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Jamie Murray: «¿Se podía ganar a Nadal, Federer y Djokovic al mejor de cinco sets en tres días? Pues eso pasa ahora con Sinner y Alcaraz»

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Jamie Murray (Foto: Cordon Press)
Jamie Murray (Foto: Cordon Press)

El escocés anuncia su retirada tras una carrera de siete Grand Slams, un número uno del mundo y una Copa Davis ganada junto a su hermano Andy. Entrevistado en Off Court,  Murray ha repasado su carrera. Porque hay apellidos en el deporte que pesan como losas. Murray es uno de ellos. Pero Jamie Murray, quince meses mayor que su hermano, lleva décadas construyendo su propia leyenda en la pista de dobles sin que el brillo del tres veces campeón de Grand Slam en individual le haya proyectado su sombra.

Su historia empieza en Dumblane, una localidad escocesa que, como él mismo reconoce sin rodeos, no tenía ninguna tradición tenista. «Dumblane, Escocia, no es precisamente un semillero de números uno del mundo», le recuerdan en la entrevista. Y Murray lo acepta: «Nuestra madre era entrenadora en el club local. Vivíamos a un minuto de la pista. Empezamos a correr por detrás de las pistas mientras ella daba clases y, en algún momento, empezamos a jugar nosotros».

La ventaja geográfica era relativa. Escocia no ofrecía infraestructura tenista y el clima hacía casi imposible jugar al aire libre durante buena parte del año. Pero Judy Murray, su madre, supo sortear ese obstáculo con determinación. «Teníamos pistas cubiertas a diez minutos, en la Universidad de Stirling y en el David Lloyd de Glasgow. Eso nos permitió jugar todo el año», recuerda Jamie. Y añade: «Mis padres nos recogían los viernes al salir del colegio y conducían hasta Inglaterra para que pudiéramos competir el fin de semana. Era un sacrificio enorme de su parte». Con diez años, los Murray ya competían a nivel internacional.

La herida que nunca sanó: el golpe de derecha de los doce años

Con doce años, Jamie Murray era el segundo mejor jugador junior del mundo. Había llegado a la final del Orange Bowl, uno de los torneos juveniles más prestigiosos del circuito, y competía en su grupo de edad contra nombres como Gasquet y Nadal. La LTA lo detectó y lo llamó a un centro de alto rendimiento. Todo apuntaba a una carrera en individuales. Pero algo se rompió en ese momento, y las consecuencias durarían décadas.

Jamie Murray y Andy Murray (Foto: Cordon Press)
Jamie Murray y Andy Murray (Foto: Cordon Press)

El centro al que tenía que incorporarse, Bishop Abbey, la referencia nacional, cerró dos semanas antes de que él llegara. La alternativa fue Cambridge, una decisión tomada con prisas, lejos de casa, en un internado con chicos que no compartían su estilo de vida. «Tenía doce años y de repente estaba viviendo fuera, en un colegio donde no conocía a nadie. Los otros jugadores de tenis eran un año mayores y estaban en otra escuela. No los veía apenas», rememora. La morriña y la soledad fueron el primer golpe. El segundo fue técnico, y ese sí fue definitivo.

«Tenía una buena derecha zurda. Podía hacer ángulos, jugar hacia adentro, dar efecto, darle forma a la bola. Era un golpe funcional», explica Murray. El entrenador que le asignaron detectó que sacaba el codo hacia afuera en la preparación, algo que, de hecho, hacen muchos jugadores, y decidió corregirlo. Le cambió la mecánica. El resultado fue catastrófico: «Perdí toda la confianza. Se convirtió en un golpe que me generaba pánico. Seguía muy autoconsciente de ella durante toda mi carrera».

El daño fue tan profundo que aún en sus últimos años de carrera lo atormentaba. «Cuando jugabas un Masters y tenías a Zverev o Sinner en la pista de al lado pegando golpes de derecha increíbles, y yo ahí chipándola… hay gente mirándote y piensas: ‘por favor, que me manden el resto al revés y que parezca que sé jugar al tenis’». Solo cuando su entrenador Louis Caye le convenció de que aceptara su juego tal como era empezó a encontrar cierta paz. Pero el complejo nunca desapareció del todo.

