
En el Chase Center de San Francisco, para The Athletic, se ha producido un encuentro que no ha sido la típica entrevista a un jugador. Se han juntado Stephen Curry y su padre, Dell Curry, para charlar sobre baloncesto de ayer y hoy, con el interés añadido de que el hijo ha sido acusado de estropear la NBA con sus triples impenitentes. Su padre, Dell, ahora es el veterano que abrió el camino y él, Stephen, una estrella que ha alcanzado una dimensión internacional espectacular.
Lo más relevante y menos manido o tópico, es cuando han comparado la preparación física de ayer y hoy. Stephen ha explicado que está obsesionado con el rendimiento físico y que esa fijación no es un capricho, sino de la necesidad de compensar: «Siempre tuve la idea de que debía estar mejor preparado que nadie, aunque al principio no supiera del todo cómo sacar el máximo partido a eso. Uno de mis cumplidos favoritos es cuando, en mitad de un partido, alguien que me está defendiendo me dice: ‘Tío, deja de moverte tanto’, o me pregunta si puede entrenar conmigo porque necesita saber qué hago. Cuando empezó a pasarme eso, entendí que el físico marcaba diferencias».
Dell, por su parte, lo explica de forma prosaica, su chaval era bajo para el basket: «Siempre ha sido uno de los jugadores más pequeños del equipo, así que tenía que encontrar la manera de sobresalir. Cuando veo sus partidos ah me pregunto por qué no pitan tantos agarrones sin balón, pero él nunca se queja. Bueno, a veces sí… alguna vez ha tirado el protector bucal de la rabia».

No obstante, lo más importante era la retirada del dorsal de Dell en los Charlotte Hornetrs, donde pasó la mayor parte de su carrera. Sobre ese homenaje, Stephen reconoce que supo la noticia con antelación, pero que se emocionó igual: «Me enteré una o dos semanas antes. Fue el secreto más difícil de guardar, pero aun así no te prepara para ver salir toda esa emoción. Los Hornets quieren honrarte para siempre».
Stephen Curry bromea
Y luego vienen los chistes y el cachondeo: «¡Nunca había oído hablar de un jugador tan bueno que retiraran la camiseta de su padre! Le llamamos «el segundo» porque yo soy el primero; tengo que presumir un poco. Pero su apodo de verdad es «el originador», el original». Dell, flipando con las salidas de su hijo, apenas puede reaccionar: «¿Me estás tomando el pelo?».
Stephen también habla sobre cuándo se retirará él, que ya tiene una edad, 38 años. El base de los Warriors no pone fechas, pero una cosa tiene clara, mientras siga disfrutando jugando, seguirá ahí. «Lo primero te lo dice el cuerpo. Lo que hace falta para prepararte para un partido ahora no tiene nada que ver con lo de hace diez años. Pero cuando estoy en la pista todavía me pierdo en la diversión. Sigue siendo mi lugar feliz. Todo el trabajo merece la pena porque me permite salir a jugar al máximo nivel. La competición, la camaradería, perseguir algo que importa… eso todavía me motiva, y no veo que vaya a dejar de hacerlo pronto». Está claro que el parqué sigue siendo un oasis: «Cuando salgo a la cancha todavía me pierdo en el placer de jugar. Sigue siendo mi lugar feliz».

Sobre ser segunda generación de jugadores NBA y si eso altera el ADN competitivo de la liga, especialmente tras declaraciones como las de Kevin Garnett de que hoy todo es “colegueo”, Stephen pasa de la nostalgia tópica. Otro tema es si el hecho de ser hijo de quién es le abrió puertas que no tuvo que derribar por sí mismo: «Creo que el baloncesto está en un gran momento. Las cosas evolucionan y cambian. La cultura del vestuario o la mentalidad de la vieja escuela son distintas, sí, pero eso no significa necesariamente que sea peor. Nosotros hemos crecido alrededor de este mundo, hemos tenido acceso a pistas, a recursos, a baloncesto organizado, pero eso no garantiza que tengas lo necesario para durar en la élite».
Y si hay que comparar con los 90, Stephen huye del cliché de que cualquier tiempo pasado fue mejor: «No sé si los noventa eran mejores. Eran otra época. Las cosas evolucionan. El juego no puede volver a ser como entonces, ahora también forma parte de un negocio del entretenimiento. Y, en ese sentido, el baloncesto está sano. Los noventa fueron distintos, pero me gusta dónde estamos ahora». Lo que resulta inconcebible para los de antes es la longevidad de las carreras actuales, al menos para Dell: «Dieciséis años pasaron muy rápido. Mi regla siempre ha sido jugar todo lo que puedas y luego jugar un año más».
La duda es si la saga continuará. Aquí padre e hijo responden con ironía, conocen demasiado bien el precio del oficio. Dell no lo ve claro: «En absoluto. Haría que se dedicaran a cualquier otra cosa». Y Stephen tira por sarcasmo: «Cien por cien, no. Que sean médicos o abogados, que hagan algo de verdad. O simplemente que sean felices. Aunque mis hijos ya apuntan maneras, mi hijo no se responsabiliza de nada de lo que dice y mi hija, con un año, va por ahí corriendo, gritando y escupiéndolo todo. O sea que, en cierto modo, ya están siguiendo mis pasos».

Entre los recuerdos que comentan, surge la imagen que tenía Stephen de su padre cuando jugaba: «Hay muchos momentos, pero me acuerdo de aquel pase de saque a Alonzo Mourning para la canasta sobre la bocina y de verle ser el primero en tirarse encima del montón. Y también me acuerdo muchísimo del día en que todo el equipo decidió raparse la cabeza en playoffs y él no avisó a nadie. Volvió a casa así y asustó muchísimo a mi hermana; hasta hoy sigo viendo la escena en mi cabeza».
En cuanto a las lecciones que recibió de su padre, fueron más bien filosóficas: «Algo que nos enseñó a mi hermano, a mi hermana y a mí es que nadie puede quererlo por ti. Puedes tener buenos entrenadores, apoyo y orientación, pero tienes que quererlo tú mismo. Entre los ocho y los doce años empecé a entender lo que significaba verle preparar cada temporada: el entrenador iba a casa, todo era trabajo, esfuerzo, rutina. Yo quizá no entendía exactamente qué hacían, pero sí entendía que era importante. Ver desde dentro lo que exige jugar en la NBA me ayudó a comprender qué hace falta para llegar y para seguir ahí». Dell añade: «Siempre intenté que mis compañeros hablaran con ellos, que pasaran tiempo con ellos. En cada equipo quise que escucharan otras voces».
A la hora de sacarle defectos a la NBA, Stephen cree que no falta técnica, sino táctica: «Hay que desarrollar una base de inteligencia baloncestística; en eso hay una epidemia. Y también hay que permitir que los niños practiquen varios deportes y sigan siendo niños el mayor tiempo posible antes de que todo se convierta en negocio. La cultura se ha desplazado en la dirección equivocada. Yo practiqué varios deportes hasta los trece años, y todo lo que gané con eso, coordinación, juego de pies, distintas exigencias físicas, convivir con gente diferente, me ayudó luego en el baloncesto».
Finalmente, se preguntan cuál es la saga familiar de la NBA que domina a todas las demás, y contesta Dell: «Sí, claro que reclamo esa supremacía. Ellos tienen miedo. Absolutamente».

