
Es, también, hablar sobre deporte.
El doping, digo.
Bueno, hablar sobre deporte, sobre literatura, sobre cine, arte, política. Pero en deporte, por razones que comentamos después, se fija más el asunto. ¿Sartre reconoce haber escrito La Nausea forrado hasta el culo de anfetas? Madurito canallita, transgresor en pensamientos, todos queremos ser Sartre. ¿Tarangu dice no sé qué de pastillas? Cabrón tramposo, tiene merecido que lo echaran de la bici. Y así siempre. Que ya sé… no es la misma cuestión, está un poco (un bastante) cogida por los pelos la comparativa, pero es que hay un cinismo de culpa casi protestante con esto del doping que…
Nosotros, cuando hacemos entrevistas para este, su medio deportivo de referencia, hacemos por preguntar siempre sobre dopaje. Y repreguntar, cuando nos meten gambeteos. No es asunto de morbo, ni buscar el titular amarillista que proporcione muchos likes, no. Es, sencillamente, indagar en una parte (casi) intrínseca (creo) al deporte profesional. Y una que es, oigan, muy desconocida, una de la que sabemos solo cosas a posteriori, tras confesiones interesadas que suceden mucho después. O, peor aun, con falsos mitos y medias verdades dichas sottovoce, que ni son totalmente ciertas ni mentira del todo. A mí me interesa, porque me interesa cualquier relato íntegro (soy un completista), así que no entiendo quienes miran para otro lado, se esconden en inocencias fingidas o huyen con el «¿y ellos? Pregúntale a ellos», aunque a ellos ya los preguntaste…
En ese contexto, y por ampliar lore, supimos sobre la reciente publicación de Doping. Entre la gloria y la trampa. La otra historia del deporte, editado por Libros de Ruta y traducido por David Batres. En ese libro los autores, April Henning y Paul Dimeo (profesores universitarios vinculados a las Ciencias del Deporte) hacen un recorrido completo, explicativo y huyendo de cualquier intención demagógica sobre la historia del dopaje. O, al menos, la historia del dopaje en el deporte, que de lo otro no hablan. Es, adelantamos, un recorrido completo y complejo, que encuentra su interés, sobre todo, en el cambio que existe desde los albores de la competición hasta ahora sobre lo que es dopaje y lo que no. Un cambio en el que, por cierto, ambos autores señalan al deportista como una víctima más del «sistema doping», tanto cuando es culpable (por estar inmerso en universo que le es ajeno, al menos en toda su complejidad) como cuando es inocente y cae sobre él una mancha de reputación imposible de borrarse. Que puedes estar de acuerdo o no (yo no lo estoy, o al menos no del todo), pero es tesis que defienden argumentalmente, y que se sostiene…
A veces está bien leer cosas que nos rompan un poco los prejuicios.
Los comienzos del doping
Henning y Dimeo fijan el comienzo documentado en esto de la farmacología deportiva allá por los Juegos Olímpicos de 1904 y 1908. Descartan, así, antecedentes como el de Arthur Linton, cuya muerte en carrera, año 1896, siempre se atribuyó al dopaje. Erróneamente, parece, por cuanto no solo no murió compitiendo, sino que la causa fueron unas fiebres tifoideas, según apuntan. O, dicho de otra forma, desde el principio de todo se buscó vincular cierta sensación de «peligro», de «espectáculo macabro» al doping… Con todo, son indiscutibles las declaraciones decimonónicas sobre el uso de estimulantes para la práctica deportiva. Que fuesen o no dopaje (o responder a qué es el dopaje) es ya otra historia.

En realidad, y si nos ponemos pelín positivistas, solo podríamos hablar de dopaje a partir del nacimiento de la lucha contra el dopaje, por cuanto con anterioridad, al no existir regulación sobre qué puedes tomar y qué no, resulta por lo menos osado hacer señalamiento en uno u otro sentido. Cuentan que si fue de cara a los Juegos Olímpicos de 1908, cuentan que si había pruebas fundadas sobre el uso de estricnina en los atletas (busquen qué es la estricnina y tiemblen). Así que allí, en Londres, se especifica que el uso de cualquier fármaco conllevará descalificación para el deportista. En fin… cómo decirlo… ambiguo e ineficiente. Ambiguo porque no me dices qué es un fármaco, e ineficiente porque no hay forma de saber, mediante controles, quién ha tomado esos supuestos fármacos. Así que, siendo generosos, brindis al sol. Tirando de cinismo… el primer ridículo del antidopaje en toda su historia. Llegarían muchos más. Por cierto, esos Juegos de Londres fueron los de Dorando Pietri a punto de morirse finalizando el maratón (hay video que asusta) así que, no sé… creo que seguíamos tirando bastante de estricnina.
