nunca, otro como Eddy.

Con estas credenciales la Vuelta a España… pues un paseo. Tiene a su favor el recorrido —qué recorrido no está a su favor—, y las bonificaciones («van a poner segundos hasta en la puerta de los hoteles», dice Luis), y aquello es una masacre… pero una masacre sosegada, tranquila. Más Jacques que Freddy, por entendernos. Se impone en Torrelavega —crono por Las Quintas, final en el velódromo de Sniace, fábrica que ya no es—, se impone en el prólogo, también cuando hay cuestucas. Y se impone, claro que se impone, en uno de los días en que más le tocó sufrir, subiendo Orduña tras Alisas y Los Tornos, camino de Miranda de Ebro. Allí ataca, tras cada curva, en cada rampa, Luis. Luis, que lleva maillot rojo, amarillo y rojo. Luis, mirada triste, patillas negras. Luis, siempre rival de Merckx, porque él también era Merckx (aunque no llegase a ser como Merckx). El hijo del exilio y la barriga rugiente, el colérico, el taciturno. Ese Luis. Que va descolgando a todos, y todos son Perurena, Pesarrodona, son Torres y Agostinho, todos son Tamames y Bernard Thévenet, final futuro para Eddy. Ya solo quedan dos, ellos dos, nada más que dos.

El mundo, la bici…

Ellos dos.

Y sucede. Y parte, Luis, airado tras una horquilla, apretando los pedales como si fuesen el cuello «del otro». Si para hacerle daño me tengo que hacer daño yo antes… en fin, acepto. Firma, con sangre, el símbolo.

Y cruza por el puerto de Orduña, sol iluminando sudores. Sin su sombra. Sin el monstruo.

Es un brindis inútil. Por la llanura, lo cogen. Meta, sprinta Eddy, trinca otra etapa. Serán seis, más los puntos, más las metas volantes. Dicen que Merckx, glotón y espídico, pasó primero bajo una pancarta del clandestino Partido Comunista.

La confundió con un sprint especial.

Ese era Eddy Merckx.

Cómo no iba a ganar la Vuelta.

Un debut de Blaireau, un casi adiós de Bernard

Con Bernard Hinault fue distinto. Ellos, sus iguales, Jacques y Eddy, acuden para completar palmarés, para que nadie pueda señalar fallas en su currículum. ¿Falta la Vuelta? Pues a España voy. Pero Bernard no, Bernard se toma los abriles españoles como prólogo de lo que llegará, de lo que se anuncia, esa forma violenta y abusiva de entender la bici que para todos será familiar (y turbadora). Así que debuta, en tres semanas, por la Península. Y cumple pronósticos. Y casi no termina…

Digamos que en lo deportivo la cosa es fácil. Triunfo en prólogo, triunfo en montaña, actitud de capo amenazante, equipo como para no tener nervios (o para ciscarse diez etapas, como diga Cyrille). Incluyan exhibición en Orduña (sí, Orduña otra vez, hay nombres recurrentes), humillando, Hinault riéndose de los otros —pero riéndose de verdad, riéndose de puro feliz al ver que genera dolor y cuitas, porque lo que siempre quiso Bernard es repartir dolor y cuitas—… ¿Resumen? Perfecto, un simulacro (todo el mundo entiende esta Vuelta como antesala de la masacre francesa).

Pero, lo que dijimos… que casi no acaba. Protestas, manifestaciones, gente cortando caminos, pancartas, consignas y mala hostia. Los dos parciales últimos, en Donosti, son un caos que compromete no solo esta edición, sino todas las demás. El Correo Español, que organiza la Vuelta desde 1955, dice que nanai, que es la última. Todo son pesares de cara a 1979 hasta que, intermediación de Luis Puig, una empresa llamada Unipublic entra para echar la manuca…

Pero esa es otra historia.

También es raro lo de Hinault con la Vuelta, porque él repite. Ya vimos que aquí los grandes vienen, marcan muesquita y hacen la del truhán y señor. Pues Bernard se porta. Y a punto del arrepentimiento, eh.

Pasa en 1983, y llega Le Blaireau con su buena dosis de mala hostia, sus dineros en el bolsillo y más sensación de invencibilidad que Mazinger Z por el capítulo 27. Pero, igual que Mazinger Z tiene su Gelbros J3, Le Blaireau mastica Panticosas y Lagos de Enol con cierta dificultad. Vamos, que se las hacen pasar putas los Alberto Fernández o Marino Lejarreta. También un chaval rubio, guapísimo, con clase y mirar arrebolado ante las cámaras, un Julen Guerrero de los ochenta, un vizcaíno modernuqui. Julián Gorospe llega, de hecho, como líder a la etapa decisiva, esa que sube Serranillos, aquella en la que Hinault y los suyos salen con maillot negro —maillot negro que acojona, maillot negro que parecieran huestes infernales—.

