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Mats Olsson: «El balonmano de antes era como combates de boxeo con mucho desgaste»

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Mats Olsson

El paso del tiempo no impide que Mats Olsson (12 de enero de 1960, Malmö) siga teniendo una presencia imponente. Su contribución desde la portería fue clave en los éxitos del Teka, que tocó la cima del balonmano europeo en los años 90. Tan cómodo se sintió desde el primer día que pisó Santander que ha establecido su residencia en Monte, al norte de la capital cántabra.

Miembro de la Comisión de Entrenamiento y Métodos de la Federación Internacional de Balonmano, en 2024 accedió al Salón de la Fama de la Federación Europea. En la actualidad es preparador de porteros de la selección femenina de Noruega -vigente campeona olímpica, mundial y europea- y colabora a tiempo parcial con el SG Flensburg-Handewitt, uno de los grandes conjuntos alemanes.

Pese a no estar ya en la rutina diaria de un club, los viajes se acumulan durante la temporada. Cuando no está inmerso en medio de alguno (y el tiempo lo permite), disfruta y se relaja con una escapada en bicicleta por los alrededores de su casa. Esta tarde quizás no pueda. Hay mucho de lo que hablar. 

Vamos a empezar por el principio. ¿Cómo fueron tus inicios en el balonmano? ¿Por qué acabaste de portero?

A mí siempre me ha gustado el deporte. Es como un virus familiar, porque también mis padres, especialmente mi padre, y mi hermano estaban enganchados a ver y hacer deporte.

Desde niño yo siempre salía de casa para jugar. En esos años se jugaba en la calle, algo que ya no se hace. Siempre jugaba al fútbol, aunque también comencé con el hockey sobre hielo. Jugaba hasta al ping-pong.

Un día vinieron al colegio unos integrantes de un equipo de balonmano local, y nos comentaron que iban a organizar torneos los fines de semana. En ellos podrían participar los equipos de los colegios. Sólo había que apuntarse y formar un equipo para ir a jugar el sábado. Ellos lo aprovecharían para hacer un trabajo de ‘scouting’ entre todos los niños que se pasasen por ahí. A mis compañeros de colegio y a mí nos llamaba la atención el balonmano, así que hicimos un equipo.

Yo no tenía ni idea de jugar al balonmano, pero decidimos apuntarnos y empezar a ir a los partidos de los sábados. En ese momento era un jugador de campo más. Después de tres o cuatro días, los ojeadores que estaban por ahí comenzaron a seleccionar a algunos para entrenar los martes, de una manera más organizada. A mí me escogieron en alguna ocasión, pero como jugador de campo. Era alto y tenía un buen físico.

Más adelante, hubo un sábado en el que ninguno de nuestro equipo quería hacer de portero. «Bueno, pues me pongo yo», dije. El caso es que me gustó mucho. Era divertido estar en el campo, pero para mí lo era más estar en la portería. Podías hacer más cosas.

Desde la portería te sientes responsable de todo lo que ocurre delante de ti.

Lo que pasó fue que, a partir de entonces, mis compañeros querían que siguiese de portero. Creo que además mi paso por la portería había coincidido con nuestra primera victoria. Quizás pensaron: «Mejor que te quedes ahí, así no estropeas nada en otras partes de la pista [ríe]».

Jugar de portero me encantó desde ese momento, y ya me citaron para entrenar cada martes. Así empezó todo, pero hasta que tenía 15 años, más o menos, seguí jugando también a fútbol y a hockey. Practicaba los tres deportes. Después, cuando entré en bachillerato, dejé el hockey sobre hielo. Tenía menos tiempo libre, y además los entrenamientos eran los mismos días que los de balonmano, y en diferentes partes de la ciudad. Resultaba un poco complicado ir de un sitio a otro, así que dejé el hockey.

Seguía con el balonmano y el fútbol, pero realmente me aburría mucho jugar al fútbol. Allí también me habían colocado en la portería. Supongo que pensaban que como era bueno en otro deporte… A mí me gustaba mucho más el balonmano. No sé si conoces el Malmö FF, un club cuyo trabajo con la cantera es muy valorado en Suecia. Consideraban que yo tenía talento para el fútbol, y llegaron a subirme a jugar al tercer equipo, ya a nivel sénior. Lo hicieron para intentar convencerme de que me dedicase al fútbol, pero no me gustaba. Estás solo mucho tiempo, y ves de lejos al resto de jugadores. Además pasas mucho más frío que en un pabellón. A partir de los 16 o 17 años me dediqué exclusivamente al balonmano.

¿Cuándo comienzas a pensar que puedes tener una carrera profesional en el balonmano?

Cuando tuve la oferta para venir a jugar a España. Pero hay que explicar que en Suecia, en aquellos años, el balonmano era un deporte semiprofesional. Cuando tenía 20 años, salí del club donde empecé y fui a otro equipo, el Lugi HF [allí estuvo ocho temporadas, hasta su marcha a Santander; NdR]. Mi primer club se llamaba Dalhems IF, y estaba en Malmö. Luego el Lugi se interesó por mí. Estaba situado en Lund, una ciudad universitaria, y querían ficharme. Para mí era una opción interesante, también porque Lund estaba sólo a 20 kilómetros de mi casa. Algo parecido a la distancia entre Santander y Torrelavega. Así que fui a jugar a Lund. Además pude compaginar mis estudios universitarios con el balonmano. Al terminar los estudios, empecé a trabajar, porque con el balonmano ganaba poco dinero. Me daba para pagar el alquiler y poco más.

Yo me levantaba a las seis o siete de la mañana para ir a trabajar. Cuando acababa, iba directo al entrenamiento. Salía de casa a las siete y volvía a las ocho o las nueve de la noche.  Esa era mi rutina. Y luego, el fin de semana, a jugar el partido. No podía dedicarme completamente al balonmano.

Hay que tener en cuenta la época en la que nos encontramos. En 1988 yo tenía 28 años, y todavía faltaban siete para la sentencia del caso Bosman. En España, en aquellos años, se permitían únicamente dos extranjeros por equipo, y en Alemania sólo uno.

Había muy pocos precedentes de jugadores suecos en el balonmano español. Por ejemplo, hubo dos que ficharon por el Granollers: Peder Järphag y Per Carlén. Era muy raro que recibieses una oferta desde España. Un día me llamaron desde Santander y me hicieron una propuesta. Con ella sí podía convertirme en jugador profesional, pero ese estatus no era algo que lo tuviese en mente, como un objetivo, al comenzar con el balonmano. Empecé por simple diversión y más tarde lo compaginé con mi trabajo, pero lo seguía viendo como un ‘hobby’. Tenía a mis amigos en el balonmano, así que empleaba mi tiempo libre en ese deporte como otros lo empleaban en ir al cine o en otras actividades. El balonmano era mi espacio de relajación después del trabajo.

Con el tiempo me fue yendo bien, también con la selección. Debuté con Suecia a los 19 años, y mira todo lo que vino después, con tantos viajes y campeonatos internacionales. Recuerdo que cuando vivía y jugaba en Suecia, algunas veces hacíamos bromas entre compañeros: «Mira, el Barcelona ha fichado al alemán, a Wunderlich. A ver si algún día nos llaman a alguno de nosotros». Ser profesional nunca fue un objetivo, o un sueño de juventud. Fue el resultado de un proceso natural.

Mats Olsson

A Santander llegas en 1988,camino de los 30 años.

Sí, tenía 28 en ese momento.

Pasas de estar en un entorno que conocías completamente, y con todo el día ocupado, a otro desconocido, en el que tienes mucho más tiempo libre.

Tiempo para recuperarme bien del entrenamiento [sonríe].

¿Te costó mucho adaptarte al cambio de ciudad y de cultura?

La verdad es que había estado en España varias veces, pero en el sur. Había ido allí con mis padres en vacaciones. Fuimos a Torremolinos, y también a Canarias, pero el norte no lo conocía. Santander era algo totalmente diferente para mí. Cuando me llamaron, lo primero que hice fue localizar a Santander en un mapa. Vi que estaba en la costa, pero no sabía lo que iba a encontrarme allí, en el norte.

Cuando vine para firmar el contrato, me quedó una sensación muy positiva al ver cómo era Santander. Desde el primer momento. Las playas, la combinación de costa y monte… Me pareció muy bonito. Todo era hermoso, y además era verano cuando vine aquí por primera vez.

En la pista la adaptación me costó un poco más. El idioma fue un problema al principio, aunque tuve la suerte de encontrarme con un entrenador como Javier García Cuesta. Él hablaba inglés perfectamente, porque su mujer era americana. En ese sentido, no había problemas de entendimiento en los entrenamientos.

Al mismo tiempo que yo, llegó al equipo el islandés Kristján Arason, en su caso desde Alemania. Ninguno de los dos controlábamos el idioma, pero García Cuesta, después de dar las explicaciones al resto de jugadores, venía a nosotros para contarnos en inglés lo que íbamos a hacer a continuación.

En cuanto a mi integración dentro del equipo, algunos compañeros sabían inglés, pero no era lo habitual. Perico García, el otro portero, podía comunicarse un poco en inglés, y así nos fuimos conociendo. También Francisco Muñoz Melo hablaba algo de inglés.

Además, la mujer de García Cuesta me ayudó también al principio. Iba conmigo a las tiendas para explicarme un poco los tipos de leche o las cosas básicas que me servirían en el día a día. Esto no era difícil. Lo más complicado fue adaptarme a la forma de jugar al balonmano, que era totalmente diferente a la manera sueca.

Nosotros teníamos un sistema y una organización muy clara en defensa. Aquí en España, sin embargo, era todo más abierto e intuitivo. Estaba en la portería y de repente veía a algún jugador correr y abandonar su posición. «¿A dónde vas?», gritaba [sonríe]. O a veces el jugador rival lanzaba sin oposición. Tenía que ser capaz de detener lanzamientos con menos ayuda defensiva. Esa adaptación a un nuevo estilo, por decirlo así, me costó más.