El doping pasó, según estos maléficos autores, muy pronto al fútbol, que es una actividad deportiva donde no hacen falta suplementos, como sabe cualquiera que lea los periódicos patrios. Pues Henning y Dimeo afirman lo contrario, e incluso llegan a comentar sobre un Arsenal de 1925 donde su entrenador, Leslie Knighton, prescribió a sus jugadores algo que él llamaba «las pastillas del valor». Y menudo valor. Hiperactividad, deshidratación y todos esos efectos que puede ver en cualquier parking de after, o similar. Como sería la cosa que el primer partido donde usaron las pastillitas fue suspendido (por niebla), y costó reunir a los jugadores para volver a sus casas, porque andaban puestos de narices… Años después, en un artículo para News of the World, un tal Tom Whittaker hablaba sobre la bencedrina, diciendo que provoca reacción inmediata, no desarrolla adicción y genera rendimientos increíbles. Tanto que «uno se acaba aburriendo de ello. A largo plazo lo considero peligroso». Vamos, que el peligro no era morirte y eso, sino que ibas siempre a tope, y eso aburre.
Seguía habiendo una diferenciación clara entre los Juegos Olímpicos y el resto del planeta deportivo. O, si lo prefieren, entre amateurismo (con su pureza, su nobleza, sus aristócrata de pitiminí ganando medallas en doma clásica y beber té con el meñique recto) y profesionalización. En este segundo el dopaje se asumía «acríticamente» (en ocasiones), e incluso se argumentaba sobre el mismo como sinónimo de modernidad, una herramienta más para la mejora atlética. Sumen que hubo un tiempo, la segunda posguerra, en que había sobreproducción de anfetaminas, que se habían fabricado por millones para dar a los soldados. Efectos comprobables, eficacia garantizada. ¿Se ponen nerviosetes? A ver, es la guerra, amigo. Así que el salto al deporte, y el salto «con buena imagen», al deporte, está diáfano. ¿Cuándo tomas la bomba, Fausto?, le preguntaron a Coppi sobre una mixtura de mil historias raras que se bebía en plena carrera. Cuando hace falta, contestó el piamontés. ¿Y cuándo hace falta?, le insisten. Casi siempre, dice, supongo que sonriendo.
Algo así debieron pensar en los países «directamente» implicados en eso de la Guerra Fría. Que eran todos, más o menos, pero ustedes me entienden. Sobre los Estados Unidos hablaré más tarde, que no se me marchan incólumes, los muy sucios. Pero, por seguir un cierto orden cronológico, cabe señalar que en los años sesenta empieza el dopaje de Estado en la República Democrática Alemana, «aunque parece bastante probable que la mayor parte de sus rivales también se dopara», señalan inocentemente en el libro. Tras un debut «en solitario» modesto, allá por 1968, la RDA empieza a petarlo fuertemente, derribando todas las tasas de presea por habitante. Para lograrlo se impuso un sistema centralizado en la detección del talento, su preparación precoz y, por qué no decirlo, su dopaje gordísimo. Enfoque científico, con dosis perfectamente monitorizadas para maximizar rendimientos y, posteriormente (posteriormente a 1975, cuando se desarrolla un método que detecta los esteroides), para eludir controles. Y funcionó, vaya si funcionó. ¿Conclusiones? Que las trampas iban aun por delante, muy por delante, de las leyes y sus posibilidades técnicas.
