
En el mejor espacio de entrevistas de baloncesto de YouTube, X&O’s Chat, Vasileios Spanoulis dejó unas declaraciones que sirven para ilustrar cómo los profesionales pueden inspirarse con deportistas que no están en su misma disciplina necesariamente. En el caso del griego, fue Pep Guardiola y también Jürgen Klopp quienes le hacen tomar nota.
«Me gusta mucho Guardiola. Me gusta mucho Guardiola. Y también cuando estaba Klopp en el Liverpool. Son dos entrenadores que me gusta mucho ver. Y puedes tomar muchas cosas, su psicología, cómo hablan en el vestuario, cómo motivan a sus jugadores, la estrategia… Guardiola fue el primero que hizo que el portero jugara como último defensor. Es bonito ver cosas diferentes de otros entrenadores», dice en la entrevista.
Él mismo jugaba bastante al fútbol en el colegio, aunque finalmente se decantó por el baloncesto. El entrevistador le dice que incluso a él le dio la impresión cuando le veía jugar de que tenía experiencia futbolística: «Sí, sí, sí, así es», contesta, «así es como engañaba a los rivales». Pero le pudo el amor al basket: «De pequeño, en el colegio, era buen jugador de fútbol. Pero tuve que decidir entre fútbol o baloncesto… y el baloncesto me gustaba demasiado».
Los orígenes de Spanoulis
Todo empezó en plena adolescencia: «A los 15 o 16 años empecé a jugar realmente bien y a dominar en mi ciudad, y luego en toda Grecia. Ahí me di cuenta de que lo quería de verdad. Cuando tenía 16 años, cuando entendí eso, le dije a mi madre: ‘Mamá, voy a jugar al baloncesto. No voy a ser tan buen estudiante como era antes, seré un estudiante normal… pero voy a jugar al baloncesto. No te preocupes por nada. Voy a ser el mejor jugador’. Perdí a mi padre cuando tenía 15 años. Y por eso le dije eso a mi madre. Fue un momento importante para mí».

Como es sabido, la decisión fue un éxito: «En la vida es importante hacer aquello que sabes hacer y que te da seguridad, y para mí el baloncesto me salvó la vida. Me dio de comer a mí, a mi familia, a mis padres… ha sido algo fundamental en toda mi vida. Para mí, la familia y el baloncesto son mis dos grandes amores, y no puedo estar lejos de ellos».
No obstante, ahora como entrenador tiene que estar lejos de su familia. Es el precio a pagar por su pasión: es difícil, pero educativo: «Intento ser un ejemplo para ellos. Por eso me fui a Mónaco: quería demostrarles que tengo ambición, que tengo sueños. Podría haberme quedado en casa y tener una buena vida, porque el baloncesto ya me lo dio todo, pero para mí no lo es todo el dinero. Quiero que vean que la ambición, hacer lo que amas y la motivación están por encima de todo».
Se trata de una persona que ha estado obsesionada con el baloncesto toda su vida: «Todo el día pensaba en baloncesto. No solo en las horas de entrenamiento. También en el coche, comiendo, antes de dormir… siempre estaba pensando en cómo mejorar, cómo jugar mejor, cómo hacer mejor a mi equipo. Muchas veces me iba a dormir y tardaba una hora o dos en dormirme, porque estaba pensando en baloncesto».