Ha salido el tema del idioma, ¿cómo fuiste mejorando tu español?

Al principio también aprendí con la mujer de Perico García. Ella me enseñó muchas cosas, y además fui a clases particulares. Poco a poco, según mis compañeros notaban que hablaba mejor, comenzaron a dirigirse a mí en español y no en inglés. Me hablaban lento, para que entendiese bien lo que decían.

También solía ver los informativos. Cuando contaban las noticias por televisión yo tenía la oportunidad de escuchar un español muy correcto, académico. El presentador y los reporteros no hablaban rápido, y además, como sabías qué temas estaban tratando, porque estabas viendo las imágenes, te ibas quedando con palabras aquí y allá. Así, poco a poco, fui cogiendo vocabulario. Después conocí a la que ha sido mi mujer todos estos años. Al tener una relación con una mujer de Santander, tenía que hablar español.

Después de todos estos años, ¿hay alguna costumbre española que hayas adoptado en tu día a día?

Mira, mi mujer es española y mis hijas nacieron aquí. Cuando voy a Suecia u a otro país nórdico, me dicen que parezco latino, y cuando estoy aquí, me dicen lo contrario. Quizás haya que quedarse en un término medio entre Suecia y España. Pareceré francés u holandés [sonríe].

Ya he vivido fuera más años de los que pasé en Suecia. Algunas costumbres españolas sí hemos cogido, por ejemplo con los horarios. En ese sentido soy más español que nórdico. Me gusta aprovechar las tardes y las noches, también para hacer actividades fuera de casa, aunque después del verano oscurece mucho antes. Bueno, tengo una mezcla de todos los sitios en los que he vivido.

Al llegar al Teka, ¿qué fue lo que más te llamó la atención? ¿Percibiste dentro del club la ambición necesaria para poder pelear por títulos?

Lo que más me sorprendió al principio fue la organización. Estaba el equipo principal, que era profesional, y debajo, en la base, no había nada. Yo venía de Suecia, donde el modelo era el de un club con equipos en las diferentes edades, en categorías júnior, cadete, infantil… En Santander me encontré con 12 jugadores, el entrenador, el fisioterapeuta, el mánager y poco más. No había más que los que estábamos allí.

Cuando llegué, García Cuesta me explicó que el equipo estaba hecho para crecer con el objetivo de ganar títulos. La idea era empezar a competir con Barcelona, Atlético de Madrid, Cajamadrid, Bidasoa, Granollers… Con ese tipo de equipos. El Teka Santander había ascendido unos años antes. La base del proyecto estaba formada por buenos jugadores españoles, como Muñoz Melo, Cabanas, Luisón García o Chechu Villaldea. Además habíamos llegado Kristján Arason y yo, y también estaba por allí Perico García, que había venido del Granollers el año anterior. La idea desde que ascendieron fue formar un equipo que pudiese meterse en la pelea por los trofeos. La empresa Teka quería publicidad, y la mejor manera de conseguirlo era competir al mayor nivel posible. Con el equipo de ciclismo se había hecho algo parecido.

En mi primer año conseguimos ganar la Copa del Rey, el primer título para el Grupo Deportivo Teka.

¿En Bilbao, no?

Sí, ahí jugamos la final contra el Barcelona [junio de 1989]. Todavía me acuerdo de algunos detalles. Era el primer título del equipo, así que fue algo muy grande. Recuerdo que tuvimos que jugar una prórroga. Íbamos ganando y ellos empataron poco antes del final. Antes de empezar la prórroga, había cierto pesimismo. Escuché a algún jugador decir algo así: «Siempre igual. Otra vez nos va a pasar lo mismo. Peleando hasta el final para que acabe ganando el Barcelona». Yo me rebelé ante ese discurso: «¡Qué dices! Tenemos una prórroga delante. Primero vamos a jugar y luego ya veremos lo que pasa». Al final ganamos nosotros [25-21].

Además de la figura histórica de Veselin Vujović, aquel FC Barcelona contaba con parte de la base que formaría en los 90 el inolvidable ‘Dream Team’. David Barrufet, Xavier O’Callaghan e Iñaki Urdangarin todavía eran muy jóvenes; un rasgo compartido con Valero Rivera, el entrenador. El bloque catalán, en proceso de crecimiento pero ya entonces muy competitivo, dio brillo a la primera copa del Teka, con Javier García Cuesta al timón.

La cercanía entre Santander y Bilbao contribuyó a hacer todavía más especial esta conquista iniciática. Facilitó el desplazamiento de unos seguidores cuyo apoyo fue esencial en los éxitos de aquel grupo.

Se hizo muy famosa en esos años la afición de La Albericia. ¿Por qué era tan especial para vosotros jugar allí?

[Piensa unos instantes] Teníamos un público ruidoso. No eran aficionados radicales, pero animaban mucho y a nosotros siempre nos mostraban cariño. Además, como el pabellón era pequeño, el ruido y los gritos se multiplicaban por tres. Gritaba un aficionado y parecía que eran 30 los que lo hacían.

Nuestros seguidores estaban muy cerca de la pista. Casi llegaban a tocar a los jugadores. Eso generaba mucha presión para los equipos que venían a Santander. Por otro lado, no podemos olvidar que esos años tampoco eran los mejores para el Racing. Llegó a bajar a Segunda B. Pasó unos años en Segunda antes de ascender a Primera División. Mientras, nosotros peleábamos por los títulos con los mejores equipos españoles y europeos. El balonmano era el primer deporte en Santander, en Cantabria. Toda la ciudad y la región estaban con el equipo. Sentían mucho orgullo y se identificaban con nosotros.

Mats Olsson

En 1990 ganáis el primer título europeo del club, la Recopa.Encima con un conjunto sueco como rival. Otro peldaño más hacia la cima.

Fue otro peldaño en la ascensión, sí.  Nos enfrentamos al Halmstad en la final. Allí jugaban varios compañeros míos de la selección sueca.

Entonces tenías que ganar sí o sí.

Claro [sonríe]. La verdad es que ellos eran un equipo muy bueno. La gente tenía mucho respeto por los clubes alemanes, pero no consideraba tanto a los suecos, porque no eran profesionales. Eliminamos al Empor Rostock, un equipo de Alemania del Este, en una de las rondas previas [octavos]. Muchos pensaron que después de eso sería sencillo ganar la final.

Como curiosidad, recuerdo que los jugadores del Rostock estaban justo aquí, en Santander, cuando cayó el Muro de Berlín, en noviembre de 1989. Yo estaba con mi compañero Kristján [Arason]. Los dos hablábamos algo de alemán, e intentamos comunicarnos con los jugadores del Rostock, que habían visto imágenes por televisión, pero no entendían nada de lo que se decía. En esa época no había teléfonos móviles para llamar y preguntar qué estaba pasando. Nosotros les contamos lo que estaban diciendo en los medios de comunicación: que habían derribado el Muro y que la gente podía pasar entre las dos zonas de Berlín. Se quedaron muy sorprendidos.

Esa Recopa de Europa, además, fue el primer título que ganasteis ante vuestra afición. El partido de vuelta con el Halmstad se disputó en Santander.

Fue un hueso muy duro. Tuvimos que pelear hasta el último momento [23-18, tras la derrota por 24-22 en la ida; NdR]. Entonces los partidos eran más cerrados. Muy diferentes a la actualidad, donde se juega muy rápido al balonmano. En esa época eran casi más como combates de boxeadores, con mucho desgaste.

La parte física tenía una importancia mucho mayor. Era otro tipo de balonmano. Fue una pelea tremenda, porque ellos no habían ganado ningún título europeo. Era su oportunidad de ganar el primero.

Un joven Manolo Cadenas era vuestro entrenador en ese momento.

Sí, porque García Cuestase había ido a dirigir a la selección española.

En la temporada 1991/92 sois subcampeones de la Copa de Europa. Ganó el RK Zagreb, con varios jugadores que serían oro olímpico en Atlanta, como Goluža, Ćavar, Puc, Jelčić o Kljaić. El partido de ida  de la final se disputó en Graz por la situación bélica que padecía la antigua Yugoslavia.

En aquella temporada todavía existía el formato antiguo de competición, como el de la Recopa. Se disputaba por eliminatorias desde el principio hasta el final. Tuvimos la mala suerte de tener lesiones en el equipo cuando disputamos aquella final contra el Zagreb. Creo que faltó, entre otros, Chechu Villaldea, nuestro central principal. Nosotros no teníamos una plantilla muy amplia y, aun así, competimos muy bien en el primer partido, en Graz [22-20].

La gente estaba eufórica por el resultado de la ida. Todos pensaban que en La Albericia ganaríamos, por supuesto, pero ellos nos habían analizado bastante bien. La verdad es que no tuvimos ninguna posibilidad en ese segundo partido [18-28]. El Zagreb era un muy buen equipo, con grandes jugadores. En el primer partido les habíamos sorprendido un poco en la parte táctica, jugando con doble pivote.

Para la vuelta lo tenían bien estudiado y cuando se pusieron por delante se notó que era un equipo superior, y más con nuestros problemas de lesiones.

Todavía os faltaba un poco para llegar al máximo nivel.

A pesar de esa superioridad una derrota en una final siempre duele, claro. Pero no nos quedó más remedio que tragar, dar la mano al rival y reconocer que habían sido mejores.

El club, por su parte, siguió con ambición, buscando cómo mejorar al equipo con algunos fichajes. Miró más al Este y consiguió que viniesen Talant [Dujshebaev] y Jakimovich. Sus llegadas nos fortalecieron.

Antes del cruce con el RK Zagreb habíais superado al FC Barcelona, que era el campeón vigente. Esa eliminatoria de semifinales fue durísima. Sus jugadores jóvenes [Masip, Urdangarin, O’Callaghan…] seguían progresando y Vujović continuaba por ahí.

