
Yaya Touré, cuatro veces mejor jugador africano, campeón de Europa, de España y de Inglaterra, ha comentado en High Performance toda su carrera. Y ha empezado desde la parte más emotiva, cuando su hijo le hizo una pregunta al encontrarle sentado frente a sus pantallas en el despacho de casa. Eran cuatro o cinco monitores, todos con fútbol. El niño entró, le miró y le preguntó: «Papá, ¿por qué estás triste?». Touré insiste en que no estaba triste. Pero concede que el chico tenía razón.
Después de más de dos décadas jugando al más alto nivel (Mónaco, Barcelona, Manchester City, la selección de Costa de Marfil), lleva ya demasiado tiempo retirado. Y eso duele: «Cuando estás en el juego no te das cuenta, pero cuando sales de él… llega un momento en que no sabes cómo llenar el día. Te despiertas, sales a caminar, vas al gimnasio, y nada. Personalmente, a veces me siento vacío. Necesito hacer algo. Necesito estar involucrado. Necesito sentirme a mí mismo, porque he estado haciendo este trabajo durante tantos años».
Touré tiene fama de reservado, de hombre de pocas palabras en los vestuarios, de aquel jugador que prefería liderar con el ejemplo y no con los discursos. Si ahora reconoce esta debilidad es que está realmente afectado: «Dos o tres años antes de retirarme, pensaba: cuando termine el fútbol, me voy a las Maldivas, a las Highlands, a descansar, a disfrutar, porque habían sido demasiados partidos, demasiados viajes con la selección, todo muy duro. Pero ahora que ha llegado ese momento… no, eso no es para mí. Tengo que hacer algo. No tengo cincuenta ni sesenta años para quedarme quieto».
Yaya Touré entrenador
Dice que ahora lee libros, ve películas, sale a caminar por el parque. Pero nada de eso se puede comparar al olor de la hierba en un estadio que se va a llenar con decenas de miles de personas. Por eso ahora quiere ser entrenador. No asistente, el hombre que toma las decisiones. El que se sienta en el banquillo. Ha estado en equipos de Arabia Saudí, ha trabajado en la academia del Tottenham, ha observado y aprendido al lado de varios técnicos. Uno de ellos, un entrenador belga: «Me dijo: ‘Quiero que estés cerca de los jugadores, que veas cómo se sienten, cómo se preparan, que les apoyes emocionalmente.’ Y yo pensaba: vale, estoy entrenando en el campo, eso ya lo hago. Pero fuera del campo… no se me daba especialmente bien. Y él me dijo: tienes que aprenderlo. Porque ahora los jugadores son muy diferentes a los de tu época, y lo que pasa fuera del campo importa tanto o más que lo que pasa dentro».

Hubo una oferta del Wigan hace un tiempo. La rechazó: «Fue una oportunidad y yo… la dejé pasar. A mi juicio era demasiado caótico, había demasiadas cosas con las que lidiar, y en ese momento no estaba listo para gestionar los negocios, a los jugadores, la parte táctica y la extratáctica a la vez. Me centré en seguir aprendiendo como asistente. Ahora, con todo lo que he acumulado trabajando con grandes entrenadores, creo que es el momento de empezar mi propio camino como primer entrenador».
Lo mismo dice sobre un posible salto a la Premier League o a un club de primer nivel. No, aún no. Hay que ganárselo: «Si quiero ser chef y amo la cocina, tengo que recorrer el camino. El hecho de haber jugado en esos clubes no me da el conocimiento automático para estar ahí. Necesito que la gente sienta que me lo he ganado».
Lo más relevante para nosotros es cuando Touré recuerda los años en el Barcelona. Llegó del Mónaco con veintiséis, veintisiete años. Era un centrocampista de ida y vuelta, un número diez que perseguía el balón, que se metía en todos los fregados. En el Mónaco, su entrenador le decía que fuera a donde quisiera. En el Barcelona, Frank Rijkaard le decía lo contrario: «Desde el principio me dijo: quédate ahí, no te muevas. Y yo miraba a Xavi, a Iniesta, que se movían por todos lados, y pensaba: ¿por qué a mí me pide que me quede quieto? Y seguía persiguiendo el balón, porque tenía energía, quería participar, quería demostrar. Llegaba de Mónaco y nadie sabía quién era Yaya. Tenía que hacerme notar».