Jamie Murray (Foto: Cordon Press)
Jamie Murray (Foto: Cordon Press)

Todavía traumatizado por aquello, lanza una reflexión para los formadores: «En Francia, por ejemplo, la filosofía es diferente: dejan a los niños jugar, que encuentren su propio estilo. En Gran Bretaña siempre ha habido mucho énfasis en la técnica», argumenta. Y pone el ejemplo que todo el mundo entiende: «Si Medvedev hubiera pasado por una academia británica, le habrían dicho que eso no funciona. Y él no habría llegado a ser quien es». ¿Cuántos talentos se han perdido por el camino por esa misma razón?

Ganar en la era de los tres grandes: el reto imposible

Cuando le preguntan si Alcaraz y Sinner podrán superar los registros del Big Four, su respuesta lleva implícita una reflexión sobre lo que significó competir en aquella época. «¿Para los jugadores de hoy, es posible superar a Sinner y a Alcaraz al mejor de cinco sets en tres días? Eso es lo que le pasaba a Andy. Tenía que ganar a Djokovic y a Nadal, o a Federer y a Djokovic, o a Federer y a Djokovic, en el mismo Grand Slam», razona Murray.

Su hermano Andy Murray llegó a once finales de Grand Slam y ganó tres. «La gente habla de los tres slam de Andy, pero once finales es una cifra alucinante. Es lo mismo que Stan Wawrinka, y el propio Stan ha dicho que no está en la misma categoría que Andy por la consistencia que demostró».

Sinner, Alcaraz y el debate del mejor de todos los tiempos

Murray no es de los que se entusiasman con facilidad cuando alguien le pregunta si los nuevos dominadores del circuito ya pueden compararse con Federer, Nadal y Djokovic. Su respuesta es mesurada, respetuosa con los números y con la historia. «Alcaraz tiene siete u ocho Grand Slams. Novak tiene veinticuatro. Sigue habiendo diecisiete de diferencia. La gente dice que puede ganar tres por año durante los próximos cinco años, pero eso no es fácil. Vendrán otros jugadores, habrá que mantenerse sano, motivado…».

Jamie Murray (Foto: Cordon Press)
Jamie Murray (Foto: Cordon Press)

Sí reconoce que el nivel del tenis mejora de generación en generación de forma casi inevitable. «Cada generación lo hace un poco mejor porque tienes mejor ciencia, mejor tecnología, el juego cambia y evoluciona», admite. Pero eso no invalida lo anterior, sino que lo pone en contexto. Lo que más le pesa en el debate es la longevidad: «Me sorprendería mucho que estos chicos jugaran hasta los treinta y ocho o treinta y nueve años. No creo que lo hagan, por la naturaleza del circuito actual».

Cuando se le pregunta quién tiene mejor perspectiva para juzgar a los de hoy frente a los de ayer, su respuesta es lógica: «Los que más saben son Novak y Andy, porque han jugado contra todos. Ellos tienen la mejor sensación de primera mano».

El regreso y el camino al dobles: encontrar su sitio

Después del descalabro técnico en Cambridge, Murray abandonó el tenis durante casi nueve meses, entre los dieciséis y los diecisiete años. Jugaba al golf, iba al colegio, intentaba ser un adolescente normal. «Venía de ser de los mejores de mi edad y de repente había caído en picado. No lo llevaba bien». Pero volvió. Terminó su etapa junior con un ranking 44 del mundo, «nada del otro mundo», dice él mismo, y con las puertas del tenis universitario americano entornadas pero repletas de trabas burocráticas.

La decisión de apostar por el dobles no fue tanto una elección como una toma de conciencia, algo parecido al hermano de McEnroe. Con veinte años, su ranking en individuales era 830 del mundo. En dobles, era 66. «No iba a hacer carrera en individuales con esa derecha. El dobles me daba la oportunidad de jugar los torneos más grandes del mundo contra los mejores. Así que adelante».