Vuković también estaba en ese equipo. Tenían varios jugadores destacados. Ganamos un partido épico en Barcelona [23-24], que era el segundo de la eliminatoria [la ida había acabado en empate a 14; NdR]. Fue una lucha muy bonita, pero en la final el Zagreb demostró que tenía bastante más calidad que nosotros.

En el curso siguiente, 1992/93, ganáis otro título europeo. Fue la última edición de la Copa IHF, que a partir de entonces cambiaría su nombre por el de Copa EHF.En la final os tocó remontar al Bayer Dormagen alemán. Perdisteis de cuatro goles en la ida.

A nivel europeo, era la tercera competición en importancia. Estaba la Copa de Europa, luego la Recopa y después la Copa IHF. En la temporada anterior [1991/92], en la que fuimos finalistas de la Copa de Europa, no ganamos ni Liga ni Copa del Rey. Ganamos la Copa Asobal, y por eso pudimos competir en la Copa IHF. El Bayer Dormagen era un buen equipo, pero no era un conjunto ‘top’ en Alemania.

En ese sentido se notaba que había menos nivel que en la Copa de Europa y la Recopa.

Sí, ganar era más o menos como una obligación. Había un mosqueo importante en el club después de la derrota por cuatro goles en el primer partido. Tuvimos que apretar dentro del vestuario, porque había que remontar en la vuelta y ganar ese título.

Además de la Copa IHF y la Supercopa, en la 1992/93 llega la primera Liga Asobal, tras superar al Granollers en la final. ¿Supuso ese trofeo la consolidación definitiva del proyecto? Ganar una Liga implica una regularidad competitiva que sólo está al alcance de los mejores equipos.

Diría que estábamos ya entre los mejores, pero este título fue la confirmación de que el camino elegido años atrás había sido el correcto; que la inversión realizada en el club por la empresa Teka, con Casuso de presidente, y el trabajo del gerente Revilla en el mercado de fichajes habían sido un acierto. Nos convertimos en la amenaza principal para el FC Barcelona. En ese sentido, ganar la Liga Asobal fue la consolidación del proyecto, sí.

La temporada 1993/94 permanecerá grabada para siempre en la historia del deporte cántabro. Un éxito como la consecución de la Liga Asobal por segunda vez, y de manera consecutiva -superó en la final al Elgorriaga Bidasoa- quedó opacado por la coronación del Teka Santander como rey del balonmano europeo.

Además de los nombres míticos deslizados a lo largo de esta charla con Mats, el Teka había incorporado a su plantilla a Alberto Urdiales y José Javier Hombrados.

Llegamos a la temporada 1993/94, la de la histórica Copa de Europa. En la final os medisteis al ABC Braga. Puede sonar un poco extraño que un equipo portugués fuese vuestro rival por el título.

Además del título en sí, tuvimos otro motivo de orgullo. Fue la primera edición en la que la competición recibió el nombre de Liga de Campeones, con un nuevo formato. Hubo una primera ronda, un cruce de octavos y después se formaron dos grupos, cada uno de cuatro equipos. El primero de cada grupo pasaba a la final.

Recuerdo que en nuestro grupo estaban el Celje esloveno, el West Wien de Austria y el SG Wallau-Massenheim alemán. Nosotros ganamos los tres partidos que disputamos en casa y fuera también conseguimos algún buen resultado. Por ejemplo, fuimos los únicos que ganamos al Celje en Eslovenia.

Nos clasificamos para la final, y nos encontramos con el Braga, que fue el mejor del otro grupo. No era un club muy conocido entonces, pero tenía muy buen entrenador, Aleksander Donner. Años después, cuando estuve trabajando en Portugal, pude conocerle más. Tenía un sistema de juego trabajado, con jóvenes portugueses de buen nivel y extranjeros [Dolgov, Bolotskin, Tchikoulaev] que, sin llegar al nivel de Dujshebaev y Jakimovich, eran muy importantes en su equipo. El Braga compitió muy bien. Puede que resultase un poco sorprendente, sí, pero nos complicaron mucho la vida en los dos partidos [22-22 y 23-21].

Mats Olsson

Durante la temporada hubo un cambio de entrenador. Javier García Cuesta se marchó en enero y fue sustituido por Julián Ruiz.

Javier García Cuesta había vuelto tras su paso por la selección española, pero no encajaba bien con Dujshebaev y Jakimovich. Esto ya se puede decir, porque salió a la luz en 2022, cuando nos hicieron el homenaje en Santander. Tenían diferentes formas de ver el balonmano. García Cuesta, que desgraciadamente nos dejó hace poco [septiembre de 2025], era bastante orgulloso. Dijo que no podía hacer lo que tenía en mente, porque había jugadores que no encajaban con su forma de pensar, y que ese no era el camino para obtener resultados. Entonces presentó su dimisión y la directiva la aceptó.

Julián era el segundo entrenador en ese momento. Había sido jugador hasta el final de la temporada anterior [1992/93]. En realidad él quería seguir, pero el club no quería renovarle. La dirección quería apostar por Juan Domínguez y Rodrigo Reñones, que eran jóvenes. A Julián le ofrecieron el puesto de segundo entrenador, para que siguiese vinculado al club, y mira lo que pasó. Se marchó Javier y no buscaron a otro entrenador, sino que decidieron que Julián cogiese al equipo. Y con él ganamos la Liga de Campeones.

¿Cómo fue esa transición en el banquillo? Además con alguien que había sido vuestro compañero sólo unos meses antes.

Bueno, Julián siempre ha sido una persona muy especial, aún más en esos años. Tenía un carácter muy fuerte, también como jugador. Todo el mundo lo sabía. El respeto que tenía de los otros jugadores siempre había estado ahí, y tenía las ideas claras. Cuando cambió de rol y pasó a ser el entrenador, su influencia dentro del vestuario ya no era informal, por así decirlo. Tenía el poder ‘oficial’; era el que mandaba de manera formal. En ese sentido, el cambio no fue tan grande. Julián ya era como un entrenador cuando estaba en la pista.

Los jugadores que formábamos aquel equipo compartíamos el objetivo y la ilusión del club, porque ninguno de nosotros habíamos ganado la Liga de Campeones. Yo había ganado el Mundial con Suecia, y Talant y Jakimovich habían logrado el oro en los Juegos de Barcelona, precisamente ganándonos en la final. A nivel de selecciones nosotros tres teníamos los títulos más importantes, pero nos faltaba, como al resto de compañeros, el mejor título de clubes. Habíamos ganado la Liga, y en Europa la Recopa, pero queríamos más. No fue complicado hacer una especie de conjura dentro del grupo: «Venga, a por ello. Vamos a hacerlo lo mejor posible para conseguir ganar esta competición».

Un tema polémico fue la grave lesión de Mateo Garralda a comienzos de 1994. La directiva pensaba que se produjo durante un partido de fútbol sala en las vacaciones navideñas.

El asunto es que la lesión de Mateo Garralda no ocurrió durante un entrenamiento o partido. Sucedió en su vida privada, no mientras estaba aquí, con nosotros. Creo que estaba en Pamplona, que era donde vivía su familia. La verdad es que entre nosotros no hablamos demasiado del tema. Lo único que nos preocupaba era que no iba a poder jugar con nosotros. Sé que hubo una polémica entre Mateo y el club por la forma en la que se produjo la lesión [el jugador dijo que había sido consecuencia de un percance en su domicilio; NdR].

Mateo Garralda se marchó al FC Barcelona a final de temporada. No recuerdo exactamente si terminaba contrato o si el club se lo rescindió por el asunto de la lesión. De todas formas, entre nosotros no teníamos muchos problemas. Llevamos ese tema con naturalidad.

Te escuché decir en una entrevista que cuando llegaste al pabellón para el último entrenamiento previo a la final, te encontraste con gente acampada a las puertas, junto a las taquillas. Tenían preparado hasta el saco de dormir. Sería impactante para vosotros, y un gran empujón anímico.

Recuerdo que llegué al pabellón el viernes por la tarde, para el entrenamiento. El partido era al día siguiente, también por la tarde. Normalmente jugábamos sobre las seis o seis y media.

Cuando llegué para el último entrenamiento y vi que había gente esperando delante de la taquilla… Yo sabía que la taquilla no abriría hasta la mañana del día siguiente, la del partido.

Eráis como estrellas de rock.

Ellos me dijeron que estaban esperando para comprar las entradas. Los abonados tenían ya las suyas, pero había muchos más que querían ir al partido. Estaban ahí con sus mesas de acampada, jugando a las cartas, bebiendo cerveza… Se habían traído sacos para dormir. «Madre mía, ¿qué es esto?».

Ahí fuimos realmente conscientes de lo que significaba esa final para Santander y para toda Cantabria. Iba mucho más allá de lo que suponía para nosotros, de manera individual, ganar ese título. Había venido gente de Reinosa, de Torrelavega y de muchos sitios más para vernos. Eso supuso un impacto para el equipo, claro.

Has citado el homenaje, realizado en 2022, a aquel equipo. Sería muy especial ese reencuentro con antiguos compañeros.

Sí, y la verdad es que no nos lo esperábamos. La iniciativa salió de un leonés [Francisco del Río, director del Foro Internacional del Deporte], que quiso organizar un evento en Santander, en recuerdo del Teka campeón de Europa.

Resultó muy bonito coincidir con varios compañeros después de tantos años. A Juan Domínguez, Rodrigo Reñones, Julián Ruiz o Javier Cabanas sí les había visto alguna vez, y con Chechu Villaldea he coincidido de vez en cuando en algún pabellón de balonmano. Pero ese día en Santander estuvieron otros, como Muñoz Melo o Luisón García, a los que no había visto en mucho tiempo. Fue un acto muy bonito, de verdad.

En 1994 te marchas del Teka.

El club no me ofreció la renovación. Acababa contrato. Además, en 1994 todavía no estaba implementada la ley Bosman.