Pero no es un juego de buenos y malos. O no de países buenos y países malos. El halterófilo yanqui Ken Patera admitía usar esteroides. Es más, en cierta entrevista dijo que la diferencia entre él y su rival soviético en una competición estaría en quién pudiese gastar más dinerillos en esteroides. Hablaba abiertamente, pero le hicieron un pelín de silencio los demás. Terminó sus días como luchador en el wrestling, junto con Hulk Hogan, Andre el Gigante, y todos esos…
Años antes, por los cincuenta, se habían organizado los primeros comités antidopaje. En el COI, verbigracia, donde el impulso llega de un tal Sir Arthur Porrit, neozelandés con «Sir» distintivo, participante en la prueba que dio lugar a Carros de Fuego, pelín inocente, bastante hidalgo. Será la ciencia quien persiga al doping, será la reinserción (y el intento de convencer para no reincidir) la que guíe los castigos. ¿Entienden lo de inocente? Y eso, que nace allí el Comité Antidoping para los Juegos, y nace con la misma fuerza que un capítulo de Candy, Candy. Y bueno, que empiezan a tratar el dopaje como sucursal de drogadicción, y contratan doctores independientes, pero a veces los doctores independientes se forran siendo dependientes (dependientes del doping, digo). En los ochenta Francesco Conconi aprovechará su puesto como inquisidor del dopaje dentro del Comité Olímpico Italiano para sofisticar hasta su imposible detección las sustancias que vende a deportistas mediante pagos gordísimos. Ay.

Sumen, a eso, que los controles aun no eran exactos. O no lo suficientemente exactos como para sancionar. Miren, en el Mundial de 1966 se encontraron numerosas trazas de anfetaminas en numerosas muestras recogidas tras los partidos. O, si lo prefieren… no eran trazas, sino anfetamina, solo que en muy baja concentración. Como en aquel entonces aun estábamos en pañales con estos asuntos se terminó concluyendo que todo era debido a unas gotas nasales que muchos jugadores esnifaban antes del encuentro. Ya ven, las risas. Y pensar que ahora con unos picogramos de clembuterol ya pitas…
Añadan, por seguir añadiendo, que las primeras listas de sustancias prohibidas eran… en fin, algo raras. Que aparecía el alcohol, por ejemplo. Y hubo positivos por alcohol, como el de Hans-Gunnar Liljenwall en los Juegos de 1968. Que se tomó unas cervecitas para templar nervios, sí. Estuvo, el alcohol, como sustancia dopante hasta 2018. Su límite era de 0.4 %, por comparar con los controles de tráfico. También hubo positivos, en aquellos años, por efedrinas, por todo tipo de anfetas. Y hasta análisis de sexo, con la sensación de bochorno que ello conlleva. En 1976 a las nadadoras de la RDA se les acusa de tener «la voz demasiado grave», y su seleccionador contesta que habían ido a Montreal para nadar, no para cantar canciones.
Y estábamos a punto de entrar en el reino de los esteroides.
Tipos mazaos, marcas que caen
Oh, sí, esteroides. Una trampa tan extendida que ya no se consideraba ni trampa. Antes de los Juegos de Munich entrevistaron a Wilf Paish, entrenador británico de atletismo. «Estoy en una situación incómoda, pero no lo condeno en absoluto. (…) No puedo censurarlos, porque siento que lo que el atleta intenta es convertirse en el mejor, en el mejor del mundo». Si esto lo dicen quienes deben marcar pautas imaginen a los muchachos. Allí, en 1972, es donde compite Ken Patera, al que vimos antes. «El año pasado lo único que nos diferenció fue que yo no podía permitirme el coste de su factura farmacológica. Y ahora sí que puedo». En fin, sutilezas las mínimas, tú.
La cosa es que se desató, al hilo de lo anterior, una epidemia de esteroides, y un pánico a los esteroides que llegaban en epidemia. Dicen que si disminuyen testosterona, que si provocan insuficiencia hepática, cáncer de hígado. En las mujeres los efectos son aun más visibles. Esa gravedad en la voz que decían de las nadadoras, el desarrollo anormal del clítoris, la disminución en el tamaño de los pechos, los trastornos en el período. Esterilidad, susurran algunos.
No importa, son la droga moderna, la que permite resultados palpables en poco tiempo. A principios de los ochenta dos amigos estadounidenses, Mike Zimpano y Dan Duchaine, elaboran una guía para el uso de 29 clases diferentes de esteroides, con sus efectos secundarios, sus instrucciones de consumo, los sitios dónde se podrían comprar. Eran dieciocho páginas impresas. Decidieron publicitarlo en la revista Muscle Building and Power, y venderlo al precio de seis dólares. En dos meses sacaron 80.000 copias, incluyendo 5.000 que salieron en dirección a Francia y otras 3.000 para Alemania. Facturaron, sesenta días, medio millón de dólares. Se calcula que en 1990 el mercado de esteroides movía unos trescientos millones de dólares anuales solo en Estados Unidos.