La Copa Davis: el mejor recuerdo de una carrera llena de ellos

Si hay un hilo conductor en la entrevista de Jamie Murray es la Copa Davis. Aparece al principio, reaparece en el centro y vuelve al final. Su debut con el equipo británico fue junto a Greg Rusedski (que entonces no sabía que era su último partido) y Jamie lo recuerda como algo casi surrealista. «Estar ahí con Andy, con Tim, con Greg… pensaba: madre mía, esto es lo mejor que me ha pasado. John Lloyd tuvo mucha fe en mí para ponerme a jugar siendo el rookie del equipo».

 Bethanie Mattek-Sands y Jamie Murray (Foto: Cordon Press)
Bethanie Mattek-Sands y Jamie Murray (Foto: Cordon Press)

Rusedski, en la entrevista, le cuenta a Murray algo que éste nunca supo, que sí, que aquel era su último partido, y que había volado a su familia para estar presente. Murray lo escucha y reacciona con una honestidad: «Ahora que lo pienso, debió ser muy difícil para ti. Sabías que era tu último partido y no podías centrarte solo en tu juego porque tenías que estar pendiente de mí, que llegaba de la nada con veinte años».

Pero si hay un partido que por encima de todos los demás define lo que fue la Copa Davis para Jamie Murray, ese es el dobles contra Australia en Escocia, durante la campaña que terminó con el título. «Fue probablemente mi partido más memorable. El ambiente era increíble, toda Escocia parecía unida. Y sabía que si ganábamos el dobles, tendríamos muchas posibilidades de pasar el cruce, porque Andy era simplemente mejor que cualquiera que hubiera en esa competición».

El camino hasta la final de ese año incluyó a tres países con tradición ganadora en el torneo. «Jugamos contra Francia en Queens, en Escocia dos veces… Andy ganó sus ocho partidos de individuales. Nos llevó a cuestas», reconoce sin complejo alguno.

Número uno del mundo: «no te lo puede quitar nadie»

El 7 de abril de 2016, Jamie Murray llegó al número uno del ranking mundial de dobles. Curiosamente, fue el primero de los dos hermanos en lograrlo: Andy alcanzaría el uno en individuales ese mismo año. El momento fue inesperado: «Perdí en primera ronda en Miami y al día siguiente Marcel Melo perdió también. Me empezó a explotar el móvil con mensajes y me di cuenta de que era número uno».

Solo duró seis semanas en lo más alto, con otras oportunidades de volver que no llegaron a materializarse. Pero Murray le da al hito el valor correcto. «El número uno es consistencia a lo largo del tiempo. No puedes fingirlo. Puedes calentar durante dos semanas y ganar un Grand Slam, pero el uno es otra cosa. Y eso ya es para siempre, nadie te lo puede quitar». Entrar en la web de la ATP y ver tu foto junto al número uno: eso, dice, «fue muy especial».

El arte de elegir pareja: «bastante a base de mensajes»

Martina Hingis le escribió un mensaje. Victoria Azarenka también. Jamie Murray no planeaba jugar el dobles mixto en Wimbledon (los individuales en aquel entonces se jugaban al mejor de cinco sets y prefería ahorrar energía para el dobles masculino) pero a ninguno de los dos les pudo decir que no. «Era una grosería rechazarlas. Y además, qué oportunidad». Con Hingis ganó Wimbledon y el US Open. Con Mattek-Sands también. La dinámica del mixto, explica, es casi improvisada: «Te presentas una o dos semanas antes, entrenas un poco juntos, y el día del partido casi improvisas. No es como el dobles masculino donde trabajas la asociación durante meses».

Jamie Murray (Foto: Cordon Press)
Jamie Murray (Foto: Cordon Press)

De Hingis guarda una imagen que va más allá de los títulos. «No era arrogante, pero tenía una confianza interior absoluta. Sabía cómo entregar cuando había que hacerlo. No estaba en su mejor momento de carrera, era casi su tercera vuelta, pero su habilidad era increíble. Y encima de eso, esa mentalidad de campeona. Ver eso de cerca es algo».