El Teka jugaba un poco con las normas. Hacía sus tácticas «administrativas». Creo que en la Liga Asobal los equipos podían tener tres extranjeros. En el Teka éramos Talant, Jakimovich y yo. Además teníamos un cuarto que era Nesterov, un ruso. Él no estaba inscrito en Liga. Sólo podía jugar competición europea.

El club fichó a Jaume Fort para liberar mi plaza y poder fichar a otro extranjero. Hicieron la valoración de que Jaume podía ofrecer un nivel similar al mío, un poco por encima o un poco por debajo, y tomaron esa decisión. Querían usar mi plaza de extranjero para un jugador de campo, así que no me ofrecieron la renovación. En aquel momento tenía ya 34 años. Era una edad con la que podía plantearme regresar a Suecia y volver a mi antiguo trabajo.

Me había formado como ‘system designer’. Era diseñador de sistemas informáticos. Saqué mi título en Suecia. De hecho, formé parte de la primera promoción universitaria. Antes de jugar en Santander había trabajado ya en mi sector profesional, y luego seguí manteniendo el contacto con mi empresa, así que volví allí. La idea que tenía era trabajar en mi empresa hasta 1996, el año de los Juegos Olímpicos de Atlanta. En Suecia volvería a ser semiprofesional: compaginaría mi trabajo informático con el balonmano. Allí me quedaría a vivir con mi mujer tras la retirada. Ese era el plan.

En ese sentido mi marcha de Santander no supuso ningún trauma, y no es que quisiese seguir con mi estatus de profesional a toda costa. Tenía posibilidades de haber fichado por otros equipos importantes. Me fui a Suecia para asentarme y comenzar a preparar mi vida después del balonmano.

Al final hubo tiempo para un último baile en Santander, en la temporada 1996/97, aunque Teka había dejado de ser el patrocinador principal del equipo.

Lo que pasó fue que entre 1994 y 1996, cuando estaba de vuelta en Suecia, se implantó la ley Bosman. La idea era acabar mi carrera con los Juegos de Atlanta. Por eso jugué en Suecia a partir de 1994. La sentencia del caso Bosman salió en diciembre de 1995 [Suecia era miembro de la UE desde enero de ese mismo año; NdR], así que me llamaron varios equipos europeos en 1996. Ya no ocuparía plaza de extranjero. Me llegaron ofertas desde Alemania y Francia, y finalmente también tuve una propuesta desde Santander.

En varios países se había normalizado ya la nueva situación. Yo firmé por un equipo alemán, el Kiel, pero no lo hice público. En ese momento estaba en Suecia con mi mujer, y un día llegó con la noticia, muy feliz, de que estaba embarazada. Hablamos y a ella no le gustaba la idea de dar a luz en Alemania. Además, se había puesto a aprender sueco.

Al mismo tiempo me llamaron para volver a Santander. Hablé con ellos y les expliqué mi situación. Decidimos que contactaría con los alemanes, a ver si había alguna manera de rescindir el contrato. Les expliqué las nuevas circunstancias. Mi mujer estaba embarazada y yo no quería separarme de ella. Quería estar cerca y ayudarla en todo lo posible. Lo entendieron y llegamos a un acuerdo de rescisión. Además, como no se había anunciado, no hubo ningún problema con los aficionados o la opinión pública. Rescindimos el contrato y fiché por el CB Cantabria en la primavera de 1996. Hice el traslado con mi mujer desde Suecia para estar un año en el equipo. Así ella podría dar a luz en Santander, en un entorno familiar. En ese momento ella necesitaba el apoyo de la gente cercana.

La sorpresa llegó cuando iba a comenzar la temporada. La Federación Española se negó a tramitar mi ficha, porque argumentaba que el balonmano no era un deporte profesional. La ley Bosman no podía aplicarse a nuestro deporte porque el balonmano no figuraba como una disciplina profesional en los estatutos del Consejo Superior de Deportes. Todos mis compañeros tenían su ficha, pero yo no.  Las plazas de extranjeros estaban ocupadas, así que empezó la temporada y no podía jugar.

Tomás Franco era entonces el presidente del Club Balonmano Cantabria. Él era abogado, así que el bufete en el que trabajaba cogió mi caso y formuló una denuncia. Yo sólo tenía que firmar los papeles que me presentaron, y demandamos a la Federación. También hubo que denunciar al club, por impago. Nos presentamos ante un Juzgado de lo Social y ganamos. Ganamos por goleada. No tenía ningún sentido la postura de la Federación Española, que además tuvo que indemnizar al club. Con ese dinero pudo pagarse lo que me debían. A partir de entonces pude jugar sin problemas.

 Abriste camino para los jugadores en una situación similar a la tuya.

Sí, y fue una época de mucha preocupación. Lógicamente estaba muy pendiente de mi mujer y de la hija que iba a nacer, y además tenía la inquietud de que no podía jugar. Había Mundial en Japón, en mayo de 1997, y yo quería competir con Suecia. Claro, yo tenía la duda de cuánto tiempo iba a tener que esperar para la sentencia. Veía otros temas en los que el fallo se demoraba durante años, pero en mi caso sólo tardó uno o dos meses. Muy poco tiempo. Mira hoy en día lo que duran muchos procesos…

Tenía miedo de pasarme un año mirando y esperando. Sabía que me acabarían dando la razón, pero, ¿de qué me servía si la sentencia salía en el verano del 97, cuando ya se hubiese disputado el Mundial? Poco podía hacer, salvo entrenar con mis compañeros. También acompañaba al equipo en los viajes, así que estaba metido en la dinámica colectiva, pero claro, no podía jugar. Al final, por suerte, la sentencia fue favorable en todos los sentidos. Llegó de forma rápida [octubre de 1996].

Recuerdo un día, hará diez años o así, en el que estaba en un bar allá arriba, en Valdenoja. Mi hija recibía clases particulares por ahí, y yo tomaba un café mientras esperaba a que saliese. Entonces se acercó a hablar conmigo una mujer. «¿Te acuerdas de mí?», me preguntó. Claro, cuando alguien te dice eso, te quedas pensativo. Intuyes que deberías acordarte de esa persona. Era la jueza de mi caso. Ella sí se acordaba. Me quedé muy sorprendido, pero resulta que el mío había sido su primer caso en Santander. Encima, con todo el follón que se montó en torno al asunto, con prensa y medios de comunicación de toda España… Era una jueza nueva en la ciudad, y se estrenó justamente con mi caso. Por eso se acordaba bien. «Nunca voy a olvidarme de ello», me aseguró.

Tengo otra anécdota al respecto. Al comienzo de mi carrera como entrenador estuve trabajando en Portugal. Fueron once años con la federación de balonmano del país [primero estuvo como asistente y luego como entrenador principal; NdR]. Un día se acercó un abogado que trabajaba allí y me dijo: «Mats, ¿sabes que hemos tenido que estudiar tu caso?». Yo al principio no sabía muy bien a lo que se refería. Me contó que el caso Olsson de España ya figuraba en el temario a estudiar para ejercer como abogado deportivo. Bueno, me hice famoso en ese sentido [ríe].

Mats Olsson

En esa campaña en Santander ganáis dos títulos: tu tercera Copa Asobal, en León ante el Ademar,y el Mundial de Clubes. En este último el rival en la final fue el Drammen HK, en Viena.

Era el primer Mundial de Clubes y se celebró en Austria. Voy a hacer un paréntesis. Normalmente no eres muy consciente de lo que vas consiguiendo, pero luego, pasado un tiempo, la gente te lo recuerda, te pones a pensar y te das cuenta de algunas curiosidades. Por ejemplo, el equipo en el que yo estaba ganó la primera edición de tres torneos diferentes. Con el Teka Santander, logré ganar la Liga de Campeones en 1994 [esa temporada estrenaba formato y nombre, sustituyendo a la Copa de Europa clásica; NdR] y el Mundial de Clubes en 1997, que ahora se llama Super Globe; y con la selección sueca el primer Campeonato de Europa, que se celebró en 1994 [disputado en Portugal, Suecia ganó todos sus partidos, incluyendo un 34-21 a Rusia en la final; NdR]. Soy el único que ha estrenado el palmarés de esas tres competiciones. Bueno, algo he hecho [sonríe].

En 1997 acabas tu carrera como jugador, tras disputar con Suecia tu sexto Mundial.

La clave era mi trabajo en Suecia. Cuando salí por primera vez de Santander, en 1994, la idea era compaginar el balonmano con el trabajo durante dos años. Llegué a un acuerdo con mi empresa para tener una jornada reducida, porque trabajaba y vivía en una ciudad, pero jugaba al balonmano en otra. Trabajaba aproximadamente el 75 % del tiempo de una jornada normal, y con el balonmano ganaba lo suficiente para cubrir la parte del sueldo que dejaba de percibir.

El acuerdo original al que llegué con mi empresa era estar así dos años, también para ir adaptándome a la que iba a ser mi nueva vida, y luego, a partir de 1996, estar con ellos al 100 %. Entonces mi mujer se quedó embarazada y, como he comentado antes, quería dar a luz en España. En un principio la noticia no les sentó demasiado bien, pero tuve una idea para reformular nuestro acuerdo. En Suecia, ya en aquella época, los hombres tenían un permiso de paternidad de 12 meses.

Resulta llamativo que ya existiese algo así en Suecia.

Sí, sí. Hace prácticamente 30 años, porque mi hija va a cumplir 29. Era 1996 y ya teníamos ese derecho. Por tanto, si me quedaba en Suecia, iba a coger el permiso de paternidad. En lugar de eso, me fui a España. Allí jugué los 12 meses siguientes. En ese tiempo no hubiera podido trabajar si me hubiera quedado a vivir en Suecia. Así que, a efectos prácticos, a mi empresa le daba igual que me fuese a jugar a Santander. Nos despedimos con el compromiso de que, cuando volviese un año después, ya retirado, estuviese con ellos a jornada completa, al 100 %.