Y al final, si fue distintivo por algo, fue por su mentalidad: «Trabajé muchísimo. Y sobre todo tenía una gran fortaleza mental. A veces incluso me sorprende mi propia fortaleza mental. Nada puede echarme atrás, nada puede hundirme. Soy muy equilibrado, tanto en lo bueno como en lo malo. Puedo manejar situaciones malas. Tengo el valor y la fuerza para mirarme al espejo, entender mis errores, mejorar y trabajar más duro que nadie. Muchas veces fui más allá de mis límites».
Una determinación que no se hace, se nace con ella: «Creo que se nace con ella. Puedes trabajarla y mejorarla, pero hay cosas que vienen contigo: la fuerza, el coraje… Yo no tengo miedo a nada. No tengo miedo a fallar, ni a perder, ni a que algo salga mal. Si pasa, lo arreglo, mejoro y sigo adelante».
Por no mencionar la capacidad de crítica a uno mismo, algo que le viene de familia: «Siempre empiezo por mí. Nunca señalo a los demás. Primero me miro a mí mismo. Es muy importante ser capaz de mirarte al espejo. Mucha gente no puede hacerlo, pero es la única manera de mejorar. Viene de mi familia. Mi padre era estricto, mi madre muy fuerte mentalmente, y mi hermano mayor también era muy duro. Venimos de una familia fuerte. No tenemos miedo».
En la NBA
Sin embargo, su paso por la NBA no fue, ni mucho menos, el esperado. Spanoulis llegó a los Houston Rockets persiguiendo un sueño de infancia, pero pronto se encontró con una realidad distinta, marcada por la falta de minutos y una relación complicada con el entrenador: «Era un sueño. Como todos los niños, queríamos ir a la NBA. Yo fui porque quería vivir ese sueño. Pero tuve una situación muy mala con el entrenador, muchos malentendidos… y eso hizo mi vida difícil allí».

Fiel a su estilo, convirtió aquella experiencia en un ejercicio de resistencia y aprendizaje. Asumió que no iba a tener protagonismo y decidió utilizar ese tiempo para mejorar individualmente: «Creo que ese año fue en el que más trabajé en toda mi vida: baloncesto, gimnasio, carrera… Sabía que no iba a jugar mucho, así que me preparé para el año siguiente. No quería perder el tiempo»
Esa capacidad para aceptar lo que no se puede cambiar es una de las claves de su filosofía: «Cuando hay algo que no puedes cambiar, tienes que aprovecharlo para el siguiente paso». Sin embargo, la herida competitiva seguía ahí. Cuando el contexto cambió y recibió nuevas oportunidades, su decisión ya estaba tomada. «El nuevo entrenador de Houston me llamó tres veces para que fuera titular, pero yo estaba muy enfadado, muy frustrado por toda la temporada. Dije que no. Después me traspasaron a San Antonio y también me querían, pero volví a decir que no. Yo quería jugar al baloncesto».
El regreso a Europa, de todos modos, fue de todo menos aburrido. Sus años en Olympiacos están marcados por remontadas imposibles: «Siempre me han gustado los grandes momentos. Para mí todo es mentalidad. No me importa lo que haya pasado antes en el partido. Puedo haber fallado todos los tiros, pero eso ya no lo puedo cambiar».

En la final ante el CSKA, le pasó precisamente eso, y se sobrepuso: «Siempre pienso en la siguiente acción, en la siguiente jugada. Cuando metí el primer triple en aquella remontada, sentí que todo cambiaba, que era mi momento. Trabajo mucho para esos tiros. Cuando llega ese momento, para mí es como cualquier otro día. No importa si hay 20.000 personas o 100.000. Solo estoy yo y la canasta. No pienso en lo que pasará si fallo. No me preocupa. He trabajado tanto para ese momento que tengo la confianza para tomar ese tiro».
Referentes
En su formación como jugador, Spanoulis tuvo la suerte de trabajar con algunos de los técnicos más influyentes del baloncesto europeo. Entre ellos destaca especialmente Dušan Ivković, «Duda», una figura clave tanto en su carrera como en su forma de entender el juego: «Para mí era un maestro. Un entrenador increíble, una persona increíble. Teníamos una relación muy especial incluso después del baloncesto. Nos sentábamos a tomar café y hablábamos durante horas de baloncesto. Para mí fue un privilegio tenerle como entrenador».
Sobre todo le marcó la personalidad del técnico serbio, su manera de gestionar cada momento: «Podía gritarte, exigirte al máximo, pero cuando llegaba el momento del éxito estaba tranquilo, relajado. Mientras todos celebraban, él estaba como si no hubiera pasado nada. Eso era Duda».
En cuanto a liderazgo, conduciendo al equipo, cree que es una responsabilidad que se ha de cumplir día a día: «Hay diferentes tipos de líderes. Yo era vocal. Hay líderes que no lo son, que lideran con el ejemplo. Cada uno tiene su carácter y su manera de liderar un equipo». Y por encima de todo, sitúa la honestidad como valor irrenunciable: «Para mí todo tiene que ser directo, honesto. Puede que a alguien no le guste, que se frustre, pero es la única manera. Si no dices la verdad, no puedes ser un buen entrenador ni un buen líder».