El conflicto duró un tiempo. Rijkaard le llamaba desde el banquillo, le gritaba su nombre en el campo, y Touré seguía sin entenderle o sin querer entenderle. Hasta que un día el entrenador le convocó en su despacho, le puso un vídeo de veinte minutos y le dijo: mira. Y se quedó en silencio: «Fue la primera vez que un entrenador me explicaba el juego de esa manera. Cada vez que intentaba rebatirle, él me decía: calla y mira la pantalla. Después de esos veinte minutos, me volví hacia él y le dije: ‘Entrenador, tengo que decirte algo.’ Y él respondió: ‘No. Mira el televisor.’ Y desde ese día no volví a discutirle».

No obstante, lo reseñable es el recuerdo de aquel 27 de mayo de 2009, en el estadio Olímpico de Roma que acogió la final de la Champions League entre el Barcelona y el Manchester United. Touré jugó de central. No era su posición. Pero Dani Alves estaba suspendido, Abidal estaba suspendido, Márquez estaba lesionado y Guardiola le miró y le dijo que tenía que jugar atrás: «Cuando me lo dijo, estuve dos días diciéndome a mí mismo: genial, puedo ser la solución. Pero dos días después me entró el miedo. ¿Cómo le digo ahora que se lo pida a otro? No podía echarme atrás. Y encima mi compañero Eto’o me estuvo cuatro días martilleando: ‘Oye, ¿quieres jugar de central en una final de Champions? Si pierdes el partido y es por tu culpa, tu carrera puede terminar ahí mismo’. Era el peor consejo posible».
La noche antes del partido durmió dos horas. Tenía en la cabeza a Rooney, a Cristiano Ronaldo, a Berbatov. A los veinte minutos de empezar el partido, Puyol se acercó, le puso la mano en el hombro y le dijo: tranquilo, no te preocupes, aquí estamos nosotros. Fue el momento en que se relajó: «Después de eso, cuando por fin me llegó el balón y Puyol recuperó una jugada por mí, me dijo: ‘Relájate. Es un partido. Si te vas, te cubrimos.’ A partir de ese momento ya pude jugar. Así es como los jugadores con experiencia marcan la diferencia para los más jóvenes. Tú no puedes gestionar solo ese tipo de presión. Necesitas a alguien que ya lo haya vivido».
El Barcelona ganó 2-0. Messi marcó el segundo de cabeza, un detalle que ha quedado para los restos, marcado por Vidic y Ferdinand, dos de los defensas más duros del planeta. Touré recuerda haber pensado en ese momento que Xavi, Iniesta y Messi eran simplemente distintos a todo lo demás.
La víspera de aquella final, Guardiola reunió al equipo y les mostró un vídeo. No era un vídeo de goles, ni de jugadas ensayadas, ni de los puntos débiles del rival. Era otra cosa: «El equipo analítico había recogido todos los segundos de la temporada de cada jugador. No los mejores momentos, no los goles. Los momentos de esfuerzo. Los momentos en que alguien peleaba un balón perdido, en que alguien se arrastraba para recuperar, en que alguien ayudaba a un compañero. Diez minutos de eso. Y al final del vídeo, había jugadores llorando».