Los esteroides no podían molarlo más…
Llama la atención que, entonces, los Juegos de 1980 y 1984 fueran tan limpias, sin apenas casos positivos. Y la tentación facilona de Moscú (las autoridades taparon cualquier atisbo de escándalo, para tener la fiesta en paz) se nos diluye con Los Ángeles, porque allí, en la Tierra de los Hombres Libres (ejem) no pasaría eso, ¿verdad?
¿Verdad?

Bueno, parece que se extraviaron unas cuantas cajas con papelitos sobre nueve positivos, pero seguramente fue en alguna mudanza, ya se sabe cómo son las mudanzas… Luego, cuatro años más tarde, llegó lo de Ben Johnson. Y aquí no me detengo mucho, porque ya manejan el affaire, y está maravillosamente contada en La Carrera más sucia de la historia (Libros de Ruta, 2018), escrito por Tim Moore. Solo un resumen, si quieren… de quienes corrieron aquella infame final solo uno, el brasileño Robson da Silva, está virgen de escándalos en todo su desempeño atlético… El resto, manchaos.
Porque seguíamos en plena época de los esteroides, amigos. La heptatleta alemana (pero de la República Federal Alemana, que igual les rompe un pelín sus ideas preconcebidas) Birgit Dressel murió en 1987 con 26 años. Había usado, para sus preparaciones, más de cien medicamentos distintos (más de cien… piensen en cien productos alimenticios, que igual les cuesta sacarlos… puesta esta deportista de élite se mamaba cien medicamentos), sufrió un shock por intoxicación y falleció. Le echaron la culpa a los esteroides, por concretar. Y eso que teníamos entre manos algo todavía más gordo…
Demos la bienvenida a una nueva EPOca
Digamos que los esteroides te potencian. Te potencian mucho, te potencian mogollón. Pero el dopaje sanguíneo… en fin, otra cosa. Es trucaje completo de lo que escondes bajo la carrocería. Tiene, además, menos efectos secundarios «visibles» (no te cambia la voz, no te hace desarrollar brutérrimos músculos en dos meses). Pero es peligroso. Peligroso de narices.
Cuentan que si la cosa va manejándose, a pequeña escala, desde los años setenta. Los fondistas escandinavos, luego los atletas y corredores transalpinos. Ese Récord de la Hora de Moser. La selección yanqui de bicis para los Juegos de 1984, con Grewall corriendo tuneao. Eran, por así decirlo, primeros pasucos, ensayo-error, lindando, inclusive, con la norma y la moral. Porque hablamos de autotransfusiones… tú te vas de entrenamiento a, digamos, Sierra Nevada, desarrollas allí una sangre buenísima, de calidad excelente (permítanme obviarles detalles técnicos), la extraes, la guardas y después, justo antes de la competición, te haces una recarguita con tu propia bolsa de hemoglobina saltimbanqui. Casi rústico, si quieren. Defendible como legal. ¿Qué importa lo que haga con mi sangre? No me he metido nada, no he alterado artificialmente mis valores. Solo dejé los bulbos apartados para primavera. Etcétera.
El primer problema es de gestión. Vamos, que conservar esas bolsas con crúor no es fácil, como bien sabe Ricardo Ricco. Así que lo aparentemente inofensivo se convierte, en la práctica, en algo muy peligroso. Solo médicos de acreditado conocimiento pueden realizar las extracciones, las inserciones y, sobre todo, la custodia. Y eso no ocurre siempre. Porque bajamos del catedrático de, no sé, Ferrara (elección casual), al de una universidad menor, a un profesor de ciencias del niño, al veterinario del pueblo y luego a tu amigo Sebastián, que una vez ayudó a las vacas con una pústula. Y hay accidentes. Y son graves.
Todo esto se complica cuando se descubren la EPO exógena, que es esa EPO que todos ustedes conocen. Medicamento casi milagroso, bendición para combatir ciertas enfermedades. Tragedia en el deporte. Ya no metes en tu cuerpo sangre propia, sino sangre propia tuneada. O, directamente, la dosis necesaria de EPO. No hay dudas en lo legal… positivo. Sucede que la EPO no podrá detectarse hasta bien entrado el siglo XXI, y que, además, se muestra como una sustancia potencialmente peligrosa. Empiezan a correr relatos sobre ciclistas neerlandeses y belgas que fallecieron de forma… rara. Y empiezan a cargar con el estigma de tener la EPO como causa. Que te espesa la sangre, que la convierte en barrillo. Que deja de fluir. El libro recoge los estudios de Bernat López, que desmiente buena parte de esta «lista fúnebre». No hay pruebas que demuestren nada, más allá de susurros y «yo sé porque me dijo». A cambio, quedaron manchaos los nombres de chicos que igual usaron EPO o igual no, pero su memoria arrastra ese estigma.