Así sucedió. Cuando volví a Suecia, en junio del 97, dejé el balonmano y me enfoqué en mi trabajo. Ellos me esperaban, y habían reservado un puesto para mí. Era un puesto de responsabilidad, dentro de un departamento en el que tenía a mi cargo a 50 personas. Ahí ya no tenía otra opción que meterme de lleno en la empresa.

Tienes mucha experiencia acumulada entre el balonmano de élite y tu trabajo informático, con cargos de responsabilidad en ambas áreas. Seguro que hay habilidades y conocimientos que son trasladables desde la portería al departamento de una empresa.

Por mi formación, y los años que estuve trabajando en diseño de sistemas para ordenadores, digamos que tengo el pensamiento estructurado de una manera muy lógica. Esa manera de pensar siempre me ha facilitado mucho las cosas, tanto como jugador como ahora en mi papel de entrenador; para el análisis estadístico y para muchas cosas más. Ahora me toca dar charlas con frecuencia, con un contenido técnico, y noto que tengo cierta facilidad para simplificar los conceptos; para explicar los temas de una manera que la gente los pueda entender con mayor facilidad.

Por otro lado, siempre he tenido una personalidad extrovertida, que me ha ayudaba a establecer vínculos con las personas que tenía alrededor en cada momento. Esto, llevado a mi trabajo informático, me ayudó cuando dejé de jugar y comencé a trabajar en el puesto que la empresa me había asignado. En ese lugar no conocía a nadie, y podían haber personas molestas por el hecho de que, llegando de fuera, estuviese por encima de ellas. De hecho, cuando dejé ese puesto, después de dos años, para volver a Santander, me pasó una cosa bonita. En la despedida, algunos compañeros vinieron a felicitarme. Reconocieron que al principio les había molestado que ese puesto hubiera sido para otra persona, y me dijeron que había hecho muy buen trabajo. No confiaban en mí cuando llegué; pensaban que me había beneficiado de haber sido un deportista famoso.

Cuando estás tantos años en equipos, en mi caso de balonmano, aprendes mucho sobre  diferentes personalidades, y cómo tratar con cada una de ellas. Tratas con personas diversas, y ese aprendizaje en relaciones personales se puede trasladar al mundo de la empresa.

Durante tu trayectoria jugaste muchas finales y partidos decisivos. ¿Cómo pasabas las horas previas? ¿Alguna rutina, manía, técnica de relajación…?

Bueno, cuando jugábamos aquí, en Santander, y estaba en casa el día del partido, tenía mis costumbres. Solía tomar un plato de pasta o unos crepes para comer. Con eso tenía energía para el partido. Después descansaba un rato y antes de marcharme, mientras estaba preparando la mochila y ordenando mis cosas, siempre ponía la música a tope.

Nunca he sentido presión antes de un partido. Nervios sí, por supuesto. El sistema nervioso es el que asegura que tu cuerpo esté listo. A mí me gustaban los momentos importantes. Prefería disputar un partido que valiese mucho antes que uno menos relevante. Cuando vas a un partido que sabes que va a estar desnivelado a tu favor, o en el que perder tiene pocas consecuencias, es más complicado concentrarte y estar en tensión. Pero cuando llega la primavera y empiezas a jugar las últimas rondas de las competiciones grandes… Ahí no tenía problemas.

Por otro lado, a mí me gustaba mucho participar en las rutinas previas a un partido, como el calentamiento. Me gustaban las sensaciones y el ambiente que se generaba en el pabellón, ya fuera ante nuestros aficionados o en otra pista. . Por ejemplo, en los duelos contra el Bidadoa en Irún existía un ambiente similar al de La Albericia, pero con el público en contra. Ahí todos chillaban y se metían contigo, y a mí me entraban unas ganas de hacerles callar con una gran actuación… Eso me motivaba mucho. También es cierto que siempre he sido muy extrovertido sobre la pista, mientras jugaba. Lo era en Suecia y de hecho, cuando vine a España, a la gente le chocaba que hablase tanto con la defensa. Estaba todo el día gritando y echando broncas desde la portería.

En este sentido, tengo una anécdota en una de mis primeras convocatorias con la selección sueca. Tenía 22 o 23 años y aún no estaba lo suficientemente hecho para ser un fijo dentro del equipo absoluto. En ese momento el número uno en la portería de Suecia era Claes Hellgren. Tras él, estábamos varios luchando, intentando estar lo mejor posible, para recibir la llamada del seleccionador y tener un puesto dentro del grupo. El caso es que disputamos un partido en Gotemburgo, y al día siguiente, en un periódico a nivel nacional, leí la crónica. El reportero decía algo como esto: «La selección sueca ya tiene su portero, porque con la autoridad que Mats Olssonha demostrado, con su manera de hablar y dirigir al equipo, el puesto tiene que ser para él». ¿Autoridad? Para mí era lo normal.

Me acuerdo de que mis propios compañeros, cuando no oían mis voces y mis gritos de apoyo desde la portería, me decían: «Oye, Mats, tienes que gritarnos; quiero oírte hablar desde detrás, notar que estás ahí». Eso fue un problema para mí cuando vine a España, porque no sabía ni una palabra del idioma. No sabía lo que hacer para dirigir a la defensa. Recuerdo que para motivarme a mí mismo me pasé varios partidos gritando a mis compañeros en sueco. Necesitaba hacer eso para, de alguna manera, sentirme yo mismo.

Para estar concentrado en el partido.

Es que para meterme de lleno en un partido, tenía que ser extrovertido. Si adoptaba una posición introvertida, es cuando empezaba a pensar y a dar vueltas a la cabeza: «Tenía que haber parado el anterior lanzamiento, seguro que el entrenador me va a cambiar…» Cuando me expresaba abiertamente y sacaba lo que llevaba dentro, conseguía ofrecer lo mejor de mí. Yo mismo les decía a mis compañeros: «Si me oís hablar en inglés o en sueco, ni caso». Cuando no sabía español, gritaba para ayudarme a mí mismo.

Para entender la magnitud de la figura de Olsson dentro del balonmano es imprescindible poner en valor su trayectoria con Suecia. Un camino de 294 partidos que se inició con su debut en 1979 y que se prolongó hasta el subcampeonato mundial de 1997. En el medio, cuatro participaciones en Juegos Olímpicos (Los Ángeles, Seúl, Barcelona y Atlanta), en dos de las cuales fue medalla de plata.

La llegada de Bengt Johansson al banquillo nacional dio nombre a una generación legendaria (los ‘Bengan Boys’) y propició una cosecha abundante de medallas. El Mundial de 1990, celebrado en Checoslovaquia, supuso el punto de inflexión. Por si el nombre del país anfitrión no bastase, en aquel campeonato compitieron también Yugoslavia, la URSS o la República Democrática Alemana. Eran otros tiempos.

Mats Olsson

Quería repasar también tu recorrido con la selección sueca. El oro mundial es lo más llamativo.

El Mundial de 1990 está por encima de todos los demás momentos vividos con Suecia. Allí ganamos el oro frente a la URSS [27-23].

A finales de los 50 y principios de los 60, cuando el balonmano empezaba a establecerse como un deporte popular en varios países, Suecia era una potencia. Creo recordar que ganó dos Mundiales [1954 y 1958], pero luego, en los años 70 y 80, bajó bastante nuestro nivel.

El primer Mundial que disputé fue el de 1982. Ahí fui convocado como tercer portero, para ayudar en los entrenamientos y estar disponible en caso de lesión. Quedamos en undécimo lugar. Estábamos a mucha distancia de los mejores. Habíamos tocamos fondo. En esa época el Mundial se disputaba cada cuatro años. En el siguiente, que se disputó en 1986, alcanzamos el cuarto puesto. Perdimos con el equipo de la República Democrática Alemana el partido por la medalla de bronce. Seguimos con nuestra progresión y en 1990 logramos el título mundial.

Habían pasado más de 20 años de la última medalla, y el balonmano es un deporte que en Suecia gusta mucho a la gente, así que la celebración fue muy especial. Recuerdo cuando aterrizamos en el aeropuerto de Estocolmo con el trofeo. Hoy en día está más normalizado el hecho de ser recibido por los aficionados cuando ganas un título, pero nosotros no nos esperábamos todo lo que se había montado para nuestra llegada. Estaban hasta los bomberos. Nosotros alucinamos al descender del avión. Luego, nos hicieron un pasillo mientras pasábamos por el aeropuerto. Todo el mundo nos aplaudía.

Fue algo muy grande para nosotros. Esas sensaciones están por encima de todo lo que viví después con la selección sueca. También tengo muy buenos recuerdos de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992. Ahí fuimos plata, pese a que hice uno de mis mejores partidos en esa final, contra el conjunto que había quedado tras la caída de la Unión Soviética, el Equipo Unificado.

Los dos equipos llegabais invictos al último partido de los Juegos de Barcelona.

Fue un encuentro bastante bueno y muy igualado. Alguien tenía que perder y en esa ocasión nos tocó a nosotros [20-22].

Mis últimos torneos con Suecia fueron los Juegos de Atlanta y el Mundial de 1997 [en Japón]. En ambos fuimos plata. Tenía 36 y 37 años respectivamente, y fui elegido en el equipo ideal de los dos campeonatos. Son logros que quedan en tu trayectoria. Además, en aquella época estaba un poco cansado de los comentarios acerca de mi edad. Ahora es frecuente que las carreras de los jugadores se alarguen, pero entonces cuando superabas los 30 años ya te consideraban viejo para el deporte profesional. Era el más veterano del equipo y la gente me preguntaba que hasta cuándo iba a estar jugando. Yo sólo quería que me dejasen tranquilo. No voy a decir que dejase de jugar al balonmano por ese motivo, pero era una presión que con más de 35 años no me apetecía aguantar.

Bueno, en ese equipo había más jugadores veteranos. Recuerdo por ejemplo a Magnus Wislander.