Le preguntan si él también lloró: «Yo no lloraba. Pero estaba… muy arriba. Positivamente. Éramos como: joder, tenemos que pelear los unos por los otros. Después del vídeo no dijo nada. Todos sabíamos lo que había que hacer. Pelear juntos. Y eso fue suficiente». Pero Barcelona era también un lugar donde los minutos escaseaban cuando los titulares volvían. Touré fue perdiendo protagonismo. Empezó a jugar menos. Y en un hombre que había crecido soñando con que su familia en Costa de Marfil le viese en los Clásicos, que sus padres en el pueblo pudiesen decir ‘ese es nuestro Yaya’… la reducción de protagonismo fue un golpe duro: «Recuerdo que pensaba: cuando juguemos contra el Real Madrid, el mundo entero va a ver el partido. Toda mi familia en África, mis padres en el pueblo donde vivían, todos iban a verme. Así que cuando mi tiempo en el campo empezó a reducirse, lo noté mucho. Intenté hablar con el entrenador, lo hice alguna vez, pero el fútbol es así. Tienes que saber respetar las decisiones. Lo entiendo mejor ahora que soy entrenador».
La diferencia entre el Barcelona que conoció y el Manchester City al que transformó fue, en esencia, una diferencia cultural. En el vestuario del Camp Nou, si reías después de un empate en Valencia, eras un muerto. Y eso, dice Touré, le cambió para siempre: «Hubo un partido en Barcelona que terminamos empatando en Valencia, volvíamos en el avión y uno de los jugadores se rió. Al día siguiente, los medios le destrozaron. El vestuario también. El cuerpo técnico también. Y yo pensaba: es un empate, no una derrota. Pero eso era Barcelona: si no ganabas, no había nada que celebrar. Y eso me lo llevé puesto para el resto de mi carrera. Tan puesto que cuando llegaba a casa después de perder y mi mujer ponía una comedia, yo le preguntaba por qué reía. Pobrecilla».
Xavi, Iniesta, Puyol: el nivel de exigencia de esos hombres en los entrenamientos era el mismo que en los partidos oficiales. Touré lo aprendió jugando a un juego de posesión en espacios reducidos: «En los entrenamientos discutíamos por el tenis ball como si fuera una final. Llamábamos al árbitro porque alguien decía que el balón había tocado la línea. Era increíble. Y cuando fui al City, eso fue lo que intenté transmitir. Ese contagio. Esa mentalidad. Y gracias a Dios, funcionó».

La salida llegó durante el Mundial de Sudáfrica de 2010. Costa de Marfil fue eliminada en la fase de grupos, y Touré aprovechó ese paréntesis para decidir su futuro. Quería marcharse. El acuerdo con Barcelona estaba prácticamente cerrado. Solo faltaba elegir destino. El Manchester United sobrevolaba como posibilidad. Los periódicos lo daban casi por hecho. Pero Kolo, su hermano mayor, ya estaba en el Manchester City, y llamaba cada día: «Kolo me llamaba todos los días. Sabía lo dedicado que soy, lo apasionado. Y al final me dijo: Man City. Yo vine a Manchester dispuesto a decidir entre uno y otro. Pero él tenía claro adónde debía ir. Y así fue como llegué al City».
Al menos se llevó una lección para siempre que es la clave del juego posicional del Barça: «Para mí, un buen centrocampista tiene que escanear cuatro o cinco veces antes de recibir el balón. ¿Por qué? Porque le da tiempo. Le permite entender dónde va a estar el juego en el siguiente paso. Así es como yo veo que un centrocampista es inteligente y listo… Xavi, Iniesta, son los reyes de eso. Incluso Messi. Tienes que escanear antes de recibir el balón. Es muy importante, pero de alguna manera los jugadores todavía no lo entienden».
Touré in tha City
Cuando Yaya Touré llegó al Manchester City en verano de 2010, el club era otro mundo. Llegaba del Camp Nou. Y la primera impresión del nuevo centro de entrenamiento fue, literalmente, de incredulidad: «Cuando llegué al campo de entrenamiento —que entonces estaba en Carrington— pensé que me estaban gastando una broma. ¿Aquí es donde entrenamos? Era más pequeño, más normal. Les pregunté si estaban seguros. Y me enseñaron el mapa con los planos del nuevo complejo. Me dijeron: si conseguís trofeos, los inversores construirán las instalaciones nuevas. Y cuando algún compañero me preguntaba cómo era el campo de entrenamiento, yo les decía: ahora estamos aquí, pero hay uno nuevo en camino si ganamos».