En el dobles masculino, la química lo es casi todo. Con Bruno Soares, su pareja más exitosa, la relación funcionó desde el principio. Ganaron un Grand Slam en su tercer torneo juntos (el Open de Australia de 2016) y añadieron el US Open ese mismo año. «Teníamos fortalezas distintas en la pista que se complementaban muy bien. A veces veía el juego de manera diferente a mí, pero creíamos en las mismas cosas básicas. Y él tenía experiencia y éxitos con Alex Pééya pero nunca un slam. Eso nos motivó a los dos». La química, insiste, pesa más que el nivel individual de cada uno. En un partido largo, la energía que generan juntos marca la diferencia.

Louis Caye: el hombre que le enseñó a vivir con su juego

Murray bromea llamándole Limelight Lou porque siempre está buscando las cámaras, pero cuando habla en serio de Louis Caye, el tono cambia por completo. Fue su madre quien lo encontró en Monte Carlo, observando cómo trabajaba con Jonathan Erlich y Andy Ram. Lo que vio le convenció de que era la persona que su hijo necesitaba. «Empezamos a trabajar tres semanas antes de Wimbledon y fue como un doctorado en dobles. Tres o cuatro horas al día en pista, con un nivel de detalle que te dejaba agotado. Si te desconcentrabas un segundo, él lo notaba».

Jamie Murray (Foto: Cordon Press)
Jamie Murray (Foto: Cordon Press)

Pero lo que Caye le dio no fue solo táctica de dobles (gestión del espacio, posicionamiento, movimientos coordinados) sino también la capacidad de aceptarse. «Me dijo que tenía que aceptar quién era, aceptar mi estilo de juego, aceptar que tenía habilidades diferentes a las de los demás, y disfrutar siendo impredecible y diferente. Una vez que lo acepté, las cosas mejoraron». Es la misma filosofía que, vista desde fuera, le faltó al entrenador de Cambridge cuando tenía doce años. Décadas más tarde, alguien se la dio por fin.

El legado de Caye en el tenis británico de dobles es, según Murray, extraordinario. «El año pasado teníamos cinco jugadores británicos en el top 10 del ranking de dobles. Tres parejas en las ATP Finals. Es una locura lo que ha conseguido. Sabe exactamente cómo desarrollar a un jugador hasta ese nivel y lo seguirá haciendo mientras trabaje con la LTA».

Después del tenis: director de torneo, comentarista y futuro

La transición de Jamie Murray hacia la vida fuera de la pista ha sido gradual y calculada, como todo lo que hace. El Battle of the Brits durante el confinamiento, un torneo informal entre los mejores jugadores británicos que él mismo organizó y que Amazon retransmitiría, fue su primera incursión seria en la organización de eventos. «Llevábamos tiempo sin un torneo nacional de verdad. Lo último que recordaba era ver a Tim y a Greg jugar el British Nationals en Telford. Y de repente teníamos a Andy, Norrie, Evans, Korda… suficientes buenos jugadores para hacer algo interesante. El COVID nos dio esa ventana».

Jamie Murray y Martina Hingis (Foto: Cordon Press)
Jamie Murray y Martina Hingis (Foto: Cordon Press)

El torneo por equipos que siguió fue, según él, una de las mejores semanas de tenis que ha vivido. No por el nivel, sino por la atmósfera. «Los jugadores conectaron. Había complicidad, buen ambiente, mucho cachondeo. Y eso luego se trasladó al circuito: los británicos se apoyaban más entre ellos, había más cohesión».

La dirección del torneo de Queen’s llegó un poco después, cuando Scott Lloyd le hizo la propuesta. Murray la rechazó la primera vez (seguía en el top 10 con Soares y no quería distracciones antes de Wimbledon) y la aceptó cuando ya estaba en el top 20 y empezaba a pensar en el futuro. La experiencia le ha revelado una cara del tenis que como jugador nunca vio. «Como jugador llegas y lo único que te importa es dónde están las pistas, los vestuarios y el código del wifi. No piensas en todo lo que hay detrás. Ahora lo veo desde el otro lado y es impresionante».

Una cosa sí la tuvo clara desde el principio: no involucrarse en las negociaciones con jugadores y agentes: «No quería acabar negociando con el agente de un jugador, que el agente le dijera al jugador que yo no creía que valía tal cantidad, y luego jugármela con ese tío al día siguiente. Yo los veo esas cincuenta semanas del año que ellos no ven al resto de los directores. No quería esa incomodidad».

 

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