Sea como fuere… es peligrosa. Gente que debe hacer ejercicio por las noches para activar su ritmo sanguíneo, gente que va siempre un poco más allá, un poco más allá. Kamikazes amparados por una sustancia casi mágica, una con la que vuelas. Toda una generación de clasificaciones con asterisco. El escándalo Festina, del que hemos hablado más veces. El horror, el horror.
Sucede que… en fin, el libro presenta una encuesta anónima de 1995, recogida por Sports Illustrated. Deportistas estadounidenses. Atletas, halterófilos, nadadores y otros de similar categoría. La mayoría son olímpicos. El supuesto parte de que hay una sustancia que es doping. Te ofrecen esa sustancia, ganarás la competición, no te pillan. Resultados abrumadores: noventa y ocho la toman, solo tres niegan. Segunda parte… te ofrecen la misma sustancia, no te pillan, ganas la mayoría de competiciones en el siguiente lustro, después vas a morir por los efectos secundarios de dicha sustancia… ¿Tomas?
Más de la mitad dijeron que sí.
Muchas veces olvidamos la competitividad inherente al deportista máximo. Su deseo por dominar, por vencer. Su ansia. El razonamiento es claro… si estoy maltratando mi cuerpo y mi organismo hasta niveles peligrosos (y el deporte de alto nivel maltrata cuerpos y organismos hasta niveles peligrosos), ¿por qué no añadiría un elemento más que me ayude a la victoria? Insisto, pocas veces reflexionamos sobre ello, nos quedamos en la mera punición, en el blanco o negro del control positivo o negativo…
Otra conversación, para otro día.
El problema es que esa EPO no podía detectarse, así que la Unión Ciclista Internacional decidió tirar por indicios, y puso el límite del cincuenta por ciento de hematocrito. Si tienes más, te obligamos a que pares por salud, aunque no eres oficialmente un «dopado». Lo que acarrea problemáticas, porque no eres oficialmente un «dopado», pero todos te tratan como «dopado», pese a que no haya pruebas de ninguna sustancia prohibida en tu cuerpo. Y que ese límite del cincuenta es aleatorio, como todos los límites. Es como si te retirasen el carnet durante un tiempo porque, mirando el motor de tu coche parece que le metes más candela de la debida. Así que, por tu propia seguridad… apartao. Jurídicamente insatisfactorio, dije, porque para la opinión pública… Pantani, por ejemplo, pierde su Giro del 99 por esta causa. No dio positivo, no, y mira que podía… pero no lo dio. Nadie niega la situación en aquel entonces, lo que se niega es la misma base de un sistema probatorio que no es probatorio, sino indiciario. Y eso trae problemas, porque aleja la estructura procesal en el deporte de la estructura procesal en cualquier otro campo. La extrae, la arranca. Y se salta, en el camino, unas cuantas normas de las consideradas grandes, ya volveremos ahí con el pasaporte biológico.
La Agencia Mundial Antidopaje
Quizá por eso se terminó creando, tras una conferencia en noviembre de 1999, la Agencia Mundial Antidopaje, la famosa AMA. Desde entonces la visión ha sido puramente punitiva, con sanciones a los deportistas que pueden acarrear incluso la pérdida de su vida como atleta pro. Lo que es debatible desde varios puntos de vista, pero se ha mostrado (moderadamente) eficaz. La pega sigue siendo ese «cómo llega», la cadena del doping, los hilos y tentáculos que mueven sustancias, tecnología y posibilidades para propiciar que un chico o una chica termine consumiendo, inyectándose o inhalando (sí, vean el dióxido de carbono, recientemente prohibido) la sustancia no permitida. La colaboración entre entidades deportivas y entidades dependientes de los estados, y la consideración delictiva para el tráfico de sustancias dopantes (ya incluida en muchos códigos penales) es un buen hilo del que tirar para suplir esta problemática, aunque esté revelándose como insuficiente.