El contraste con el Barcelona era total. No solo en infraestructuras, sino en cultura, en mentalidad, en el modo en que los jugadores asumían la derrota: «Recuerdo que perdimos un partido en Londres y volvíamos en tren, y vi a varios compañeros riéndose. Y yo inmediatamente me acordé de Barcelona, llamé a mi hermano y le dije: ¿por qué se ríen si hemos perdido? Y él me dijo: tranquilo, que en Inglaterra es así. Y yo: ¿cómo que es así? Si queremos llegar al nivel del United, esto no puede ser así».

David Silva llegó más o menos en la misma época y reaccionó de forma parecida. Los dos venían de España, de un entorno donde perder era casi una afrenta personal. Y en el City encontraron un vestuario que todavía no había interiorizado esa exigencia: «Silva vino a mí porque nos entendíamos en español, y me dijo: ‘Oye, ¿por qué están tan contentos? Hemos perdido tres a cero.’ Y yo le dije: ya, a mí tampoco me entra. Pero eso es lo que teníamos que cambiar».
El punto de inflexión, según Touré llegó por una pelea en el vestuario. El Manchester City jugó una semifinal de la FA Cup contra el Manchester United. En la primera parte, el City fue superado en todas las líneas. Oportunidad tras oportunidad del rival. El equipo era un desastre. Y cuando llegaron al descanso, algo se rompió: «Entramos al vestuario y acabamos peleándonos. Físicamente. Empujándonos, agarrándonos. Nos tiramos cosas. Fue una pelea de grupo. Sabíamos que habíamos jugado fatal y estábamos enfadados. Asustados, también. Mancini estaba ahí viendo cómo nos íbamos a las manos y no decía nada. A veces, como entrenador, ves lo mal que está tu equipo y quieres pararles los pies, pero en ese momento los jugadores asumimos la responsabilidad nosotros».
En la segunda parte, el City fue un equipo distinto. Ganaron el partido. Touré marcó el gol decisivo. Y dice que a partir de aquel día el vestuario dejó de ser un grupo de jugadores bien pagados y se convirtió en algo parecido a un equipo de verdad: «Después de esa pelea, empezamos a disfrutar de ganar. Y cuando perdíamos ya no era lo mismo que antes: nos molestaba, nos dolía. Eso era una buena señal. Después llegó 2012 y ya sabéis lo que pasó».
Hubo otra ocasión histórica. El 13 de mayo de 2012, el Manchester City necesitaba ganar al QPR en el Etihad para alzarse con la Premier League. El United ganaba en Sunderland. La situación al descanso era desesperada: City 1-2 QPR. Touré tuvo que retirarse con una rotura de isquiotibial: «Me fui al vestuario con el marcador en contra. Pensaba que teníamos posibilidades, que podíamos remontar, pero la lesión era profunda y no podía seguir. Los médicos me atendían. En un momento dado, todos los del cuerpo médico salieron corriendo hacia el campo. Y yo me quedé solo, mirando la pantalla».
Y desde esa soledad vio el partido más famoso de la historia del club. Vio el 2-2. Vio los minutos finales. Vio a Balotelli recibir el balón en el área, cuando lo habitual en él era disparar a puerta con cualquier excusa. Touré recuerda haber pensado: Mario, no dispares: «Balo, cuando tiene el balón en el área pequeña, siempre dispara. Siempre. Y aquel día la pasó a Agüero. Y yo pensé: el defensa le va a pisotear, va a ser penalti. Pero no saltó. Solo pisó y Agüero chutó. El portero podría haberla parado, pero si la paraba en ese momento… todo habría terminado. Y no la paró. Y el gol entró. Y el United esperaba en Sunderland. Y yo, de alguna manera, acabé en el campo. No sé cómo llegué hasta allí».