Es verdad, pero esos jugadores venían detrás de mí. Yo era el mayor de ellos. Magnus, por ejemplo, es cuatro años más joven que yo. Ahí te daba un poco de vértigo. En la actualidad no hay ningún problema con eso. Por ejemplo, la portera a la que entreno en la selección femenina de Noruega, Katrine Lunde, tiene 45 años. En los pasados Juegos Olímpicos, fue nombrada MVP. No hablo de mejor portera, sinode mejor jugadora del torneo. En unos Juegos, y con 44 años.

Quiero pararme en la plata de Atlanta, en 1996. Llegabais a la final contra Croacia habiendo ganado todos los partidos del torneo. Croacia, de hecho, había perdido contra vosotros en la primera fase por nueve goles.

Ese partido del que hablas fue el último de la fase de grupos. Nosotros íbamos a ser primeros, y ellos segundos, así que decidieron dar descanso a algunos de sus mejores hombres. Ahí entró en juego la picardía balcánica. Prefirieron reservar a ciertos jugadores para las rondas finales. Nosotros, sin embargo, afrontamos el partido a tope. Queríamos ganar para mantener la confianza.

Para mí fue más duro perder en los Juegos de Barcelona, por el nivel que teníamos y por la actuación que tuve en la final, que no fue suficiente para ganar el oro. Personalmente me dolió más la derrota de 1992, aunque en 1996 también existió una decepción, como es normal. Recuerdo que en Atlanta mantuve un nivel alto salvo en la final. El entrenador me cambió por Tomas [Svensson] en el primer tiempo. Tomas lo hizo muy bien, pero Croacia nos superó [26-27].

En el Equipo Unificado de los Juegos de Barcelona estaban Talant Dujshebaev y Mikail Jakimovich, que luego serían compañeros tuyos en Santander. No eran mala compañía.

No, no lo eran [ríe]. Talant cogió más fama en aquellos años, pero personalmente me quedo antes con Jakimovich. Era más tímido con los compañeros, pero era un crack. También la forma de jugar y de lanzar a portería de Talant era más espectacular. Visualmente impactaba más al espectador.

Además Talant tuvo una trayectoria internacional más reconocida. Consiguió éxitos también con la selección española.

Sí, Jakimovich no estuvo arriba en los torneos de selecciones a partir de 1992 [representó a Bielorrusia; NdR], pero en sus mejores años aquí era imparable.

Compartiste mucho tiempo la portería de Suecia con Tomas Svensson. ¿Hubo algún problema en esos años?

Todo lo contrario. En mis años como internacional sueco siempre tuve una buena relación con mis compañeros de portería. Al principio coincidí con Claes Hellgren; luego, cuando Claes dejó de venir, llegó Tomas Svensson para ayudarme; y después estuve con Peter Gentzel, cuando Tomas hizo una pausa en su carrera con la selección sueca.

Nunca tuvimos rivalidad. Los porteros siempre nos hemos apoyado. La filosofía con la que trabajábamos entonces y sigo trabajando ahora es que la portería es tan especial y exige tanto física y mentalmente que ningún portero puede asumir por sí solo, y a un alto rendimiento, un Mundial, Europeo o Juegos Olímpicos. Como portero siempre vas a tener que estar compartiendo minutos y responsabilidad.

Nuestro trabajo siempre ha ido enfocado a hacer lo mejor para el grupo. Voy a dar un ejemplo. Cuando dejé de jugar comencé a ejercer de comentarista para la radio sueca. Iba con ellos a los campeonatos de selecciones. Bengt Johansson, el entrenador, al enterarse de que iba a viajar para comentar el Europeo de Italia [1998], me pidió que me llevase ropa para entrenar. Me preguntó si estaba dispuesto a trabajar con ellos en el día a día. Así podría dar descanso durante cada entrenamiento a uno de los dos porteros convocados [Peter Gentzel y Jan Stankiewicz]. Acepté su propuesta y lo hicimos así.

Esto te lo he contado para que entiendas mejor el contexto. El caso es que, a la vuelta de aquel campeonato [Suecia ganó a España en la final por 23-25; NdR], la gente venía a felicitarme cuando me veía haciendo la compra en el supermercado. Ellos no sabían que yo no había jugado nada y que sólo había ido a ayudar en los entrenamientos. Al primero o al segundo que me dieron la enhorabuena se lo expliqué, pero ya cuando vinieron el tercero, el cuarto, el quinto… Pensé: «Mats, déjalo». Me limité a dar las gracias sin entrar en detalles.

Luego reflexioné sobre ello, y me di cuenta de que durante esos años los aficionados identificaban a la selección sueca con dos o tres porteros. La gente recuerda nuestra contribución general a los éxitos internacionales; no se acuerda de quién es el que jugó tal o cual partido. Esa sensación refleja muy bien lo que ha sido nuestra gran arma: nos hemos ayudado en cada campeonato, sin que existiese una rivalidad entre nosotros.

En los Juegos de Atlanta de 1996, por ejemplo, existía una política de rotación entre nosotros. Yo había sido el portero en el encuentro de cuartos, así que en semifinales era en teoría el turno de Tomas. Nos íbamos a enfrentar a España, y el entrenador principal alteró esa rotación. Decidió que sería yo el portero de inicio. Como había hecho varios partidos buenos contra España, él tenía la idea de que conmigo tendríamos cierta ventaja psicológica.

Recuerdo que Tomas se acercó a mí: «Mats, tengo un cabreo con el entrenador… Pensaba que este partido era para mí, pero lo acepto y te voy a apoyar al 100 %. Vamos a ganar este partido». Así era entre nosotros. Claro que los dos queríamos jugar, pero había un objetivo común que estaba por encima. De hecho, en algunos partidos yo mismo le dije al entrenador que era mejor que empezase Tomas, en función del rival y el rendimiento reciente contra ese equipo; y a la inversa también ocurría.

Mats Olsson

Una curiosidad. ¿Quién era el jugador o jugadores a los que más te incomodaba tener enfrente? Aquellos que eran más complicados de descifrar para ti.

Como dije antes, cuando llegué a Santander me costó unos meses adaptarme, no a la vida, sino al estilo de juego español. Pero esa fue una situación circunstancial. Los jugadores que siempre me complicaron mucho la tarea fueron los balcánicos. Desde un punto de vista técnico, para mí resultaba mucho más sencillo «leer» el lenguaje corporal de un lanzador de algún país nórdico. Normalmente eran lanzamientos en los que usaban mucho el hombro. Los balcánicos, por el contrario, usaban más el antebrazo, desde el codo hacia abajo. Siempre me costó mucho descifrar hacia dónde iban a ir sus lanzamientos. Jugadores como Vujović, Smajlagić, Saračević o Isaković me creaban muchos problemas. En mi carrera tuve pocas actuaciones realmente buenas contra los equipos procedentes de esos países.

Con la perspectiva de tu larga etapa como jugador y tus años de entrenador, ¿cuáles han sido los cambios en el balonmano que más han influido en la preparación de los porteros?

El balonmano ha evolucionado muchísimo durante los últimos 10-15 años. La velocidad ha aumentado, con la implantación de alguna norma, como el saque rápido, que favorece el ritmo del juego. Participé en la Methods Commission, donde tratamos este tipo de normas y sus posibles variaciones.

La interpretación de las normas ha ido enfocada a dar más ventajas a los atacantes contra las defensas. Antes el físico tenía mucha más importancia. Podías chocar, empujar, y no pasaba nada. Ahora son los jugadores con balón los que tienen la ventaja. Las defensas tienen que estar un poco más abiertas, y la tarea del portero se ha complicado mucho. Tiene bastante más trabajo que en mi época. Antes tenías que afrontar unos 50 ataques por partido, mientras que ahora hay una media de 60-62 por encuentro.

Hoy se generan muchas más situaciones de uno contra uno, debido a las penetraciones, el juego con los extremos o los contraataques. No tienes tanta ayuda defensiva. Antiguamente, en mi etapa de jugador, me veía pocas veces en uno contra uno. Ahora ocurre casi lo contrario. A nivel técnico, el portero en la actualidad tiene que estar mucho más preparado para rendir sin la ayuda del defensor.

Imagino que la confianza y la mentalidad de un portero también requieren de mucho entrenamiento.

Como entrenador de porteros, me he especializado en acciones defensivas. Mi filosofía como técnico se basa en la creación de situaciones en los entrenamientos que imiten en lo posible a lo que nos vamos a encontrar en los partidos. No sirve entrenar de una manera si luego los partidos van por otro camino. Hay que crear situaciones que sirvan a los porteros para identificarse con los escenarios de competición. Si trabajas una situación determinada 20 veces durante un entrenamiento, estarás más preparado para las dos o tres veces que te toque afrontarla durante el partido. Cuando dominas la técnica coges más y más confianza.

También, como entrenador, puedo poner limitaciones a los jugadores de campo durante una sesión. Por ejemplo, puedo indicarles que lancen hacia sitios específicos. En estos casos se trata de complicarles la vida para que el portero adquiera confianza.

Luego está la intuición que también poseen los grandes porteros. ¿Cómo encontrar el balance adecuado entre esa cualidad y el conocimiento que te da el análisis del rival?

Sí, hay muchas cosas que influyen. Ya he dicho en otra parte de la entrevista, y lo digo con frecuencia, que gracias a mis estudios universitarios tengo bastante capacidad para poner cada cosa en su sitio.

Además del entendimiento del juego, en los cursos en los que hablo destaco la importancia de aprender el lenguaje corporal de los jugadores. Esto no se ha hecho en balonmano, pero para el tenis, por ejemplo, la Universidad de Liverpool ha desarrollado unas gafas con las que puedes percibir las pupilas del jugador que tienes enfrente. Este tipo de estudios ayudan mucho para restar. Tú puedes notar que cuando Alcaraz, Nadal, Djokovic u otros jugadores dirigen su mirada al sacador, no se están fijando en la pelota o la raqueta, sino en su lenguaje corporal. Han estudiado sus movimientos a través del video y eso les ayuda a descifrar hacia dónde va a ir dirigido el saque.