Pero esa es otra historia.
El primer resultado visible de esa AMA fue el Código Mundial Antidopaje de 2003, que buscaba combinar elementos punitivos con otros de educación para concienciar al deportista. Los controles aun estaban en pañales (para algunas sustancias), pero existía ya el interés de construir un sistema único y coherente. La Codificación llegaba al antidoping, aunque fuese pelín tarde. Ello propicia, con el tiempo, la creación del llamado «Pasaporte» sanguíneo, una huella personal en la que se analizan varios elementos a lo largo de periodos suficientemente apreciables, buscando variaciones imposibles de obtener solo con entrenamiento, sustancias naturales o situaciones de coyuntura. Digamos que no espera encontrar el aditivo en la gasolina, pero sí se fija en cómo hace funcionar la gasolina ese aditivo… y si constata eso, zas. Es lo que permite sancionar, por ejemplo, con cifras anómalas de reticulocitos, como le ocurrió a Marta Domínguez. Y se ha mostrado (moderadamente) eficaz, dicen quienes saben del rollo.
Vale, este pasaporte biológico presenta un par de problemas adicionales. El primero es puramente de cronología, y es que ese seguimiento del que hablamos exige un marco temporal amplio, y puede provocar injusticias en competiciones, una sanción lenta, una demora en los elementos procesales que siempre resulta inadecuada, sea cual sea la conclusión. Y el segundo es… en fin, que no dejas de meter mano a deportistas en base a indicios. En ocasiones tales indicios sirven para buscar la sustancia precisa en el organismo del sujeto, por muy escondida y en proporciones ínfimas que se encuentre, ojo. Es cuando el pasaporte sirve para que una muestra vaya a este laboratorio concreto, y que se rastree allí, con mayor eficacia, un determinado producto. Pero eso solo ocurre a veces. En otras se sanciona al deportista (con el coste personal y económico que ello conlleva) en base a indicios. Y eso es insatisfactorio desde el punto de vista jurídico. Sumen la obligatoriedad, implantada para algunos deportes, de estar siempre localizable y comunicar los movimientos a las autoridades del antidoping. Se busca terminar con la locura que supuso la EPOca, en todas sus variantes, pero para ello saltamos por encima de derechos fundamentales. Otra vez la jurisdicción deportiva trabajando con bases diferentes a la jurisdicción común…
Y tampoco ha sido la panacea. Ya no hay que irse a cosas como la llamada «Crisis Rusa», o las apariciones epatantes de deportistas que arrasan en Mundiales o Juegos Olímpicos y de los que no se vuelve a saber nunca. Es que acceder al dopaje sigue siendo fácil. Y sigue siendo tentador. Durante la pandemia del Covid, apuntan Henning y Dimeo, hasta noventa y un organizaciones antidopaje detuvieron por completo sus controles, y otras, como la británica, bajaron de 2017 por trimestre a 124 en el mismo periodo. Vamos, que era, si te pones cínico, pelín tentador…
Quizá la clave sea, como concluyen los autores, involucrar al propio deportista en la lucha contra el dopaje. No solo como chivato, digo, sino desde la educación y la comprensión. Aluden, ellos, a repensar el sistema de control y de controles, permitiendo temporadas de desconexión, pensando posibilidades alternativas al «asalto domiciliario de los vampiros», potenciando ventajas de quien confiesa y quien denuncia. La idea es, claro, proteger al deportista desde la base (y ser especialmente cuidadoso en esa base, añadimos), pero también propiciar que la confesión no llegue solo por despecho o venganza, sino que se encuadre en un sistema de reeducación y reinserción. La excesiva punición resulta tentadora en el mundo del deporte, porque buscamos allí los sueños puros de quien supera sus propias adversidades. Es por ello que una trampa del ídolo nos resulta casi traición personal, nos ofende dolorosamente, nos pide que seamos ejemplares, que seamos duros. Es comprensible, a todos nos ocurre. Pero para emprender una reflexión sistémica sobre este mundillo del dopaje quizá debamos aparcar esos sentimientos. Asumir que siempre habrá truhanes, que nunca se irán del todo. Y empezar reformas desde el mismo principio, desde los chavales, desde la educación.
Porque todo lo bueno llega, siempre, a través de la educación. Incluso en historias tan feas como esta que acabamos de contar.