Lo brutal es cómo estaba Mancini en ese momento: «Le recuerdo en el vestuario, sudando. Estaba muy mal. Porque para él se suponía que QPR era un partido controlable y cometimos dos errores que les metieron en el partido. Estaba en un estado… cuando al QPR se les acabó la necesidad de ganar y empezaron a jugar más pasivos, porque se había enterado de que el otro resultado les favorecía… ahí fue cuando encontramos los goles. Pero si hubiéramos perdido ese partido, creo que todos habríamos desaparecido».
Y si hay un momento del que Touré se siente más orgulloso en el Manchester City, no es el gol contra el QPR. Tampoco las cuatro Premier Leagues, ni los Balones de Oro africanos: «El primer trofeo fue el más importante. No solo el de 2012, sino el momento en que tocamos algo por primera vez. Porque eso fue lo que nos dimos cuenta de que podíamos ganar. Y después ya lo asumimos como una obligación».
Cuando llegó, el United tenía ocho puntos de ventaja en la liga. En el imaginario colectivo de la ciudad, el City era el hermano pequeño: «Yo lo dije en mi primera rueda de prensa: venimos a hacer sombra al United. Y la gente lo tomó como una declaración de intenciones, pero para mí era mi creencia más sincera. Si queríamos ser el mejor equipo de Manchester, teníamos que superar al United. Era un sueño, como lo había sido jugar en el Barcelona. Y los sueños se me han cumplido».
La jornada del Newcastle, a falta de pocos partidos para el final de aquella temporada de 2012, fue la definitiva. El City necesitaba ganar en St. James’ Park, contra un equipo en racha con Papiss Cissé y Hatem Ben Arfa. Touré recuerda aquel viaje con devoción: «Los dos delanteros del Newcastle en esa época eran como dos misiles. No sabías por dónde iban a aparecer. Y fuimos allí y ganamos. Y esa semana, la forma en que los jugadores entrenaron, la forma en que se prepararon, el nivel de profesionalidad… yo lo veía y pensaba: esto que estoy viendo ahora mismo es lo que vi en el Barcelona».
El fútbol moderno según Yaya Touré
Touré tiene una teoría sobre el fútbol moderno: «Cuando yo jugaba en España, la Premier League era muy diferente: intensidad, contacto, duelos individuales. Los mejores equipos ganaban porque tenían a dos o tres jugadores que marcaban la diferencia. Ahora el fútbol es de equipos, de posicionamiento, de movimiento grupal. Y quizás dentro de unos años el péndulo vuelva hacia atrás, quizás volvamos a los años noventa, quién sabe».

Lo que sí tiene claro es el tipo de fútbol que quiere hacer cuando tenga su propio equipo. Una escuadra ofensiva: «Yo quiero que mis jugadores se expresen de la mejor manera posible. No quiero decirles que tienen que hacer tal o cual cosa exactamente. Pero defensivamente hay que ser compactos y organizados, porque si no, es muy difícil. El fútbol es hermoso cuando ganas, y tienes que ayudar a que tus jugadores entiendan que jugar al fútbol es algo hermoso».
Sobre la transición de gran jugador a entrenador, Touré es lúcido. Sabe que es una de las más difíciles del deporte: «Cuando estaba en la academia del Tottenham entrenando a los jóvenes, a veces hacía un pase o un movimiento y alguno me decía: ‘Míster, yo no puedo hacer eso.’ Y yo le miraba y pensaba: claro que no puedes, tú no eres yo. Ahí está el error. No puedes pretender que el jugador sea como eras tú. Eres el entrenador, no el jugador. Y esa transición, psicológicamente, es muy, muy difícil».


Vaya, ni una pregunta sobre Negreira ni sobre cómo consigue el City gastar tanto.
Estáis pa’ encerrar.
Impecable Lamine Yamal. Se ha despedido uno a uno de sus compañeros, ha saludado a todos los rivales, ha aplaudido con agradecimiento sincero a la afición azulgrana y se ha ido ovacionado por la afición del Atlético, entrando solo al túnel de vestuarios. Tiene 18 años. Volverá.