El resto ya saben cómo fue, y ya saben lo que casi le cuesta a Bernard, con esa rodilla que ni lo sostiene, con esos tendones hechos cisco. Quirófano, patada de Guimard, es el tiempo de Fignon.

Solo que aún quedan episodios, en esta telenovela.

Por de pronto sale Bernard Hinault como único quíntuple ganador del Tour y doble ganador de la Vuelta. Que no es poco.

Los alumnos aplicados no van a septiembre

En realidad nunca le gustó mucho, a Miguel, lo de la Vuelta. Lo de la Vuelta ochentera, decimos, la de abril, la primaveral, la del frío (jo, el frío), las tendinitis (jo, las tendinitis), la media montaña (jo, la media montaña) y los nervios (jo, los nervios). No, hombre, es mucho mejor el Tour, el mes de julio, oh, la France, mucho mejor. Más europeo, más civilizado. Y lo del último septiembre… en fin, qué se me perdió a mí en septiembre, si siempre fui de notable, si nunca dejé nada. Y ahora…

Y mira que empezó bien, el asunto. Líder más joven de siempre, oigan, con amarillo al tercer día desde su debut. Todos diciendo que trae buen aire, ese tal Indurain. Pero que es grandote, que igual en Clásicas, que para cronos, que a qué vas, con esas espaldas, al Tour. En fin, buenos recuerdos de la Vuelta, año 1985, la de Millar y Perico y mucha más gente por Cotos. Y la promesa de Miguel.

No tuvo mucho más souvenir en condiciones.

Porque Miguel, Miguel Indurain, el ciborg de la Grande Boucle, el ciclista que nunca falla, que nunca se cae, que no sufre pájaras, que es inabordable… Pues en la Vuelta es que falla, y se cae, y sufre pájaras, y es abordable de narices. Nunca levanta los brazos en parcial alguno, nunca pasa del séptimo puesto hasta 1991. Se rompe el escafoides camino de Covadonga (hay historias que se repiten), se hunde cuando apuestan por él cuando lo de Giovannetti. Y dudas. La presión, la montaña. No sirve, no vale, que lo lleven a Lieja. Luego llega 1991, y sube al pódium, pero sube al pódium por detrás de Melcior Mauri, y sube al pódium tras palmar —tras palmar contundentemente— las contrarrelojes contra Melcior Mauri. Y si no puede contra Marino en montes, y no puede contra Melcior en cronos, pues…

En fin, que no vale.

Y ese era Miguel Indurain ante la Vuelta a España. Muchos intentos, cero resultados. Hasta que llegó el (no) sexto Tour. Y a Miguel Indurain lo adelantan ferraris por doquier en Francia. Y luego gana un oro olímpico, y luego va a la Vuelta a Burgos, y sube muy bien Neila, y en la tele le preguntan y dice que sí, que viene a la Vuelta a España, pero que es imposición del equipo, que él ya estaba bien, trae la misma motivación que Ozzy Osbourne en el Grand Prix. Pedro González que flipa, José Miguel Echávarri que dice aquello de «quienes suspenden en julio deben volver a examinarse en septiembre». Ya ves, tratando a Indurain como si fuese un repetidor de tercera (o de tercero).

Cuántas cosas rotas aún antes de romperse.

Así que todo sale como debía de salir. Miguel está en carrera, pero pensando si Osasuna-Salamanca es una «x» o se la juega al triple, pensando en las alubias de noviembre, pensando que, hostia puta —aunque Miguel Indurain Larraya nunca diría «hostia puta»—, estos muchachos de la ONCE no veas lo que tiran. Como tiene más clase que ningún otro en el pelotón aguanta hasta los montes. Como no viene preparado para los montes se nos hunde en los montes. Camino de Covadonga —sí, ese mismo Covadonga— Miguel pone el intermitente, se baja de la bici, echa pie a tierra.

Todos lloramos un poquito. Todos menos, seguramente, Miguel. ¿Por qué lloras, Marcos Pereda? Él es Miguel Indurain, él no llorará. Lloro por él.

Miguel Indurain es el único pentacampeón que jamás pudo imponerse en la Vuelta Ciclista a España.

Al menos hasta que Tadej disponga.

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