El caso de un portero de balonmano es parecido. Yo entreno a Katrine Lunde, que es buenísima. Tiene más de 40 años, pero es la mejor. Evidentemente, si sólo se fijase en el balón no llegaría a parar casi ningún lanzamiento, porque físicamente no tiene la rapidez y la agilidad que tenía en su juventud. Katrine ha aprendido a interpretar, a través de estudios y su conocimiento del balonmano, el lenguaje corporal de los jugadores. Tiene una gran capacidad para intuir la dirección del lanzamiento y actuar en consecuencia.

Si piensas que para rechazar un lanzamiento hay que estar pendiente del balón, estás perdido. No tienes ninguna posibilidad.

No te da tiempo.

No llegas. A esa velocidad es físicamente imposible. Imposible. Entonces, tienes que interpretar, y ahí entra mi trabajo. Ayudo a ese portero o portera en esa interpretación.. Yo enseño lo que sé y doy unas claves, pero también el jugador debe desarrollar su propia manera de leer al atacante. Cada portero tiene su manera de interpretar en función de lo que observa.

¿Hasta qué punto la tecnología puede ser útil en el deporte actual o se está exagerando un poco su importancia? Entre tu formación laboral y el rol de entrenador de porteros, creo que estás en una posición privilegiada para responder a esto.

Hoy en día no hay ningún problema para conseguir todos los datos e información que necesitas. Recuerdo que antes sólo podías conseguir una cinta del equipo contra el que te ibas a enfrentar, y había que mandarla por correo. Hoy en día, con un par de clics, tienes más o menos todo lo que necesitas. Pero ojo, hay una diferencia clave. Yo puedo estudiar mucho al adversario, pero no dejo de ser el entrenador. El que se va a poner en la portería es él o ella, no yo.

Tú puedes tener el mejor sistema de datos sobre los lanzamientos del equipo rival, pero, en última instancia, el que juega es el que debe interpretar durante el partido. Podemos llegar a un cierto nivel de certeza, por así decirlo, pero somos humanos, y organismos vivos en continuo movimiento. A su vez, el lanzador también está jugando con el lenguaje corporal del portero. Si ve que se inclina demasiado rápido hacia un lado, tirará al lado opuesto. Puedes haberte preparado bien según lo visto en anteriores partidos, pero eso no te garantiza nada si el lanzador decide cambiar de estrategia. Como has dicho antes, la intuición siempre debe estar ahí.

Desde que trabajo como entrenador de porteros, siempre ha intentado ir un poco por delante de los demás. Llevo tiempo muy interesado en los sistemas de realidad virtual como una ayuda para mis porteros. He estado en la Universidad de Stanford, en California, y hace cinco o seis años visité varias empresas en Silicon Valley para observar el trabajo que estaban desarrollando con la realidad virtual. Creo mucho en esta herramienta para simular situaciones de juego real, y que el cerebro aprenda durante el proceso. Pero los videos con los que trabajemos deben ser de verdad, no con avatares ni dibujos animados.

Voy a ponerte un ejemplo. Imagina que esto es un campo de balonmano [traza con la mano, sobre la mesa, un rectángulo imaginario; NdR], con sus porterías. Cuando estamos estudiando a un adversario nos encontramos con un problema al que siempre he hecho referencia. La cámara, en la mayoría de los casos, está colocada de una manera que al jugador que lanza a portería lo vemos por la espalda.

Mats Olsson

No puedes ver sus ojos.

Si sólo ves la espalda, no hay manera de aprender a leer el lenguaje corporal. Sólo puedes ver el movimiento que hace con su brazo para lanzar a un lado o al otro. Te estás perdiendo mucha información sobre posición, gestos… Creo que tenemos una inmensa posibilidad de evolucionar como porteros si podemos contar con realidad virtual en nuestros entrenamientos. Así estudiaríamos al adversario en su totalidad cuando se acerca para lanzar a portería: el movimiento de su hombro derecho, hacia dónde está mirando…

La recolección de esos datos permite luego sacar conclusiones a través de herramientas de inteligencia artificial.

Eso se puede hacer también, claro. Pero volvemos a lo mismo. Tú puedes leer un texto, asimilarlo y meter su contenido en tu cabeza, pero para tu cerebro es mucho más útil que puedas observar por ti mismo y vivir situaciones de juego real.

Por un lado, en la selección noruega trabajo con porteras, ya veteranas, con las que me siento a ver los vídeos y a analizar los lanzamientos antes de un partido. Por el otro, cuento con jugadoras jóvenes, que posiblemente hasta dentro de tres o cuatro años no estén preparadas para ser porteras titulares de la selección. Imagina que con ellas, o con otras que son incluso más jóvenes, pudiera ponerme a trabajar ya con realidad virtual. Igual que trabajan en el gimnasio la parte física, de musculación, entrenarían a su cerebro con estímulos que al principio superarían sus capacidades, pero que las permitirían una evolución más rápida de la que pueden tener con los métodos actuales. Tengo mucha fe en que la realidad virtual pueda ayudarnos a trabajar y mejorar aspectos técnicos de los porteros.

Hasta hoy el problema ha sido que, para hacer lo que quiero, tienes que poner una cámara en la portería de 360 grados. Y esto no lo podemos hacer ahora. Hay otro sistema, que consiste en poner unas cuantas cámaras en los bordes del terreno de juego, coger las imágenes que capten y meterlas luego en el ordenador. Eso se hace en el fútbol americano, donde se mueve mucho dinero. El precio para tener este sistema era muy, muy alto, pero con los nuevos ordenadores y chips que se están fabricando, el precio bajará. Creo que no estamos lejos de poder acceder a ese sistema con cámaras por fuera.

En Flensburg has vuelto a trabajar con Kevin Møller. Le tienes que conocer muy bien ya.

Bastante bien, sí. Es mi segunda etapa en Flensburg. Cuando Mattias Andersson era portero del equipo, yo estaba trabajando con la selección de Suecia, así que me pidieron que fuese a Flensburg a entrenar con Mattias cuando no hubiese compromisos con la selección. Estuve dos o tres años allí. Luego Mattias se fue del club [2018] y yo no vi mucho sentido en seguir allá, así que lo dejé.

El caso es que, cuando estaba con Mattias, también Kevin era portero del Flensburg. Él llegó al equipo en 2014, y entonces comencé a trabajar con él y a conocerle mejor.

Era un Kevin joven, que había salido de Dinamarca. Después, en 2018, se marchó al Barcelona. En 2021 volvió al Flensburg. Conectar con él no ha sido complicado, porque ya nos conocíamos. Él es danés, y yo un sueco que además trabaja con la selección femenina de Noruega. Compartimos mentalidad nórdica, y eso hace todo más sencillo.

Además de la cuestión de la mentalidad, ¿hay semejanzas entre los porteros nórdicos en cuanto al estilo?

 Podríamos decir que hay una ‘escuela nórdica’. Hay muchas similitudes en ese sentido entre Suecia, Noruega y Dinamarca. El estilo de los porteros que proceden de estos países viene marcado por la historia y tradición nórdicas, y por la manera de defender. Normalmente los jugadores nórdicos eran un poco más fuertes y altos que los de otros países. Se jugaba mucho con una defensa en 6-0, con una colaboración muy estrecha entre los jugadores que cerraban y el portero.

Por otro lado, en el sur de Europa, en España o Portugal, utilizaban defensas un poco más abiertas. Lo mismo pasaba en los países balcánicos. Así empezaron a crearse diferentes escuelas, aunque es cierto que hoy en día ya no hay tanta diferencia. Está todo más globalizado y mezclado.

En ese sentido, ¿qué cualidades dirías que han destacado tradicionalmente en los porteros de la escuela nórdica?

Por nuestra tradición siempre hemos tenido defensas con mucho poderío físico delante nuestro. Por ello, las virtudes de los porteros nórdicos se enfocaban a los lanzamientos de larga distancia.

En la actualidad no hay tantos lanzamientos lejanos. El balonmano ha ido evolucionando, cambiando, y ahora hay más finalizaciones desde seis metros, como dije antes. Hemos tenido que adaptarnos para enfrentarnos a estas situaciones.

Desde un punto de vista más técnico, de estilo, los porteros nórdicos vamos al suelo con más frecuencia y nos estiramos para tapar el máximo espacio posible de la portería. Por su parte, en el sur de Europa y en los países balcánicos apuestan más por permanecer erguidos e intentar rechazar la pelota con el pie. Trabajan mucho esa técnica.

¿Cómo explicarías a alguien ajeno al balonmano el significado que tiene un partido entre el SG Flensburg Handewitt y el THW Kiel?

[Ríe] Un partido entre Flensburg y Kiel… A ver, tampoco se puede comparar con un FC Barcelona-Real Madrid. En general, los alemanes son bastante disciplinados. Animan mucho, pero lo hacen con respeto. Ese es otro aspecto que me gusta mucho del balonmano: no hay problemas con «hooligans» ni hay peleas, como de vez en cuando ocurre en torno al fútbol. El público se respeta. No muestra odio al rival en sus cánticos y en su manera de animar.

Eso sí, los derbis entre Flensburg y Kiel son los dos partidos del año. Con el fútbol es difícil comparar. Quizás, yendo al balonmano, sería parecido a un Barcelona-Granollers. La diferencia es que el Barcelona suele ganar, y el duelo por la «corona» de la región [Schleswig-Holstein] está bastante abierto cada año. La temporada pasada Flensburg ganó los dos partidos de Bundesliga, y nuestros aficionados pudieron sentirse orgullosos. Ganar al Kiel, en cierto sentido, puede salvar una temporada. Son partidos muy importantes.

En la única Liga de Campeones que ha ganadoel Flensburg, en la 2013/14, el rival en la final fue precisamente el Kiel. Acabó 30-28.

Recuerdo que ganaron al Barcelona en la semifinal. De la final me acuerdo menos. En aquella época no trabajaba con ellos, así que no puedo discutir ese dato que das [sonríe].