Esa honestidad implica también conflicto. Lejos de evitarlo, lo considera parte natural de cualquier equipo competitivo: «Cuando quieres a alguien, eres honesto con él. A veces discutes, a veces no estás de acuerdo, pero siempre con respeto. Eso es lo que hace crecer al equipo».
En ese sentido, su generación convivió con perfiles muy distintos. Algunos, como Jasikevicius, basaban su liderazgo en la palabra, en la intensidad constante: «Saras era vocal. Hablaba mucho. Teníamos la misma intensidad y a veces chocábamos, pero siempre con respeto». Otros, en cambio, imponían desde el silencio. El propio entrevistador menciona el caso de Juan Carlos Navarro, un líder poco expresivo, más cercano al ejemplo que al discurso.
Baloncesto actual
Spanoulis también se detiene en cómo ha cambiado el baloncesto en los últimos años. Un deporte más veloz, más abierto y cada vez más condicionado por el tiro exterior, pero también por un calendario que limita el trabajo clásico de los entrenadores: «El baloncesto ha cambiado mucho. Ahora es más rápido, hay más tiros de tres, muchos equipos tiran en los primeros segundos de posesión. Tenemos que adaptarnos a la nueva generación, pero sin perder ciertas cosas, como la disciplina o algunos principios del juego».

El tiempo de entrenamiento ha desaparecido casi por completo en el alto nivel: «No puedes entrenar como antes. El calendario es muy duro, los jugadores están agotados. No hay prácticas, solo algo de tiro, algo táctico… quizá un entrenamiento a la semana si tienes suerte. Antes los entrenadores controlaban al equipo desde el entrenamiento, ahora todo pasa más por el vídeo y la gestión».
Pero donde más percibe el cambio es en el perfil de los jugadores. Para Spanoulis, la diferencia entre generaciones es evidente, tanto en la forma de entrenar como en la manera de asumir la exigencia: «Antes crecíamos con entrenadores muy duros. Cada día era una guerra. Te ponían a prueba constantemente. Si no estabas preparado, no jugabas. Nadie te explicaba nada. Ahora todo necesita explicación».
El contraste es claro: jugadores más sensibles, menos acostumbrados al conflicto y a la presión directa. «Ahora hay chicos que si les hablas fuerte, se vienen abajo. Necesitan hablar, entender, que les expliques todo. Nosotros no éramos así».

Esa transformación no afecta solo a los jugadores, sino también al entorno que les rodea, especialmente en edades formativas: «Hoy ves a padres en partidos de niños de 12 o 13 años que están listos para pelearse. Es increíble. No importa quién gana o pierde, los niños tienen que disfrutar».
En su opinión, esa presión externa está distorsionando el desarrollo de los jóvenes: «Los padres piensan que su hijo es el nuevo Spanoulis, el nuevo Diamantidis… y no es así. No ayuda. Lo que necesitan los niños es tiempo, disciplina y disfrutar del juego».
Por otro lado, ante el dominio de los datos, mantiene una cierta distancia respecto a las estadísticas avanzadas. No las rechaza, pero tampoco les concede un papel central en su forma de entender el juego: «Las miro, claro, son importantes. Pero no demasiado. Para mí lo más importante es lo que veo en la pista, lo que siento con mis jugadores en los partidos, en los entrenamientos, en el vídeo. Esa conexión es lo más importante».

Su crítica no es tanto a los números como a su interpretación. Cree que muchas veces simplifican en exceso lo que ocurre en la cancha: «Un jugador puede tener tres asistencias, pero para mí puede haber creado trece. Hace la jugada, genera la ventaja, el otro da el pase final… pero la acción es suya».
Por eso insiste en que el baloncesto no se puede reducir a cifras: «Es cómo entiendes el juego, cómo lo lees. A veces las estadísticas dicen una cosa, pero el partido te está diciendo otra».