Imagino que la presencia de tu compatriota Ljubomir Vranjes [director deportivo] ha influido en tu vinculación actual con el Flensburg.

Sí. Hace un par de años, Vranjes me preguntó si estaría dispuesto a volver a trabajar con el Flensburg. Para el próximo año han fichado a un portero sueco [Simon Möller], pero entonces no tenían ninguno con el que pudiese trabajar. Aun así le dije que sí, pero con la condición de funcionar con contratos cortos, año a año. No quería un compromiso a largo plazo, porque al final voy a depender de quién está en cada momento en el club.

Con Flensburg tengo un acuerdo, pero a tiempo parcial. Tengo mi casa aquí, en Santander, así que voy y vengo. Veo los partidos desde casa, los analizo y envío vídeos. Cuando me toca viajar a Alemania, suelo ir a partidos, más que a entrenamientos. A partir de primavera, que llegan los encuentros más importantes de la temporada, iré más a menudo. A ver si podemos ganar de nuevo un título, como hicimos el año pasado con la Liga Europea [el Flensburg se impuso al Montpellier, en la final celebrada en Hamburgo, por 25-32; NdR].

Respecto a mi situación, no quiero comprometerme, ni tampoco comprometerles a ellos. Si no funciona en un determinado momento, mejor que puedan decir: «Mats, gracias por estos años y hasta la próxima». Mi trabajo fundamental ahora es con la Federación Noruega; con la selección femenina de aquel país.

Mats Olsson

En el caso de la selección noruega, ¿dónde encuentras la motivación para seguir con un equipo que lo ha ganado absolutamente todo?

Con Noruega he ganado tres Juegos, Mundiales, Europeos… Así que lo que más me motiva es la parte personal. Llevo más de 20 años junto a Katrine Lunde. Empezamos a trabajar juntos en 2005. Tenemos una relación de mucha confianza, y me satisface mucho ayudarla a triunfar. Al mismo tiempo, también hay que trabajar con la siguiente generación; la que viene por detrás de las que están ahora en primera línea.

Siento que mi trabajo allí es valorado; que existe un agradecimiento por todo lo que hemos hecho juntos. Mi motivación, más que ganar un título más, es ver la felicidad de las jugadoras cuando ganan y consiguen su objetivo. Eso me llena muchísimo.

Estas jugadoras tenían un asunto pendiente con los Juegos Olímpicos. Con la generación anterior fuimos medalla de oro en Pekín 2008 y Londres 2012. Desde entonces, Noruega había conseguido un bronce en 2016 y otro en los Juegos que se tuvieron que disputar con un año de retraso, en 2021. En ambos torneos perdimos en semifinales contra Rusia.Existía una generación de jugadoras muy famosas, como Nora Mørk, Stine Bredal Oftedal, Veronica Kristiansen o Silje Solberg, que habían ganado todo menos la medalla de oro olímpica.

Para que te hagas una idea, esta selección femenina es el equipo más popular en Noruega; y sólo el fútbol tiene más tirón que el balonmano en el país. Son cinco millones de habitantes, de los cuales, cuando hay unos Juegos u otro gran torneo, 1 200 000 o 1 300 000 ven los partidos por la televisión. Hablamos de un 25 % de la población. No estamos hablando del ‘share’. Ahí nos vamos a un 80 %.

Eso es tener un país detrás.

Es tremendo lo que se genera con este equipo. Imagina lo que significaba en el caso de estas jugadoras ganar unos Juegos Olímpicos, después de lo ocurrido en 2016 y 2021. Ya tenían medallas, pero querían el oro olímpico antes de acabar sus carreras. Al fin lo conseguimos en los Juegos de París, encima ganando a Francia en la final [29-21].

Para mí ver esas lágrimas de alegría y esa euforia supuso una satisfacción tremenda. Ayudar a personas a conseguir sus objetivos es muy gratificante.

Has jugado y entrenado en varios países durante las últimas décadas. ¿Qué opinión tienes del balonmano desde un punto de vista global? Escuché hace unos meses una reflexión de Nikola Karabatić. Él decía que por un lado le gustaría que el balonmano moviese a mucha más gente, pero también creía que al ser un deporte minoritario tiene la ventaja de que mantieneciertoromanticismo. Quienes empiezan a jugar lo hacen por amor al balonmano y por placer, no con la expectativa de hacerse millonarios.

Bueno, hoy los sueldos de los que juegan en los mejores equipos son muy buenos. El mismo Karabatić ha ganado mucho dinero. En mi época, sin embargo, había que tener otro trabajo. No podías vivir sólo del balonmano.

La idea de fondo era que dentro del fútbol, por ejemplo, puedes cobrar bien desde que eres un adolescente. En el balonmano necesitas alcanzar el máximo nivel; llegar a los mejores equipos.

 Sí, la de Nikola es una reflexión interesante en cierto sentido, pero voy a hablar de una manera más general. Además de las ocupaciones de las que hemos hablado, trabajo también para la Federación Internacional de Balonmano. Hace unos meses, por ejemplo, estuve en Viena, impartiendo un curso para 130 entrenadores de porteros que venían desde 28 países.

La semana anterior a lo de Viena estuve en El Cairo, dando un curso de parte de la Federación Internacional para técnicos africanos. Asistieron unos 30 entrenadores de porteros de ese continente. Ahí es donde quiero dejar de alguna manera mi legado; en colaborar al crecimiento del balonmano, sobre todo fuera de Europa. Si nuestro deporte pretende mantener su estatus internacional y su condición de disciplina olímpica, debe ser más global.

El balonmano está demasiado concentrado en Europa, y eso a larga no es bueno. Cuando la competitividad y el nivel están tan focalizados en un único continente… En algún momento puede que el Comité Olímpico se plantee si el balonmano tiene derecho a seguir como un deporte olímpico. Ves el historial masculino de medallas en las últimas ediciones, y desde Corea del Sur, en Seúl 88, todas han ido para equipos europeos. A mí me gustaría tener un deporte más globalizado, pero por otro lado sé que a veces es muy complicado. En Estados Unidos, por ejemplo, no hay pabellones para practicar balonmano. La mayoría están preparados para jugar al baloncesto y son demasiado pequeños.

En África, los países árabes del norte sí tienen pabellones, pero fuera de eso… Estuve allí hace un año dando un curso. Los técnicos participantes tenían que mandar un video de un entrenamiento con sus porteros, para que yo se lo valorase. Los videos estaban perfectamente grabados, con las cámaras de los móviles, pero veías el lugar donde entrenaban… Hablamos de asfalto, en el mejor de los casos. Otros se grabaron desde pistas con piedras.

Si sales de los países norteafricanos y vas, por ejemplo, a Angola, sí que ves a lo que se refiere Karabatić. La gente que juega al balonmano lo hace por pasión, porque le encanta hacerlo. Pero si esa pasión no encuentra un entorno adecuado, no saldrán equipos potentes. Y deben salir, si queremos evolucionar a nivel global.

El problema con el balonmano es que Europa continental sigue mejorando y la distancia con el resto del mundo se va haciendo más y más grande. Los países anglosajones no juegan al balonmano. Ni Inglaterra, ni países que fueron colonias suyas, como la India, ni Estados Unidos. Hemos intentado en varias ocasiones entrar ahí o en China. Es complicado, pero hay que intentar generar nuevos focos fuera de Europa.

Mats Olsson

Supongo que sigues yendo a Suecia de vez en cuando. ¿Notas muchas diferencias en el país respecto a tus años de juventud?

Bueno, en todas partes las cosas van cambiando y evolucionando. El barrio donde crecí, en Malmö, se ha mantenido bastante similar, aunque últimamente pasó poco tiempo ahí. Antes iba más, a visitar a mi padre en la residencia, pero él ya falleció. En cuanto a la ciudad en su conjunto, cuando yo vivía allí, Malmö tenía un astillero muy grande, uno de los mayores de Europa. Ese astillero ya no existe, y su desaparición ha producido cambios en toda la ciudad.

Ahora Malmö es más internacional, porque ha tenido mucha inmigración. Eso ha generado una mezcla de culturas y razas que en la época en la que vivía yo no existía. En ese sentido creo que ha sido un cambio para bien.

3 comentarios

  1. ¡¡Porterazo!! Qué recuerdos de aquel Teka, con la Albericia llena de humo y todos los grandes siendo derrotados. Y aquellas ligas en las que 7 u 8 equipos aspiraban a ganarla y cualquier tropiezo era letal, no como hoy que la liga de balonmano es un monopolio insufrible, sin figuras ni nacionales ni extranjeras porque todos huyen sabiendo que aquí siempre gana el mismo.

  2. Comparar siempre puede llevar a error, pero en quella época el balonmano fue impresionante para los cántabros. En Santander el Teka y, durante un tiempo, sus secuelas movilizaban la ciudad. Tuvimos a buena parte de los mejores jugadores del mundo en unas competiciones muy disputadas y emocionantes.
    El actual palacio de deportes llegó muy tarde. Recuerdo especulaciones sobre jugar algún partido en la plaza de toros.
    Inolvidable fue la eliminatoria europea a doble partido que uno de ellos se jugó en Torrelavega. El Vicente Trueba a rebosar. Yo soy santanderino y para mí fue una satisfacción enorme ver cómo se vivió aquello en Torrelavega. Y cómo venía gente de Corrales, Reinosa, Iguña, Colindres, Santoña y todos los municipios cercanos a Santander a llenar La Albericia.
    Continuaron y superaron la estela del Sniace de Voleibol de Torrelavega -los mayores hitos internacionales por equipos de Cantabria, con un poco del Racing y ahora del Balonmano Torrelavega (que afortunadamente es un ejemplo)-.

    Gracias por la magnífica entrevista a un tipo que siempre me ha parecido magnífico.

  3. Seguro que la gente de Malmö (los nativos, los «suecos-suecos») creen que el cambio en la ciudad ha sido para bien…

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